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   La acción analítica

El efecto Eitingon
  Por Carlos Gustavo Motta
   
 

¿Qué quería decir aquel dios que aconsejaba: “Conócete a ti mismo”? ¿Quería decir, tal vez: “Deja de interesarse por ti mismo: hazte objetivo”?
Friedrich Nietzsche

Sobre la simulación: La intención de recordar los textos freudianos sobre la acción analítica, tiene absoluta vigencia. El término “práctica” aparece en gran parte de los anuncios de las instituciones analíticas que conforman nuestro ámbito psi. La oferta es tan generosa, que provoca un efecto contrario, casi de desaliento: “sobre la práctica y la formación hay demasiado”. Este breve argumento calificativo atribuye una cantidad que no se corresponde con el hacer de cada uno. No es enigmático lo que planteo; puede verificarse, por ejemplo, en los grupos de supervisión (tanto privados como públicos –concurrencia y residencia–). La “falla” es muy sencilla y la “solución” no es el aumento de un saber referencial acumulativo, sino principalmente, del propio tratamiento psicoanalítico... Un argumento que, por otra parte, puede fastidiar (e incluso provocar), pero que encierra una verdad de la que no podemos hacernos los distraídos.
Desde este posible estado de las cosas, nos es lícito conocer más de la práctica con la que orientamos una cura, puesto que si nos enfrentamos a lo “in-curable” del sujeto, distinguir nuestro propio “in-curable” sería imprescindible para conjeturar sobre él, pero jamás de la carencia de análisis, esa audacia indisimulable, que se comprueba habitualmente.

El “olvidado” efecto Eitingon: Strachey1 confirma que Freud demoraba sus comunicaciones técnicas y que él mantenía cierta renuencia en dar a conocer esta clase de metodología. Por varias razones, que incluía su disgusto en relación con la idea de que sus futuros analizantes (y los que estaban en análisis en curso) conocieran detalles de su técnica, puesto que sabía que leerían con avidez todo cuanto escribiese al respecto. Incluso era escéptico en relación a los profesiones. Sabía que era imposible escribir un “Manual” destinado a aprender los mecanismos de la terapia psicoanalítica. Sin embargo, no se privó, de sus “consejos”.

Existe una treintena de artículos freudianos sobre técnica psicoanalítica.2 El objetivo de nuestro trabajo es, entonces, realizar un comentario sobre esos textos, verificar sus postulados y hacerlos avanzar a la luz de la orientación lacaniana: “Desde luego que se puede proceder de diversas maneras, pero en el psicoanálisis nunca es obvia la respuesta a cuestiones técnicas. Quizás haya más de un camino bueno, pero sin duda hay muchísimos malos, y una comparación entre diversas técnicas tiene que producir un efecto esclarecedor aunque no imponga decidirse por un método determinado.”3
No se trata de un trabajo crítico, sino de un aporte (que intenta ser objetivo) de nuestra propia práctica analítica. En el último Encuentro Internacional del Campo Freudiano y en el Congreso de Miembros de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (julio pasado en la ciudad de Bruselas y París) se abordó como uno de los temas principales “La formación del analista”, es decir, hay plena vigencia de estos asuntos.
Los primeros discípulos de Freud sabían de esta condición, teniendo en cuenta que muchos de ellos se “perdieron” con las relaciones de poder, que van de suyo en toda institución, por efectos propios del discurso. Pero este argumento, se aparta de nuestra comunicación.

Max Eitingon, psicoanalista de origen polaco, fue uno de los fundadores de la Sociedad Psicológica de los Miércoles, y a partir de ese encuentro con Freud entre los años 1908 y 1909, realizó con él un análisis didáctico. Eitingon crea el primer instituto de formación de analistas: el Berliner Psychoanalytisches Institut y hace accesible el tratamiento psicoanalítico al mayor número de personas.
Max Eitingon propone consignas claras para considerar a un analista practicante: 1.- El propio análisis. 2.- La participación del analista en grupos de formación teórica. 3.- El control o la supervisión de los casos.
La tríada de Eitingon funciona además con la inclusión del analista en una institución analítica, para el desarrollo de su lazo social con sus pares. ¿Si también hay que practicar política? Sí, y algo más que eso: Freud vaticina que “si algún día se fundara una escuela de psicoanálisis, debería enseñarse en ella mucho de lo que también se aprende en la facultad de medicina: junto a la psicología de lo profundo, que siempre sería lo esencial, una introducción a la biología, los conocimientos de la vida sexual con la máxima extensión posible, una familiarización con los cuadros clínicos de la psiquiatría. Pero, por otro lado, la enseñanza analítica abarcaría disciplinas ajenas al médico y con las que él no tiene trato en su actividad: historia de la cultura, mitología, psicología de la religión y ciencia de la literatura”. Freud es riguroso: “Sin una buena orientación en estos campos, el analista quedaría inerme frente a gran parte de su materia.”4 ¿Qué decir para Lacan? Inicialmente recordamos su advertencia, que los consejos están para no seguirlos. Aún así, ellos provocan un hallazgo y poseen vigencia en un sujeto. Al provocar una operación llamada retorno a Freud, Lacan no deja de tener presente a lo largo de su existencia esta tríada y la incluye en la construcción de una Escuela. Obviamente, no con ese nombre, sino con significantes propios de su praxis e investigación. Su invención, más allá del objeto a, el pase se transforma en la piedra angular de todo analista e indudablemente no hay pase sin un trabajo de elaboración y sostén analítico. No es, queridos lectores, recomendar el pase, pero sí, de eso no hay duda, sugerir un análisis. Al menos, por algún lugar debe comenzarse, en una actividad que opera principal y fundamentalmente, con palabras.


1. S. Freud, “Trabajos sobre técnica psicoanálitica”, AE, Tomo XII.
2. S. Freud, “Apéndice a los ‘Trabajos sobre técnica psicoanalítica’”, AE, Tomo XII.
3. S. Freud, “El uso de la interpretación de los sueños en el psicoanálisis”, AE, Tomo XII.
4. S. Freud. “¿Pueden los legos ejercer el análisis?”, AE, Tomo XX. Puede consultarse también mi artículo, en Marcas de la época, huellas en el sujeto, Editores Contemporáneos, Bs. As., 2000.

 
 
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