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   Colaboración

Tributo a W. G. Sebald
  Por María Teresa Poyrazian
   
 
Me queda claro que la violencia se
vuelve cada vez más endémica y que
eso está en la lógica misma del desa-
rrollo tecnológico. Y creo que ahora
la violencia va a determinar de
manera directa nuestras vidas.1

Es necesario sobre todo perdonar a
esas almas desgraciadas que eligie- ron hacer el peregrinaje a pie, que
costean la orilla y observan sin com-
prender el horror de la lucha y la
profunda desesperanza de los venci-
dos.2

W. G. Sebald nació en 1944 en Wertach, una aldea de los Alpes bávaros que abandonó a los veintiún años para instalarse en Suiza y luego en Inglaterra, en un pueblo llamado Norwich, donde vivió treinta y cinco años.
En el lapso de diez años, de 1991 a 2001, escribió cuatro libros: Vértigo (1990), Los emigrados (1992), Los anillos de Saturno (1998) y Austerlitz (2001), además de algunos ensayos literarios, entre otros Guerra aérea y literatura, en el que aborda los efectos del trauma provocado por los bombardeos de saturación durante la Segunda Guerra Mundial.
Estos libros hicieron conocer su nombre rápidamente, pese a haber vivido apartado de los centros intelectuales de poder.
Murió en diciembre pasado, a los cincuenta y siete años, en un accidente automovilístico cuando, a raíz de un infarto, el auto que conducía se estrelló contra un camión.
Escritor alejado respecto de las tensiones literarias que atravesaron su época, sus libros se insertan en la tradición de la literatura alemana clásica. Allí la figura central del caminante, que encarnó en su vida y trasladó a sus libros, encuentra sus antecesores.

Sebald podría hacer suyos el “Yo, el lobo estepario, troto y troto” o la sucinta frase con que Knulp, otro personaje de Herman Hesse, da cuenta de su condición de caminante: “El hombre sigue los pasos a los que se ha acostumbrado”.
El caminar le permite resistir a la vorágine y la prisa y detenerse morosa y reflexivamente frente a las cosas. Después de todo, como él mismo lo destaca, otro gran caminante, Robert Walser, lo hacía a sólo cien kilómetros de Wertach.
En el mapa trazado por esos caminos ubica sus preferencias literarias, entre las que se destaca Thomas Bernhard, por cuya obra siente gran admiración.
Sebald escribe historias, historias de personajes anónimos. Trabaja entre realidad y ficción, en una trama articulada en base a coincidencias, conexiones, desencuentros de distintos personajes entre sí, o con el narrador, o con personajes reales convocados por el narrador, como Kafka, Conrad o Stendhal, por ejemplo, o con personas y hechos ocurridos en otras épocas en el mismo espacio, o con recuerdos, o con datos surgidos de sus lecturas.
El autor nos desliza de un elemento a otro, del pasado al presente, de la muerte a la vida, de una historia a otra como en una especie de pasaje cuyo principio y fin no es necesario precisar porque luego se continúa en otros. La sensación frente a un nuevo encuentro o un nuevo lugar que se nos propone no es demasiado distinta de la que experimentamos cuando Cortázar nos hace pasar “ablandados, sin resistencia”, de la Galería Güemes a la Galerie Vivienne.
Lo particular de su escritura, que responde a una estrategia muy pensada y trabajada con obsesividad flaubertiana, consiste en que los hechos relatados son datos reales. El hecho de que los datos, las coincidencias sean reales, nos dice el autor, es muy importante porque “establecen una relación directa con el lector”. La invención, agrega, se limita a las zonas marginales. Aunque estas zonas marginales cobren tanta dimensión como los datos reales, le impriman a éstos su carácter particular y queden así indiscerniblemente confundidos, quizás hasta para el propio autor.

