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   Colaboración

La novela de Lacan (novena entrega)
  4. Primeras veces: la cura cubista
   
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
No sé cómo expresarles la emoción que me embargó cuando, inclinado sobre una de esas vitrinas de la Sala Piette del museo de Saint-Germain-en-Laye, vi una serie de pequeños palotes grabados en una costilla delgada, manifiestamente la costilla de un mamífero del género corzo cérvido, no sé exactamente cuál ni sé si alguien lo sabrá mejor que yo…
Seminario La identificación, 6 dic 1961

Mientras aguarda en el recibidor de la cátedra de Jean Delay, Lacan se propina una caricaturesca palmada en la frente al recapacitar en que dos semanas atrás, para ser preciso el martes 15 a las diecisiete, se había cruzado inadvertidamente con la ambulancia que traía sujetada a Dora Maar. “Internada contra su voluntad a las diecisiete y diez, por escándalo público en una función de matinée, ingresa en estado de agitación psicomotriz, reclamando a viva voz que, etc., etc.” detalla el certificado del Hospital Sainte-Anne. Tieso ante el descubrimiento, ve proyectada una y otra vez la película de esa salida y esa entrada a destiempo. La vida imitando una pantomima del cine mudo: primera escena, Jacques firma la internación de Lucienne Tecta; segunda escena, sube al Citroën y avanza por el acostumbrado camino hasta la puerta Cabanis y, último cuadro, la salida a toda velocidad para ganarle a la sirena ululante que se aproxima por Rue de la Santé.

De haber ingresado Dora un par de minutos antes, todo habría sido diferente. ¡Cómo no la iba a identificar, por enchalecada que estuviese, si se conocían desde hacía una década! Pero la ambulancia se demoró o él aceleró. Entonces, tuvieron que pasar seis días hasta que el arquitecto Joseph Markovitch fuera localizado y notificado en tanto responsable legal de la internada; le correspondía por su condición de padre y de único familiar conocido (la señora Julie Voisin, la madre, había muerto en 1942). Y pasaron otros tantos días más hasta que Picasso lo supo y dio aviso a Lacan. De todas maneras, ni Lacan ni nadie hubiese conseguido impedir el cumplimiento de una orden de reclusión amparada en la letra centenaria de la Ley sobre Alienados n° 7.443. Claro está que, como ex-residente y docente autorizado del hospital, hubiese podido rectificar el diagnóstico apurado de los de la guardia y, sobre todo, discutir el acatamiento al novedoso criterio de aplicar la sismoterapia de Rondepierre a cuanta agitación delirante apareciese. Eso mismo había quedado en claro a propósito de la internación no compulsiva de Lucienne1 .

Muy en claro, remarcó Lacan, golpeando con el índice cada sílaba en el tapizado de cuero. Eso sí pude haber hecho, de haber estado allí. ¿Acaso no reconocí, entre los de la admisión del martes, algunos oyentes de las conferencias y lecciones que vengo dictando por años tanto en l’Evolution psychiatrique como en la Clínica de la Facultad y en el Instituto de Psicoanálisis? Y que no por haber permanecido, por mi decisión, inéditas han dejado de promover los términos de conocimiento paranoico y estadio del espejo, ni dejado de lanzar a la imago como el único objeto psíquico… ¿No soy yo el que les alborota la biología que creen cierta? Me río del presunto paralelismo entre el grado de diferenciación anatómica del sistema nervioso y la riqueza de las manifestaciones psíquicas, exhibiéndoles para su escándalo los rebuscados comportamientos de los animales inferiores. Más biólogo que todos ellos juntos, les cuento sobre la habilidad de relojero del cangrejo de mar que, con su insignificante ganglio neuronal, se vale de las valvas del mejillón como herramientas; les leo los informes de los Annales de la Société Entomologique de France sobre la muda societaria del grillo peregrino y el gregario, y los de la Royal Society fundada por Newton, sobre la erótica de la mirada en la paloma mensajera. ¿No soy yo el que los inicia en el espíritu newtoniano de la ciencia verdadera, arrancándoles las anteojeras de hipótesis tranquilizadoras? Hypotheses non fingo, les enseño (aunque sin entrar en demasiado detalle). Psicología, sí —concedo—, pero la de Bühler y Köhler, y la del manifiesto de Politzer; fenomenología, sí, pero la sana de Merleau-Ponty; antropología, también, pero no la del aturdido Van den Steinen; y solamente atendemos a la psiquiatría de las descripciones honestas de Guiraud y Clérambault (no a la de sus explicaciones) y jamás a la de un imbécil como von Meduna que insiste, de espaldas a la experiencia, con que la epilepsia y la esquizofrenia de Bleuler son incompatibles; y claro que sí, a la neurología, pero la fecunda, como la del debate acerca de la cisura calcarina del fusilero de Gelb y Goldstein, retomado por Benary y Hochheimer, y convertido en duelo de sabios por Cassirer y mi mencionado amigo Merleau-Ponty. ¿Qué pensamiento respalda, en cambio, a las convulsiones inducidas por esa sismoterapia, además de la insensatez de von Meduna? Entonces, dándole un respiro a la elocuencia interior, Lacan imagina una fila india de cerdos delante de un murallón.

