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   Colaboración

Lectura, traducción, escritura y transmisión en psicoanálisis
  Por Teodoro P. Lecman
   
 
La lectura resulta aparentemente instrumental en todo campo del saber: es una forma de asimilar los conocimientos indispensables al respecto. Un poco más fundamental es en el campo de la cultura, porque de no tener esa capacidad se es analfabeto y los impedimentos son entonces mayores, sobre todo de orden burocrático y laboral. Pero un analfabeto, con todo, habla su lengua, vive inmerso en la lengua de todos, en el caldero del diablo en el que todos nos cocinamos (del que pretendemos que nunca estuvo agujereado, que nunca nos lo prestaron y que además no existe: gran problema éste, porque nos plantea cómo diablos le hablamos a nuestro interlocutor).

En nuestro mundo actual, ser analfabeto e iletrado (sin instrucción) sin embargo no es mortal: siempre hay logos en los aeropuertos, las autopistas y los baños. Si se es alfabeto pero iletrado, no problem, para informarse basta estar en el aire: televisionar, internetear, chatear, chismear o simplemente olfatear la onda que todos curten en el medio de que se trate. A lo sumo hablar basic english o jerga del ambiente correspondiente.
Pasar de los encabezados de los diarios y de los abstracts y leer exige evidentemente un esfuerzo. A lo sumo se toma un best-seller y se lo digiere en cómodas cuotas.
No hay, efectivamente, una pulsión de lectura, como no hay una pulsión de saber ni un deseo de saber (Wisstrieb y Wissbegierde). Leemos porque la profesión nos exige y la cultura nos corre.
Sin embargo, algunos (Borges, Barthès) han planteado el placer de la lectura.

La universitas litterarum puede adueñarse de nosotros y la selva de los símbolos puede obrar como el llamado de la selva de Jack London. La viñeta o la letra inicial firuleteada preside algunos sueños iniciales del había una vez y del cuento de nunca acabar de la vida (hasta que no se cuenta más el cuento), acariciando la lámpara de Aladino del deseo, aunque se llame “pokemón”...
En el campo del psicoanálisis, una compulsión a escribir, una Schre(i)berzwang se ha adueñado de muchos, obligándolos a completar, como Schreber, el infinito piar de los mathemas de la teoría, a cada paso con el que se internan en el espinoso campo de la subjetividad, en que todos estamos implicados. De ahí resultan jargonofasias y pastiches, escrituras heráldicas e institucionales, discursos de la presunción, firuletes pintados a la apurada atrás del camión de la verdura (¡ah!, objetos a, abastos convertidos en shopping para regocijo de los Lack an Hyatt [¿la canalla?] regionales).

Pero para escribir primero hay que leer, y mucho. Luego llega, con suerte, la escritura, como rasgo personal, surco del símbolo que uno se apropia sobre lo real. Como decíamos hace tiempo (“Freud, las lecturas posibles de un clásico”) la lectura en psicoanálisis empieza siendo sintomática (se lee desde el propio síntoma y se lo encuentra en todas partes), luego puede llegar a ser transferencial (mediando un análisis y la transferencia a los textos que supone una formación) y debe devenir sistemática. Se recuperará así el sistema del psicoanálisis si las mediaciones han sido suficientes. Pero siempre habrá algo que golpeará sobre el sistema (taper sur le système, en francés, es exasperar), lo desarticulará: la lectura estructuralista de Freud con la que el traductor de los Escritos de Lacan quiso bautizar su perspectiva finalmente retornó a escrito.
La costumbre de las catacumbas de los ’70 sugería abrir una panoplia de lecturas. Desgraciadamente, se cristalizó en dogma. Eugénie Lemoine, para horror de los locales, dijo acá en los ’80: cada analista hace teoría a partir de su síntoma.
Efectivamente, toda lectura es una traducción, del sistema del autor al sistema del lector. Median allí la lengua y los subsistemas de las disciplinas implicadas que se desgranan en los interminables anillos de las cadenas significantes, de las derivas semánticas, de la vida misma de las palabras, que deben ser acotadas en decisiones del lector y traductor (por el momento homologados), dentro de lo que los sistemas han decidido previamente por él. (Toda traducción no es entonces una interpretación, como sostiene Ritvo, sino una transferencia entre sistemas, en la que se apuesta el hablante, y puede reducirse a una mera transcripción signifi-cante, sin sentido, como hemos podido comprobar en nuestro trabajo de traducción. A la inversa, la interpretación es siempre una traducción, cuyos efectos se le escapan al inter-pretante). La riqueza de las lenguas, como la riqueza de los textos, se recoge entre las manos y se filtra entre los dedos, permitiendo que otros continuen la transmisión.

Hay placer allí, placer en la lectura cuando se juega el sentido (a la postre, sentido de la vida), construido y reconstruido desde el sinsentido siempre aturdidor del muro del lenguaje y del desamparo de la criatura. No es malo el sentido, como se quiere hacer creer a los incautos: es inevitable. El significante es un invento del discurso de la ciencia (Lacan, Seminario XX), y es de mala fé fetichizarlo. La significación corre a torrentes (à tire-larigot dice Lacan, ibid). Es posible detenerla por un rato y hallar placer en ella mientras fuga el fuego fatuo (ego fui) de la vida.
Lacan era un Borges del psicoanálisis: su placer era desconcertar y hacer apócrifos (apokripho = yo oculto), parafrasear, transmitir como Sócrates, no escribir para ser leído. Recuperar el placer de su lectura es más difícil que en Freud que se propuso escribir para transmitir íntegramente, en la vacilación de todos los sentidos y en la afirmación rotunda del sentido del deseo de un estoico, de un lector.
Basta para ello hacer un pequeño ejercicio: en el trastorno de la memoria de la Acrópolis uno podría detenerse en la superación del padre o, en una interesante lectura de un colega francés (Philippe Refabert), ver allí la acción de la Gaunersprache (la lengua de los bajos fondos), por la que se trasluciría allí la vergüenza de Freud por un fraude comercial de la familia. Nosotros en cambio, preferimos sacarnos el sombrero por Freud: se ve allí la Pietät (piedad) y el susto sorpresivo (Schrecken), la Hilflosigkeit (desamparo) de la criatura humana, pivotando entre la desrealización y la despersona-lización de la realización del deseo en la Entfremdung (el extrañamiento). Aún junto al amor y la ternura, y el demonio del pudor elevándose frente a la serpiente fálica del lago Ness (¿de los necios?). Puesto que en 1936 se ve, más allá de la Acrópolis, cerca de París (carta a Romain Rolland) en camino hacia Londres, quizás Montparnasse y su cementerio, pero no el Parnaso, sino el monstruo del nazismo trepando hacia el Infierno, adonde Freud (“Acheronta movebo”) iría a recoger el gorro de su padre arrojado por un antisemita vienés. Y de donde nosotros debemos rescatar, de la letrina del siglo XX, la letra de la lectura del siglo XXI, con nuestras desnudas cabezas.

 
 
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