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   Autismo

Entrevista familiar en las psicosis:
  ¿del adulto al niño testigo?
   
  Por Mónica Fudin
   
 
¿Esconde el enfermo psicótico dentro de sí un niño testigo de los acontecimientos que propiciaron su dolor? ¿Es el delirio de hoy y de ayer el modo de expresar su sufrimiento? Buscaremos a ese niño ante el enigma de los primeros síntomas que viraron abruptamente hacia la desestabilización, camino largo y sinuoso que atraviesa no sin la presencia del Otro. Mostración que hace sobre la escena pública, tentativa abortada de inscribir una metáfora, apelación al otro que diga sobre eso que él no puede decir, puesta en escena del delirio porque el sujeto no tiene ninguna palabra, incluso imperfecta o inapropiada para representar o figurar lo que no ha podido pensar.

Cuando el riesgo de vida del paciente o de quienes lo rodean, aparece como un real que necesita ser acotado, reclama una internación como intervención posible. Decisión que no responderá al deseo de un solo individuo, –un Otro todopoderoso, siniestramente familiar que tiene el destino del paciente en sus manos– sino a una indicación profesional y necesaria. Descompresión imaginaria de las tensiones que deben soportar el enfermo y su familia, ya que la urgencia se produce también en quienes conviven con él. Pregnancia asilar que debe ponerse a prueba en su faz asistencial incluyéndolos en la dirección de la cura en la psicosis desde el comienzo.

En ocasiones la internación está indicada como cuña para separar temporariamente en acto al paciente de su familia, más que por la gravedad del cuadro presentado, por encontrarnos frente a un sujeto agobiado, sometido a los caprichos del Otro, sin lograr encontrar su lugar lanzándose peligrosamente fuera de una escena de la que se encuentra preso.
Arrastrando por un largo tiempo su sufrimiento, intentando solos o ayudados por amigos y vecinos, extenuados, apelan al otro social: instituciones, policía, bomberos o jueces. Cada familia recurre a una internación por múltiples motivos, y los tiempos entre la aparición de los signos y el desenlace del episodio agudo, suelen sorprender. El grado de tolerancia, negación, o renegación “de la conducta loca” que lleva al paciente a incrementar sus actos lesivos, hasta el estallido violento hace reaccionar a sus familiares tardíamente. ¿Cómo es posible una consulta tan demorada? Puedo pensar en la relación amorosa que tiene el psicótico con el Otro, en una situación en espejo, del orden de lo imaginario, que lo suprime como sujeto. Llamado al que el sujeto no puede ya responder produciéndose una proliferación imaginaria un tipo de relación al otro que sostiene cierto modo del lenguaje y de palabra. Modo que resulta incomprensible para quienes deben tratar con él, lógica familiar del “siempre fue así”, “era muy buenito”, “parecido al abuelo”, etc. Lógica que se entiende dentro de ese “asilo familiar”.

La internación suele ser vivida como la condena, o castigo impuesto al sujeto psicótico adquiriendo los signos un sentido delictivo, y contravencional. Herida narcisista que los confronta con aquello que no pueden resolver, culpándose por este real que la psicosis despliega. Eso incomprensible que se les aparece “de repente”, esa cosa loca, que les marca una falla, los agujerea, y los obliga en el mejor de los casos a abrirse a algunas preguntas acerca de sus funciones y actos, debe ponerse a trabajar en las sesiones alentando la palabra, rompiendo respuestas cristalizadas.
Traer a las entrevistas a la familia es un riesgo que hay que correr, ya sea a quienes conviven con el paciente o cumplen funciones significativas y quieran asistir. Ese real que aparece en acto, un delirio, alucinación o conducta extravagante, sin sentido suele adquirirlo cuando el paciente participa de la entrevista familiar, aun cuando se juegue un modo catártico o confesional y no diferencien el espacio de la sesión de la charla con un amigo o vecino.

El síntoma que la familia expone como versión del sujeto que lo produce –y de sí misma– ha de ser interrogado, aprovechando el encuentro con un desconcierto con respecto al saber, donde cede la imagen del otro y de cada uno. Lentamente, la verdad eso oculto, recortado y encendido, hará entrada en el misterioso juego ya que, como dice Lacan, el hombre se acomoda perfectamente a la no-verdad, sin reglas ni analista. Es a través del relato pendulante, entre confusión y caos, donde el analista revelará su función en un saber hacer ahí en el preguntar y en ejercer un ordenamiento sobre la información que necesariamente debe aportar otro.

