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   Argentina: la situación

Cómo hablamos cuando hablamos de la situación
  Por Jorge Baños Orellana
   
 

¡Mierda!
En momentos difíciles todo se trastorna, hasta las maneras de escribir una primera página. Roland Barthes lo observó en la prensa de la Revolución Francesa: «Hébert jamás comenzaba un número del Père Duchêne sin poner algunos «¡mierda!» o algunos «¡carajo!». Esas groserías no significaban nada, pero señalaban. ¿Qué? Una situación revolucionaria. He aquí el ejemplo de una escritura cuya función ya no es sólo comunicar o expresar, sino imponer un más allá del lenguaje que es a la vez la Historia y la posición que se toma frente a ella. No hay lenguaje escrito sin ostentación...»
Claro que lo que se ostenta puede ser otra cosa. Hay otros más allá del lenguaje frente a los que se puede tomar posición, como ser la Literatura. En Hijo de Satanás de Charles Bukowski, reencontramos el mismo recurso lexical empleado por Hébert excepto que con un valor y un destinatario diferentes. El primer cuento de Hijo de Satanás comienza así: «Yo tenía once años y mis dos compinches, Hass y Morgan, tenían doce y era verano, no había colegio y nos sentábamos en la hierba al sol detrás del garaje de mi padre y fumábamos cigarrillos. —Mierda, dije.» El segundo, así: «Harry se despertó en su cama con resaca. Una resaca horrible. —Mierda, dijo en voz baja.» El tercero: «Brock, el capataz, siempre estaba metiéndose los dedos en el culo, los de la mano izquierda. Era un caso terrible de hemorroides.» Y el mismo plan insiste en el resto de los primeros párrafos de prácticamente medio libro. Bukowski, de más está aclararlo, expresó de esta manera una posición insurgente con respecto a los tiempos que le tocaron vivir; aunque no lo hacía con la frontalidad de Hébert, sino por la vía indirecta (o el atajo) de enfrentar el canon literario vigente. ¿Será porque la Literatura juega en él, o incluso en todo escritor, un papel de mediadora? No creo. No es tan seguro que la Historia sea el último de los más allá. Quizás la Historia fue la excusa y no la causa que Bukowski encontró para escribir. El resto diurno, no el deseo del sueño. Como fuese, la «¡mierda!» vociferada de Hébert era una provocación que renacía renovada con cada nuevo número de Père Duchêne, mientras la «mierda» rezongada de Bukowski conforma una escatología monótona que desiste programáticamente de la belleza, la originalidad y las medallas al heroísmo.

Cuando se escribe de Psicoanálisis, ¿se nos impone siempre, fatalmente, un más allá del psicoanálisis propiamente dicho que es, como diría Barthes, a la vez la Historia y la posición que se toma frente a ella? Es un dilema todavía más embrollado que el del caso de la Literatura. Con esta última, la respuesta por el sí tendrá que pelear con las dicotomías de realidad/ficción, verdad/verosímil, archivo/arte por el arte, cronista/narrador, etc. En comparación, el ramillete de diferencias entre la Historia y el historial analítico es escaso. Por mucho que, en psicoanálisis, transferencia y verdad sean efectos ficcionales, eso no quiere decir que un análisis sea puro cuento. Frente al avance del relativismo y textualismo, conviene recordar la impertinencia de los casos inventados y las autorreferencias ficticias de Stekel; según Jones: «Una de las cosas que posiblemente fastidiaban bastante a Freud era la costumbre que había tomado Stekel de citar en las reuniones de los miércoles de la Sociedad episodios y tendencias de su propia vida que, por lo que Freud sabía de él, por haberlo analizado, eran falsos. Al mismo tiempo dirigía a Freud una mirada desafiante como para animarlo a desmentirlo, con la consiguiente violación del secreto profesional».

Más allá de la verdad y la veracidad, los lazos que mantiene un análisis con la situación histórica son los de una atadura ineludible y poco elástica. No hay la menor posibilidad de alcanzar un diagnostico clínico si uno está privado de suficiente información de lo que sucede fuera del cubículo del consultorio, tampoco se consigue dirigir una cura si no se tiene asumida cierta posición frente a tales circunstancias —de allí las dudas que generan los llamados «análisis transoceánicos». Sin embargo, esta exigencia es más minimalista que exhaustiva. De no ser así, los análisis transoceánicos (que el mismo Freud inauguró) serían inconcebibles y, sobre todo, resultarían desesperantes las incontables oportunidades en que escuchamos a colegas y nos descubrimos a nosotros mismos hablando de la situación social con oscilaciones que van y vienen de la intervención analítica a la expresión sensiblera, del aporte cívico a la demagogia calculada, de la exactitud informativa a la intuición impresionista. Ahora bien, este eclecticismo admisible dentro del corralito de las conversaciones privadas se vuelve, frecuentemente, objetable en cuanto su perorata cobra la fuerza de la convicción y quiere subir a la escena pública.

