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Últimas noticias de los propietarios de Lacan
  Por Jorge Baños Orellana
   
 

El 11 de julio de 2000, Jacques-Alain Miller dio una charla en la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA) en la que se presentó, sucesivamente, como un persa, un zulú y un estanciero argentino. Para comenzar advirtió que, en tanto visitante extranjero, él disfrutaba del lugar eminente y envidiable del persa de las Cartas de Montes-quieu. A la manera de ese persa del siglo XVIII que escudriñaba las costumbres del palacio de Versailles, Miller estaba confiado en que (o amenazaba con que) su exterioridad nacional e institucional lo habilitaban a opinar con especial sagacidad acerca de los anfitriones y a mostrar, con el desfile de su propia presencia, cómo se es un persa, vale decir, un lacaniano. Naturalmente, a continuación mostró el reverso humilde de esa capa. Recordó que, veinte años atrás, había llegado por primera vez a Buenos Aires hecho un iracundo lacaniano y que así hubiese permanecido de no ser por Horacio Etchegoyen. Etchegoyen, en aquel entonces presidente de APdeBA y años después de la misma IPA, había extendido la mano al salvaje zulú llegado de Francia y había conseguido socializarlo con el encanto de la gente bien. Finalmente, sobre el cierre, de nuevo un cambio de semblante. Y no faltaban motivos. Desde la fecha de su primer desembarco, la prédica de ese persa-zulú había alcanzado considerable repercusión en tierras argentinas, ocasionando resquemores que él debía hacer lo posible por aventar. Me consta que, mientras lo procuraba, se oía murmurar que la «guardia pretoriana» del millerismo porteño se había infiltrado entre el público no habitual que esa tarde asistía al gran salón de APdeBA. Fue entonces cuando Miller dijo que ni él ni ningún otro jamás podrá convertirse en el terrateniente absoluto de la enseñanza de Lacan puesto que, enfatizó con voz criolla, «Nadie tiene a Lacan como una vaca atada».1
De esta forma, con tres chistes de auto-presentación, el yo soy esto y el usted es aquello de la escena enunciativa quedaron construidos. ¿Resultaron graciosos esos chistes? Entiendo que los dos primeros sí, por mucho que sus efectos dependieran de la parcialidad de la tribuna desde la que se los escuchara; el último, en cambio, creo que exigía demasiado amor.

La vaca atada
Porque la cuestión del poder o no poder tener a Lacan como una vaca atada reavivaba el cargo más serio que se le hace a la trayectoria de Miller. Es sobradamente conocido que, por disposición testamentaria, él es el único legalmente autorizado para publicar los seminarios de Lacan, y que esa delegación la viene ejerciendo de un modo que no satisface a amplios sectores de la comunidad analítica. Se han cargado mucho las tintas al respecto. Algunos quisieron verlo renunciar de inmediato a ese derecho y otros quisieran verlo convertido en un esclavo a tiempo completo de los deberes de albacea; de modo que su negativa, en uno y otro sentido, viene provocando ataques que suelen ir más allá de lo razonable y que no siempre son ajenos al oportunismo político. Ahora bien, el caso es que desde 1973 (fecha en que se publicó Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, como primero de la serie) únicamente aparecieron diez títulos de los seminarios (nueve en castellano), algo más de un tercio de la tarea que queda por delante. Por otra parte, hay objeciones técnicas al «establecimiento» de Miller, al método por el cual convierte en un texto legible tanto los rodeos de la oralidad de Lacan como los registros, frecuentemente ambiguos y hasta cómicamente erróneos, que la estenógrafa entregó de cada seminario.

Mientras Lacan pudo avalar los resultados, no se levantó ninguna voz; las discusiones empezaron después de su muerte. Al poco tiempo, la asociación APRÈS llevó adelante una solución alternativa a esos dilemas de la transposición de lo oral a lo escrito y de lo absurdo a lo semántico; decidió publicar por su cuenta, a través de un boletín llamado Stécriture, una «edición crítica» de uno de los seminarios, el de «La transferencia». Era una versión que no cancelaba las muletillas ni los cabos sueltos de la oralidad de Lacan y que, cada vez que la estenotipia daba la impresión de estar en la encrucijada de una homofonía (situación corriente en la lengua francesa y más todavía en boca de Lacan), dejaba constancia de soluciones alternativas —sirviéndose de un sistema de anotación erudito y algo engorroso—.2 El experimento no llegó a feliz término, porque Miller interpuso un recurso legal contra su distribución y los tribunales de París le dieron la razón, como no podía ser de otra manera. Pero debido a que lo mejor no siempre está del lado de lo legal, ese primer episodio de la «guerra de las transposiciones» dejó serias dudas y amargas expectativas.
El caso parecía cerrado definitivamente con el veredicto de diciembre de 1985. Recién en septiembre de 1991 hubo una turbulencia. El desencadenante fue la aparición de la edición jurídicamente autorizada del seminario de «La transferencia», y la respuesta vino de lo que quedaba de APRÈS, reagrupados mayoritariamente sus miembros en la École Lacanienne de Psychanalyse. Ellos publican, esta vez sin censura posible por parte del Estado, Le transfert dans tous ses errata en el que se acusa al nuevo establecimiento de Miller de cometer quinientos setenta y nueve errores identificados puntillosamente. El libro trae, además, las actas de un coloquio que se refieren algo exasperadas al asunto y a sus hipotéticas motivaciones;3 sin embargo, era incontestable que un número importante de las quinientos setenta y nueve observaciones daba en el blanco. Eso paralizó las reediciones francesas de «La transferencia» y la traducción de su establecimiento a otras lenguas. Luego siguió una calma de diez años hasta que, en septiembre de 2001, se reabre el expediente del modo más imprevisto.

