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   Colaboración

Bellas en la picota
  Por Irene Agoff
   
 
La historia de la traducción califica al siglo XVII francés como l’âge d’or des belles infidèles (“la edad de oro de las bellas infieles”). La expresión es atribuida al lexicógrafo Ménage, quien dijo, a propósito de las traducciones de Perrot d’Ablancourt: “Me recuerdan a una mujer que amé mucho en Tours, y que era bella pero infiel.” ¿Cómo traducían les belles infidèles? Apropiándose, lisa y llanamente, del texto a traducir con la ilusión de transmutarlo en la lengua de la traducción. El producto resultante podía ser “bello”, en efecto, por cuanto ofrecía la naturalidad, la lozanía y el genio original de una escritura que discurría a sus anchas por los vastos dominios de la hacienda propia. Sin embargo, la distancia así establecida respecto de los originales era de tal magnitud que éstos quedaban irreconocibles. Les belles eran, efectivamente, infidèles.
El interés de la evocación está en que el feliz apelativo identificó durante una época, en Francia, a una de las dos perspectivas que puede adoptar el traductor frente a su tarea, clásicamente denominadas: fidelidad o libertad. La profusa literatura que suscitó el tema desde siempre, incluso desde mucho antes de que Ménage propusiera su sugestiva comparación, dividió durante siglos a opinadores de toda procedencia, nutriendo a la vez la historia de la cultura con innumerables ejemplos del modo en que tal cultura iba haciendo su historia y donde el traductor figuraba siempre en primera línea, al pescante, diríamos, como transportista de la civilización que fue, es y será.
“Fidelidad o libertad” es, pues, una de las tantas fórmulas para la alternativa. Que es como decir: traductor libre = traductor infiel. A esta altura se objetará, quizás, que el punto no puede ser dilucidado sin una clara referencia al campo específico en el que se ejerce la labor: una cosa es traducir literatura, se aducirá, y otra ciencias duras, y otra ciencias blandas, y otra ensayos, y así de seguido. El asunto merece desarrollos más conspicuos, pero por el momento se nos ocurre responder que, cualquiera sea el campo considerado, es planteable la misma alternativa, al menos en un nivel teórico. Y ello por la sencilla razón de que lo que se traduce son siempre lenguas, en las cuales están escritos todos los escritos imaginables, traten de lo que traten.

Juicio a los infieles

“Infidelidad” es una palabra cargada de moral. Es una palabra en la que el peso de la tradición judeocristiana se hace sentir sin miramientos. Veamos, si no, esta abrumadora lista de vocablos vinculados más o menos de cerca al término “infiel”: ingrato, indigno, pérfido, renegado, tránsfuga, falso, vil, perjuro, felón, impío, engañador, adúltero, hereje, engañoso, intrigante, desagradecido, desapegado, descastado, insensible, desnaturalizado, falaz, aleve, bellaco, fementido, apóstata, falsario, embelecador, mentiroso, tramposo, hipócrita, artero, impostor, infame, timador... Cae el anatema sobre el traductor que osa apartarse de la “letra” a traducir, simplemente porque la “respiración” de su lengua propia se lo impone de manera inexorable.
Ahora bien, toda esta fantasmagoría capaz de desencadenar, mil años después de las primeras cruzadas, otras dirigidas ahora contra los antagonistas de un nuevo dogma, se precipita en particular sobre los traductores de Lacan, aherrojándolos en una suerte de cárcel interior en la que sus lenguas maternas deben ser eliminadas para entronizar en su puesto a otra sencillamente adoptiva: el francés. Colocándolos entonces ante un reto que supera cualquier racionalidad: traducir el francés de Lacan al castellano afrancesado de sus epígonos hispanohablantes.
Traducir a Lacan es una tarea moral, y está cargada de moral. Valga la paradoja: en este terreno, cualquier reivindicación de una ética del traductor será condenada por herejía. Una de las razones es que el traductor cesa de ser un sujeto –en potencia– de la enunciación para reducirse a la condición de mero “pasador” de enunciados. Para no arriesgar aquí la inclusión de un concepto, “sujeto de la enunciación”, que, entendido al modo lacaniano, sólo sería pertinente en el ámbito del psicoanálisis, digamos más bien que la historia de la traducción es feraz en ilustraciones de la “implicación subjetiva” del traductor en la práctica de su oficio. Una cosa queremos destacar: la simple expresión “implicación subjetiva” da por supuesta la existencia de una ética. En otras palabras, afirmamos la existencia de un “deseo del traductor”.

