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El retorno de Nietzsche a Freud
  Por Carlos Pérez
   
 
Resulta notable que cuando Freud produce el mayor giro teórico, en Más allá del principio de placer,1 ubique el dilema de la repetición como cuestión central. Hasta entonces, la repetición concernía a lo reprimido que tiende a expresarse, a contrapelo de la posibilidad de tomar conciencia de lo que se trate. La clásica fórmula, acuñada en Recordar, repetir y reelaborar es “repetir para no recordar”.2 En Más allá... retoma este punto de vista y a su través vislumbra lo esencial de la repetición no en un efecto de la represión sino en algo de fuerza más elemental, originaria. Esta repetición comienza a resultarle elocuente en lo propio del trauma y el juego infantil. A propósito del célebre fort-da puede considerarse su fundamento en la iteración de un ritmo y sus variaciones.

Freud alude a la repetición mediante una expresión cara a Nietzsche: “eterno retorno de lo igual” escribe3 entre comillas y sin mencionar al autor. Resulta notable, dije, esta remisión al pensador alguna vez aludido cuando afirmase esperar de su pluma el encuentro de lo que aún permanecía mudo en él:4 “Ahora me he procurado a Nietzsche, en quien espero encontrar las palabras para mucho de lo que permanece mudo en mí, pero no lo he abierto todavía”. Permanecería cerrado, a la manera de un resto capaz de irrumpir como formación extraña, tanto que en esa carta también se lee una caracterización que Freud hace de sí mismo, de neto corte nietzscheano: “Porque no soy ni un hombre de ciencia, ni un observador, ni un experimentador, ni un pensador. Soy nada más que un temperamento de conquistador, un aventurero, si lo quieres traducido, con la curiosidad, la osadía y la tenacidad de un tal”.

Leído o no, Nietzsche está presente en los grandes vuelcos de la teoría freudiana. Recordemos otro, que marca el pasaje de la primera a la segunda tópica, producido en El yo y el ello, momento en el que Freud incorpora la noción que le llegara de Nietzsche –desarrollada por éste en Más allá del bien y del mal– a través de Groddeck. Vayamos a la cita de Nietzsche:5 “En lo que respecta a la superstición de los lógicos: no me cansaré de subrayar una y otra vez un hecho pequeño y exiguo, que esos supersticiosos confiesan a disgusto, a saber, que un pensamiento viene cuando ‘el’ quiere, y no cuando ‘yo’ quiero; de modo que es un falseamiento de la realidad efectiva decir: el sujeto ‘yo’ es la condición del predicado ‘pienso’. Ello piensa: pero que ese ‘ello’ sea precisamente aquel antiguo y famoso ‘yo’, eso es, hablando de modo suave, nada más que una hipótesis, una aseveración, y, sobre todo, no es una ‘certeza inmediata’. En definitiva, decir ‘ello piensa’ es ya decir demasiado: ya ese ‘ello’ contiene una interpretación del proceso y no forma parte del mismo”.

Por su parte, Freud se refiere a Groddeck, de quien dice6  que “insiste, una y otra vez, en que lo que llamamos nuestro ‘yo’ se comporta en la vida de manera esencialmente pasiva, y –según su expresión– somos vividos por poderes ignotos [unbekannt], ingobernables. Todos hemos recibido [engendrado] esas mismas impresiones, aunque no nos hayan avasallado hasta el punto de excluir todas las otras, y no nos arredrará indicarle a la intelección de Groddeck su lugar en la ensambladura de la ciencia. Propongo dar razón de ella llamando yo a la esencia que parte del sistema P y que es primero prcc, y ello, en cambio, según el uso de Groddeck, a lo otro psíquico en que aquel se continúa y que se comporta como icc”. En nota al pie Freud deja constancia de la genealogía del concepto: “El propio Groddeck sigue sin duda el ejemplo de Nietzsche, quien usa habitualmente esta expresión gramatical para lo que es impersonal y responde, por así decir, a una necesidad de la naturaleza, de nuestro ser”.

