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   Colaboración

Libertad a los poetas de la república
  Por Guillermo  Vilela
   
 
La verdadera belleza del arte reside en su inutilidad.
Paul Auster

Con este trabajo intento subrayar el carácter subversivo del psicoanálisis en relación con el borramiento de las singularidades personales propias del sistema neoliberal y de la globalización. También, que un punto de encuentro entre arte y psicoanálisis (la metáfora) se revela como el más firme apoyo para la búsqueda de aquello más precioso de cada uno: la singularidad y el encuentro con los otros.
En la República utópica de Platón, la producción de los poetas era una de las tantas poiesis en que se dividía el hacer, pero no era una más. Era la única capaz de amenazar a la filosofía en su obra magna de hacer un tejido con los diferentes trabajos que se realizaban en la polis. Era rival del concepto filosófico, divina en su particularidad y en su manía de inventar phantasmas, en desacuerdo con la obra de Dios. Los poietai no recreaban la obra que el Dios había planificado, no plasmaban su idea de mesa en una mesa de madera, creaban objetos ilusorios, engañosos, ofensivos para con la filosofía y su tarea de armonizar la producción útil de los artesanos.
El poder metafórico de cada poeta, se torna en algo resistido por la república para la cual la reproducción mimética de la idea del objeto es su bien. El poder metafórico no imita, produce ilusión, engaño, como el espejo capaz de reflejar todo y ser nada.

En la república platónica, la poiesis admitida es la que se encarna en la tarea del artesano dedicado a producir imitaciones de la idea. Un carpintero que producirá la mimesis de la mesa ideal tiene las puertas de la ciudad abiertas a su genio y familia. Un poeta no.
Así la extrema particularidad de una frase poética, la imaginación poética, contiene ese germen subversivo y anticiudadano que atenta en su inutilidad contra el bien común e infecta de particular lo que debería ser un derivado de “la idea”.
Allí reside la futilidad de explicar, discernir o analizar la imaginación poética desde una perspectiva causal su génesis individual o no, puesto que perdería el hueso, el núcleo de su ventura. Cuántos otros artistas, poetas callejeros, nigromantes argentinos o finlandeses tuvieron en sus determinaciones históricas algún familiar asesino o un ama de leche poseedora de la llave del infierno sexual y sin embargo, ¡no encontramos allí la nota que hace repercutir la letra de ese arte!
Igualmente tristes se vuelven las explicaciones analíticas o psicológicas, el orden de las razones de un acto fallido, de un chiste o de un síntoma.
Al revés, que latencias, que repiqueteos de una imagen poética, de un síntoma, de una palabra escuchada como imagen poética, ocupante de un espacio que se crea en el momento en que surgen, transicional entre sujetos, entre muebles o victorias. Eso perecedero, único, que debe su valor al brillo del instante que late sin aviso. Momentos en que un decir deshace el hielo que congela la metáfora en síntoma, para deshacerla en la emoción de una búsqueda.

El arte “nietzscheano” y el psicoanálisis
En el origen de la tragedia, Nietzsche discute la preeminencia que se le daba al artista objetivo, el que más calidad tenía en tanto se liberaba de la experiencia individual para articular verdades que concernían a todos. El artista subjetivo, considerado de menor calidad, carecía de la supuesta objetividad que le hubiera dado valor a sus producciones puesto que estaba más preocupado por sí mismo que por transmitir una verdad, más allá de su sufrimiento personal.
Sin embargo, Nietzsche ve en esta última posición la verdadera experiencia; el sufrimiento personal como lo más genuinamente enlazado a nuestra naturaleza, a la comunidad cultural. Tenía el propósito de forzar a la comunidad cultural a admitir el conflicto entre el “concepto y la poesía”.

Late en el fondo de ese artista la apertura a lo dionisiaco a la comunión con el sufrimiento de Dionisos desmembrado en lo múltiple de cada subjetividad, de cada hoja y de cada suspiro. El punto de mayor comunión con el Dios es el de mayor distancia con lo Uno perdido en tanto sufrimiento por lo múltiple experimentado.
La tragedia para Nietzsche encerraría la oportunidad para cada uno de ser un sátiro, mixtura de macho cabrío y hombre. Algo así como un pre-hombre no civilizado, cultural sí, pero no civilizado. Un pre-hombre que busca en el colectivo del coro trágico, danzando y cantando, restañar la separación, el sufrimiento de la naturaleza por haber sido desmembrada en miríadas múltiples dando origen así a la poiesis amalgamada con la alegría, la risa y la nostalgia.
No hay marcha militar ni uniformidad ni organización como efecto de dicho estado artístico, y de eso tenemos restos en la celebración de la vida, en las fiestas populares cuyo paradigma es el carnaval; una forma de redención en la abolición de las fronteras yoicas.