Cuerpos del delito

Pero volvamos a la lista –seguramente incompleta– de feroces sinónimos entre los que podrían ser situados los infieles según el humor del inquisidor de turno. En conjunto o por separado, es indudable que los términos que la integran sólo podrían ser proferidos desde la iracundia y con el puño en alto. Sólo que –dato clave– en su gran mayoría se constituyen en función de un elemento tercero irreductible: el orden de la ley. Surge así, por contraste, la naturaleza propia del término invocado y que se dice en una palabra: transgresión. El infiel es un transgresor, un perverso. Su régimen es el del goce, diría el proferidor de cada uno de aquellos sinónimos si, por obra de un indiscreto azar, hubiera tenido acceso a algún libro de psicoanálisis.
Ahora bien: si el traductor infiel es un perverso, ¿cuál sería, en su caso, el Otro de cuyo goce debe asegurarse? La lengua propia, evidentemente. El traductor infiel no podría hablar otra, no podría “ser hablado” por otra. El traductor infiel tomaría partido por un solo ámbito de sentido, el de la lengua a la que traduce, la suya. La del original pertenece a una galaxia distinta, sin más puente con la propia que el diccionario bilingüe siempre abierto ante él. Este villano, en efecto, posee una sola lengua; es más, la única posibilidad de su oficio es que exista una sola, la suya. La del original ni siquiera se le aparece como encarnación de un otro que él pudiera reconocer como prójimo, como semejante, determinando así la posibilidad de alguna beligerancia: el traductor infiel desconoce la agresividad. Su “otro” está liquidado de antemano.
Pero hay algo peor: como consecuencia de esto, el descastado ni siquiera es capaz de advertir la superioridad de la lengua del original. Al habitar un recinto hermético en el que nada “de afuera” puede penetrar, carece de la posibilidad de medirse con su imposible “adversario”. Su perfidia es tanta que, imaginando el mundo del sentido poblado sólo por sus propias palabras, se da el lujo de ignorar que la otra lengua (por llamarla de alguna manera) es más lengua que la propia. El acusador del traductor infiel es, por supuesto, lacaniano, y esa otra lengua más lengua que la propia es, desde luego, el francés. “Fetichista del idioma en que le hablaba su madre”, dice, “el traductor infiel sólo puede gozar en éste, en ésta”.

Denuncias posmodernas

Los psicoanalistas se han vuelto esclavos de la letra. Esto es, de la letra francesa. “La letra se lee”, “se lee, y literalmente”, dice Lacan en Encore. Lástima que no existan en castellano acentos como el grave y el circunflejo. El traductor infiel es un cobarde que no se atreve a alzarse contra esta carencia ortográfica. Es tan mañoso y pusilánime que, a veces, enfrentado a una versión desgrabada de un seminario inédito, dominado como está por su abyecto empuje a creer que la única lengua es la de él, desiste de copiar tal cual las puntuaciones y hasta, licencioso como es, ¡se toma la licencia de modificar la división en párrafos!
Cuestión de lectura, decíamos, de letras. De lectura literal. El crítico del traductor infiel, tomando la letra al pie, o sea pedestremente, lee el seminario XX de manera harto singular. Y donde dice “en el discurso analítico se trata siempre de esto: a lo que se enuncia como significante le damos una lectura diferente de lo que significa”, decodifica comme il faut, o sea tomando la letra “a la letra”... francesa. ¿“Lo que significa”? Aquí las letras del significado parecen ser las de la grafología, éstas se miran, están para ser miradas. El traductor fiel debe ser un excelente observador.

Alegato de la defensa

Decíamos al comienzo que las traducciones belles infidèles dejaban “irreconocibles” los textos de origen. Más que un trasvasamiento, el traductor operaba sobre ellos una recreación, una reinvención. Casi podría decirse que, si su propósito era verterlos en otra lengua, lo que de hecho efectuaba era una construcción inédita. Podríamos comparar este fenómeno con lo que muchos novelistas describen como su ínfimo poder sobre los personajes de sus relatos. Apenas bosquejados, éstos comienzan a tener vida propia y se desenvuelven por ella sin hacer el menor caso de su creador. Trasladado el punto a la traducción, podría imaginarse que la belle infidèle era la propia lengua a la que se traducía, y que ésta, una vez puesta en marcha, determinaba con total autonomía los rumbos que su sintaxis, su sonoridad, su expresividad propia requerían. Y si el producto visible de tamaña emancipación era un despegue casi absoluto respecto del original, ello no podía operarse más que porque, lo que cambiaba, era el “vehículo” lingüístico.
En fin, los comentarios que precedieron y que –humoradas mediante– tuvieron por blanco a ciertos fiscales de las traducciones de seminarios y textos de Lacan, no pretendieron de veras incluir a sus acusados en la categoría de belles infidèles. De hecho, es raro que una traducción del ámbito de las “humanidades” pueda tomar semejante rumbo (¿es ahí, en las “humanidades”, donde encontraremos al psicoanálisis? Pero ése es otro asunto, el lector sabe a qué nos referimos). Finalmente, se trata de ciencias, como sea que se las adjetive. Es cierto, en cambio, que la ira que despierta en muchos analistas la negativa de algunos traductores a “pegarse” a la presunta “letra” (francesa), evoca la actitud mental del inquisidor que ve la mano del demonio en todo aquello que se aparte del dogma. En todo caso, entiéndase nuestra alusión a les belles infidèles como un recurso para poner en escena la auténtica dramaturgia desatada por la necesidad de hacer conocer el pensamiento de Lacan en otras lenguas. Quedaría por determinar, en cada caso, si los productos resultantes merecen el nombre de “obra” o de “culebrón”.
 
 
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