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   Autismo

Subjetividad a advenir:
  sus lógicas y dispositivos clínicos
   
  Por Aurora Favre  y Rubén Mario Dimarco
   
 
Para ubicar cuestiones en torno a la dirección de la cura en la problemática del autismo es necesario considerar una clínica de lo real que dé cuenta que en el acto analítico no se trata únicamente del desciframiento del inconsciente sino de la creación de un dispositivo que alcanza lo real del discurso.
El sujeto humano, en tanto parlêtre vive en un orden simbólico por la eficacia de la función metafórica del lenguaje.
La clínica con infans nos permite situar la importancia de lo simbólico del otro en el lugar del Otro instituyente de la estructuración del lado del sujeto. Esto quiere decir que el infans está en posición de sujeto a advenir. Es una inscripción que implica incluir al niño en la serie de las generaciones, como hijo, con tabú del incesto. Esto da cuenta de un funcionamiento del sistema simbólico de parentesco con una tramitación significante de lo transgeneracional. Esta relación a lo simbólico, en el autismo no se da. Se trata de una transmisión de lo no representado. Compactación extrema del sistema de parentesco en que no hay permutación. Al no darse esta transmisión el lenguaje no hace en él cuerpo simbólico, cuerpo libidinal que encarna la entrada en la serie de las generaciones con un lugar de filiación.

Una madre en el lugar del Otro Primordial, con ilusión anticipatoria, con capacidad de juego (indicativo de la función metafórica del lenguaje) muta lo real en significante, el grito es transformado en llamado. En cambio en el autismo el grito, el mutismo o la ecolalia muestran la imposibilidad de esta operatoria.

Estos niños no han entrado en el circuito de la palabra, lo que lleva a que no se constituya la demanda con los efectos devastadores que esto tiene en la relación con el Otro. No hay palabra en el sentido de una enunciación subjetiva.
Para que se localice el sujeto en relación al Otro tiene que haber, para el sujeto, un primer exterior, un espacio Otro a partir del cual poder localizarse. Se trata de la Ausstossung (expulsión) y Bejahung (afirmación primordial del conjunto de los significantes) que constituyen un orden simbólico mínimo propio de todo sujeto. La errancia del posicionamiento autista muestra que este orden mínimo no se ha constituido en él.

Plantear la operación de alienación al Otro quiere decir que el sujeto no es causa de sí. Es la condición para que se den los anudamientos R.S.I. del lado del infans en la combinatoria identificatoria, anudamiento borromeo –haciendo sinthome– como dice Lacan, que le permite la distribución de sus goces haciendo lazo social, es decir la entrada en el discurso. Esto no es posible en el autismo, se da la imposible alienación, hay una marca de la no marca simbólica. Se trata entonces de una clínica del desanudamiento con sus consiguientes efectos de arrasamiento en el lazo. Esto afecta también la constitución del cuerpo ya que no se produce el montaje pulsional en el campo del Otro. No hay apertura de las zonas erógenas (no hay autoerotismo, por lo tanto no hay narcisismo). No hay recorrido pulsional en la medida que el significante de la falta en el Otro no ha cavado el vacío que constituye dicho montaje, y lo que el infans hace al no encontrar la mirada, la escucha en el Otro, deviene un puro deshacerse. Hay perturbación en la inscripción de los signos de percepción que produce falta de reconocimiento del dolor, del frío, del calor y en algunos casos perturbaciones del equilibrio postural. Recordemos que el montaje pulsional que posibilita el advenimiento de la subjetividad deseante es tramitado entre el goce acotado (no todo) y el deseo. Lugar éste –producido por el Otro– de la falta, falta que opera como causa de subjetivación. Por el contrario, en el autismo se mantiene un goce en exceso, no hay mengua, por lo tanto no hay deseo. Se trata del predominio –cultivo puro– de la faz de pulsión de muerte cuando rige lo real desanudado (Lacan da cuenta de otra modalidad de la misma cuando predomina lo simbólico: muerte de la Cosa, ganancia subjetiva en representación significante). Precipita destructividad, aniquilamiento, desintegración, cosificación.

En la clínica con estos niños vemos que la acción se presenta al modo de lo robótico, lo maquínico. Todo esto permite entender por qué se dice que el niño autista no juega. Encontramos una configuración absolutamente singular del espacio y del tiempo: un espacio a pura superficie, sin bordes, donde no hay delimitación del adentro y del afuera y una temporalidad propia de la estereotipia que da cuenta de una eterna recursividad.

Por razones de espacio, dado que es nuestro deseo hacer algunas puntuaciones acerca de la dirección de la cura (tomando algunos elementos de una investigación que venimos realizando en equipo interdisciplinario desde 1971), no queremos dejar de mencionar que a nuestro entender varias de las cuestiones hasta aquí planteadas tienen su correspondencia con el malestar en la cultura hoy y con las cuestiones a pensar y a trabajar de las condiciones actuales de producción de subjetividad.

Consideramos que el análisis individual del niño con autismo tiene su especificidad, articulado al trabajo con los padres y con el dispositivo institucional. El analista sostiene el lugar en el que convergen las transferencias múltiples propias de la labor en equipo. El analista debe tener una posición específica, que implica operaciones en la transferencia en este tiempo anterior a la instalación de la demanda. Interviene en el lugar de la hiancia demanda-pulsión que es lo que no está constituido posibilitando la alienación en el placer que inaugura la serie narcisística de la identificación y el amor, y propiciando las condiciones para que se den las polaridades de la pulsión en la medida que es el reconocimiento de la pulsión lo que incide en la escrituración del rasgo unario. Hay operaciones que el niño hace en análisis que son previas a la construcción de la imagen del cuerpo que definen una clínica de lo real en momentos inaugurales en que la interpretación por la palabra exclusivamente no es posible. El analista se enmascara en el objeto, dona la sustracción de su mirada. Se trata de la función de hacer semblante que pone un marco simbólico-imaginario a dicho real.

