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   Análisis sin control

¿Supervisión?
  Por Élida E Fernández
   
 

Parecen lejanas las discusiones acerca de las diferencias entre supervisión y control, o las distintas concepciones acerca del control como análisis o como enseñanza.
Resultan desactualizadas las finas distinciones entre el control como momento esencial en la producción o en la formación de analistas.
No se leen sin cierta nostalgia los debates acerca de las interferencias entre la didáctica y el análisis de control o las expectativas de que el analista de control no se sitúe ni como amo, ni como histérico, ni como maestro, ni como seductor.
Distintas afirmaciones en trabajos sobre supervisión tales como: “La idea del control viene de que la práctica del analista tiene consecuencias. Su responsabilidad está comprometida” (Erik Porge) o “el autorizarse analista no es evidentemente un gesto intelectual y que para hacerlo no basta con pensar que se lo hace” (A. Didier Weil) con las que podríamos coincidir, sin demasiada dubitación, nos dejan sin embargo ante un ruidoso silencio cuando nos enfrentamos al hecho que aquí y ahora, desde hace tiempo, la supervisión ha dejado de ser una experiencia sostenida... para ocupar el lugar, en la mayoría de los casos, de un pedido de ayuda urgente a alguien con quien no se estableció ningún lazo transferencial previo, sólo cuando análisis y/o analizante corren peligro.

La demanda es entonces urgente y acotada.
El que “supervisa” no alcanza a poner en juego sus interro-gantes en relación con su práctica, con sus obstáculos, con la transferencia, sino su desesperación por la amenaza que se cierne sobre su quehacer.
En general la situación se presenta lo suficientemente complicada de modo que el “supervisor” también se angustia o se sobreexige porque sabe que en ese corto encuentro le será sumamente difícil articular algo posible acerca de un análisis que frecuentemente lleva años, con un analizante que está al borde de... y con un analista desbordado. Y si algo dice en esta encrucijada ¿no transforma al supervisando en el mensajero que porta un mensaje del que no se ha podido apropiar pero con el que intenta salvar la situación repiténdolo fuera de tiempo al sufrido paciente?
¿Se ha pervertido la práctica de la supervisión? ¿Se podría achacar este fenómeno a la crisis socio-económica del país? ¿Qué tenemos que ver los analistas con el hecho de que lo que pregonamos como la tercera pata de la formación haya pasado a estar amenazada de extinción?

La experiencia de la supervisión empieza cuando el analista decide que va a reunirse con otro analista con el que tiene una transferencia de trabajo, para hablar de su práctica. Prepara el material del paciente, relee lo que anotó de las primeras entrevistas o las últimas sesiones, se encuentra sorprendido por alguna enunciación que escribió o recuerda, pero no había escuchado. Es la presentación de su trabajo ante esa otra escucha en la que confía, lo que relanza el deseo del analista. Allí empieza el hallazgo.
La urgencia actual, el pedido de socorro, hace que muchas veces este trabajo no acontezca, que la supervisión se desvirtúe, que el que demanda esté tan acuciado por encontrar algo que detenga “eso” que puede ocurrir, que no pueda “trabajar” el caso, ni haya tiempo para establecer transferencia. Se demanda una intervención mágica.
Se produce así una paradoja: mientras el analista (en la divulgación de la frase lacaniana mutilada) se autoriza de sí mismo, el “ser analista” circula sin control... pero cuando no tiene más remedio que mostrar un recorte de su práctica: se oculta, se inhibe, se avergüenza... desaparece.
Es y no está.

Al tiempo que espera que en esa supervisión pedida de urgencia, con unos pocos datos, el otro le revele la verdad de ese caso con la palabra justa que opere el “ábrete Sésamo” del inconsciente.
Simultáneamente se dice analista y en acto se expulsa del pensar psicoanalítico. Doble movimiento que hace a la orden superyoica imposible de cumplir y al aplastamiento que producen los ideales.
Pero esto tiene su historia.
¿Acaso no recuerdan los lectores de mi generación las épocas kleinianas donde uno llevaba tembloroso la transcripción de la sesión (que usualmente se grababa) y el supervisor, por las primeras cinco frases, nos hacía sentir toda nuestra abyecta ignorancia porque habiéndo escuchado al paciente cincuenta minutos, ni por asomo se nos hubiera ocurrido la décima parte de lo que ese señor o señora desplegaban, haciéndonos sentir el peso de su saber, por otra parte intransmisible? ¿A qué precio sostuvimos tanto ese lugar donde confirmábamos nuestra ignorancia y el saber del Otro? ¿No se repitió, bajo otros ropajes, esta misma escena en épocas donde la verdad pasó exclusivamente por los textos de Lacan según la lectura secular de cada momento? ¿No fue la supervisión el lugar de la confirmación y hasta el sometimiento al saber cerrado e intransmisible del Otro? ¿No era eso lo que se buscaba en algunas supervisiones: constatar que el Otro existe y que la promesa de ocupar ese lugar estaba garantizada?
Pacto erotómano en locura común que tiene el inexorable destino de caer en el despecho. O religiosidad que no se puede sostener sin milagros. Pero, insistamos en la pregunta: ¿por qué se perdió el espacio de supervisión como formación del analista?

