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   Colaboración

El horror
  Breve historia de algunos ideales que determinaron nuestra herencia
   
  Por Álvaro Couso
   
 

¿Cuántas veces tendré que decirle que nosotros nos hacemos sabios no por el recuerdo del pasado, sino por la responsabilidad de nuestro futuro.
B.Shaw

La bandera de la República envolviendo mi cuerpo no contradiría un ápice esa certeza. Simbolizaría, sencillamente, una fidelidad al exilio y al mortífero dolor de los míos: aquellos en quien no dejo de pensar, aún hoy.
J. Semprún

No por primera vez me pregunto ¿en qué modo, de qué manera la historia de la migración de nuestros ancestros, de nuestros abuelos, ha venido a encontrar en nuestra generación, en ésta, la de sus nietos, los síntomas que se estructuraron en aquellas experiencias? ¿Cómo se han repetido desde la Conquista a nuestros días, las condiciones de su productividad? ¿Cómo en el terror surgido por la ignorancia de la forma de la tierra, que acuciaba a los navegantes que acompañaban a C. Colón, reconocemos el temor en el relato de los nuevos pobladores de estas tierras?¿Cuáles habrán sido los fantasmas, los miedos de aquellos que vinieron a América en el vientre de los barcos? ¿Qué determinaciones encontraron allí su origen? En la convicción de que toda psicología social es individual, voy ha servirmede la singularidad del relato de mi padre para hacer algunas inferencias.

Según contó, siendo niños pequeños, mis abuelos habían viajado desde su España natal a América, dejándolo a él y a su hermana mayor al cuidado de unos tíos. Tiempo después –no podría precisar cuanto– enviaron por ellos. Se desencadena en ese acontecimiento un primer momento de pánico. Advertidos por su familia de que vendrían a buscarlos me relató la siguiente escena: Viendo aproximarse a quienes debían cumplir con la tarea de embarcarlos, escapan y se ocultan en una plantación. En el relato lo que se subrayaba, no era eljubilo, ni la alegría por el próximo reencuentro con sus progenitores, sino su temor y la angustia ante lo eminente del viaje. Se trataba entonces para ellos, de abandonar su familia, su casa, su tierra, su colegio, sus amigos..., todo aquello que conocían y que querían, por “no sabían ¿qué?” Al amor y la necesidad de sus padres que conocían, el vacío de toda su corta historia. En ese gesto se plasma la dramática del exilio. Exilio que subsumiendo el sentido del castigo caracteriza esa experiencia mayor de la existencia. ¿ Cómo no ver allí esa pérdida escencial que hace atodo aquello en lo que nos reconocemos? Ya para los griegos, no existía mayor sanción que el ostracismo. La pérdida de la patria, del lar, conllevaba la pérdida del apelativo que identificaba el nombre al lugar de origen, se borraba toda identidad. He allí un anonadamiento del ser, que al perder sus referentes, deja al sujeto al margen de todo reconocimiento. Perdida la mirada del otro, su apelación: la insignificancia. No sería abusivo signar en este hecho un momento fundante de ese rasgo que luego se traducirá en el ámbito social como un “desaparecido”.

No obstante, vayamos con cautela, sabemos por la lectura de Freud, que todo recuerdo es encubridor, es decir, que remite a algún otro que lo antecede y lo funda en su sentido, a partir de lo cual el relato de mi padre compartido por mi tía en una reunión familiar, tendría el antecedente, no incluido en la memoria, del dolor y la desesperación que habían vivido esos niños cuando sus padres desaparecieron –no hay ingenuidad en el uso repetido del concepto–. Incluso, especulando, podríamos suponer que no debió haber muchas explicaciones para advertirlos de lo que advendría. No era costumbre. A la separación física, a ese no saber, más allá de las palabras, a la ausencia, debemos sumarle el desasosiego de lo que se avecinaba. Embarcados hacia un lugar ignoto, que era para ellos tan sólo un nombre, poco dijeron del viaje. Pero a fuerza de seguir especulando. ¿Cómo podríamos imaginarnos a esos dos niños en ese espacio novedoso, fantástico? ¿Cuáles habrán sido sus ideas, sus fantasías sobre el mar, sobre ese lugar sin límite y sin referencia? ¿Qué habrá pasado cuando se desencadenó la primer tormenta, con los miedos que enloquecen el corazón? ¿Habrá habido algún amparo a tanta desesperación? ¿Alguna otra mujer, alguna otra madre se habrá apiadado de ellos en su necesidad? ¿Cuál su desamparo y su rencor? Si para la generación de mis abuelos venir a América constituía una búsqueda, un volver a empezar, una esperanza en suma, para sus hijos, en cambio, fue la expresión descarnada de una experiencia a pura pérdida.