En dicho arte y celebración popular vendría luego el principio apolíneo a restaurar, con su medida y armonía consensual, el desorden y la locura de semejante comunión con el Uno primordial desarticulado.
Se desprende de esa visión pagana una alternancia entre lo Uno y lo múltiple y una ética ligada al deseo y a la vida, a la animación que cada uno le imprime al cuerpo social y particular.
La clínica analítica supone en el origen ese sufrimiento desgarrado de lo Uno, el lenguaje fraccionando la carne en pulsiones, separando la unidad de un cuerpo, introduciendo el vértigo y la nostalgia, el Otro sexo.
El recorrido de un análisis por su parte se valida en la medida en que libera ese sufrimiento, precipita un duelo, restaura la decisión de metaforizar produciendo por añadidura un olvido de sí en la asociación libre, un fluir antagónico de la necesidad de mantenerse consciente y alerta frente al semejante.
Ese olvido de sí mismo es también la apertura a lo más singular de quién produce ese acto de palabra, es la ventana a aquello que lo constituye en el acto de perder. La pérdida de la que hablo es más bien la inscripción de la misma en un devenir histórico singular, no la acción de perder con la que tantas veces se presenta un sujeto a la consulta que tiene además la fijeza del signo.

La crueldad neoliberal y los desaparecidos
En el tiempo presente el neoliberalismo y sus “científicos” locales, intentan producir un movimiento inverso a lo que podría ser la afirmación de esa particularidad, o bien de la libertad entendida como ese margen para elegir más allá de las determinaciones.
El mercado y la globalización llegaron a un desarrollo que solo se incomoda por la emergencia de lo particular.
Hemos comprobado en nuestra historia reciente la sustracción de identidad, el robo de identidad como la forma telúrica de gozar de un objeto representante del botín de guerra, carente de subjetividad e historia.
Un consumidor ideal, una fuerza de trabajo ideal que se mide en puestos de trabajo y bocas de expendio a las que tanto les da uno como otro portador-consumidor del alimento.
El desarrollo de su ciencia coincide en prescindir cada vez más de un sujeto que traduzca, transcriba o use sus fórmulas. Sin sujeto, las estructuras simbólicas acusan una reacomodación que prescinde a su vez en el fundamento último de la idea de semejante y prójimo, instalando el terrorismo. Tanto vale uno como otro, el terror, y el pánico en su versión pre-bélica, encarnan con todo el dramatismo la anomia que termina gobernando el intercambio social.
Existe así una verdad Toda, general, para todos igual, de un lado o del otro, emanada de un goce de poseer “la verdad” que repele lo particular, un goce de la verdad que impone la necesidad de que cada uno se adecue o se ponga en contra de ese fin de la historia. No asistimos al enfrentamiento de dos ejércitos sino a la instalación de la dimensión colectiva de la desconfianza y el miedo. Hay una infracción de ese imposible que, por estructura prescribe que cada sujeto es único y no reintegrable. Ese aspecto de nuestra civilización se aproxima a la destrucción de la cultura siempre que la Verdad Toda amenaza con la destrucción a escala planetaria de las diferencias.
Quedan así en posición subversiva las verdades de cada uno, las que tienen lugar en la clínica psicoanalítica tanto como en cualquier diálogo.

En los orígenes del psicoanálisis y del sujeto Freud ubica una Cosa imposible de significar, impermeable a toda atribución y a toda cualidad, una cosa que conforma el complejo del semejante. Dicho complejo se torna el asiento de toda ulterior particularidad subjetiva en la medida en que cada quién se confronta como yo y no yo con aquello que ha expulsado como ajeno y al mismo tiempo como lo más particular e íntimo.
Niño no reintegrable, entonces, en la medida en que al hablar madre e hijo expulsan el objeto. Para ambos, lo expulsado es el motor de su búsqueda y causa de su animación. Eso los hace únicos, eso hace que una madre reconozca a ese hijo y que no pueda aceptar un cambio, que sea sólo ese.
En su comentario del informe de Lagache, Lacan afirma que el objeto es seleccionado entre los apéndices del cuerpo como índice del deseo y luego como su referente. Es un índice levantado hacia una ausencia en la que se ubica el Ello habla...
Dice también que este es el punto en el cual el sujeto surge como el objeto del deseo que fue para el Otro, como Wanted o Unwanted. Es allí que en lo más propio de su surgimiento el sujeto se ve abolirse a sí mismo al realizarse como deseo.
Ese niño, entonces, en tanto objeto perdido despertará en los padres la condición única de su cuidado.
Hubo una situación ocurrida hace unos cinco años en la que unos mellizos hijos de desaparecidos fueron invitados a la televisión a exponer en ese momento el rechazo que sentían hacia su familia de origen, hacia sus padres biológicos bajo la consiga de que ellos querían a su padre apropiador, que reconocer a la otra familia hubiera sido un acto de odio hacia el mismo.
Para esos chicos, conocer a su familia de origen, era equivalente a perder al padre apropiador, porque la relación padre-hijo se sostenía solamente del amor que sus hijos debían profesarle.
Era padre de ellos en tanto solo lo amaran.