La vaca desatada
Todo comienza con un breve mensaje electrónico impersonal titulado «Nueva política editorial»: «París, 15 sept. (Agencia Lacaniana de Prensa) – La colección del Campo freudiano publicará a partir del año próximo una serie de volúmenes anuales titulados Cahiers Jacques Lacan. Cada uno de esos Cahiers tendrá textos inéditos de Lacan: cartas, manuscritos, borradores, etc. Por otro lado, mientras Éditions du Seuil proseguirá con la publicación de los Seminarios de Jacques Lacan establecida por Jacques-Alain Miller, respetando los mismos principios de edición, aparecerá una segunda serie: Las estenografías del Seminario
En contraste con el anterior, el siguiente paso, dado a principios de octubre, no pudo tener más publicidad ni ser más personalizado. Toma gran estado público por la «Cuarta carta a la opinión ilustrada», fechada el 7 de octubre, en la que Miller transcribe y comenta su participación del día anterior en una jornada organizada en Sainte-Anne por Essaim, revista dirigida por Erik Porge —hasta no hacía mucho, miembro prominente de la École Lacanienne—. Ante un numeroso auditorio en el que sobresalían sus principales objetores, él había anunciado que: a) si bien continuaría publicando el establecimiento de los seminarios tal como venía haciéndolo hasta el momento, renunciaba a la exclusividad; puesto que b) levantaba la proscripción a la «edición de nadie», vale decir, confirmaba el proyecto de abrir la fuente estenográfica a la consulta de cualquier lector, y puesto que c) levantaba la proscripción a una «edición de todos» o «de muchos», vale decir, habilitaba la posibilidad legal de que se publicara una edición crítica de los seminarios «que reuniría las notas manuscritas, las conjeturas sabias, las glosas eruditas, las versiones alternativas», para la cual invitaba a la comunidad «a menudo rencorosa» de «los mejores conocedores del mundo del Seminario de Jacques Lacan»,4 sin excluir a Charles Melman, su ex-analista —del que acababa de escribir que era: «el peor de todos, el traidor absoluto, el hombre abyecto», por las expresiones condenatorias con las que Melman había ventilado, años atrás, detalles de su análisis—.5

El acontecimiento generó tres respuestas inmediatas: la de la indiferencia, la de la prisa por tomarle la palabra a Miller y ejercer el nuevo derecho antes de que pudiera desdecirse, y la del rechazo terminante a la nueva propuesta.
La respuesta de la indiferencia parece ser, hasta el momento, mayoritaria. Razones no le faltan, y por tristes que sean deben ser atendidas. Ocurre que Lacan ya no interesaría lo suficiente como para merecer tanto trabajo de reescritura y relectura. El comentario inexpresado parece decir así: «¡Bastante trabajo nos ha dado estudiarlo como para que ahora, en plena madurez, nos contradigan con que Lacan no habría dicho precisamente eso! ¡Nos resistimos a cotejar línea por línea para enterarnos de que algunos de nuestros subrayados favoritos no están aplicados precisamente bajo su palabra, sino bajo los artefactos de la ignorancia de una estenógrafa o del furor didáctico de Miller!» La tibia recepción, en librerías de la misma Francia, de Les autres écrits aparecidos en abril de 2001 sería efecto de lo mismo, de un lacanismo que le dice «basta» a Lacan. En la Argentina, la insignificante atención que mereció el libro de los 1236 errores, omisiones y discrepancias en los Escritos de Lacan en español de M. Pasternac (menos de un centenar de ejemplares vendidos en dos años), sería otra prueba incontestable de ese apagamiento. El siglo xxi se inicia con un lacanismo de masas, pero no con uno en el que Lacan sea leído meticulosamente.

