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   Colaboración

La castración
  Por José Milmaniene
   
 
Cuando un sujeto consulta por sus síntomas, deman-da a Otro, al que se le supone un saber, razones sobre las causas del sufrimiento y la miseria neurótica padecida. Comienza así a transitar por el camino que va desde el goce mal simbolizado al placer que deviene luego de inscribir adecuadamente la castración simbólica, es decir, renunciará al goce actuado o sintomático en aras del placer en el discurso. El paciente circulará desde la impotencia (fobias, inhibiciones, conversiones) hasta el límite mismo de la imposibilidad, es decir, hasta el borde que Freud llamó “la roca viva de la castración”. Se podrá subjetivar la angustia hasta el abismo mismo de la nada que se insinúa más allá de todas las formas imaginarias o metafóricas que adquiere la muerte y la finitud. En otros términos: una mujer llegará a ecuacionar la falta hasta el límite corpóreo mismo que marca la falta de pene, y el hombre hasta el temor inasumible de la vulnerabilidad intrínseca que supone el corte del miembro. Y aquí no se trata de metáforas sino de la literalidad pura de un cuerpo que admite su simbolización hasta el extremo en donde aflora la carne perecedera marcada por las huellas imborrables de la diferencia sexual anatómica. Advirtamos que Freud acepta la posibilidad de ecuacionar la falta, pero impone límites a esta metafo-rización, y además denuncia como ilusión omnipotente el intento de desconocer la verdad de lo real del sexo y la muerte, es decir de la castración,entendida ésta como imbricación de libido más pulsión de muerte. Además y por otro lado nos advierte que el desconocimiento de esta infranqueabilidad de lo real, no es sin consecuencias, y que de intentarse siempre acarreará altos costos subjetivos. Es la fascinación narcisista egocéntrica, que cautiva con la tentación de la bisexualidad y la inmortalidad, la que genera la ilusión maníaca de que se puede superar el muro de un cuerpo biológico habitado por la castración. Se vive en un cuerpo sexual y se soporta condición perecedera: he aquí la fuente de toda protesta neurótica. Por eso el neurótico enferma, dado que no puede asumir una condición existencial marcada por la implacabilidad de una elección forzada: para soportar la vida se debe aceptar que no se es el Falo, ni se lo tiene. Así, el fin de análisis supone asumir la castración, dado que se trata de subjetivar la muerte hasta el extremo mismo en que ella adviene en el amo absoluto, frente al cual no queda más que la resignación creativa fuera, obviamente, de todo contexto de agonía melancólica o de suposición en un más allá en el cual habitan las almas prontas a reencarnarse. Y esta subjetivación supone aceptar que no se podrá jamás tener pene si se es mujer, y que la angustia de castración habitará al hombre hasta el final. Por eso las mujeres padecen habitualmente de una depresión postanalítica (dado que no recuperan el supuesto Falo faltante, anhelo que a su vez preside toda demanda latente de análisis), y los hombres de un rechazo permanente a la pasividad, la que adquiere la forma del temor a la dependencia, de la sobrecompensación desafiante, o del bloqueo de toda gratitud hacia la figura del analista, o bien el modo de la paranoia post-transferencial, expresión inequívoca del deseo incolmado de pasividad frente al Padre. Por eso cuando una paciente consulta lo hace motivado por una deficitaria simbolización de la castración, la que lleva a la mujer a esperar recibir del analista el supuesto Falo imaginario faltante, lo que motoriza la cura, pero a su vez determina que la frustración irrealizable de tal anhelo derive en un sordo resentimiento o una sutil venganza que consiste habitualmente en un precipitado abandono de la cura incompleta . En el caso del varón, cuando acude a la consulta lo hace movido por la angustia que le generan sus aspectos pasivos homosexuales mal elaborados, que lo llevan a suponer que una actitud pasiva hacia otro hombre siempre equivale a la castración, y a desconocer que la pasividad sublimada es necesaria para fundar todo lazo social. Es decir, el comienzo de un análisis se halla presidido por el deseo de encontrar el modo de resolver la decepción fálica en la mujer, y de superar la pasividad y la angustia de castración en el hombre. El análisis avanzará, dice Freud, hasta lo real de esa “roca viva” infranqueable y nuestra tarea llega a su fin cuando la mujer acepta creativamente su falta y el hombre resuelve adecuadamente su pasividad. Esta posición queda estructuralmente inconclusa, dado que en tanto no se logra jamás Ser ni tener el Falo, persiste un “resto” que no se disuelve jamás. El límite está conformado por la biología, en tanto es la falta de pene o el temor a perderlo lo que origina todas las defensas, las que en definitiva no son más que un intento fallido de repudio a la feminidad. De lo que el sujeto huye es de la pasividad vivida como pura cosificación objetivante frente al goce del Otro, a quien se le reprocha no haber otorgado el pene en el caso de la mujer, o el sometimiento masoquista fallido que impone en el caso del hombre. Lo real del sexo –entendido como la diferencia sexual anatómica– supone el tope a todo juego significante con el sentido, dado que siempre se pagan altos costos subjetivos cuando a la anatomía masculina le corresponde una arquitectura simbólica femenina y viceversa. Las frecuentes patologías de goce dan cuenta de lo dicho, y sólo se puede restituir la deficitaria castración simbólica hasta el borde mismo en que la castración real impone su evidencia incontrovertible. Pero si la compacidad insensata de lo real dice la “ultima palabra”, ésto no excluye agotar todo sentido posible de lo imaginario. Curarse de la impotencia en el hombre –dada la indistinción entre el Falo y el pene–, o de la frigidez en la mujer –dada la incapacidad de gozar desde la falta–, supone enfrentarse con la imposibilidad absoluta de recuperar el Falo bajo la forma del pene en la mujer o de Ser el Falo en lugar de tener un pene “perdible”, en el caso del varón. La “enfermedad normal” del sujeto reside, pues, en aceptar la falta que implica toda destitución narcisista del registro fálico del Ser. La miseria neurótica, el desafío perverso, o el delirio psicótico serán reemplazados, pues, por la humildad que deviene de ser un sujeto marcado y hendido por la castración. Asumir la castración es modificar la actitud existencial frente a ella merced al saber sobre la falta, y no por el contrario negarla, desmentirla o repudiarla... De lo que se trata, entonces, es de no intentar eludirla con las estrategias neuróticas, perversas o psicóticas, sino dejarse atravesar por la castración entendida como un saber fragmentario sobre la falta de toda completud. La curación reside, pues, en aceptar el vacío, sin intentar colmar la nada que se abisma más allá del Yo-objeto, desposesión radical que permite apropiarse de la falta-en-ser, sin caer en ningún colapso melancólico. Si el sujeto logra trocar en metáfora creativa su envidia de pene o su angustia de castración, hasta el extremo mismo de aceptar un núcleo opaco e irrreductible a la metaforización, podrá entoncer ecuacionar la carencia fálica con los hijos, con la poética del amor o con la creación de alguna obra...