Siendo que un padre también está para ser odiado, dicho padre faltaba a su función en el punto en que impedía ser sustituido. A la inversa se plantea la pregunta acerca de si los hijos eran hijos a condición de no odiar a los apropiadores. Si la condición es no odiarlos queda borrada la marca particular de cada uno, lo que ellos en tanto únicos despertaron en sus padres apropiadores. Si esto es así, ¿cualquier otro podría haber ocupado ese lugar en tanto tuviera motivos para odiar y no pudiera hacerlo? ¿Su valor estaba dado por ser un botín de guerra? ¿Su particularidad residía en ser hijos de desaparecidos y no en las infinitas afinidades, índices que la madre o el padre descubren en su hijo adoptivo o biológico?
La república en la que ellos crecen rechaza la metáfora: ¿No se puede odiar al papá?

La apuesta del psicoanálisis
Fue en esa articulación que comenzó el primer análisis de la historia practicado por Josef Breuer, quién interrumpió el tratamiento de su paciente en el momento en que ella, Anna, le confesó lo fructífero que había sido, tanto que de ello había surgido un amor y que estaba esperando un bebé del Dr. Breuer.
Un doctor con todas las de la ley en la Viena Imperial, lleno de honores y una nutrida clientela. Puesto a elegir entre la poiesis de su paciente y la poiesis mimética de la ciudad, eligió la segunda. Eligió la forma de producción que correspondía a su posición y rango, entramado en los lazos que su sociedad consideraba más beneficiosos para la misma.
En ese trance, en el que no se trata solo de los conceptos sino también de lo que dispara en cada uno el deseo y el amor, no alcanza la teoría como resguardo puesto que ella queda infiltrada por las imágenes poéticas silbando alrededor de los conceptos, diciendo lo que ellos no pueden decir. Esa implicación personal
Poéticas, innumerables maneras fugadas de lo útil, fugadas de la tarea de mimetizar objetos del mundo para la producción industrial.
¡Libertad a los poetas de la república, piquetes en las rutas de las palabras, cacerolas tañidas en sobredosis de ritmos desacompasados!
Así aparece el concepto que quiero transmitir, con la imprecisión que la república expulsa.
Una imagen poética, para repercutir en el concepto de imagen poética, porque la utilidad de explicarla o reducirla a su expediente histórico no tiene el latido ni la angustia.
Pero entonces, ¿de qué está hecha la imagen poética, o esa animación de Anna?
Si es ingrato explicarla por su historia, si no puede acumular explicación sin perder su originalidad, queda reconocerla en el presente como algo nuevo. Como una abertura firmada por todas las veces que su sonido rebota, rompe o anida en el cuerpo.

Allí está ella, expulsada en el momento en que dona su deseo más caro, la intimidad de su poema, indigente. Y él, fugado, con toda la violencia que hubo de aplicar a su deseo, a contrariarlo, hacia sus tratamientos standard.
En realidad, eso es la repetición de un amor infantil... fue la solución que aplicaron muchos analistas a esa encerrona.
Pero también el bebé de Anna y nosotros, movidos por una interrogación que ella puso en marcha, que repercutió en otro, que no se acobardó frente a su metáfora.
¡Otro psicoanálisis! Para quién la repetición de lo mismo encuentra siempre un límite a su tontería en la aparición de una diferencia, si da lugar a eso nuevo, si la república en la que el análisis se produce deja entrar el potencial que dicho nuevo amor encierra.

Una mano se extiende hacia el fruto, hacia la rosa, hacia el leño que repentinamente arde y se inflama de belleza. Si en el movimiento de alcanzar atraer y atizar el leño, de él sale otra mano que se extiende al encuentro de la mano que es la nuestra, si en ese movimiento una mano se inmoviliza en la plenitud cerrada del fruto, abierta de la flor, en la explosión de una mano que arde junto con la nuestra, lo que se produce entonces es el amor. Es una producción, una poiesis. El punto central de esta producción es más el movimiento, la exaltación de aquel leño inerte que éramos, que de pronto surge de las tinieblas de ser o no ser solamente amado para amar.
En ese acto de pérdida de materia que se gasta en el fuego, en un potlacht involuntario, hay un don involuntario de aquello más íntimo. Ese es el amor que vuelve con su flecha al punto de partida. Otros amores se pierden en la inmensidad del bosque, en tal rama fría de tal árbol pero lo más importante es que el encuentro entre ambas manos, el arder juntas, es por su don, por su movimiento hacia el leño encendido. Es un deseo, presentado en su indigencia y desprendimiento absoluto lo que sostiene la novedad de ese nuevo amor, su poder para conmover generaciones.
No es solo la metáfora del amor la que propicia el análisis sino la posibilidad de volver a producirla.
La imagen poética puede hacer de algo ese leño encendido en la medida en que es inexplicable, no tiene copias y produce instantes únicos de encuentro entre la mano que escribe y la mano que lee.
Sin ese don que hace el encuentro, sin la inutilidad y el gasto, el escrito es del super-mercado.
 
 
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