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   Opinión

A propósito del aborto y su prohibición*
  Por Carlos Pérez
   
 
Los argentinos tenemos motivos más que suficientes para sorprendernos día a día. Lamentablemente, no son sorpresas que deparen alegrías sino que llevan a comprobar los modos en que se nos intenta acorralar, no sólo en lo atinente a cuestiones de dinero. Acaba de publicarse un dictamen de la Corte Suprema, fundado en la opinión mayoritaria de este cuerpo acerca de que la vida humana empieza cuando un óvulo y un espermatozoide se unen formando un embrión. Consecuentemente, han prohibido la fabricación y venta en el país de la “píldora del día después” por considerarla abortiva, revocando una autorización previa del ANMAT –Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica– que data de 1996. Se trata de una píldora utilizada como anticonceptivo de emergencia cuyo fin es evitar que un óvulo fecundado se implante en el endometrio uterino. Más allá o más acá de este supremo corte de la Corte Suprema, el dictamen reaviva la discusión acerca de cómo entender la génesis de la vida, con qué perspectiva pensarla y con qué ética proceder. Vayan por lo tanto, para favorecer el debate, las siguientes consideraciones:

Por poco que se preste atención, se advierte que quienes defienden la moral antiabortiva tienen la religión como argumento, reconocen la potestad de un Supremo Hacedor. “La vida humana procede de Dios... Dios es su único Señor, el hombre no puede disponer de ella”, reza la encíclica Evangelium vitae. Según el Padre Brown (no el de Chesterton sino otro, de la Universidad Católica Argentina), el catecismo enseña que hay persona humana desde la fecundación, por lo que debe condenarse el aborto. Como “asechanza del diablo”, se exasperó Juan Pablo II invocando al eterno enemigo ante cincuenta mil feligreses en Plaza San Pedro, la vez que beatificó –para ejemplo del mundo– a Gianna Beretta Molla que, afectada de un tumor uterino, prefirió la muerte antes que practicarse un aborto, y a Elisabetta Mora por haberse mantenido fiel a su marido a pesar que éste la castigaba brutalmente1. El islamismo sumó su voz al Vaticano: El Azhar, milenario centro teológico del Islam sunnita se expidió en la Conferencia de la UN sobre “Población y Desarrollo”, de 1994, solicitando eliminar “lo que contradice la ley islámica y las religiones celestes, judaísmo, cristianismo e islamismo”, con un documento en el que pidió revertir “la autorización del aborto, las relaciones entre personas de un mismo sexo y y las relaciones libres entre diferentes sexos fuera del matrimonio”. Aunque es preciso tener en cuenta que para el judaísmo el criterio dista de ser tajante. El rabino Daniel Goldman, profesor del Seminario Rabínico y miembro de la Comunidad Bet El en nuestro país, estima que no hay en los textos sagrados una explícita condena del aborto. “En general, el judaísmo considera al feto como parte del cuerpo de la madre. No le da carácter de persona hasta el nacimiento”. Y agrega: “Que no haya condena expresa no significa que el judaísmo apruebe el aborto... significa que el judaísmo propone un concepto de vida que implica alegría y felicidad de vivirla. Que los hijos sean hijos deseados y bien recibidos y no una carga en la vida”.

Está claro que la noción de vida es manejada de muy distinto modo según sea la posición que se adopte. Para la ortodoxia antiabortiva, vida equivale a materia viviente, involucrando lo humano prenatal tanto como al reino animal en su conjunto y también a los vegetales. Y si Dios es su único Señor, resulta evidente el peso recursivo del Génesis: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”, sin que interese recrear el debate cristiano que en la Antigüedad trató de establecer el momento en que se produce la infusión del alma en el cuerpo, la hominización que transforma en persona la materia orgánica. Ya en su Política –libro séptimo, capítulo XIV– Aristóteles sostenía que en caso de decidirlo, el aborto debía ser practicado “antes que se produzcan en el embrión la sensación y la vida, pues la licitud o ilicitud de aquel acto se definen por la sensación y la vida”.

