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   Colaboración

Malestares de nuestra época
  Por Álvaro Couso
   
 
God bless the thoughtful island
were never warrants come
God bless the just Republics
that give a man a home.

R. Kiplig

Husserl tenía razón al preguntarse:
“¿no podemos todos juntos regresar
a un mundo donde pueda volverse
a fundar la vida, y reencontrarnos allí
nosotros mismos como semejantes?”

C. Fuentes

Me preguntaba si siendo extranjero, no habiendo compartido los ideales que desde la infancia la cultura va construyendo, ni portando así mismo las marcas, las huellas que en la historia de nuestras vidas se instituyen como herencia, podría tener la posibilidad de interpretar el goce que esta realidad de la Argentina de hoy nos impone.
Pensando tal vez, justamente, que esta alteridad podría ser una condición para ello, es que me autorizo a hacerlo.
La proliferación indefinida de acontecimientos que desde el mes de diciembre venimos soportando, y cuya conclusión no puede anticiparse, impone una dificultad adicional.
Con M. Blanchot, con S. Freud, acordamos en que la operación de significación de un acontecimiento, sin importar que características posea, debe haber finalizado para poder realizarse. En el momento de escribir estas líneas –marzo del 2002– podemos constatar que estamos en medio de un proceso, en un medio que podemos ponderar relativamente, y que seguramente no es el justo medio, sino más bien un límite, una frontera que moebianamente separa y une ese punto de la observación con el acontecimiento que lo sucederá y que podría llegar a ser, por ejemplo, aquel que cierre la serie. El desconocimiento de las variables que condicionan los vectores de fuerza que determinan la direccionalidad o la finalidad de los mismos hace imposible la predicción.

Esta presencia insoslayable del tiempo, este sumergirse de cada acto en un tiempo que impone la pérdida de su mismidad, de la identidad, es el marco con que debemos aproximarnos a esta novedosa y cambiante realidad. Si a esta dificultad predictiva, la caracterizamos por la pérdida de los referentes de nuestra cotidianeidad, el mundo hoy ya no es lo que fue, pero tampoco podemos saber como será. La crisis, la desestructuración de las significaciones, al modificar las representaciones que constituyen nuestro mundo, lo destruyen. He aquí un exilio, un modo de desaparecer, donde perdida la mirada del otro, de aquel que reconoce como prójimo, como otro, nos nadifica.
Vuelvo –pues ya me he servido de ella en otros textos– entonces, a esa desgarradora frase con que Shakespeare define la vida en Macbeth, “its a tale told by un idiot, full of sound and fury, signifying nothing”. Si la vida no tiene sentido, si se pierde en el cuento, en los relatos ficcionales, y es solo eso: furia y ruido en las palabras de un idiota, ¿Qué justifica la existencia? ¿ Para que vivimos? ¿Cuál es la finalidad de la vida? Estas preguntas al no encontrar otra respuesta que sin sentido, desencadenan un retorno de lo siniestro que destituye cualquier imaginario.

En el contexto de esta destrucción del estado de derecho –afirmación que deviene de la sustitución sucesiva de leyes y decretos que se contradicen según los proyectos político–económicos de los gobernantes de turno y que abolieron de hecho la separación de los poderes del estado, haciendo una renegatoria funcional de las instituciones jurídicas, la abolición de la propiedad privada, corralito mediante, instituyendo la apropiación y la expropiación de los bienes de la ciudadanía y la pérdida de la libertad, efecto de la restricción económica que lleva a porcentajes obscenos la llamada línea de pobreza en los sectores más empobrecidos de nuestra sociedad y que cierra las fronteras para todos aquellos que creyeron que podían desplazarse a su antojo, nos ponen ante la evidencia ¿la paradoja? donde los efectos más despiadados, más extremos del capitalismo, coinciden con aquellos tan duramente rechazados de los países llamados socialistas. El paternalismo, el estado protector, omnímodo y supuestamente superado por la libertad de mercado, por la globalización, por la desaparición de las ideologías, muestra uno de sus verdaderos rostros. El más sádico, aquel que dice por nuestro bien, producirnos los peores padecimientos. Aquel que se arroga, apropiándolo, el derecho arbitrario de instituirnos en objetos de su goce desconociendo toda subjetividad.
Todo ello no es sin consecuencia.

