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   Entrevista

Guy Le Gaufey
  La tercera persona
   
  Por Eduardo Bernasconi
   
 
Escribe usted en su libro Anatomía de la tercera persona que hay una no relación del analista y del poder del estado. ¿Significa esto una confrontación permanente con el poder, con el estado? Dice usted: psicoanálisis y estado se dan la espalda, pero esa no relación ¿es o no una relación?
No, de ninguna manera. Pienso precisamente que nunca hay una confrontación directa entre el Estado y lo que Serge Leclaire quería llamar la «profesión». No hay una tal profesión, y vale la pena estudiar y comprender por qué, en la medida en que no se trata de una falta de rigor, sino mucho más de lo contrario. Tanto se toma en cuenta la naturaleza peculiar de la transferencia, que es casi fácil entender que la experiencia del análisis no se puede acordar con las exigencias de un Estado cuya finalidad incuestionable es la del bueno supremo. Hay también que agregar el hecho de que, a pesar de su peso cultural, a veces muy importante, el análisis no tiene una gran importancia social. El Estado no está tan interesado en reglamentar una actividad que ocupa a tan poca gente, mientras que se le escapa su principio básico de funcionamiento. No se puede decir lo mismo de las psicoterapias, ya que más y más el dinero del Estado está implicado en este punto clave de la salud mental. Como Freud lo había planteado desde 1927, cuando se trata de explicar al Estado (a su «representante») que el análisis no se puede reducir a una terapia, este representante no consigue entender bien qué es eso, y, por fin, se aparta de algo tan complicado y tan ajeno al fundamento de su propia acción. De modo que el punto actual de conflicto se encuentra mucho más al interior del medio analítico en la medida en que es poblado de gente trabajando en el sector de la salud mental, y que muy a menudo no es tan fácil hacer una diferencia clara entre análisis y psicoterapia. El Estado puede muy bien entender lo que es una terapia (eso forma parte de su preocupación básica), mientras que no tiene los medios para comprender la lógica del tratamiento analítico. En la Anatomía de la tercera persona, intenté aclarar por qué y cómo, en mi opinión, el analista y el Estado están implicados en una cierta producción de le tercera persona. Como pueden muy bien saberlo los analistas (a partir de la que pasa entre ellos), ocuparse de la misma cosa de manera tan diferente, es un excelente punto de partida para no entenderse recíprocamente. Para ignorarse decididamente.

¿Cómo piensa usted que pueden los analistas sostener esa distancia con el poder del estado globalizante?
La respuesta a su segunda pregunta se desprende de ahí: por poco que los analistas se queden atentos a los giros de la transferencia, eso bastará para que no se precipiten en un pedido de reconocimiento del Estado. Vale la pena aquí hacer una diferencia entre lo serio que implica tomar en cuenta la cosa transferencial, y lo honorable de ser reconocido por la única fuente de legitimidad de nuestras sociedades: el Estado.

Quizá sea ésta una pregunta indiscreta, pero.. ¿por qué Hobbes? ¿por qué Leviatan? ¿por qué la filosofía política?
No hay nada indiscreto en tal pregunta. Quería tratar el grado de personación (disculpe el neologismo) de la tercera persona en nuestros lenguajes: a veces es una persona, que puede decir «yo», otras veces es algo neutro, que precisamente no puede decir «yo». De ahí que la cuestión de la persona ficticia de Hobbes se presentase como un punto de trabajo casi obligado. Por otra parte, quería también estudiar detalladamente el verbo «representar» en su aspecto político, en la medida en que ya había escrito todo un libro anterior (El lazo especular) para atacar el lado imaginario del mismo verbo «représenter». Me quedaba tratar el otro lado de la definición famosa de Lacan, el significante representa al sujeto para otro significante, donde el doble valor del verbo implica hacer un rodeo por su significación política también. Todas estas razones me llevaron a pasar por la teoría de los dos cuerpos del Rey, y también por lo que, en mi opinión, resultó de la caída brutal de aquella teoría, es decir, la persona ficticia de Hobbes tal como se encuentra en el Leviatan. Estudié estrictamente esa pequeña parte del gigantesco trabajo de Hobbes.

