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   Comentario de libros

La pulsión es turbulenta como el lenguaje. Ensayos de psicoanálisis caótico
  de Roberto Harari del Serbal, Colección
   
  Por Ilda Rodríguez
   
 
Roberto Harari va forjando, en su decimosexto libro, un escrito tal, que su escritura resulta el encuentro de lo que se trata en lo escrito. A este encuentro permeado por las enseñanzas del último Lacan y la caología, retrofundado por su lectura, lo nomina: psicoanálisis caótico.
Desde esta novedosa episteme que importará al psicoanálisis, pone a conversar disipativamente, a una pluralidad de autores que su lectura reescribe, reinventa.
Epígrafes, notas al pie, textos de su autoría, subtitulaciones desacomodantes (“El pionero de Buda”), temáticas “extra-ñas” (Autoestima), un vibrante Homenaje (Raúl Sciarretta), indician la complejidad polifónica que quiebra el espacio convencional del libro, inscribiéndolo en la diversidad. En efecto: su escritura trae la novedad de la ironía (Bajtín) propia de las lenguas nuevas (l´elangues): una ironía mínima (“¿De qué olvido me hablan?”), imperceptible, hasta desde una que habla en voz alta y limita con la risa (ficción).

Discusión fecunda, exacerba el “alcance torbellinario de la potencialidad del lenguaje”, poniendo en acto el proceder del analista, “incurso en el seno del hablaje”.
“De la praxis” hace decir “De los fundamentos”.
Del clivaje inconsciente al clinamen sinthomal, pone en línea para diferenciar, las operaciones psíquicas connotadas así. Muestra con valor de apólogo aquel proceder, crucial para la cura analítica: el desciframiento de un sueño configurado en tanto charada, como respuesta a una pregunta. De otro modo: torbellinear mediante un forzaje estropeador, esa frase-respuesta, dislocándola y por homofonía, para que el desvío clinaménico de la letra, haga sonar otra cosa, en el sentido recostado en la lengua sintomática.
Por el sesgo de una ficción narrativa, burila un tratamiento específico de lo indecidible, haciendo de ello “su materialidad sutil”, modelándolo inseparablemente de lo que trata. Vale decir: instrumenta la crisis verdadero/falso que especifica toda ficción como intervención desequilibrante, en este caso, en el propio texto. Lo indecidible, vía paradojas, agrieta el equilibrio neurótico, abriendo a la invención.
Una llamada contrapuntea “sinthoma”, vocablo que se precisa “para volcar al español el fenómeno psíquico que desde la nominación lacaniana (“sinthome”) se aproxima y distancia del síntoma (“symptôme”)”. Dicho y hecho: síntoma-sinthoma, repetición y escritura. La escucha zanja homofonía.

Desde aquella nota señala, para complejizarlo, el trayecto que el sinthoma introduce en la singularidad de toda cura analítica, desembocando en lo que la identificación amorosa con el mismo posibilita, como “antídoto contra el dolor de existir”. “Este amor necesario por el sinthoma”, resulta una rearticulación del amor y del goce, a la que invita Harari al declinar la trinidad registral del amor, más uno. Centrándose en este último, capta para su desglose, las consecuencias teórico-clínicas de las insuficiencias de la imagen, la metáfora y la contingencia verificadas, así como su decisiva incidencia en “el turbulento fin del análisis”.
Sitúa al olvido, en su ensayo pertinente, por su estatuto fundante que hace posible el recuerdo. Al vertirlo, entre otros, por el desvío borgeano de su Funes memorioso, decanta en este caso, lo funes-to de la ausencia de olvido: “congestión mnémica” (reconduciendo psicoanalíticamente “la pulmonar” del literato) que deriva en locura y muerte.
Otra vertiente: en la palabra olvidada, “en la punta de la lengua”, “se condensa sinecdóquicamente el lenguaje”, nos advierte el autor. Estado funes-to, sinécdoque particularizante, pide por todo.
El reencuentro de la palabra perdida volverá a situar al sujeto donde la representación lo represente.
Inversamente: la irrupción de un recuerdo se revela “atractor” por lo “extraño” “al no poder sacárselo de la cabeza”. De nuevo la sinécdoque, precisa Harari, mas generalizante: este recuerdo, ahora encubridor, ¡es la cabeza que pide por una ausencia!

Topológicamente razona de este modo: para recuperar la dimensión teórica del sujeto, sustraerle su lugar al recuerdo presente, disipándolo.
No olvida agregar lo in-mundo; apartando por allí al “peor de los olvidos”: “el que otorga carácter pasatista al acontecer humano, fetichizándolo como tal”.
En diferentes capítulos, el autor modula lo que Lacan divisó como “las resistencias son del analista” posicionando de entrada, lo irreductible de la resistencia por uno de los efectos del lenguaje. En esta tónica, desbroza los multifacéticos rostros de las siempre actuales resistencias al psicoanálisis. Extrae la sibilina autoestima del corpus ajeno del psicoanálisis, revisa la concepción resumida por el vocablo, situándola conceptual y clínicamente.
Confluye en la problemática “de la salud mental” posicionando tres enclaves decisivos de lo que ha dado en llamarse postmodernidad, a fin de instalar “nuestro instrumental psicoanalítico”. Recorre: destino de la histeria, psiquiatrización biológica, trastornos psicosomáticos...

En su deriva por la casuística freudiana, que amplía al redefinir su alcance, concluye que la misma es “teoría en acto”.
Abrevando en el pasaje realizado de inconsciente a pulsión (Lacan), reinstala la pulsión en un espacio torbellinario (Hermann) que conmueve la dialéctica inconsciente y la cerrazón de la estructura. Recala en el novedoso estatuto del lenguaje, cuya efectuación implica “la inscripción de significantes nuevos y el mani-obrar del analista en función de lo pulsional torbellinario”.
La andadura harariana opera un cabal forzaje; tránsito rupturizante, que “laborando en pro de la turbulenta energía libre (a diferencia de Freud)” lleva a los límites conceptuales y clínicos, hacia la dispersión: “Lo inconsciente es estructurado como un lenguaje”. Condensa lo avanzado en: “La pulsión es turbulenta como el lenguaje”. Tesis tituladora del capítulo y del libro, itera desde los fundamentos a la praxis del psicoanálisis ¿caótico?
 
 
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