Veamos ahora la relación que se puede establecer entre el fin de análisis y la problemática del amor al Padre. El sacrificio masoquista que impone el Superyo implica el eterno amor al padre, y las religiones dan cuenta del amor al Padre Eterno. En la cura se reedita esta pasión transferencial por su figura, y el paciente se resiste a concluir el análisis dado que éste supone la permanencia de la amada y respetada figura del Padre. Si el sujeto se perpetuara en esta posición quedaría para siempre adherido a la ilusión eficaz de que la curación consiste en reencontrar al Padre y la dependencia se asintomatizaría en aras de una estabilización fusional con el Otro paterno, sobre el trasfondo de un enamoramiento idealizante. Pero entonces ¿Qué significa asumir la castración? ¿Cómo lograr la subjetivación que procura el “saber-hacer-con”, detentando la autoría de una obra, que ya es el sujeto mismo hecho nombre en la firma propia que lo autoriza, más allá del Padre? Concluir un análisis implica, pues, sacrificar el gozoso sacrificio que conlleva la entrega amorosa a Él, para trascender su imponente figura. Se trata, ni más ni menos, que de prescindir de la culpa que imponen los ideales de imposible cumplimiento para situarse como sujeto responsable de una elección que no desconoza la libertad del Otro reconociendo su irreductible diferencia, más allá del temor o del castigo. Ahora bien, si la moral se funda en la interiorización fallida de la Ley del Padre, presidida por alguna forma imaginaria que lo encarne ¿Cómo constituir una ética desencarnada y asentada sólo en la exclusiva dignidad de los símbolos? ¿Cómo subjetivarse en un discurso que no suponga nada más que el goce que procura donar al Otro lo mejor de sí, representado por un producto que porte alguna poética, que no es más que el estilo particular con el cual el sujeto haga causa? Quizás esta sea la utopía psicoanalítica: aspirar a un sujeto responsable que pueda ir más allá del Padre, sin que esto implique caer en el hedonismo a ultranza o en el desquicio pulsional. Mejor dicho aún: prescindir del Padre a condición de servirse de él, sin recaídas imaginarias que reintoduzcan el amor idealizante sobre algún sistema de pensamiento dogmático que no permita matar al Padre Muerto, y lo reviva una y otra vez bajo el modo de los liderazgos autoritarios, los sometimientos culposos a figuras dominantes o a dependencias infantiles frente hombres endiosados ... Claro está que en tal caso no sólo se debe sostener una ética más allá de la culpa –con la renuncia al goce que esto implica– sino que se debe enfrentar en soledad al amo absoluto-la muerte. Se entiende entonces que si analizarse es asumir la castración, y esto supone la subjetivación en y de la muerte, el fin del análisis coincide necesariamente con su propio fin. Y aquí el obstáculo es nuevamente transferencial: ¿Podrá el analista destituirse como Padre para ocupar el lugar de un mero semblante-objeto que posibilitó la cura de Otro que al independizarse no sólo debe asumir su propia orfandad sino también condenar al analista a la soledad de una tarea imposible que, una vez consumada, requiere, para recomenzar, de la fidelidad al análisis y a su transmisión como única causa? El amor sublimado será, pues, el instrumento del que se servirá el deseo del analista en tanto búsqueda de la diferencia absoluta, que es la que sitúa precisamente al paciente como sujeto de la castración... Apuesta fuerte entonces: ir más allá del Padre, para recuperar las letras que escriban su nombre...
 
 
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