En cuanto a la segunda modalidad de respuesta, no deja de sorprender que haya sido Jean Allouch, la cabeza más visible de APRÈS y de la École Lacanienne, el que menos melindres mostró frente al nuevo panorama editorial. «Yo le creo a Miller», dijo para la estupefacción de muchos, apenas salió de la jornada de Sainte-Anne.6 No caben dudas de la espontaneidad del gesto; poco tiempo antes, en la entrevista que le hizo la revista de la Asociación Psicoanalítica Argentina, había declarado: «Es un escándalo. Los seminarios se van a editar de una manera pertinente, no sé, en cincuenta años».7 La infatigable Elizabeth Roudinesco se mostró igualmente dispuesta a olvidar viejas alergias con tal de no ver repetirse, con los papeles de Lacan, lo que sucede con los Archivos Sigmund Freud, en los que debe pasar exactamente un siglo para que un documento gane estado público. «Elizabeth me hostiga de todas formas para que abra los Archivos Lacan desde que hicimos las paces»,8 confesó Miller un par de días después de la reunión en Sainte-Anne.

Por último, están los que responden que la mejor política editorial para el psicoanálisis es la de rechazar sistemáticamente cualquier iniciativa de ese monstruo de muchos semblantes (no sólo los del persa, el zulú y el estanciero argentino) que sería Jacques-Alain Miller. Y no me refiero a un grupo inactivo ni silencioso. El 30 de enero pasado, apareció una carta abierta colectiva dirigida al director de la editorial Seuil en la que se le recomienda que vete la iniciativa de publicar la versión estenográfica de los seminarios de Lacan y que adopte una solución más pragmática que la de esperar la elaboración de una edición crítica. Confiados en que miles de analistas de todo el planeta suscribiríamos el mismo petitorio, los firmantes despacharon la carta por correo electrónico a una extensa lista. En la Argentina pronto circuló en su versión original y en castellano.

Los nuevos estancieros
Es altamente probable, lector, que usted la haya recibido. Me limitaré, entonces, a subrayar únicamente los dos párrafos decisivos.
Primero, el que clama porque no se desate la vaca de la transcripción estenográfica: «Nosotros nos oponemos vivamente a este proyecto de editar la taquigrafía tomada en los seminarios de Lacan. La entrega al público de transcripciones tan aproximativas en las que pululan malentendidos y faltas groseras, no podrían, en efecto, más que desacreditar a su autor así como a los trabajos y la práctica a los que allí se refiere.» A su sabio entender, sería más prudente mantener alto el muro que protege a Lacan de la iniciativa de los lectores corrientes. Vale decir, de nosotros. ¿O usted vio alguna vez la estenografía completa de algún seminario? ¿Puede informarme qué biblioteca de nuestras escuelas analíticas guarda ese tesoro?
El otro párrafo es comparativamente menos incómodo. Es el que recomienda solucionar la cuestión de los seminarios inéditos con un trámite más expeditivo que el de aguardar nuevos tomos del establecimiento y/o la puesta en marcha de la edición crítica: «Desearíamos asimismo llamar su atención sobre la situación consternadora en la que se encuentra la edición del seminario de Lacan. ¡En veinte años sólo han sido publicados seis (sic) seminarios sobre los veintidós que restarían por aparecer! [...] Esta situación es tanto más anormal cuando versiones correctas de todos los seminarios de Lacan ya han sido puestas a punto por las diversas asociaciones de alumnos y que hubiera bastado y bastaría aún un acuerdo del ejecutor testamentario para editarlas.» Es decir, técnicamente piden sustituir la versión no anotada y protegida de dudas de Miller por la versión no anotada y protegida de dudas de las «versiones correctas» que corresponden, no es ningún secreto, a las versiones que, en alta proporción, produjo la escuela a la que pertenecen los firmantes de la carta: la Association Freudienne International, mejor conocida como «la escuela de Melman». De hecho, la carta abierta del 30 de enero es una transcripción atenuada de la respuesta pública que, pocos días antes, había dirigido Charles Melman a las «Cartas a la opinión ilustrada» de Miller.9 Sólo han descartado, con inteligencia, la hipótesis alzada de que el plan de divulgar las estenotipias obedece al móvil criminal de desprestigiar a Lacan y, de esta manera, saciar los reclamos oscurantistas del «peronismo gaucho» de la IPA argentina...