Hoy, si un psiquiatra o un analista en funciones imagina filas de cerdos, ovejas o vacas, podemos apostar a que los animalitos marchan por alguno de mataderos diseñados por Temple Grandin. En 1945, en cambio, se les aparecían desfilando para Ugo Cerletti, responsable —como murmuraban irónicamente— de la contribución del prosciutto di Parma al arsenal terapéutico. Lacan y sus colegas estaban al tanto de que a Cerletti se le había ocurrido emplear el electrochoque en seres humanos después de verlo aplicar en un matadero romano. Hijo de agrónomo, este psiquiatra no conocía únicamente las semiologías de Kraepelin, Pierre Marie y Dupré, y el tratamiento de Wagner-Jauregg de la locura sifilítica, sino también las noticias bien guardadas de la ganadería, tales como la de la práctica de inducir eléctricamente una crisis epileptoide a los cerdos y aprovechar la relajación posterior para el sacrificio. Cuando mueren aterrados, los músculos se endurecen con los jugos ásperos de la suprarrenal y se convierten en carne de animal sufrido. Con apenas verla, los carniceros la desechan o no la compran a más de la mitad del precio.

¿Qué era la sismoterapia parisina? La pequeña revolución de Rondepierre de 1941 consistió en afrancesar l’elettroshock de Cerletti de 1938, llamándolo la sismothérapie y suavizándolo a ciento diez voltios de corriente alterna sinusoidal. En comparación, es mucho más meritorio lo de Temple Grandin. Para evitar jamones sufridos y terneros sufrientes, ella reemplazó ventajosamente descargas eléctricas por un astuto diseño de recorridos. Tretas etológicas que, a su entender, inventa gracias al capital de una niñez autista, pues: “la reacción del ganado ante algo que parece no estar en su lugar podría asimilarse a la reacción de los niños autistas a las pequeñas discrepancias de su entorno”. Se trata de una arquitectura del sosiego ya adoptada por la mitad de los matarifes de América del Norte y buena parte de los europeos: “un pasillo curvo es mejor que uno recto porque el ganado no puede ver a las personas que están adelante, y el animal cree que vuelve al lugar de donde viene”.2 Me demoro en esto porque Joseph Markovitch acabará autorizando el plan de Lacan de trasladar a Dora a la clínica de Bonneval, situada a más de cien kilómetros de París, a partir de consideraciones piadosas confluyentes con el espíritu tectónico de Grandin.

Desconfiado de Picasso y su entorno, que supone responsables de la caída en desgracia de la hija, el viejo arquitecto recién avalará el traslado cuando, a pedido suyo, Lacan dibuja la planta de Bonneval. Íntimamente prefería la tipología racional de Sainte-Anne: un cuadrado que acomoda doce pabellones, a la manera de cuatro peines enfrentados. A cada pabellón correspondía a una gran patología y, para alejar contagios, estaban unidos entre sí únicamente por túneles exclusivos para el personal. No en vano el proyecto pertenecía al Plan Maestro de la Comisión Haussmann y se habían levantado con material de derrumbe de la construcción de los bulevares. Bonneval, en cambio, correspondía a la tipología del hospital palaciego, fundada por nobles filantrópicos anteriores a la Modernidad. Un patio de honor, claustros ajardinados y una suave fortificación de torres decorativas. Lacan era bueno para los esquemas y Markovitch aceptó de inmediato, declarando escuetamente que eso iba con lo que la hija anhelaba. Picasso supuso que Dora seguía con la chifladura de creerse la reina descalza del Tibet. La verdad era que, en la confusión ingenua que sigue a los choques, ella solicitaba regresar con mamá a la casa del barrio porteño de Flores. Entre los papeles del legado, se encuentran estos versos suyos: La memoria de un jardín vuelve, / el de una apacible vivienda / amada por mí y por mi madre. / Canciones y lágrimas. / Magnolia pura, tan lejana e impar.