Es imposible no deducir el destino que nos deparó ser la tercera generación. ¿A quién si no a nosotros nos cabía la responsabilidad, el deseo de convertir sus sueños en realidad? Y cuando digo sueños, subrayo lo impensado en ellos, aquello que los determinó y que nos funda en tanto sujetos. Hay allí dos líneas de realización divergente aunque no contradictorias. Una que indica el retorno a las fuentes, cerrando el ciclo abierto por los abuelos, desapareciendo como ellos lo hicieron de su tierra, volviendo a migrar. La otra, desapareciendo detrás o en pos de una idea, de un ideal. Pues más allá de una lectura desde el discurso político o sociológico, no se realiza una opción de estas características sin un alto componente sintomático, es decir fuera de una repetición causal. Sin ser ésta una reducción de los factores o variables que puedan estar en la configuración de la experiencia, sin ser la única o “la” lectura de la misma, pero sin poder eludirla en su significación, si tan sólo pudiéramos considerarla más allá de todo psicologismo, seguramente podríamos generar nuevos mitos originales.

“Tu es celui qui écrit et qui est écrit”, afirman los versos de E. Jabés, sintetizando de este modo el proceso de creación, de la invención de las cosas que ponemos en el mundo, pero sobre todo de nosotros mismos. Este modo de entender el proceso de construcción de la subjetividad coincide con la afirmación derridiana que encontramos en De la gramatologie y en L´écriture et la différence: Freud et la scéne de l´ecriture en donde toda diferencia posible surge de las mismas trazas, en otra combinatoria, en una reinterpretación de la propia historia. J. Lacan radicalizando el análisis que comenzara a desarrollar desde su Seminario sobre “La identificación” ha distinguido significante de letra, haciendo recaer en esta última la inscripción inconsciente que sostiene como huella real toda determinación. Que seamos un texto, no significa que esté descifrado, por el contrario se oferta a ese proceso de desciframiento que el psicoanálisis propone. Escritura y lectura de las letras que generamos y nos portan. Si el deseo es el deseo del Otro, entonces, es por él que somos escritos en una relación de interdependencia con aquello que nos causa. En el silencio de la noche nuestros sueños testimonian de esas letras que nuestra gramática permite, novedad permanente que excluyendo la determinación absoluta de nuestras marcas, posibilita la novedad de la diferencia que impide cualquier anticipación. No desconocemos, ni rechazamos el determinismo, sino que lo inscribimos dentro del marco de aquellos acontecimientos como, por ejemplo, los fenómenos fractales, o como los que han hecho surgir la teoría del caos, en donde la imposibilidad de conocer la totalidad de las variables que los determinan impiden su predictibilidad, del mismo modo que en los conjuntos co-variantes, donde cada uno de los elementos no es lo que aparenta, sino un lugar vacío en el sistema de relaciones que mantiene con los otros, no teniendo una relación fija con ninguno de los otros elementos del conjunto, ni con otros. Existe una determinación, pero dado lo aleatorio de su combinatoria, es imposible determinar su resultado, al modo de las volutas de humo o de las olas del mar, siempre diferentes. Efecto desesperante si no puede instituirse un saber sobre lo que ha de devenir.

De modo que hay letras, hay escritura, pero cada escritor, cada lector hará de ellas su propio texto. Aún cuando reconozcamos en ellos copias más o menos burdas, será ésta su singularidad.
Pero para aquellos, que como decía, se encuentran tan afectados por el significante de la muerte, para aquellos que está tan presente, se hace imposible eludir los signos de la trascendencia, desde el amor al prójimo a cualquier otra manifestación que reclame el sacrificio o la santidad. Es por ello, sí por el ello, que hay héroes trágicos, que le hacen decir a Victoria Ocampo “No se puede compadecer a los fuertes, sólo se los puede querer, y quererlos tremendamente, porque lo necesitan de manera tremenda”. Paradojas, en las que es ineludible el sentido que conllevan, la propuesta en la que seduce su ética. Se inscriben y se repiten los signos.

 
 
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