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   Argentina: la situación

Entrevista a Silvia Bleichmar. "Dejar de lamentarnos por lo que no fuimos"
  A propósito de la aparición de su último libro Dolor País editado por El Zorzal
   
  Por Nicolás Gelormini
   
 
Usted relaciona la figura del “semejante” con la identificación, con la producción de representaciones compartidas. ¿Cómo se da este proceso? Y, por otro lado,  a su entender, ¿cuáles son a su entender las instituciones que podrían realizar un aporte?
Sí, tengo una profunda preocupación respecto de la noción de semejante, en razón de que las condiciones actuales propician un estallido de la subjetividad, a partir de la expulsión constante a la cual es sometido cada ser humano de su condición de sujeto para otro. Y en este sentido la fuente última de la representación de “semejante”, del idéntico ontológico, aquél al cual me debo y que, como dice Levinas, con su presencia muda me arranca del egoísmo y me convoca, está en la relación primaria con el otro humano, con aquél que en los orígenes consideró mis necesidades materiales como obligación moral sintiéndose profundamente responsable de no dejarme en estado de des-ayuda. Pero en un segundo tiempo, las representaciones sociales compartidas a posteriori, que se inscriben como patrimonio ideativo de los valores del ideal del yo, son definitivas para encontrar su forma definitiva. Yo me rehúso a considerar que la institución que instaura estas premisas sea la familia, para inclinarme a ver en el otro humano, en el adulto instituyente de la subjetividad, al agente principal de esta instalación en la infancia. Y este adulto, que ejerce esta función más allá de su propia determinación conciente, lo hace a partir de los modos con los cuales se representa el universo compartido en el cual se incluye a sí mismo y a la cría que tiene a cargo, sea desde la función parental, educativa o terapéutica.
Respecto de los procesos actuales de estallido de la subjetividad, pienso que la práctica analítica es un espacio privilegiado para evitar los efectos terribles de la descomposición, en razón de que es precisamente el otro como tal, provisto por supuesto de inconciente, agitado por deseos y temores, por frustraciones y esperanzas, el sujeto que emerge en el profundo reconocimiento de sus tensiones más profundas ante un otro que no se limita a ser expectador sino que se ve comprometido en el alivio de su sufrimiento. A nivel más global de la sociedad, el pasaje del silencio a las formas con las cuales se intenta hoy generar un saneamiento espontáneo mediante la acción y el diálogo que permite cierta recuperación de protagonismo es indudablemente el espacio privilegiado de recomposición subjetiva. Las instituciones que de ello participan son en realidad pre-instituciones, embriones de nuevas instituciones –como las asambleas barriales, o los diversos movimientos de oposición a la marginalización violenta– porque los viejos modelos institucionales han demostrado no sólo su ineficacia sino su carácter profundamente desconstructivo para la sociedad civil. Esto es lo que me ha llevado a afirmar, en un texto reciente, que no basta con barajar y dar de nuevo, sino que hay que cambiar el mazo, porque las cartas se gastaron y rompieron de tanto marcarlas...

Si el “riesgo país” en tanto acto de habla era una amenaza con la cual el poder financiero nos amedrentaba impidiendo así el surgimiento de cualquier tipo de alternativa, ¿qué valor le atribuiría usted al “dolor país”?
Es un acto de resistencia al intento de capturar todo discurso posible en las redes del aparato financiero, dando cuenta de que detrás de las cifras hay seres humanos que sufren y que tienen derecho a volver a pergeñar sueños de futuro.

Un elemento que llama la atención en el libro son las notas al pie. Suponen un lector distanciado o por lo menos no informado acerca de datos de nuestra cotidianeidad o de nuestra historia. ¿Están destinadas esas notas a lectores jóvenes, a futuros lectores, a lectores en Hispanoamérica?
Están destinadas, precisamente, a lectores extranjeros. El editor ha realizado ciertos acuerdos para su traducción a otras lenguas y su difusión en otros países.

Aunque no se la menciona explícitamente uno piensa en la repetición cuando usted compara los antiguos vales de los estancieros con los actuales bonos provinciales o cuando muestra las identificaciones patológicas que hubo entre diversas generaciones de argentinos. Usted afirma también que es momento de “reciclar” ideas morales. ¿Cómo evitar la repetición en este aspecto para que no se produzca, según sus palabras, otra “derrota del pensamiento”?
El reciclado implica no descartar con lo dañado, lo mejor del material aún fecundo. Han quedado archivados grandes proyectos históricos, y junto a ellos enunciados básicos que representan lo mejor de nuestro devenir político, social, cultural y artístico. No se puede dejar de recuperar lo mejor de nosotros mismos por temor a la repetición, somos lo que nuestra historia determina en conjunción con la elaboración que de ella hacemos. La única manera de evitar la repetición es rescatando lo mejor de ella y sometiéndola a una recuperación crítica tendida hacia el futuro. No se pueden confundir los modos que nos llevaron a la derrota con las grandes propuestas de construcción de un país diferente.

Mientras leía el artículo “Estamos acá”, recordé a Federico Peralta Ramos, que en el programa de Tato Bores, afirmaba con una expresión ida en a cara y en la voz: “¡A mí me gusta acá! ¡A mí me gusta acá!”
Sí, pese a todo, a mí también. Pero sobre todo, no hay ningún lugar en el mundo en el cual yo pueda conservar, pese a todo, algo de mí misma como acá. El exilio, sea político, sea económico, es un desarraigo no sólo de la tierra sino también de uno mismo. Y tenemos derecho a seguir luchando para dejar de ser expulsados de nosotros mismos. Pienso que los modos con los cuales nos ven algunos desde el exterior son profundamente parciales e injustos, y que lo más grave que nos podría pasar es identificarnos con esa propuesta de asumirnos todos como culpables, haraganes, gastadores, en fin, melancólicamente responsables de un destino que no hemos escogido el modo en el cual se presenta y por supuesto no siendo responsables del robo y la expropiación de que fuimos objeto. Sin que ello signifique que no revisemos las formas con las cuales aceptamos que todo esto se produjera ante nuestros ojos.

Usted afirma: “La educación argentina se constituyó como una denegación de la pobreza de origen porque ésta nunca pudo ser verdaderamente superada”. Y más adelante, que “si algo hemos ganado, es la pérdida del pudor de ser pobres”. Esto sucedió, sin embargo, luego del período de mayor ostentación de poder económico por parte de ciertos sectores.
La ostentación de esos sectores fue vista con irritación, al menos a partir de la desilusión sufrida después de 1996 cuando la gente empezó a darse cuenta de que nunca iba a poder participar, realmente, del banquete. Hemos tenido un profundo pudor de ser pobres, nos hemos avergonzado de no ser dueños de nuestra riqueza sin que eso nos pusiera realmente en marcha para obtenerla, al menos luego del proceso de desmantelamiento que operó la dictadura. Es hora de reconocerlo y dejar de lamentarnos por lo que no fuimos, para empezar a construir lo que sí podemos ser. No podemos vivir toda la vida de reminiscencias... Es precisamente de la posibilidad de adueñarnos de nuestra propia condición, pese a la desilusión que ello implica, que puede surgir la esperanza que, como bien decía Freud, aunque proveniente del deseo, tiene una pata anclada en el principio de realidad.
 
 
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