Si se pierde la ingenua idea de ser el pueblo elegido y no somos ya el último puerto de Europa; si como dice C. Fuentes en “Una familia lejana”: “el nuevo mundo fue la última oportunidad de un universalismo europeo, también fue su tumba.” o como G. Márquez afirma: “Yo creo que la influencia de Rabelais no está en lo que escribo yo, sino en la realidad latinoamericana, la realidad latinoamericana es rabelesiana”; y si cuando mirando atrás no podemos encontrar raíces que reconozcamos como propias, sino tan sólo como dice Linacero ese personaje de “El pozo” de J. C. Onetti: “un gaucho, dos gauchos, treinta y tres gauchos...” –condensando en esa imagen, en la gesta, en el hecho histórico inmortalizado por J. M. Blanes, un hito en la independencia de las colonias del Río de la Plata de España, y en el juramento que se repetirá de allí en más como consigna de la bandera de los orientales: “ Libertad o muerte”, el signo, la consigna que inducirá en su máxima a generaciones que generosamente habrán encontrado en él la razón de su destino; si no hay más que la ilusión desvaída, pérdida de nuestros antecesores, de nuestros padres y abuelos que creyeron poder fundar en estas tierras otro origen, un nuevo comienzo para sus propias vidas y para su descendencia; si la movilidad de los extractos sociales que retratara inigualablemente “Mi hijo el doctor”, ya no cumple con la esperanza de ascenso sino con la repetición de llevar a su punto de partida toda iniciativa; si todo retorna sin metáfora en el “corso e recorso” de la historia... En fin si todo es en vano, encontramos la otra cara del horror.
Sostiene K. Joung en “L’ homme á la decouverte de son Ame” que luego de la ruptura del cristianismo, es decir a partir del Renacimiento y de la Reforma, el mundo moderno, léase la sociedad occidental contemporánea ha estado a la búsqueda de un nuevo mito.

Podríamos afirmar que en el “Manifiesto Comunista” K. Marx retoma y prolonga uno de los grandes mitos escatológicos del mundo judeo-cristiano; el papel redentor del justo, para caso el del proletariado que subsume bajo su significado, ser el elegido, poniendo su sacrificio y su sufrimiento al servicio de la reforma del estatuto ontológico del mundo. La desaparición de las clases sociales presupone la síntesis de las tensiones históricas, la lucha final entre el Bien y el Mal, fin absoluto de la historia que conlleva el triunfo definitivo del primero.
La misma necesidad, pero desde una finalidad totalmente opuesta, la encontramos en la mitología del nacional-socialismo, limitada por su pesimismo racista. Es inimaginable pensar a toda Europa aceptando voluntariamente al Herrenvolk reencontrando las fuentes espirituales de la raza, el paganismo nórdico. La ragnarok, el fin del mundo esperado, comporta también un combate final entre dioses y demonios que concluiría con la muerte de todos los dioses y héroes en ese combate, a partir del cual el mundo renacería regenerado, lo que en términos políticos configura la sustitución de la historia y la cultura judeo-cristiana por el pasado y los antepasados germanos.
Ambas hipótesis en su determinismo proponen el fin de la historia y de sus contradicciones.

Estas ideologías que suponen la finalización de las tensiones de la historia, que no creen que las mismas son consustanciales a la condición de sujetos que somos –véase Croce u Ortega y Gasset–, afirmadas en su “verdad histórico-científica” o en la fuerza de su poder, impusieron ideales que pautaron la moral del siglo pasado.
En la versión vernácula, el mito que produjo el fenómeno del peronismo que como alternativa a la concepción marxista de la lucha de clases, generó un “movimiento” capaz de concertar diferentes sectores de la sociedad en pos de las transformaciones necesarias a las nuevas condiciones económicas, encuentra sus propios límites en la modernidad de una propuesta que reniega de los ideales que lo constituyeron. No obstante la ductibilidad, su capacidad de adaptación o de incorporación de las nuevas condiciones en las que se representa, ¿podrá la forma perdurar más allá de su contenido? ¿lo nominal más allá de lo que nombra?