Con la autorización paterna no bastaba, hacía falta todavía la firma de Delay. Según el artículo 23 de la 7.443, “Si, dentro del intervalo que transcurre entre los reportes semestrales ordenados por el artículo 20, los médicos declaran, tomando en consideración el artículo 12, que la externación puede estar indicada, el director, jefe o algún responsable del establecimiento estará obligado, bajo pena de ser demandado conforme al artículo 30, a informar inmediatamente al Prefecto de Policía, quien decidirá sin demora al respecto”. Aunque Jean Delay era seis años menor que Lacan y había sido, en tiempos de la residencia, subalterno suyo y de Henri Ey, las cosas eran por entonces distintas. Lacan había desistido de hacer una carrera hospitalaria, Ey había renunciado a una jefatura de Sainte-Anne para asumir, en 1938, la dirección de Bonneval, y Delay había asumido la titularidad interina luego de la deportación seguida de muerte de Lévy-Valensi. El caso es que haría falta diplomacia en el momento de argumentar el cambio.

Si hoy se le pregunta a cualquier psiquiatra quién fue Delay, contestará que es el de la famosa clasificación de los psicofármacos y el primero en emplear la clorpromazina en cuadros de agitación; pero aún faltaban siete años para que pudiera contestarse eso. Por el momento, tenía centradas las esperanzas en perfeccionar la sismoterapia; su artículo “Le syndrome humoral du post-electrochoc” es de 1943 y “L’électrochoc dans les differentes formes cliniques de la confusion mentale”, de mediados de 1945. Siempre fue un hombre de amplitud intelectual y coraje: combatió las primeras muestras del racismo nazi en congresos de psiquiatría y la imprudencia de las lobotomías, participó en el juicio de Nüremberg, denunció el uso autoritario del Rorscharch y del pentotal, mereció un escrito consagratorio de Lacan a propósito de su libro sobre Gide, etc.; hace falta, entonces, no demonizar el electrochoque para no ver su apuesta de los años cuarenta como una curiosa renuncia de su inteligencia. Ciertamente se trataba de una alternativa mucho más segura y de una eficacia inmediata no inferior a las del coma insulínico de Sakel (de difícil manejo) y el metrazol de von Meduna (que provocaba un número inusitado de fracturas vertebrales). La eficacia inmediata siempre cuenta para un administrador hospitalario; además, él acariciaba la hipótesis de que las psicosis y la melancolía eran trastornos diencefálicos y de que una científica descarga eléctrica podría reajustar ese nido neuronal. Esa era la razón (Hypotheses fingo) por la que en Sainte-Anne regía el algoritmo de la sismoterapia. Además estaba la franca preocupación de minimizar los efectos secundarios. Lacan había visto en la Revue Médicale Française de abril el artículo de Delay “L’électrochoc sous narcose”. ¿Fue Dora narcotizada para evitarle la contractura bestial? No es seguro. La indicación de que “la curarisación con succinilcolina es necesaria en la sismoterapia para evitar los efectos adversos de las convulsiones”, fue establecida por Delay en 1948.

Mientras tanto, Picasso va al estudio de Dora a buscar ropa y el sombrero que requirió para cubrirse la cabellera encrespada por el agua fría y la solución salina de los electrodos. Entonces el ojo encuentra dos imágenes: un autorretrato nuevo, ella parada severamente ante el espejo con la Rolleiflex a la vista, y otro fechado quince años atrás, es un fotomontaje cubista de la cabeza de Dora hendida a la mitad y coronada por una agitación volcánica.

_____________
1. En el Prólogo de Dora Maar, prisonnière du regard (éd. Grasset & Fasquelle, Paris, 2005), Alicia Dujovne Ortiz descarta la hipótesis de que Lucienne fuese un alias de Dora (“Lacan era muy capaz de entretenerse inventando dicho nombre. No era cosa tan rara: durante la ocupación nazi, hubo médicos que para salvar a judíos o a miembros de la resistencia, los internaban en hospitales psiquiátricos ocultos tras nombres falsos. (…) Pero Lucienne Tecta no fue una invención. Ella realmente existió”). (Tr. del a.)
2. Cf. Cap. 8 de Pensar con imágenes, mi vida con el autismo, Alba, Barcelona, 2006. El libro modera otras apabullantes afirmaciones suyas, del estilo: “Siendo una persona con autismo, es fácil para mí entender cómo piensan los animales, porque mis procesos de pensamiento son como los de un animal” (cf. “Thinking the Way Animals Do” [1997]).
 
 
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