¿La postmodernidad –que ordena qué consumir, qué pensar, qué sentir– pudo con el tiempo del inconsciente y exacerbó nuestro deseo de no saber?
¿Estamos tan inmersos en la vorágine de la eficacia y el utilitarismo que sólo nos conmueve el efecto de “desaparición” del paciente?
Hay algo de la práctica de la supervisión que no se sostiene, de un deseo que se volvió anoréxico, lábil, de una confianza que no se establece, quizás de una perversión que se desenmascare1: Cuando los milagros prometidos no se producen, los feligreses pueden cambiar su fe, incluso abjurarla.
La clínica no se muestra o sólo se lo hace para dar una “viñeta” o para aseverar algún concepto teórico que necesita sostenerse o ilustrar.
Ni Freud ni Lacan pensaron al psicoanalista como un título académico ni lo postularon en el orden del ser, como algo que ya una vez adquirido no se pierde sino que se porta como constitutivo.
Sólo pensándolo en el orden del ser se dirime el derecho sobre quién designa quién es y quién no, o donde se adquiere el título oficial de analista y donde no.
Sólo pensando que se puede estar o no analista, la supervisión adquiere una dimensión propia y la interrogación por lo que no se sabe o por lo que se erró es una posibilidad de pensarse y pensar la clínica con otro analista, que constituye el afuera necesario de todo tratamiento.

El análisis o tratamiento posible sin afuera lo vuelve imaginariamente a la díada, al sentimiento oceánico, a la célula narcisista donde se alucina el todo de la satisfacción.
Entre los dos extremos: el pedido de auxilio sin transferencia de trabajo y el esperar del supervisor una intervención mágica sin trabajo del analista, están, ocurren, se producen, hay, supervisiones, aún. Así como, también, hay analista.
Y esto puede ocurrir en el consultorio, en los hospitales psiquiátricos, en el Centro de Salud... no importa el lugar si lo que convoca es el deseo del analista, la búsqueda de ese medio, decir de la verdad de cada sujeto y la transferencia de trabajo dentro de la asunción del no todo... El duelo de no ser. El duelo por lo que nunca estuvo.
La lógica del no todo que nos marca, no importa el lugar que ocupemos, si el del supervisor o el del que supervisa. Tanto uno como otro están preguntándose allí por la clínica, pensando y pensándose en la clínica, limitados por lo no dicho, limitados por lo indecible.

Nos diferencia fundamentalmente –entre otras cosas, imaginarias algunas, quizás, el recorrido, la experiencia– el lugar en la transferencia. Lugar que sólo puede reconocerle cada supervisante y que quizás, suele ocurrir, no pasa tan solo por el mayor o menor prestigio del supervisor sino también y básicamente por la transferencia que se estableció con él, a partir de escuchar y ser tocados por su palabra.
Que esto resulte o no un buen encuentro, si la palabra se produce y encuentra su destino depende de los analistas, de la interrogación que los atraviesa, de la responsabilidad que les concierne y del ensayo de rigurosidad con que sostienen la búsqueda del deseo inconsciente.
Y del fantasma de cada uno acerca de lo que quiere que su paciente haga de él.
La clínica es soberana, los analistas no. La corona pesa tanto que nos va a doblar la cabeza, o corremos el riesgo de usarla y creérnosla, que nos decapiten.
Analizar es imposible.

A veces, se produce ese encuentro fugaz y asombroso entre el discurso del paciente y la intervención y/o acto del analista y un cambio subjetivo se realiza.
No llegamos a eso por azar, aunque en el momento lo parezca y por suerte y por efecto del inconsciente, nos sorprenda. Cuando lo pensamos a posteriori podemos concluir que ese efecto, aparentemente inesperado, estuvo germinando en múltiples intervenciones, preguntas, interjecciones, silencios oportunos.
Cortamos, cosimos en una orientación determinada. Dirección que se establece desde una atención flotante, atención que flota en una densidad plagada de lecturas, experiencias de vida, el propio análisis, y supervisiones.
Supervisiones donde uno va justamente a posteriori. Para pensar sobre lo ya acontecido, y para pensarnos en ese acontecimiento .
Es un tiempo de reflexión, de volver la mirada a pesar del terror, de transitar la angustia que da palpar los límites de nuestra posibilidad, los encierros de nuestra impotencia. Los tiempos se acortan, las sesiones pueden durar cinco minutos, la escansión hace efecto dominó y precipita otros tiempos. No sólo no hay tiempo para supervisar: no hay tiempo para psicoanalizarse. Desaparecieron los análisis de varias veces por semana.
¿Estamos ante un nuevo standard? ¿Hay menos demanda por la situación económica? ¿O cambió en los hechos el valor que le otorgamos –nosotros– al psicoanálisis?


1. Muchos supervisaban con aquel que suponían los iba a proveer de pacientes o les otorgaría poder en la pirámide institucional. Como cuando la APA consideraba que los analistas eran solamente los que figuraban en el Roster.

 
 
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