En el autismo se trata de situaciones clínicas donde el grado de desestructuración familiar y su presentación, plantean la necesidad –sobre todo en los niños– de que el análisis y las entrevistas con los padres se articulen con un dispositivo institucional –espacio-tiempo fundamental– dado que estos niños no pueden ser escolarizados.
El espacio-tiempo que el niño habita, debe cumplir determinadas condiciones para ser soporte de lo que permanece fuera de escena propio de lo forcluído o bien de lo no representado. Se trata de un lugar donde, al mismo tiempo que se recibe al niño con sus crisis, en acto se lo acote en donde lo terapéutico no es interpretar sino justamente poner un velo. Ofrecer una escena posible para el malestar, que equivocará ese malestar, lo transformará en otra cosa.
Pensamos lo institucional como esa red donde se nos plantea qué lugar ocupa el discurso analítico en relación con los otros discursos (en otros trabajos hemos desarrollado este tema a la luz de los cuatro discursos de Lacan) en la medida que confluyen aquí el discurso médico-psiquiátrico, el psicopedagógico, de la musicoterapia, la psicomotricidad.

El psicoanálisis en la trama institucional tiene como función y –como su ética– poner en causa, sostener la circulación de los discursos.
Las actividades que el niño realiza en la institución tienden a la construcción de una escena en la que está incluido con otros que lo miran, que lo nombran, para que en un segundo tiempo la existencia de esta escena ubique al niño en su propia existencia con sí mismo y con otros. Escenas que posibiliten una imagen para aquello sin imagen en el Otro.

El niño sostenido puede ir tolerando cortes que posibilitan que no se consuma en el objeto en una compulsividad tanática, en el ejemplo de comer, que se trate de comer la galletita y no ser devorado por ella. Esto puede darse cuando en la construcción de la escena el adulto tiene la convicción (de ahí el trabajo de reuniones de equipo, de supervisión y del propio análisis) de que esas palabras que se le dirigen al niño, esa mirada, le llega, lo marca en su cuerpo, y que, si ese encuentro se produce, el niño va a hacer algo con eso. Esto es en primer lugar confiar en la palabra como un elemento que va a resonar en el cuerpo del niño, es pensar la palabra con una eficacia que la da la transferencia con el psicoanálisis que es pensar el lenguaje no como un elemento que envía un paquete de información, de saber, sino como un objeto, que es un don –el lenguaje– que va del Uno al Otro pasando no información sino produciendo subjetividad. Pero sobre todo es suponer que en el niño hay esa posibilidad antes que el niño lo sepa.

Para pasar de la eficacia del lenguaje, a la eficacia de la palabra tienen que producirse distintas escrituraciones de la falta, que hacen a la precondición del juego. Sin esta operatoria no hay juego, no hay reversibilidad pulsional, no hay dibujos, no hay producción.
Un niño con autismo deambula, pareciera no escuchar lo que se le dice, suelen tapase los oídos como si hubiera un goce excesivo, en tanto lo que se les aparece es el goce de la voz y la errancia es quizás un modo de fuga ante el goce insoportable. La producción del fonema en análisis se recorta por pérdida de goce que implica ya la dimensión del objeto a separador. Cuando el goce inconmensurable de una voz que le taladra la cabeza a punto tal de golpeársela contra la pared, en una errancia permanente, dando alaridos, de pronto una intervención de la musicoterapeuta intenta resolverlo produciendo una versión para esta pérdida de goce, invitando al niño a la construcción de instrumentos musicales, de tal manera que entonces el niño ve que el objeto está fuera de su cuerpo y él lo puede usar.

El trabajo con la familia tiene múltiples niveles, el trabajo de entrevistas multifamiliares, donde “se ven” en la problemática y en los modos de resolución de otras familias, hasta el despliegue de la problemática en transferencia, en otro tiempo y espacio que el espacio de los niños. Además de los espacios específicos de supervisiones del análisis individual y familiar en el trabajo institucional, son fundamentales también los espacios de supervisiones interdisciplinarias donde convergen múltiples discursos y múltiples transferencias, donde se escucha aquello que aparece fragmentado o fuera de escena. La escucha analítica procede al modo del armado de un rompecabezas del que surgen hipótesis compartidas dispuestas a enriquecerse en el aprés coup del siguiente encuentro.

En autismo, el espacio de supervisión posibilita encontrar en transferencia una imagen para aquellas vivencias de desmantelamiento autístico de las que los terapeutas son soporte.
Consideramos que afianzar un dispositivo de equipo implica establecer las condiciones necesarias inherentes a las formaciones de lo colectivo. Soportar la desilusión y el malestar y hacerlo funcionar en una búsqueda, rescatarlo en el sentido del deseo acotamiento de goce en la búsqueda de que pueda haber algo otro que no sea el ideal absoluto. Siempre hay extremos en que es muy difícil sostenerse en esta dimensión cuando la injusticia, la inequidad, la pérdida de valores rasgan el tejido social.

Para concluir, queremos remarcar que el valor que le damos a la escena en la clínica como lugar y tiempo para el sujeto a advenir (a partir de un hacer obra –sinthome-con el objeto como modo de producción de subjetividad) está trabajado con los aportes del arte como lo ha puesto en evidencia el teatro y el cine donde convergen las demás artes, puesta en acto de los tres registros. 
 
 
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