En un reportaje que le realizaron en Uruguay usted responde que el analista debe animarse a empezar su práctica casi como engañando, incluso cuenta un chiste que expone la relación entre los médicos viejos y los médicos jóvenes donde el joven le dice al viejo: “¿cuándo me va a derivar pacientes?” Y el viejo le responde: “cuando tengas pacientes.” ¿No se corre entonces el peligro de una práctica anórmica?
Este peligro de una práctica anórmica me parece mínimo frente al riesgo inverso: una práctica normalizada, sea por el Estado y sus necesidades de terapia, sea por las sociedades analíticas y sus pendientes tan fuertes para la pura reconducción de la tradición. Es muy importante la tradición cuando se trata de mantener un discurso. Pero es el destino mismo de la hipótesis del inconsciente de subvertir (por poco que sea) el sistema que la sostiene. Eso se nota en la consistencia tan especial del saber analítico: no se agrega. Se deshace mucho más, al punto de que Lacan, a fines de su vida, en 1978, dijo, en su manera provocativa, que cada analista debía reinventar el análisis. En cierta manera, tenía razón en esta exageración. Si hago hincapié en una práctica anórmica, no es por romanticismo, sino por respeto a la consistencia del saber analítico, esa consistencia que, en mi opinión, permite que la experiencia se repita sin nivelar los sujetos que le llegan.

Si la autorización es una aporía, ¿cómo se resuelve?
Una aporía no se resuelve. No es un problema. Literalmente, en griego, es la ausencia de camino. Luego hay que regresar para encontrar otro camino. La frase famosa de Lacan a propósito de la dicha autorización –el analista no se autoriza sino por él mismo– marca esta aporía en la medida en que, si uno la toma en serio, no puede seguir tranquilamente con la palabra y el concepto de «autorización». La frase, en sí misma, provoca un derrumbamiento de la noción de autorización, ya que niega la existencia de cualquier autoridad a partir de que vendría una tal autorización. De ahí la tentativa de concebir este «él mismo» de la fórmula como la nueva autoridad. Fracaso inmediato. Por un lado para los que escuchan en esta promoción de ese «él mismo» una mera hinchazón narcisista, pero por otro lado (más tortuoso), para los que buscan en el pase y en los Analistas de la Escuela (A.E.) la prueba lacaniana de la existencia de al menos uno, analista. Bastará aquí recordar que, si el amor existe, la prueba de amor no se produce como prueba sin arruinar el amor; apenas si se encuentra imprevistamente, cuando ya nadie está buscándola. El pase es algo muy importante en la concepción del tratamiento analítico, permite pensar que no se reduce en el puro secreto de lo íntimo, sino que no es una técnica de producción del analista como tal. Es una manera para uno, al pasar al analista, de reducirse momentáneamente a su reputación (lo que los passeurs van a decir de él al Jury) - lo que es también la postura del analista en la transferencia. En eso, no se trata de autorización, se trata de reputación. Es realmente lo que califica al analista: dicen que... Mengano, Fulano, Zutano practican el análisis... Más o menos de tal y tal manera... Puede parecer ridículo reducir así una tarea tan noble, tan grave, al mero hecho de lo que podría calificar igualmente a un perfecto charlatán. Pero un tal riesgo me parece menos aventurado, etc...

Hay en el psicoanálisis escuelas e instituciones, muchas de ellas a veces constituidas en religiones donde se escucha: No hay analista sin escuela. ¿Piensa usted que hay analista sin escuela?
La situación ha cambiado mucho en estos veinte últimos años. Las escuelas se han multiplicado, y crecieron también los intervalos entre ellas. De tal modo que hoy en día hay analistas sin escuela. Pero es un lujo. Pueden permitírselo porque hay escuelas. Hay tal y tal escuela a la cual se cuidan mucho no pertenecer. Pero por otro lado, la pertenencia de alguien a una escuela no lo hace analista: mucho más lo hace su propia capacidad de buscar y encontrar un frágil equilibrio entre una comunidad (tal escuela) y este satánico «él mismo», que no vale demasiado, sino que sin éste la cosa transferencial no se puede establecer como este «playing» del cual Winnicott hablaba tan bien.

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Guy Le Gaufey es Director de la École Lacanienne de Psychanalyse. Autor de los libros L’incompletud du symbolique (París, EPEL, 1991), La evicción del origen (Bs. As. EDELP, 1995), El lazo especular (Bs. As., EDELP, 1998), y Anatomía de la tercera persona (Bs. As. EDELP, 2001). La presente entrevista se realizó en ocasión del paso por Argentina de Guy Le Gaufey donde dictó varias conferencias cuyos temas giraron en torno a la relación entre el estado y psicoanálisis
 
 
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