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   Salir de la Argentina. Ilusión o des(a)ventura

El pánico
  Por Eva Lerner
   
 
La actual partida de muchos jóvenes me conectó, como les sucederá a muchos, con una historia personal de inmigrantes hacia esta Argentina, Crisol de Razas.
Llegar a América escapando de la pobreza para algunos, de las persecuciones religiosas o raciales para otros, o simplemente buscando nuevos horizontes lejos del Viejo Mundo como posibilidad de liberarse del yugo social, familiar o para “hacer la América” es más o menos el común denominador de la mayoría de los argentinos.
Es necesario diferenciar entonces, aquellas migraciones planeadas, calculadas, esperadas , no por ello más sencillas, de otras improvisadas con serias características de huida.
Alguien puede estar atravesado por una historia de migraciones donde un abuelo llegó a América a probar fortuna o libertad y luego trajo a su familia, con el sentimiento de salvarlos de algún mal peor que la migración, o por algo muy distinto que es la huida ante el miedo a la muerte.

La Primera y la Segunda Guerra Mundial atestiguan y resignifican la migración como salvación. Liberación de sistemas políticos opresivos como la dictadura del Zar en la primera, anticipación del genocidio nazi en la segunda.
Me refiero a quienes han sido considerados extranjeros por sus compatriotas o bien a quienes expulsados al destierro por persecución ideológica y política, padecieron un exilio efectivo y no deseado. Huir, en esos casos, es huir de la muerte. Y migrar fue migrar clandestinamente.
Como hablantes portamos desde pequeños la marca de la migración. Migrando desde el Otro, en principio materno, hacia el exilio, para poder acceder a la propia palabra, un sentimiento de extranjeridad nos recorre desde siempre y es en esa herida que se nos construye la neurosis. Ella remedia día a día –cada quien con su fantasma– el dolor de esa falta de comunión ilusoria de la que por siempre padeceremos.
La ganancia de esa pérdida, si se inscribe como falta necesaria, es la libertad para migrar por el mundo sin una adhesión excesiva a países, a monedas, a objetos perecederos, a escenas, a paisajes de la vida ya vivida que se portan, de todos modos como ya sidos.

Aún así, el imaginario humano debe contar con una puerta por la que se pueda salir y entrar y debe contar con que “hay mundo” por donde transitar y con que ese mundo por el que se transita se nombra de algún modo. De lo contrario, es el pánico. Y las posibilidades del pánico son muy diferentes a las del miedo. El pánico no genera la huida sino la inmersión en el colmo de la angustia.
Quienes hoy deciden emigrar –sin desmerecer las causas actuales de frustración que nos habitan, con el dolor de ver desintegrarse el futuro, con el lamento de los hogares que se dividen, con la desazón de los jóvenes que no pueden encontrar perspectivas laborales dignas en sus campos de trabajo– quienes hoy deciden emigrar, entonces, no lo hacen como en el ’76, para salvarse de la muerte sino con la ilusión de que lo que acá se pierde se recuperará en otra parte. Les falta el registro, tal vez, de que como primera generación en el exilio, tendrán el estatuto de inmigrantes. De todos modos no es una migración clandestina. Las estadísticas están en todos los periódicos. Es una salida posible.
En una pólis sin ideales, porque algunos fueron arrasados por la dictadura militar junto con treinta mil desaparecidos y otros fueron desvastados por el empobrecimiento cultural y social y por la corrupción de las instituciones de la democracia, es bien difícil enlazar las marcas que recorren al sujeto de la transmisión gracias a la cuál puede nombrarse, con alguna salida re-creativa de éstas en el lazo social.
Este enlace no puede acontecer si en el Otro, esta vez como tejido social, impera no sólo la falta de Ley sino la barbarie.

Hoy, si hay huida, no es aún por discriminación ideológica, pero está en continuidad de algún modo con los hechos que culminaron en la barbarie del ’76.
Es en el pánico en el que quisiera detenerme por ser de nuestro interés actual como psicoanalistas, sobre todo por el avance de la psiquiatría biológica. Cuando el Otro simbólico que resguarda los estratos más imprescindibles del horizonte que transitamos, del piso que pisamos, se desgarra, se atomiza como está sucediendo; cuando la amenaza no es de combatir las ideas en un campo de exterminio sino la existencia misma, en el barrio en que se vive, en los lugares por donde transitan los hijos, en la calle o en la plaza; cuando el Otro social que se supone gobierna para bien administrar los recursos de un pueblo, lo comprometió en una deuda impagable y además le robó, lo vendió y lo engañó, aliado a una elite político-económica que detenta la impunidad de la Ley, la sensación es de exterminio de la existencia, ya no por discriminación ideológica o racial sino por prohibición del deseo.
Cuando una vida es remitida al estatuto de la necesidad y al mero arbitrio del Otro, a una vida mochada de la condición deseante que el parlêtre, como tal se merece, es en la memoria de nuestro país un subrogado de los acontecimientos del ’76 que reactualiza el duelo por lo perdido por falta de Ley.

Cuando la credibilidad es arrasada junto con la subjetividad porque la Ley es ambigua, en el mejor de los casos cunde el odio, la autodefensa, pero en el peor de los casos, el pánico.
Es difícil encontrar con qué asirse en el pánico. Los efectos de la globalización en la pérdida de los estados nación, la fragmentación de la identidad en la pérdida paulatina de un proyecto en el orden internacional, hacen colapsar el imaginario social de igual modo que colapsa el imaginario individual cuando entra en pánico, y los significantes que lo representan, tributarios del rasgo unario, quedan borrados.
El imaginario de nuestro pueblo se sustentó en las corrientes migratorias que lograron trascender su condición de origen en las generaciones siguientes con significantes que hoy colapsaron: “la Europa de América”, “el granero del mundo”, etc.
Si a una sociedad melancolizada durante mucho tiempo, que recién comenzaba a reaccionar para salir de la renegación encontrando los derechos del duelo y de recuperación de la condición deseante perdida se le agrega un real que la arroja al pánico, un tiempo de inmovilidad angustiosa recorrerá su entorno hasta que alguna salida simbólica digna, si la hubiere, ordene un nuevo imaginario social.
 
 
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