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   Argentina: la situación

Parte de (la) situación
  Por Carlos Brück
   
 
Aquel día me tocó ver de una vez para siempre lo que más tarde denominaría una masa abierta, su formación gracias a la afluencia de vecinos de todos los barrios de la ciudad, organizados en largos cortejos que era imposible desviar o perturbar y cuyo rumbo estuvo determinado por la ubicación de un edificio que si bien llevaba el nombre de la justicia, personificaba la injusticia a raíz de un veredicto erróneo...
La antorcha al oído, Elías Canetti.

A) Entredichos
No es, no merecería serlo, un juego de palabras: el discurso sobre los hechos se anota entremezclado con los hechos de discurso.
Porque estas líneas, este parte de (la) situación presente y las condiciones de posibilidad de lo por venir, están siendo escritas en un espacio en donde algunos días se transforman en fechas y sus marcas en figuras alegóricas.
Se escribe entonces no solo en el 2002 sino interdictum: entre 24 de marzo (los fuegos y cenizas del Proceso Militar), Semana Santa (alzamiento carapintada), 2 de abril (desembarco en Malvinas).
Una recopilación de circunstancias que implicaría algo así como el establecimiento de una cierta cronología.
Y recordemos que cuando Freud pone en juego el dispositivo del psicoanálisis, reúne la oportunidad de la historia con la tragedia de la novela familiar. Y escribe Moisés y el Monoteísmo que se correspondería– según las reglas del arte de la lectura ortodoxa– en un escrito “antropológico”.

Pero si nos sustraemos a estas aplicaciones de la escritura freudiana y conservamos las direcciones de su dispositivo podemos extendernos en otro escenario: también en estos días transcurre la rememoración de Pesaj, un hecho sucedido en la polis, por lo tanto un hecho político propio de la tradición judeo cristiana. En donde la cuaresma de una escena puede trocarse en la cuarentena de años en que una generación que fue esclava debería errar, en otra escena, por el desierto.
Precisamente Moisés ocupa un lugar protagónico en lo que sería una ardua negociación entre el poder del imperio y la representación de la Ley.
En tal sentido es que se alcanzará cierta libertad, perdiendo la entrega del cuerpo sometido a las devastaciones con que se refuerza el pacto de la prisión.
Y digo devastaciones porque en estos días, una alegoría, esa hermana pobre de la metáfora, recorre a Argentina. Y esa alegoría es precisamente la de la ruina.
Y las alegorías, además de su pobreza, buscan ser literales. Buscan representar con implacable inexactitud los hechos y más aun las razones de los hechos. Como los mascarones de proa en los barcos: angelitos con los carrillos inflados que densifican el empuje de los vientos.

Pero parecería que para los intereses de la nave mayor, se hace necesario mantener soldada la alegoría. En un juego de prestidigitación que va intercambiando necesidades del poder con la adecuación del apoderado, cuando este no deja de servir, de esclavizarse a la dominancia de esa versión.
En tal sentido es que podríamos separar la insustancialidad de la verdad de la consistencia de las versiones. Porque es posible suponer que la formación de versiones y –arriesguémonos a decirlo– la formación de cierto modo argumentativo ha sido la operación habitual que ha sabido desplegarse en nuestros suelos y nuestras devastaciones.
La alegoría, la versión de la ruina, se subtiende de distintas maneras en las que algunos se representan. O mejor dicho, creen representarse, por vía de la identificación, con los intereses de un cierto Amo.
Estos subtextos que convergen en la entrada del campo del poder del otro (como la frase “el trabajo os hará libres” colocado en la puerta de Auschwitz) mantienen hoy una intensa proliferación en eso que se da en llamar el imaginario social.Y tematizan la versión dominante que se despliega, sin prisa y sin pausa, en una empresa esclavista.