Habitualmente el paciente se encuentra imposibilitado de explicar qué le sucede. Datos relevantes podrán ser pasados por alto y los más insignificantes adquirir alta relevancia. Un analista así se va inventando y la fantasmática armará un dispositivo, incluyendo lo incalculable que aparece con más peso que en otras estructuras, sosteniendo su acto de su propio real, de lo que le es más misterioso. La atención casi fascinada de Freud con la paranoia, le permitió avanzar en base a testimonios mostrando cómo estaba estructurado el mundo del psicótico, proponiendo un trabajo metódico, paso a paso sin saltar relieves.1 Este proceso soporta las proyecciones agresivas y persecutorias de aquellos a quienes supuestamente “pone en peligro” leyendo los signos de ese accionar extemporáneo pero que cuenta con la complacencia familiar dándonos la pista del goce circulante y la posibilidad de pensar nuestras intervenciones.

La práctica en la psicosis con adultos nos lleva a pensar si existió una psicosis infantil reubicando lo que se denomina trastornos psicóticos precoces, entre los que encontramos las formas básicas del autismo infantil, la psicosis simbiótica, la psicosis por desaferentización y el síndrome regresivo precoz. Autismo deriva de la raíz griega “autos” que significa “él mismo”, término introducido por primera vez por Bleuler (1908) para describir la actitud egocéntrica, alejada del entorno con el eje vital en un pensar fantástico e ilógico de algunos pacientes adultos, especialmente esquizofrénicos. Siguiendo a Nissen (1976) hay un esquema según qué factor prevalezca, desde el que incide en niños abandonados, hospitalizados, institucionalizados, con alto grado de indiferencia, incapacidad comunicativa, falta de iniciativa, irresponsividad de la piel ya en las primera etapas de vida, hasta trastornos sensorio-motrices que les dificulta el contacto con el otro, como ceguera, sordera, u otras dificultades.

Si bien los signos no valen por sí mismos, no pasan inadvertidos para un adulto dispuesto a ver y escuchar y nos dice de aquello que no pudo entrar en el discurso, acontecimientos de los que se han excluido quienes acompañaban a ese niño. Hablamos de niños en los que esto aparece entre doce y veinticinco meses y se constata por la ausencia de gestos anticipatorios de acercamiento, de abrazo de las figuras familiares, especialmente la madre.
Son el diagnostico diferencial y la etapa de comienzo importantes para situar evolución y pronóstico, no para coagular el deseo del analista, sino para dirigir una cura y hacer posible la intervención, para evaluar con quiénes podremos contar al momento del alta y quién fue el verdadero sujeto de análisis allá y entonces, y qué papel juega hoy en la vida del paciente, muestran una gran preocupación por estas rarezas, pero no se angustian ni se involucran por en esos padecimientos.
Niños –descritos en 1952 por Malher– con poca capacidad de frustración ante la presencia del otro, trastornos en el sueño, hipersensibilidad y propensión a llorar en la etapa de separación e individuación. Se muestran ansiosos, retenidos emocionalmente, y fusionados con la madre. Las desorganizaciones psicóticas aparecen entre los 5 y 12 años, con quejas cenestésicas o hipocondríacas, componentes de tipo psicomotor, catatónico, retraimiento brusco del ambiente, acompañado de apatía unida a trastornos de la iniciativa, mutismo o síndrome fóbico u obsesivo graves. Para Lacan la significación del delirio, la noción de elementos, estos fenómenos elementales que aparecen, no deben ser entendidos de modo distinto al de la estructura.

Es en el rearmado de la historia donde puede ubicarse la importancia de los factores traumáticos que pueden desencadenar la psicosis rompiendo una frágil estabilidad con un cuadro brusco o insidioso, las intervenciones del mundo exterior, el mantenimiento o perturbación de cierto orden en el mundo que rodea al enfermo, son elementos que entran en la composición con su delirio. Invitación a interrogar esos momentos iniciales en la vida de aquel niño –hoy nuestro “adulto psicótico”– y su relación con el otro.

Para Freud la cuestión de la verdad histórica fue motivo de preocupación. Durante la dirección de un tratamiento con un psicótico, la verdad histórica se desliza hacia la construcción para darle otro sentido, otra significación a los acontecimientos de los cuales este sujeto se excluye. No pueden convertir sus recuerdos en su historia porque el hecho está en la memoria, solo que no adquiere el sentido del acontecimiento. La transferencia del analista serviría de soporte de la investigación y estaría sostenida por el deseo de saber, saber que esta mitología ha borrado. Partiendo del concepto de lo que no entendemos, del malentendido. El psicoanalista escribe porque lee en lo que el paciente dice la presencia de algo que insiste con una fijeza que todavía no es la del texto hasta que es leído. Se instala allí para escuchar la confesión de una certeza acerca de la producción de sus signos, o de una ignorancia reclamando que hacer.