El dilema se acentúa en el ámbito científico, porque es un difícil problema ubicar ese momento para lograr un criterio ético sobre el aborto. La historia de la medicina está jalonada por las diversas concepciones acerca del inicio de la vida, según lo que se entendiera como el órgano que la produce o simboliza: al comenzar a latir el corazón, al definirse la materia gris del encéfalo, cuando el recién nacido insufla por vez primera los pulmones... James Nelson, experto en ética del Centro de Investigaciones Hasting de Nueva York, le confió a Times: “Tenemos un amplísimo espectro de definiciones sobre lo que es un embrión. Van desde una persona hasta un trozo de tejido como cualquier otro grupo de células del cuerpo”. Según Etienne Baulieu, titular de la Cátedra de Reproducción Humana del Collège de France, “la ciencia está incapacitada para decidir. Todas las respuestas morales y personales son aceptables y por tanto relativas. No hay criterio absoluto”.
La pregunta ¿qué es la vida? compete a la filosofía, mientras la ciencia se ocupa de las leyes que regulan la organización vital. Y la cuestión del origen es antes mítica que religiosa; los mitos dispersan su potencia en las fábulas generadas para entender lo que deviene desde su incierto comienzo. La falta de una razón taxativa hace que el niño inquieto por el origen –de la vida, del deseo– y la diferencia –sexual– derive su curiosidad de una situación en otra. “Sí, tu niñez ya fábula de fuentes”, en el decir de Jorge Guillén. Hasta que adulto se ilusione en responder, deje de preguntarse y luego una nueva incertidumbre reinicie el devaneo.

La religión, en cambio, procura clausurar el mito con la Verdad Revelada distribuyendo culpas, condenas y premios al arrepentido. La creencia en el mito es reemplazada por la confesión, una bisagra que hace girar tres significaciones: declarar la fe, confesar los pecados y alabar a Dios, según se desprende de las Confesiones de San Agustín. Entre la fe y la alabanza se incluye el estigma del pecado. No en vano el cristianismo pretende que en el origen haya pecado, pecado original, y que la única mujer inmaculada sea María, la Virgen Madre del Dios Hombre que vino al mundo a morir para redimirnos de la vida errante, cuyo intimidador recordatorio es el crucifijo –cruz e hijo– colgado en la cabecera de las camas.
Si desde esta perspectiva enfocamos el desvelo antiabortivo, defensor de la vida a ultranza, entiendo que antes que nada se defiende el poder clerical que administra el dogma de la culpa; el mismo que en la Inquisición encendiera las hogueras de la muerte. Juan Pablo II fue explícito en una visita a su Polonia natal: “Vivimos tiempos de caos, de perplejidades y confusiones espirituales, en los cuales se advierten tendencias liberales y laicistas, que con frecuencia cancelan abiertamente a Dios de la vida social. Se quiere reducir la fe a la esfera puramente privada y en la cultura moral de los hombres se infiltra un dañino relativismo”. En pos del “creced y multiplicaos en estado de gracia” anatemiza el aborto, el condón, la homosexualidad, el concubinato o el cunilingus, cualquier entusiasmo que subvierta el severo concepto de pecado.
Me quedo con Brassens y aquello de: “En el mundo pues, no hay mayor pecado, que el de no seguir al abanderado. No, a esa gente no le gusta que uno tenga su propia fe.”

___________
*Este artículo fue elaborado a partir de un capítulo del libro Lectura de la sombra (Letra Viva), proveniente a su vez de una nota publicada en su momento por la revista Psyche.
1. Como sé que más de uno pensará que estoy inventando, dejo consignado que fue noticia en Clarín el 25 de abril de 1994, con el siguiente título: “Juan Pablo II sugirió que el aborto es obra del Demonio”.
 
 
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