Así es que:
1) La suposición del abismo, ese lugar insondable, no deja de ser cultivada por este imaginario que goza en donde el buen amo siembra. Como en otros campos, los de algodón, del buen tío Tom.
Por supuesto que quien se vea apoderado por esta suposición, solo podría sentir el indecible goce del vértigo.
2)Pero aun así hay otra estampa, equivalente a las iluminaciones dramáticas de Charcot, en la que el sujeto (social) transita por los bordes de ese abismo con el paso del sonámbulo, de modo tal que no advierte dónde esta y se dirige en la mirada del observador –siempre calificado– hacia lo peor.
Ya se sabe que la histeria se reúne con la obsesión y que el dilema frente al sonambulismo es el de la muerte: si se lo hace reaccionar el desenlace es fatal, pero si no se lo sacude el desenlace también será fatal.
3)Es ahora cuando aparece otra iluminación, que se desliza a la fatalidad de un sujeto (social) arrojado al agujero. ¿O podríamos decir del agujero.
Porque aquí se da entonces la estampa de la abyección en donde la versión dominante indica el desprecio o también la autodegradación.
Recorrer este enhebramiento de versiones dominantes, esta arquitectura, puede llevar a nuevos laberintos que, como se sabe, son el recurso del Minotauro, para que cualquiera que lo desafíe llegue hasta él exhausto y vacilante.
Pero aun así,dispongamos de un hilo, de una ilación de circunstancias para suponer que ciertas fantasmagorías actuales –sin el consuelo de encontrar necesariamente una conspiración– comienzan cuando una maniobra del Mercado (esa invención nominativa de nuestra época, tan obscena y feroz como el Minotauro) suelda a nuestro país a la misma línea estructural de pobreza que se le atribuye a otra nación, parte del territorio africano insistentemente expoliado en sus riquezas hasta quedar devastado.

B) De la situación
No es un juego de palabras, no merecería serlo, el precisar que si el significante se actualiza en un significado, entonces cierta actualidad de parte de (la) situación ha quedado cristalizada por estas particulares versiones dominantes.
A partir (y por supuesto desde antes) de esta operatoria, van deslizándose a pura metonimia, las opiniones propias (?) y ajenas que incluyen secretarios de estado del Imperio, confidencias autóctonas, formadores vernácu-los de opinión, taxistas que circulan como si fueran observa-dores en cámara gessell.
De lo despreciable a lo depreciado: tiempo entonces de ser capturados a precio de subasta (y para extenderse sobre esto, nada mejor que recorrer las declaraciones de Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía y renunciado por el FMI a su cargo de economista en Jefe).
Estas maniobras aseguran entonces la operatoria de la exclusión. Indican que hay una verdad que la ciencia no dice y que las condiciones de existencia del capitalismo salvaje dejan fuera.
Y la frase “que se vayan todos” ¿no será –como plantea a su manera Oscar Landi– una de las formas y contracaras de esa exclusión que retorna?
Pero estas y otras versiones dominantes implican un modo de representación del sujeto en una época en que lo que está en juego son precisamente esos modos. Que parecerían estar observados en términos de su espontaneidad exitosa o de su dirección eficiente. Y sin articular la relación a las líneas de fuerza del malestar en la cultura y al porvenir de ciertas ilusiones.
Cuando Freud hablaba de los intentos de tapar el cielo con un arnero no era por supuesto optimista, pero tampoco como suele atribuirsele, un pesimista. Ubicaciones de la voluntad que están más vinculadas de lo que se advierte, con una moral doméstica.
En esta línea, el escepticismo implica descreer de la dominación de ciertas versiones y más aún: preguntarse de los orígenes que conducen la línea legible pero no visible de esas letras que buscan argumentar para no saber algo en el orden de lo que siempre se supo.
Parece necesario entonces crear algún campo de disputa, ya que como decía N. Richard (una especialista en políticas culturales): “las hegemonías discursivas sellan el trato entre el presente y la actualidad...”.
Esto es parte de (la) situación.No es tiempo de insistir en la creación de nuevas versiones que hablen de los posibles futuros. Sería algo así como ubicarse en la posición del psicoanalista silvestre que indicando un repertorio de actividades, desestima los caminos de lo real y los arreglos del goce.
Pero si son tiempos estos en que resulta necesario pronunciarse para dar algún respaldo a esas señales, esos entredichos (ese interdictum, como decíamos en un comienzo) que indican que ya no hay posibilidad de retroceder en cierto saber sobre la estructura y el poder.
 
 
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