Hay algunos (pocos) colegas que hacen manifestaciones públicas acerca de la actualidad demostrando una formación política sólida, actualizada y multiplicada por una elogiable capacidad de entrecruzamiento con la teoría y la clínica psicoanalíticas. Los leo y escucho con admiración. ¿Hasta el punto de suponerlos, por eso, mejores clínicos? Francamente no. Porque se trata de una capacidad suplementaria, no de una imprescindible. De allí que no resulte muy enigmático que Slavoj Zizek, el más dotado de todos nosotros en saber reunir política, historia y psicoanálisis, no sea un analista practicante. Lo que no quiere decir, y quisiera subrayarlo, que la inversa sea igualmente cierta: que las declaraciones públicas incompetentes no digan nada adverso acerca del grado de competencia analítica de quien las pronuncia. Por ejemplo, en los analistas que se apresuran a salir al ruedo mediático para declararse buenos ciudadanos y ensayar politicologías de bolsillo, me cuesta no atisbar una afición subjetiva a apoltronarse en el lugar del ideal. Así como casi siempre temo una predisposición al formulismo terapéutico entre los que se felicitan por haber conseguido atrapar («formalizar»), en la lata de la escolástica de una teoría de consultorio, el pez dorado de la historia viva. Si los anteriores creen que la dificultad de nuestra situación no está en descubrir qué pasa y qué hacer, sino en decidirse a llevar adelante, de una buena vez, lo que dicta la corazonada de los hombres buenos; en estos últimos, los formalizadores, parece ganar la fe de que si algo cae bajo la sombrilla de la jerga aprendida, entonces, todo sigue bajo control. ¿Será mejor callar? ¿Ser un analista low profile? No necesariamente, el silencio de la prudencia no es el mismo que el de la indiferencia, la impotencia o el contubernio. Puede que un breve resumen del estado de la palabra y el silencio públicos en los tiempos de Hébert sirva de apólogo.

¿De nuestros antecedentes?
Con toda razón, René Hébert, director del periódico Le Père Duchêne y presidente de la Comuna Revolucionaria de París, no confiaba en los silencios con que se defendía María Antonieta. «Simplemente no se puede reinar y conservar la inocencia», sentenciaba. Y añadía: «es deber de todo hombre libre matar al rey o a los que están destinados a ser reyes o a los que han compartido los crímenes de la realeza». Para cumplir con ese deber, colaboró durante el ajusticiamiento de la reina acusándola de haber abusado sexualmente de su hijo, el delfín de ocho años. Ella y la cuñada, Madame Elizabeth, aseguraba Hébert, lo habrían empujado al vicio de la masturbación con sombríos propósitos políticos. No había pruebas, pero la autoridad de Onania, un manual del doctor en medicina Tissot, apoyaba la factibilidad de sus conjeturas: con esa estratagema, la reina habría procurado «debilitar la constitución del niño con el fin de adquirir cierta ascendencia sobre su mente» y conseguir, en su momento la entrega de Francia al Imperio Austro-húngaro... A falta de todo indicio, la prosa de Hébert venía a acrecentar la verosimilitud de los cargos. Ese lenguaje de los mercados, el poissard, que empleaba en su diario, atacaba sistemáticamente la sintaxis, la gramática y forzaba la rima y era gesto libertario y fiador de la verdad: «El hombre puro —escribía— siempre dice francamente lo que piensa, y llama al pan pan, nunca manipula la gente, y si en su cólera golpea por error a un buen tipo, le pide perdón y repara el daño llevándolo a beber unos tragos.»
El populismo de Hébert mató a la reina, pero encontró un rival invencible en el purismo republicano del diario de Camille Desmoulins. A la inversa de Le Père Duchêne, eran páginas de un estilo cultivado y precioso. ¿Para ostentar qué cosa? La sinceridad de la expresión, la integridad transparente contra la impostura de Hébert, un señorito que sobreactuaba un «lenguaje de matadero». Intolerante con todo doblez, hizo que rodara la cabeza de Hébert con la denuncia de que había recibido, de Bouchotte, el ministro de Guerra por él designado, grandes sumas por la distribución gratuita de Le Père Duchêne en el Ejército, como si se tratase del diario oficial. El 24 de marzo de 1794 se armó la guillotina para Hébert. A Desmoulins le tocará recién el 5 de abril.

Lo que habrá que ver
Afortunadamente a la difícil e imprescindible tarea de encontrar qué es lo que al psicoanálisis le cabe decir e indicar a propósito de la nueva situación argentina, se agrega otra misión menos trascendente pero más a mi alcance: la de encontrar qué es lo que esta situación incalificable puede enseñar al psicoanálisis. Enseñar a la doctrina analítica (facilitándole nuevas metáforas) y a la práctica (con el surgimiento de nuevos ropajes sintomáticos), pero también a la descripción de nuestras instituciones y de nosotros mismos. ¿Qué desplazamientos hébertianos o desmoulinianos, qué silencios a lo María Antonieta animarán las próximas actividades de las escuelas de analistas, de los colegios de profesionales, de los posgrados psi y de los eventos de agrupaciones que se autodisuelven cada año para reaparecer el siguiente? ¿Cuáles en los discursos ácratas de los incontaminados de toda asociación y en las public relations de los que hacen la clientela en barrios cerrados? En estos tiempos en que las transferencias están alicaídas, incluso para los más notables, es tiempo de actuar pero, también, de prestar atención al rumbo de nuestras acciones. Como cantaba Luisito Aguilé, cuando yo era chico, Hay que ver cómo te portas / con amor y sin amor.

 
 
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