Es una vieja cuestión para la literatura, desde la Odisea hasta nuestros días, discriminar en lo que es la materialidad de una escritura entre hechos reales, autobiográficos, inventados, plagiados, etc.
Para los lectores de Sebald, esa inquietud dura sólo algunas páginas. Luego el lector acepta la estrategia propuesta. Nada de lo que allí se dice o se muestra (ya que la escritura va acompañada de viejas fotos, documentos, boletos de trenes, y otros materiales gráficos), nada de eso le es ajeno.
Sebald ha vivido su vida en la extraterritorialidad, sin poder sentirse en casa ni en Alemania ni en Inglaterra. “Me he convertido en algo así como una existencia ambulante y encaro con cierto pánico lo que me resta de vida”.
Uno de los temas centrales de su obra son los emigrados, es decir las personas que han debido abandonar su lugar no por decisión propia (lo cual tampoco deja de tener sus sombras) sino por una imposición ajena, casi siempre debido a haber quedado demasiado expuestas, afectadas, en las colusiones casi siempre catastróficas que producen en las pequeñas vidas de los hombres los grandes movimientos de la historia.
Sebald se instala en ese punto de colusión e intenta demostrar cómo ambas partes, los hombres y la historia, se condicionan mutuamente. Trabaja y despliega ese condicio-namiento.
Aquí el tema de la Shoa ocupa un lugar central de reflexión.

La historia, dirá por boca de una emperatriz china que reflexiona en los instantes previos a su muerte luego de haber reinado cincuenta años con un poder absoluto, no se compone más que de desgracias y tribulaciones mientras que los hombres, a lo largo de su vida en la tierra, no experimentan un solo instante que verdaderamente esté libre de temor. Estos, aclarará también, para el Poder, es decir para la historia, no son fiables en absoluto.
Los emigrados, esas “no-personas”, despojadas de sus hogares, de sus otros, de sus idiomas, esas no-personas para siempre en errancia cobran en las páginas de sus libros, sobre todo en Los emigrados y Austerlitz, una nueva forma, re-ingresan y se instalan en el mundo provistas de una nueva humanidad.
Quizás esto se deba a que Sebald hace de la emigración no el elemento causal, la “causa” de determinados acontecimientos sino que lo convierte en el elemento oscuro, siempre presente, feroz en su insistencia e inasible en su opacidad.
Elige así contar esas pequeñas historias con una voz discreta, sin emoción aparente, de modo tangencial. Avanza por detalles, buscando huellas en medio de una escena casi siempre en ruinas.
Los personajes que recorren esas historias son casi siempre excéntricos, desacomodados, “diferentes”, conscientes de que el juicio es algo relativo, que puede perderse en cualquier momento, y que las anomalías que padecen –sus tics, sus manías, sus extravagancias– son una traducción enigmática de lo más propio de sí, son su único reaseguro frente a los asedios que padecen. El asedio de una realidad inabordable, amenazante, permanentemente mellada por una nostalgia insaciable. El asedio de los recuerdos y la memoria que los persigue y aterroriza y de la que se defienden silenciando, olvidando, o recordando siempre.
Así, Ambros Adelwarth, un personaje de Los emigrados, se somete dócilmente a las sesiones más brutales de electro-shock con la esperanza de borrar de la manera más efectiva posible su capacidad de pensar y recordar.
¿Se trata de locos? Eso es sólo una cuestión de perspectiva.

