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   Argentina: la situación

Corte Suprema: tenemos un problema
  Por Ignacio Lewkowicz
   
 
1. Lo más notable a veces se nos escapa. El ruido en torno de la Corte Suprema –es el nombre oficial, no me hago cargo para nada de esta nominación patética– es conocido: han estado tergiversando el espíritu y la letra de la ley –quizá también la tinta y el papel. Unos ministros han hecho mejores negocios que otros; unos han salvado una molécula de decoro que otros han considerado innecesaria. Y eso, que está muy mal, está también muy conocido. La televisión ha vivido de esto durante más de una década. Pero nunca hasta ahora se había organizado un movimiento político en torno del Poder Judicial.

2. Nos preguntamos por el sentido de este signo. Naturalmente, no valdría de nada tomarlo como una faceta más de un proceso general de impugnación de las instituciones: la gente estaría ahí nada más que para expresar lo que se sabe en otras partes y no para constituirse ahí mismo como subjetividad específica. Por eso tenemos que penetrar un poco más en la descripción: una realidad más rica es más difícil de cubrir con argumentos previos. La descripción no puede ser orgánica –cualquier organicidad depende de una teoría de lo observable a priori. Prefiero consignar unos rasgos para mí sorprendentes. La lección de Heródoto, según Momigliano, era consignar, ante todo, lo que no se comprende –ahí comienza el procedimiento historiador. El narrador de mitos, en cambio, cuenta lo que ya sabe, sin pregunta alguna que organice la indagación.

3. Insisto en que veo sólo Telefé y el Siete, con lo cual no sé si hablo obviedades, deliro o me ajusto a alguna cosa con algún interés. Lo cierto es que los canales han abierto la pantalla al Juicio Político a la Corte Suprema. Entramos en el detalle del procedimiento constitucional. ¡Qué bien que funcionan los poderes en su independencia! ¡Cuántos pasos prolijitos dan los escrupulosos poderes constituidos para que se respete la división de poderes! Parece natural: la gente pide que se vaya la Corte Suprema. El poder legislativo procede en base a denuncias y pedidos de juicio político. Un término expresa formalmente, por los canales constitucionales, la demanda del otro. Y aquí habría que detenerse un poco. Porque la asimilación entre que se vayan y juicio parlamentario puede ser una de las tantas simplificaciones de la prensa. O de la falta de sutileza que resulta de la vigencia del corralito lingüístico.

4. Quisiera detenerme en el hiato entre ambas formulaciones. Entre ambas tenemos la misma distancia que la que media entre la impugnación subjetiva de una modalidad de ejercicio de la cosa judicial y el procedimiento de juicio parlamentario. En la plaza, la gente grita que se vayan todos. En el parlamento y sus dependencias –digamos Telefé y el Siete– se subtitula en castellano: remoción de los jueces. El abismo se transita mediante un subtítulo. No digo nada sobre la naturaleza del hiato, sólo trato de que no lo saltemos sin atención.

5. Cuando escuchamos el sofisticado procedimiento necesario para el juicio político de los jueces, nos vamos enterando de lo que supuestamente sabíamos acerca de los modos de designación de los jueces y sus jerarquías internas. Alguna vez lo habremos sabido en Instrucción Cívica. Pero nunca fue un dato de la vida política. La designación de jueces –tanto como su juzgamiento– depende de una química menos transparente que la opaca representación legislativa y ejecutiva. Resulta de un juego interno de poderes ya designados. No hay independencia alguna en la designación ni en la supervisión. Lo notable es que lo escuchamos por primera vez; digo que lo escuchamos por primera vez con otro interés que el que pusimos en aprendernos los ríos de Asia. La capacidad o incapacidad de justicia depende de esos mecanismos. La gente, que no reclamaba elecciones en ningún momento del cacerolazo, postula que el pueblo elija a los jueces.

6. Los diabéticos, los trasplantados, los deudores no pesificados de préstamos prendarios que empiezan con “F”: la codificación mediática transformó las consignas del cacerolazo en reclamos sectoriales. Gran parte de la fuerza quedó acorralada en el corralito. Sin embargo, nuevamente, en la plaza está la gente, esta vez sosteniendo –leo una pancarta– que el pueblo elija a los jueces. Volveremos sobre la consigna. Lo que ahora llama la atención es que se haya desfragmentado la gente. Y la gente se constituye –iba a decir reconstituye, pero eso comporta petición de principio– en torno de la Corte Suprema. No hay demandas sectoriales sino exigencia subjetiva: que se vayan.

7. Curiosamente, los jueces de la corte han comenzado a tramitar sus jubilaciones. Probablemente no sea sólo un negocio más, antes de ser destituidos: quizá sea una confesión. Una corte jubilada no es un símbolo desdeñable.

8. Pero la gente en la plaza no pide que se jubilen los ministros. Tampoco pide que les entablen juicio político a los ministros. Bacqué (cuyo cargo y prosapia ignoro, pero que indudablemente es uno de los figurones del Poder Judicial –y no de los peores) sostiene que no se puede juzgar a la Corte sino a sus ministros. O sea que en negativo se ve clara la figura subjetiva presentada por la gente: juicio a la Corte –y no a sus miembros. En este punto, vuelve a sonar la consigna mencionada: que el pueblo elija a los jueces. El juicio a la Corte, o mejor, la impugnación de la Corte implica algo más que la remoción de los ministros. Es claro: no se suprime la privación general de justicia eliminando a los agentes. Es preciso transformar el modo de producción de esos agentes. Toda esa chorrera de mecanismos constitucionales es el modo específico de producción de esta Corte y sus milagros.

