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   Colaboración

De los goces del analista.
  Un modo de respuesta a
   
  Por Hugo Dvoskin
   
 
A fin de abordar la espinosa cuestión que Allouch plantea en relación con los decires sobre supuestas golpizas y encuentros sexuales entre Lacan y algunos de sus analizados he intentado formular algunas preguntas que nos puedan servir de coordenadas. ¿Cómo puede plantearse un análisis desde la teoría misma?; ¿cómo está armado el artificio del psicoanálisis?; o en términos del propio Allouch “¿El análisis es, como se lo ha dicho (comenzando por Freud que usaba la palabra Behandlung), un tratamiento?”
El abordaje supone dos elementos a priori. En primer lugar evitar la cuestión de “será cierto”. No se trata de discutir la veracidad de los hechos, ni mucho menos de juntar un conjunto de chismes o informaciones que los verifiquen o desautoricen. Se trata de pensar aquello que se dice, abordándolo como una conjetura posible. En segundo lugar, implica elaborar la cuestión desde la doble perspectiva del analizante y del analista. Del lado del paciente, reflexionar qué supone quedar colocado en el lugar de quien es golpeado o mantiene relaciones sexuales con su analista. Del lado del analista, qué de lo contractual, qué de lo “prometido” en el comienzo lo autoriza o no, a dicho “acto”.

Desde la perspectiva que dichas conductas suponen un daño, no cabe duda que allí se lo piensa en términos del analizante y no del analista. Es cierto que podría abordarse la cuestión también como un “acoso” sexual del analizante. Sin embargo, cuando Allouch asevera “no hubo nadie que llevara una queja ante la justicia”, rápidamente uno intuye que lo que está en juego es –si cabe– una denuncia del analizante. Sería él quien sufre el acoso o si se quiere la mala praxis. Lo que está en juego en nuestra praxis, dada la centralidad del concepto de transferencia en la misma, no es posible pensarlo del mismo modo desde uno u otro lado, aun cuando el paciente desconozca la teoría.
La experiencia puede ser pensada de los dos siguientes modos:

Del lado del analista                                                           analista                                                                          analizante
Intenta semblantear                                                                el “a”                 (a efectos de)                                         producir un S

Del lado del analizante                                                      analista                                                                            analizante
Lo ubica como                                                                           S.s.S                 (por efecto de)                                       ofrecer su síntoma

Es la ética del S.s.S la que exige la abstinencia, pues el S.s.S está atribuido a un saber del deseo del paciente y a su bien. Proponerse él como objeto de amor, de deseo o de goce, sería desde el punto de vista teórico una oferta a la cual el paciente –por el dispositivo mismo– tendría mínimas posibilidades de rehusarse. El analista está atribuido a operar en función del bien del otro pues el analista es quien –para el paciente– sabría de su bien. Por lo cual siempre debe correrse de «creerse» en condiciones de ocuparlo, pero también se corre el riesgo de operar negando que ese lugar esté atribuido. El analista no puede en ningún caso desconocer la posibilidad de que su palabra se esté ejerciendo desde ese lugar. Sobre su función no puede alegar desconocimiento o ignorancia pues es efecto del artificio que él mismo ha propuesto. No puede suponer que una oferta –o incluso una aceptación– de una golpiza o un encuentro carnal con el paciente no estén pensados como un bien para el sujeto. Del mismo modo que un padre no puede suponer que su palabra es un consejo que queda fuera de los vínculos de amor e influencia que se tienen sobre un hijo. Un padre sabe que su “consejo” no es simplemente una “recomendación ingenua como cualquier otra”. Su palabra quedará siempre afectada por el lugar desde donde se habla. Quien ocupa lugares de poder, corre los riesgos de ejercer “abusos del poder”.

En cuanto a lo específico –los encuentros sexuales de los que habla Allouch que Lacan habría tenido con sus pacientes, y para el caso es lo mismo que sea Lacan u otro– lo que está en juego es que el acto sexual, aun cuando no se consumara como penetración, no puede ser sin goce para el analista. Es notorio que en ese supuesto “bien” del otro, el analista se ve beneficiado obteniendo un goce. Lógicamente, se ha hecho abuso de ese bien pues se ha instrumentado el S.s.S. a favor de un supuesto bien del paciente que sin dudas es un goce del analista que no estaba en el contrato. Allouch tiene dudas: “queda que en un primer nivel de análisis el asunto tuvo lugar entre dos fulanos, uno pegando al otro eventualmente por su bien”. Al elegir Allouch las golpizas para la gran parte de su artículo logra evitar una cuestión insalvable: el acto sexual del lado masculino no puede realizarse sin el requerimiento de la erección. Incluso cuando no se produzca, como en los casos de impotencia sexual, no podría ser sin un plus de goce para el sujeto que lo padece, Lacan dixit.2
Allouch formula algunas preguntas que se desprenden de su puesta en cuestión de si el psicoanálisis es o no un tratamiento. Al preguntar por la particularidad no ve que todo lo que suceda es parte del tratamiento y en consecuencia no modifica un ápice la cuestión. Se pregunta ¿dónde tuvo lugar? Respuesta: sea donde sea, en tanto pensado como parte del procedimiento es el lugar en el que el tratamiento transcurre en ese momento. ¿Quién ha pagado qué? Respuesta: Han pagado los dos pero no lo acordado: ni el paciente con dinero, ni el analista con palabras “elevadas a la dignidad de la interpretación”. ¿En qué momento del análisis se produjo? Aquí Allouch bajo el término “momento” acepta que el análisis es un transcurrir que tiene momentos. Eso sólo alcanzaría para situar que no es tan fácil escapar al término tratamiento.