Si bien cierto hálito nostálgico que se desprende de sus textos puede asimilarlo a la literatura romántica, él mismo se encarga de desubicarse de allí aclarando que para él la melancolía, además de un estado emocional que puede estar cargado de pesadumbre y depresión, está vinculada al pensar, a un pensar activo, tomándola, con Walter Benjamin, como una condición básica del trabajo creativo.
“Yo vuelvo a lo real, señala en un reportaje, mi melancolía se debe a que el paisaje está amenazado realmente”.
Su condición de atento caminante le ha permitido observar empíricamente la destrucción, la desaparición, la catástrofe, de la que testimonia insistentemente a lo largo de todos sus libros. La destrucción del paisaje, del lazo entre el hombre y la naturaleza, la degradación de esta última, estremecedoramente descripta en Los anillos de Saturno, la desaparición de las especies biológicas y zoológicas, la desa-parición de las ciudades, la desaparición de la historia en la medida en que su sentido no puede ser experimentado por sus protagonistas. Esta desaparición siempre ha existido, nos dice Sebald, pero nunca a este ritmo. “Es interesante que la literatura se haga cargo de esta consternación”.
Sebald da así un particular testimonio de este tiempo. Es un testigo de la destrucción, un testigo de “nuestra espantosa ignorancia y corruptibilidad” –como dirá en Los emigrados–, un testigo de lo real, melancólico y en pánico. No por nostálgico y en pánico menos implacable y violento en su persistencia.

Tan implacable como otro testigo de la destrucción: el pintor alemán Max Ferber –uno de los cuatro personajes de Los emigrados– a quien el narrador encuentra en un depósito abandonado en los diques del puerto de la ciudad de Manchester.
En medio de esa ciudad espectral, que en otro momento fuera la cuna de la industrialización, en medio de manzanas enteras demolidas de las que sólo queda el trazado de las calles, de gigantescos edificios victorianos de depósitos y oficinas totalmente vacíos, de calles y plazas desiertas, Ferber pinta desde hace cincuenta años todos los días durante diez horas, de pie, frente a su caballete.
Su modo de trabajar es muy particular. Aplica la pintura con gruesas pinceladas y, a medida que avanza la obra, la elimina raspándola del lienzo o del cartón. Esto hace que en el piso se forme una montaña de restos de pintura y de carbonillla del que Ferber sostiene que representa el auténtico fruto de su trabajo permanente y la prueba de su fracaso.
Al polvo que conforma esa masa o que se acumula sobre los objetos de su depósito, le asigna un gran valor, mucho más, dice, que a la luz, el aire o el agua.
Mientras lo contempla desarrollar toda esa “acción destructiva”, cómo dibuja para luego borrar con un paño de lana impregnado de carbón los bocetos que a lo mejor ha repetido cuarenta veces, el narrador piensa si de lo que se trata para Ferber no es de aumentar la cantidad de polvo. Sobre todo al observar lo que queda de los cuadros luego de ese trabajo de desfiguración: algunas líneas, un ojo, algún rasgo.

Al volver a visitarlo muchos años después de su ida de Manchester, el narrador recibe de manos del pintor un paquete. Son las memorias que escribiera su madre para él entre el momento en que los padres consiguen sacar a su hijo de Alemania y el día en que son deportados al campo de concentración.
Algunas notas de su madre se le aparecen a Ferber, quien leyó el diario sólo en dos oportunidades, como esos “pérfidos cuentos infantiles alemanes en los que, una vez enganchado, has de proseguir con la labor iniciada –en este caso con la de recordar, escribir y leer– hasta que se te parta el alma”. Por eso ahora prefería desprenderse de él.
Tal vez el montículo de restos de pintura y polvo fuese la evidencia de lo imposible de un testimonio de los que murieron, límite que Sebald conoce muy bien.
Pese a ello, ha escrito.
Quizás porque, como la señala pertinentemente Edgardo Cozarinsky,3 la literatura es posibilidad de trabajo de duelo y traza, Trauerarbeit y Denkmal.


1. Este epígrafe y todo el texto entrecomillado del artículo que no lleve otra especificación fueron extraídos de distintos reportajes realizados a Sebald. Cfr. suplementos de Clarín del 22 de diciembre de 2001, y de Página 12 del 7 de enero y del 23 de diciembre de 2001.
2. Carta de Joseph Conrad a Marguerite Poradowska, citado por Sebald como epígrafe de Los anillos de Saturno.
3. Cozarinsky, Edgardo, “Las heridas de la memoria”, en La Nación, 30 de diciembre de 2001.
 
 
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