Hemos dicho que lo traumático del acontecimiento –si lo tomamos como un conjunto– radica en la pérdida de la significancia, de las representaciones con las que construimos nuestro mundo. De ser así, no sólo se pierde el sentido que el mundo adquirió, sino también toda finalidad del acto. No queremos decir con ello que no emerjan alternativas y conductas que intenten reparar el daño que se ha realizado sobre el entramado social. Ni que el imaginario colectivo no produzca demandas con instrumentos más o menos novedosos, sino que la caída de los velos, de aquello que protege de la presencia de la muerte, nos deja en la mayor indefensión. Es imposible mirar al sol de frente. No puede soportarse.
La ascesis pulsional demanda goce y muerte. La impunidad de los actos y de los actores redivive al padre en sus imagos más sádicas, en su posibilidad de goce infinito; a él han de dirigirse todas las invocaciones y en él estarán puestas todas las esperanzas, creándose esos efectos de masa como los que llevaron al fenómeno del nazismo. En una entrevista “Los intelectuales y el poder” G. Deleuze responde: el “poder es algo más difuso...” si despejamos la hipótesis del interés teorizada por el marxismo, encontraremos que existe otro determinante: el deseo. Hay inversiones de deseo que determinan, que fijan, que hacen surgir el interés “allí donde el deseo lo sitúa” y agrega “Es preciso estar dispuesto a escuchar el grito de Reich: ¡no, las masas no han sido engañadas, ellas han deseado el fascismo en un momento determinado!” M. Foucault confirma que: “las masas, en el momento del fascismo, desean que algunos ejerzan el poder, algunos que, sin embargo, no se confunden con ellas ya que el poder se ejercerá sobre ellas y a sus expensas, hasta su muerte, su sacrificio, su masacre, y ellas, sin embargo, desean este poder, desean que este poder sea ejercido.”

No podrían comprenderse estas afirmaciones si no hubieran mediado las referencias al concepto de identificación, a las operaciones que determinan el ideal del yo y el yo ideal, y al deseo inconsciente, que el psicoanálisis ha demostrado como la causa de toda conducta humana, a partir de los desarrollos que S. Freud postulara en “Psicología de las masas” y de los que nos hemos ido sirviendo en el desarrollo de nuestra interpretación.
La historiadora D. Quattrocchi-Woisson directora del Observatoire de l’Argentine contemporaine ha publicado en Le Monde Diplomatique de febrero, Dix jours q’ ont ebranle l’Argentine. La exaltación y el recuerdo de aquellos otros “diez días”, que desde el titulo de su trabajo toma como referencia y que serán el eje de su análisis, anticipan sus conclusiones. El exhaustivo marco del que parte abarca desde su inclusión en los acontecimientos que estudia, la diversidad de interpretaciones que puedan brindarse en torno a un mismo suceso, hasta la incógnita que presupone su destino.

El hecho de enfocar la lectura a partir de las manifestaciones sociales que se fueron sucediendo no excluye una interpretación de la puja entre los determinantes intereses económicos que subyacen a esta crisis. Por ello la idea de un “golpe civil” que “cambiaría las reglas económicas”, la “alianza entre la clase desposeída y la clase media”, “la gran novedad democrática”, “la última chance” para “la clase política”; pone a la autora en la emergencia de una novedad social capaz de recrear los lasos y el porvenir de la nación. Si éste fuera un análisis político deberíamos interrogar el concepto de “golpe civil” de “alianza de clases”... Pero no lo es y, como ella bien dice, es impredecible el resultado, lo que devendrá como efecto de todo ello. Pero también, y es por eso que hago hincapié en este texto, es indiscutible el tono, la esperanza, el optimismo que de él se desprende. Y es este deseo justamente lo que me permito subrayar:
Somos hijos de la violencia, que impera sobre la razón y sobre la pasión misma.
Sin pesimismo, asumiendo como propia la máxima lacaniana: “la esperanza es la antesala del suicidio”, suspendo, en progreso, estas asociaciones...
 
 
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