Hay en los primeros meses de incubación prepsicótica2 en los que el sujeto está en estado confusional, un inicio del período delirante que puede pasar inadvertido para su familia, quien solo lo “notan raro”, pero donde comienzan a acceder a insólitas demandas “para evitar problemas” (llevarle la comida a la habitación diariamente porque se niega a salir de ella y dejarle el plato en el piso junto a la puerta, soportar que pase largas horas en el baño mirándose al espejo, insultar a quien se le acerque porque teme que lo quiera dañar, etc.) Lo importante no es que la explicación sea más o menos comprensible, sino que lo llamativo será que es inaccesible, inerte y estancada en relación a toda dialéctica.
Al decir de Lacan, el delirio hecho carne en su juego significante, cada vez más vaciado de significación girará en torno a la existencia del otro, invistiendo todos los momentos, lo deseado, resintiendo su relación con el mundo exterior. (Deambulará toda la noche por la casa cerrando puertas y ventanas, leerá día y noche la Biblia buscando alguna palabra significativa, hostigando a quienes no creen que el Diablo está a punto de presentarse, se sacará uno a uno los pelos de la cabeza, romperá las bombillas de luz de los pasillos porque los vecinos están confabulados en su contra…). Dice Freud en Presidente Schreber, “lo que tomamos por una producción mórbida, la formación del delirio es en realidad una tentativa de sanar, una reconstrucción que opera ensamblando. Completando a la manera en que el“arqueólogo reencontrará lo que fue conservado” para hacer algo con ello. Nuestra suposición se convertirá en convicción para el paciente, y el efecto de nuestra construcción aportará un pedazo perdido de esa historia vivida, sin interpretar el delirio buscando el núcleo de verdad contenida en él, para construir una representación que no sea delirante.

Consideremos para finalizar, que la familia no demanda asistencia, el paciente es “su único problema” aparecen resistencialmente toda clase de secretos y desmentidas, contraviniendo normas específicas planteadas por la internación poniendo al analista “al borde de la locura” entre tanta contradicción estructural, ante tanta trama forcluída. Testigos de un goce que se ha de desplegar, pero no indefinidamente, en la escena familiar, pedimos que “nos ayuden en la dirección del tratamiento” traductores del paciente, saben acerca de los acontecimientos. El factor desencadenante actual no estará desarticulado del histórico que hoy se pinta de otro modo. Goces coagulados que deberán desplegarse y adquirir otro sentido.

Aquello que no comprenden convierte al analista en oráculo guiando sus pasos con la proa hacia la externación, dirigiendo la cura postulado como sujeto deseante. En la medida que el deseo nos permite, en una hipnosis al revés encarnar al hipnotizado.”3 Tomamos la demanda inicial vehiculizada por el paciente, entrada al establecimiento transferencial, y la invertimos encarnando al hipnotizado, sin identificarnos a la versión que la familia cuenta y que solo los tiene como protagonistas en la queja. Se tratará de producir algo que no han advertido y cuyas marcas no les permiten reconocer la preexistencia de un saber aun no sabido.
 
La apuesta del analista consiste en anudar la transferencia con una posición y un modo muy particular de intervención, ni interpretación porque el soporte significante es fallido, ni sugestión que reforzaría su posición de omnipotencia de saber Tal vez porque al analista solo le resta el silencio no nos exime de interrogar, ya que mantener un silencio solo lo silencia y no nos permite rescatar al niño atrapado en las redes del “loco adulto”de hoy.


Bibliografía
Lacan Jacques. Seminario de la Etica. Seminario Las Psicosis Ed. Paidos. Bs. As.
Kolko Catherine. Los ausentes de la memoria. Figuras de lo impensado. Ed. HomoSapiens Bs As.2001
Freud Sigmund. Obras Completas “El Malestar en la Cultura”- “Totem y Tabú”. “Introducción al Psicoanálisis” 1916 cap. 22,23- “Sobre los tipos de Adquisición de las Neurosis” 1923.-.López Ballesteros.
Fudin y otros. El Impacto de la Violencia – pag. 91- Ed. Letra Viva Bs. As. 1999
__________
1. Lacan J. El Seminario, Libro 3, Las Psicosis. Pág. 92. Paidós Bs As.
2. Lacan J. El Seminario, Libro 3, Las Psicosis. Cap XVII. Paidós. Bs. As. 1985.
3. Lacan, J., El Seminario, Libro 11, Paidós, pág 276.
 
 
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