Es cierto que las «versiones correctas» de los seminarios inéditos tienen una inobjetable ventaja sobre los establecimientos futuros de Miller. Ya están listas. Eso podemos constatarlo, puesto que son las que están apiladas en los anaqueles de las buenas bibliotecas analíticas del país y se fotocopian «para uso interno». ¿Qué dificultad se levantaría hoy contra su libre circulación comercial? Quizás ninguna, los ánimos no son los de 1985. Sin embargo, puede que su oferta deba reorientarse a otro sello, puesto que habría razones, no sólo económicas o las del apego a viejas alianzas, que podrían hacer que a la editorial Seuil no le convenza el negocio. Al menos eso espero. Si el director de Seuil le hace caso a la carta del 30 de enero, la Association Freudienne recibirá una justa retribución monetaria y moral, pero el lacanismo en general no obtendrá más sino menos como saldo documental. Gozaremos del beneficio de poder reemplazar las fotocopias anilladas, de las muy difundidas ediciones «para uso interno», por libros con tapas a cuatro colores. El problema es que un contrato de Seuil con la Association supondrá también: a) que no aparezcan nuevos establecimientos millerianos (con sus soluciones logicistas, muchas veces atendibles, y su aparato de títulos y subtítulos de considerable valor mnemotécnico); b) que las fuentes estenográficas sigan en manos de un círculo cerrado de elegidos, y c) que haya que despedirse de las principales razones que justifican el esfuerzo de preparar una edición crítica.
Estas consideraciones serían puro reclamo obsesivo si las versiones de la Association Freudienne International y de otras escuelas de menor envergadura fuesen tan «correctas» como la carta del 30 de enero. ¿Lo son? Aunque tienen méritos innegables, eso no ha impedido que haya conocidos esfuerzos, como el del seminario de Allouch, que encuentran sus horas más interesantes en las tachaduras y enmiendas que le hacen a su mentada corrección.

De corrales y tranqueras
Por último, a la publicación de los Cahiers Jacques Lacan, anunciada en septiembre por Miller, se opone la alternativa express, sugerida por Melman, de que los Archivos Lacan se depositen directamente en la venerable BNF (Biblioteca Nacional de Francia), «con el propósito de que sean conservados y puedan servir al trabajo de todos». ¿Pero quiénes son «todos»? Nuevamente unos pocos privilegiados. Esos papeles sufrirán la misma suerte que los guardados en otros archivos de propiedad académica: los planes de su publicación, y de allí de su posible traducción, se verán trabados y carentes de incentivo. No estarán en muchas y remotas bibliotecas, sino en una sola y a la exclusiva disponibilidad de los vecinos de la Île de France y los scholars subvencionados por las fundaciones estadounidenses. Sé que con mi balbuceante francés y con mi inserción oscilante en la docencia universitaria no reuniré los créditos para que el empleado de la BNF me permita hurgar en la correspondencia, los borradores y los manuscritos que me importan (aunque puede que mi viejo título de psiquiatra lo impresione). Además, es imposible ser analista practicante en Buenos Aires y, al mismo tiempo, pasar meses en la BNF. Veo mayores posibilidades en el solicitar y aun presionar para que los anunciados Cahiers entreguen su riqueza con celeridad y sin restricciones proteccionistas.
De tomas maneras ¿es momento para que los analistas argentinos nos detengamos en esto? ¿No son cuestiones lejanas y bizantinas para los tiempos que corren? El ruido de la calle asordina este debate de filología y ciencias de la edición. Sin embargo, su lucha de propietarios no debería quedar completamente desapercibida. El legado de Lacan no debe permanecer como una cuestión de familia ni tampoco como una cuestión francesa. Tendremos que asistir a más de una plaza para no seguir siempre cantando: «Las penas son de nosotros, / las vaquitas son ajenas».


Notas:

1. «J-A Miller en APdeBA», en La revista de psicoanálisis: subjetividad de la época, año 1, n°2, agosto de 200, p. 6.
2. Cf. AA.VV., Puntuación y estilo en psicoanálisis, México, 1992.
3. AA.VV., Le transfer dans tous ses errata, EPEL, Paris, 1991.
4. Miller, Jacques-Alain, La ternura de los terroristas y otras cartas, ed. EOL, Buenos Aires, 2001; pp. 26-37.
5. Ibíd., p. 25.
6. Com. pers., París, 7 de febrero de 2002.
7. Allouch, Jean, «Entrevista a J. Allouch por D. López de Gomara y E. Mandet», en Revista de psicoanálisis, t. 58, n°1, ed. Asociación Psicoanalítica Argentina, Buenos Aires, 2001; p.236.
8. Miller, Jacques-Alain, op. cit., p. 43.
9. Melman, Charles, «Du rififi contre les divans», rev. Passages n°114/115, dec. 2001/jan. 2002. Trad. castellana incluida en este mismo número de Imago-Agenda.

 
 
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