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   Argentina: la situación

Telegrama urgente
  ¿Una encrucijada para el psicoanálisis?
   
  Por Germán García
   
 
Hace más de dos décadas escribí La entrada del psicoanálisis en la Argentina, un libro que fue más parafraseado que citado. No me quejo, es el modo local de la consagración en una cultura que hizo del mimetismo su seña de identidad. Quería hacer algo de “historia”, quería usar la historia para entender “algo”. Ese “algo” era el psicoanálisis, su particular recepción en nuestras costumbres.
Descubrí algunas cosas, algunos autores como José María Ramos Mejía, Octavio Bunge o José Ingenieros. Eran los consagrados. Pero también otros que estaban fuera de circulación, como Germán Greve o Juán Ramón Beltrán. Salió algo así como una “novela histórica”, un mito de la prehistoria del psicoanálisis que iba contra el “antihistoricismo” general y el plagio generalizado (bastaría poner las comillas que faltan, las referencias que se escamotean, para que muchas cosas se aclaren entre nosotros). Esta costumbre de visitar la historia se amplió en Barcelona, ya que los españoles explican por la historia lo que nosotros explicamos por la “psicología” (en el sentido más aberrante del término).

1. En la situación actual, una vez más, recurrí a la historia. Pero esta vez es una perspectiva que se ensambla con la economía, para exponer algo de lo que Albert Herschman llamó la salida y la voz (voice). Pero antes, en otro artículo del mismo autor, sobre la “percepción del cambio en América Latina”, encontré algunas claves:
a. Nuestros países se encuentran subordinados a sus modelos (recordemos que nuestra Constitución se “inspiró” en la de los Estados Unidos, nuestra “ideología” fue recibida desde Francia y nuestra liberación de España se apoyó en los intereses de Gran Bretaña). Subordinados significa que pueden ser invadidos militarmente, bloqueados en su comercio y dominados por las finanzas.
b. La historia del país (o países) modelo es leída entonces como “necesaria”, en vez de ser entendida como “contin-gente” (por ejemplo, si una revolución fue seguida de un avance en la industria, se convierte en una ley “causal” que debe “aplicarse”).
c. Cuando algunos gobernantes no pueden hacer algo espectacular, sino transformaciones irreversibles –y cuando menos llamativas, mejor–, el país modelo puede inducir revueltas contra la “tibieza” de estos gobernantes, de manera que podrá minar su base interna y provocar un cambio “radical” que será sofocado conveniente.

2. Una vez que estamos advertidos de estos factores “exógenos”, podemos focalizar algunos trazos de la historia nacional. Es aquí donde la salida y la voz tienen que ser estudiadas de manera particular.
a. La llamada generación del ’80, digamos entre Sarmiento y Alberdi como figuras clave, idealizó a los “europeos” a partir de dos modelos: la lectura (Amalia, inventa unos unitarios que son de Byron, y unos rosistas bestiales, mezcla de andaluces, árabes e indios) y el contacto con los ingleses que comerciaban en Buenos Aires.
b. Cuando se encontraron con los inmigrantes de verdad, la respuesta pasó del asombro al rechazo. Cuando en 1980 se festejó por primera vez en Buenos Aires el 1º de Mayo la prensa dijo que por suerte no había argentinos en esos festejos. Los “liberales” como Miguel Cané, con una oratoria de ciudadanos del mundo, crearon leyes contra los extranjeros, que habían traído. Los que se adaptaban eran acusados de arribistas, los obreros que hacían huelga, de perturbadores del orden, la paz y el progreso.
c. Al rechazo de los italianos le siguió el rechazo de los judíos (La bolsa, de Martel, puede exhibir el triste valor de ser la primera novela antisemita). Los señores especulaban con las finanzas pero identificaban a los judíos con el dinero que despreciaban –una vez que lo tenían– cuando no parecía llegar “por la gracia de Dios” (ya que eran católicos, no protestantes).
d. Según datos comparativos de Guy Bourdé, el retorno migratorio (es decir, la salida) fue mucho más alto que el registrado en Estados Unidos por los mismos años. Las tierras prometidas no fueron entregadas (poblar, para Alberdi, era poblar las provincias) porque los terratenientes se negaban a cumplir con lo decretado por el gobierno. Buenos Aires creció en la melancolía por la tierra abandonada y el rencor por las esperanzas defraudadas. Creció entre italianos y gallegos que se amontonaron en las casas abandonadas por la fiebre amarilla, las mansiones del sur convertidas en conventillos. Carlos Gardel y el tango canción inventaron al “porteño” donde el fracaso se convertía un ideal de pérdida y la pérdida de los ideales.
e. Es sobre estas identidades perdidas, sobre estas identificaciones que fallaron, que la salida se convirtió en ideal y la voz se confundió con el paisaje (la construcción de un consenso político que comienza en el anarquismo y el socialismo, y se plasma en la creación de la Unión Cívica Radical, que adquirió sus dobleces y aprendió de los viejos señores las tretas que la caracterizan). El crecimiento exponencial de los inmigrantes en relación con los “argentinos”, hizo que se desalentara la nacionalización, para controlar las elecciones y el poder (uno de mis abuelos, español, se nacionalizó después de cincuenta años para cobrar una pensión creada por el primer gobierno de Perón).

Con el tiempo, algunos inmigrantes (alemanes, franceses) lograron situarse mediante la enseñanza (Amadeo Jacques, Paul Groussac) o el ejército de la misma manera que los ingleses se integraron mediante los ferrocarriles.
El resto parecía condenado a su posición de resto. Pero fue mediante la Universidad que trató de imponerse por el “mérito”, lo que llevó al sueño del despotismo ilustrado (poder igual saber) con las consecuencias conocidas y el reiterado fracaso de los intentos de organizar la voz (esa tercera fuerza que sería el contralor de los grandes partidos, pero que termina siempre por aliarse para llegar al “poder” y es absorbida y/o expulsada).
¿Y el psicoanálisis? Hace, como decía Jacques Lacan, que sus obstáculos se conviertan en señales de su camino. Y el obstáculo es sumarse a las identificaciones fallidas, en vez de convertirse en analista de los efectos que provoca.
“Comprender”, sabemos, es fatuidad. Desear es una certeza. Y desear el psicoanálisis más allá del gusto que junta a las personas, incluso más allá de los intereses de los psicoanalistas, es recomendable. La Viena de Freud no era más confortable que nuestro Buenos Aires, el París ocupado de Jacques Lacan tampoco.
El yo de un inglés, escribió Freud, es la flota inglesa. Nosotros lo supimos hace veinte años. El yo (je) de un argentino es el castellano y su moi es un collage de identificaciones contradictorias: europeo en Latinoamérica, fuera de lugar en el mundo.
Los que buscan la salida en los consulados son “familiares” de los que intentan construir una voz en cada lugar en que se manifiestan. Y una cosa no se opone a la otra. Como lo demuestra Albert Hirschmann al estudiar la reunificación de Alemania.
Amalia comienza con una discusión sobre los que se quedan y los que se van. Discusión recurrente, como poco estudiada. Mientras tanto, millones viven fuera y otros millones habitan la nación. Pero como decía Bernardo Canal-Feijoo, el país federal es un país feudal: su unidad es platónica, existe en el cielo de las ideas.
Su diversidad, en este momento, se manifiesta en la proliferación de monedas que se multiplican como la serpiente en la cabeza de la Medusa, retorna de lo reprimido para humillar el sueño de Buenos Aires. Una y otra vez, también de forma diversas y con resultados dispares. Concluyo el telegrama, es tarde y habría mucho que decir.
 
 
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