Al cuestionar la palabra tratamiento del cual él supone se declina maltratar y luego tratar mal, se intenta evitar que esos resultados son posibles, ambos: mal tratar y tratar mal. Pero si el psicoanálisis no fuera un tratamiento, ¿cómo sostener el concepto de dirección de la cura? Pues tratamiento es justamente el “método que se emplea para curar enfermedades”.3 Los límites de la cura, que la cura no sea alcanzable, que no sea una panacea, que el procedimiento no resuelva el malestar en la cura no es suficiente para denegar la existencia del tratamiento mismo. Las vicisitudes de la existencia del sujeto durante un análisis quedan también determinadas por las consecuencias del efecto transferencial, motivo por el cual no tendría sentido intentar precisar los efectos de haber tenido relaciones sexuales (¿Qué efectos tuvo?, también pregunta Allouch), como si se tratara de los efectos de un encuentro sexual en una pareja.
Del mismo modo y ya defendiendo a Lacan, o casi condenándolo al dar por ciertos los hechos, Allouch compara lo sucedido con el mantener relaciones sexuales con un minusválido, práctica condenada no sólo en los Países Bajos sino acá mismo en la Argentina. Allouch desprende que de ese modo los minusválidos quedan fuera del comercio sexual así como los pacientes quedan privados del acto sexual con su analista. Pero omite dos cuestiones. Primero, que toda legislación en defensa de un sector minoritario, segregado o discapacitado siempre es posible leerlo, paradójicamente, como una discriminación o una segregación. Segundo, que la abstinencia es para el analista y no para el paciente.
Los goces del analista están limitados a los de interpretar y cobrar honorarios, quedando excluido todo otro goce, incluido el estricto cumplimiento del secreto profesional. El goce del acto de interpretar queda determinado por el contrato mismo ya que el analista se ha comprometido a escuchar, lo cual supone bajo la forma de la interpretación el almohadillado del discurso. En cuanto al goce de cobrar queda determinado puesto que el psicoanálisis es el modo que el analista tiene como modo de subsistencia. Y queda acordado desde el comienzo. Pero, a su vez, también responde desde el dispositivo a la suposición de que el analizante debe pagar por su acto de hablar. Es decir que es un goce que proviene directamente de lo que el psicoanálisis supone como condición para el análisis, que el sujeto pague por su goce. El cobro también pone medida a los efectos paranoicos que podría tener sobre el analizante suponer que allí donde debería haber S.s.S., sólo estaría el goce de saber o enterarse del goce de los otros, lo cual produce fenómenos de angustia pues el sujeto queda él situado como objeto del cual se goza (sus relatos).

Llamar goce al acto de interpretar es coincidente con lo sostenido en mi trabajo sobre el chiste4. Si la interpretación tiene la estructura del chiste, también responde a sus mismos mecanismos económicos. Desde Freud queda esclarecido que la economía del gasto psíquico, o si se prefiere, la producción de metáfora o condensación, por el ahorro que supone, implica necesariamente un placer al que denominamos goce. La producción de la metáfora tiene además del ahorro psíquico cuyo goce se verifica en la carcajada, el goce de lo creativo que anuda lo sublimatorio. Provee además el goce de poder nombrar en forma precisa y evanescente aquello que quiere nombrar. Por efecto del fenómeno del desplazamiento, de la metonimia, la precisión se irá perdiendo. Vale decir que la metáfora produce fugazmente un encuentro logrado con la cosa, al punto que, podría formularse, produce su engendramiento. Dicho encuentro, no lo es sin goce.
Si el analista creyera que él no tiene goce alguno, ni habla ni cobra, se mantiene por fuera y por encima, allí donde el analista lleva al extremo su abstinencia. En esa suposición de desatamiento de nudo, podemos pensar dos vías: 1.- la samaritana, la de “hacer el bien sin mirar a quien”, que propone el evangelio; 2.- se abre la vía del goce de la impostura, que nos interesa remarcar.
Si el analista apuesta a la impostura tampoco se tiene garantías de que eso posibilite sostener el lugar. Que el analista se «la» crea no produce reciprocidad. La fatuidad, en general, tampoco garantiza que de parte del otro esa postura otorgue autoridad, bien puede suceder que implique descrédito. Impostura que se verifica frecuentemente en los nombres del encuadre: honorario, frecuencia, lugar, modo de vestir, incluso cuestiones técnicas que harían al «buen analista».
No se trata de que los pacientes no vivan cerca de la casa del analista, o tomar medidas para que no se enteren de su vida, se trata de no crearlas para que se enteren. No es un problema que sepan del analista, el problema es en todo caso que el analista cuente. El goce de la impostura vale como aquel de contarles acerca de su existencia.

En consecuencia, la temática debe plantearse sobre ejes que al psicoanálisis le interesen: la dirección de la cura y el lugar del analista. En cuanto al primero, el psicoanálisis es un tratamiento que no se guía por la moral sino por su ética. Ética que supone crear las condiciones para que el sujeto del inconciente advenga y en ese discurso su deseo sea escuchado de acuerdo a la promesa que el psicoanalista formula: “lo escucho”. Por esa vía, las golpizas y el encuentro sexual apuntan al cierre, a la asociación dirigida y nunca a la asociación libre. En cuanto a la posición del analista, su lugar queda determinado por los goces que de su ética se desprenden.
____________
1. J. Allouch, “¿Un psicoanálisis es un tratamiento?” Imago Agenda No 51. Letra Viva, 2001, pág. 21 a 24.
2. J. Lacan, El seminario. Libro XVI. La lógica del fantasma, inédito.
3. Diccionario Enciclopédico Quillet.
4. H. Dvoskin, De la Obsesión al Deseo, Letra Viva, 2001.
 
 
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