Nietzsche había resultado, para Freud, una figura inalcanzable:7 “Durante mi juventud, Nietzsche significó para mí algo así como una personalidad noble y distinguida que me era inaccesible”. Sumemos a esta íntima veneración la presencia que seguramente tuvo por vía de quien fuera el apasionado amor de Nietzsche: Lou Andreas Salomé. Una vía exquisitamente valorada por Freud pero que pudo llevarlo a una desilusión –¡oh las mujeres!–; el propio Freud admite que en lo relativo a Nietzsche su distinguida Lou “jamás quiso hablarme de él”.8 Agreguemos en esta lista, hecha un poco al azar, al escritor Arnold Zweig,9 quien insistía en que Freud daba estatuto teórico a la efusión de Nietzsche: “Pero durante estos últimos años me he vuelto a acercar a él (Nietzsche) por el mero hecho de haber reconocido en usted, querido padre Freud, al hombre que ha sabido realizar lo que en Nietzsche sólo fue una pintura: el que ha vuelto a dar a luz la Antigüedad, el que ha revalorizado todos los valores, quien ha acabado con el cristianismo; el verdadero inmoralista y ateo, el que ha dado un nuevo nombre a los impulsos humanos, el crítico de toda la evolución cultural hasta nuestros días y el que ha hecho todas las demás cosas que le son atribuibles solamente a usted, que ha sabido evitar siempre todas las distorsiones y locuras puesto que ha inventado el psicoanálisis y no el Zaratustra”. Por si fuera necesario agregaré que las tesis de Nietzsche aparecieron en las discusiones de los miércoles de la Sociedad Psicoanalítica de Viena.
Se comprende que Nietzsche estuvo presente para Freud por más de un camino. Obviamente, la inversa no es válida, Nietzsche no leyó a Freud, pero dejó más de un señalamiento para entender que su obra tenía en la mira alguien de su estatura:10 “Todavía espero yo que un médico filósofo, en toda la extensión de la palabra –uno de aquellos que estudian el problema de la salud general del pueblo, de la época, de la raza, de la humanidad– tenga alguna vez el valor de llevar a sus últimas consecuencias la idea que yo no hago más que sospechar y aventurar”. Y anticipadamente dejó estos versos:11

Mis maneras y mi lenguaje te atraen,
vienes en pos de mí; ¿quieres seguirme?
Síguete a ti mismo fielmente
y me seguirás. ¡Despacito, despacito!


¡Vaya si Freud lo hizo, a cada paso de su autoanálisis! Años más tarde confesaría, dando razón al poema:12 “Me rehusé el elevado goce de las obras de Nietzsche con esta motivación conciente: no quise que representación-expectativa de ninguna clase viniese a estorbarme en la elaboración de las impresiones psicoanalíticas. Por ello, debía estar dispuesto –y lo estoy, de buena gana– a resignar cualquier pretensión de prioridad en aquellos frecuentes casos en que la laboriosa investigación psicoanalítica no puede más que corroborar las intelecciones obtenidas por los filósofos intuitivamente”.
Consideremos algo más sobre las aspiraciones de Freud, a propósito de las líneas directrices seguidas por él y por Fliess, en la carta fechada el 1 de enero de 1896:13 “Veo que tú, por el rodeo de tu ser médico, alcanzas tu primer ideal, comprender a los hombres como fisiólogo, como yo nutro en lo más secreto la esperanza de llegar por ese mismo camino a mi meta inicial, la filosofía. Pues eso quise originalmente, cuando aún no tenía en claro para qué estaba en el mundo”.
El eterno retorno. El acercamiento a esta noción es difícil, Nietzsche lo llama su “pensamiento abismal”,14 la “fórmula suprema de afirmación a que se puede llegar en absoluto”.15 En el ensayo autobiográfico –relativo a sus obras– titulado Ecce homo, emplea estas palabras cuando se refiere al modo en que se le impuso la idea del Zaratustra.16 ¿En qué radica lo idéntico del retornar? Según Nietzsche, en que sea algo acontecido innúmeras veces, pero no es la identidad en la que alguien pueda reconocerse a la manera yoica, pues lo que retorna y deshace lo constituido es la ausencia de una presencia, lo que no es, lo no alcanzado como estabilidad. La paradoja del retorno de lo idéntico es que lo mismo retorne como alteridad. Retorna lo otro del sí mismo, el no ser como violenta contraparte.

Nietzsche rechaza la idea de un ser constituido a la manera parmenídea; en vez de eso apunta al puro devenir, y cuando postula que la máxima aspiración de la voluntad de poder es que el devenir alcance una precaria forma de ser nos coloca ante el pensamiento abismal, ajeno a cualquier sustancialidad. Lo que Nietzsche presenta es el enigma del acontecimiento, del instante rompe el círculo de la repetición, pero que como instante ha de reiterarse infinidad de veces incitando al acto libertario.
 
 
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