9. Al pasar, no sé si en conexión con esta causa o con otras –uno se distrae porque, por ejemplo, parece que lo de Cardetti a Racing no va– aparece la jueza Servini de Cubría. Físicamente, es un monstruo de la imagen. Cada vez que le toca un juicio visible, antes de presentarse en el juzgado, se manda primero al quirófano y después a la peluquería, entonces ya está lista para impartir justicia mediática. No es una imagen de la justicia: es la justicia de la imagen.

10. En la plaza la gente grita consignas o sostiene pancartas. ¡Momentito! ¿En la plaza? ¿En qué plaza? Escuchemos al ministro Moliné O´Connor –es una forma de decir–: nosotros debemos defender la vigencia de la constitución. Y no nos podemos ir porque unos miles de personas reclamen y hagan ruido con cacerolas. Si los reclamos son legítimos, que vayan al Congreso o a Casa de Gobierno. Parece que el ministro expresa lo que todos sabíamos: las plazas están frente al Congreso y frente a Casa Rosada. El agradable paseo que aloja a los nuevos caceroleros no es un sitio político. Moliné O´Connor quiere que vayan a reclamar al Congreso o a Plaza de Mayo. Quiere que lo destituyan constitucionalmente los poderes constituidos. Quiere impedir que se declare abierta una nueva plaza política: Congreso y Plaza de Mayo está bien. Es así. Pero entre el ILSE, el Petit Colón y Tribunales no había ninguna territorialidad política. Ninguna subjetividad política había tomado la justicia como síntoma, ninguna subjetividad política había tomado los síntomas del poder judicial como sitio de subjetivación. Ninguna subjetividad política había tomado la plaza Lavalle como sitio de subjetivación1.

11. Veamos un poco el territorio de la ciudad en su arquitectura constitucional. Hay tres edificios para tres poderes –Comodoro Py no es más que una extensión funcional sin encanto político. La gente –tomemos el nombre aunque sea un poco inadecuado: es menos inadecuado que pueblo– vota por unos legisladores. Esos legisladores se instalan en las oficinas del Congreso. Frente al Congreso hay una plaza en la que los votantes pueden dialogar con los designados. La gente vota por un presidente. El designado toma las oficinas de Casa Rosada. Frente a Casa Rosada hay una plaza en la que los votantes pueden dialogar con el designado. Y hay un tercer edificio que también tiene oficinas. Pero no se accede a esa oficinas por voto alguno. La plaza que está frente a Tribunales no se sabe bien si corresponde al Teatro Colón o al ILSE o a las fotocopiadoras. Se llega a las oficinas por designación desde Congreso y telefonazo a la Rosada. ¿Cómo podría haber votantes en esa plaza exigiendo que se vaya la Suprema Corte? El Poder Judicial estaba excluido a priori de cualquier posibilidad de subjetivación política. Esos caceroleros están fuera de lugar –más fuera de lugar que en las calles o en las plazas legislativa y ejecutiva. O están inaugurando un lugar. Y esa inauguración de un lugar político se corresponde con la aparición de una subjetividad heterogénea respecto de lo esperable. Lo cierto es que desde ese lugar recién inaugurado se enuncia que el pueblo elija a los jueces. El sentido de la consigna se corresponde con el sitio que se inaugura para pronunciarla. El cambio que la gente requiere en el modo de producción de jueces no es técnico sino que comporta una subjetividad judicial distinta.

12. Imagino, pero no es más que una imaginación, que este movimiento conecta con la emergencia de una subjetividad política que aspira a hacer caer las formas descompuestas del estado-nación en función de una organización técnico administrativa de otra cualidad. Estimo que esa otra subjetividad –consumidores, gente, vecinos, clientes– entabla otra modalidad de relación con la ley, establece otro estatuto para la ley: que no puede haber un cambio en el estatuto de los derechos sin una alteración esencial en el modo en que se organiza la subjetividad frente al poder judicial. Veo que, si éste fuera el caso, el cliente no acepta la mediación de un legislativo y un ejecutivo ya designados para contratar su servicio judicial. Pero estas formas genéricas de decirlo son sólo anticipaciones especulativas sin valor ni gracia. Prefiero que el movimiento de subjetivación mismo determine sus modalidades. ¿Qué modo del aparato de justicia es compatible con la subjetivación de la gente en la plaza de Tribunales? Es un problema abierto. Un problema que ha abierto la gente en Tribunales. Un problema que no se va a resolver en las tuberías constitucionales del Juicio Político ni en las destilerías de la Filosofía Política.
__________
1 Es cierto que los síntomas de la justicia, retroactivamente habían estado presentes como sitios de subjetivación en Catamarca y en Santiago. Pero esos movimientos entran en la composición de pensamiento posible del actual por retroacción.
 
 
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