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Reflexiones sobre la ilusión y la desmentida
  Por Manfredo Teicher
   
 
La ilusión; un paliativo válido: Fiel servidor del principio del placer y favorecid por una brillante inteligencia, el destino humano ha consentido el encumbramiento de la ilusión. Que la fuerza de la razón es su estandarte, no puede ser menos que una ilusión más, cuya existencia, la trampa de la lógica nos ofrece como paradigma de tal argumento. Al imponer la ilusión de un supuesto orden, a la criatura cuyos privilegios y poderes llegaron a competir con el omnipotente azar, alcanzando el nivel cada vez más cercano a todos los dioses, que su asombrosa imaginación, a su imagen y semejanza ha creado, persiguiendo la excelencia a la que pretende unir su existencia.
Surgida del mismo enjambre que los primeros balbuceos pensantes que orgullosamente bautizamos con el nombre un tanto pomposo de “ciencia”, la filosofía insiste en condenar al descrédito a la única tabla de salvación, que con todas sus falencias, nos acerca, siquiera por instantes fugaces, al deseo de vivir, al reino de la felicidad.

Los avatares del reino de la realidad, con profundo desprecio al desesperado intento intelectual que realizan sin descanso los curiosos habitantes de un minúsculo rincón del Universo, bastante lastimados ya en sus esfuerzos por mantener a flote un maltrecho oasis de megalomanía, niegan sarcásticamente el valor de toda escala de valores, indiferentes al dolor intolerable que una afirmación semejante puede provocar en las enormes masas humanas cuyo destino es ser los parias, las víctimas, de esos valores.
Toda escala de valor, que en algún nivel sugerimos denominar “ideología”, no deja de ser una frágil ilusión por mas beneficio o daño que pueda sembrar en las mismas criaturas que la generan, fortalecen, apoyan o combaten. A través del tamiz que los delgados hilos de las innumerables escalas de valor construyen e imponen a nuestra percepción, la realidad toma para nosotros, status de existencia.
No, no nos atrevemos a desmitificar la ilusión. Pretendemos, por lo contrario, rendirle sincero y merecido homenaje a un ingrediente vital, imprescindible para que un sujeto humano se avenga a transitar por un jardín de rosas defendido por infinitas y peligrosas espinas. ¿Acaso podemos encontrar en la cultura de la especie algún elemento significativo no contaminado por nuestra heroína? ¿Acaso no usamos constantemente en cualquier conducta, en el más amplio sentido que podamos dar a ese término, esas supuestas sutiles defensas que son las escalas de valor? Pero aquí nos encontramos con un problema que colocaremos en una escala vertical, dictaminando que, hasta ahora, nos hemos movido en una supuesta escala horizontal, ilustrando, de paso, lo complejo y arbitrario, lo ilusoria, que es toda escala de valor.

Podemos defendernos de todo aquello que molesta, simplemente, negando su existencia o alterando su valor. La ilusión, en su juego dialéctico con la razón y la lógica, demuestra su poder. Y la inteligencia humana coloca su inaudita capacidad de producir argumentos de toda índole, a su disposición.
La realidad no es una ilusión. Sí lo es toda escala de valor, que oculta el deseo narcisista del que tiene el poder de imponer tal escala de valor. La posibilidad de satisfacer ese deseo narcisista no deja de ser una efímera esperanza por lo que sería mejor denominarla también ilusión.
Más allá de toda escala de valores hay una realidad. Pero únicamente tamizada por una escala de valor producida por el narcisismo, podemos relacionarnos con la realidad. Es imposible ser imparcial, objetivo, frente a cualquier elemento de la realidad.
En segundo lugar está la incógnita sobre cuál narcisismo, a qué individuo o grupo pertenece, el que determina la escala de valor en juego. ¿Qué intereses defiende? o sea: ¿a quién perjudica?

La desmentida; una forma elegante de negar la realidad: Es asombroso como mentimos convencidos de que somos sinceros. Totalmente persuadidos de que decimos la verdad, nos invade una sensación de plenitud, de seguridad; fácilmente convertible en hostilidad, si alguien se atreve a poner en duda, con o sin fundamento, nuestra sinceridad.
Si aún hay alguien que duda de la existencia del inconsciente, ésta debería ser una prueba concluyente de su eficaz existencia. El inconsciente se enoja si alguien se atreve a mostrar lo que se empeña en ocultar. Si la denuncia se produce por un observador externo, se confirma que “es mas fácil ver la paja en el ojo ajeno, que la viga en el propio”. En el que se había producido el ocultamiento, la disociación entre el inconsciente que se quiere ocultar y el resto de la persona que no puede dejar de someterse a su autoridad, es un serio contratiempo darse cuenta de lo que sucede en su interior. Si hace un instante creyó ser sincero, lo que significa ser honesto, bueno, querible; tener que cuestionar esto significa tener que aceptar lo contrario. O, por lo menos, que hay aspectos de uno...

De merecer un justificado premio por portarse bien, se pasa a merecer el desprecio y castigo por mentiroso. Esto que primero suena injusto, lógicamente para la víctima inocente de su propio inconsciente que sería el único culpable, al tener que reconocer que después de todo el inconsciente es parte de uno, justifica el cortocircuito que se produce en su aparato psíquico. El dueño de casa se siente estafado, engañado y, de yapa, un tonto por no ser capaz de conocer lo que pasa en su propia casa.

Lo que acá estamos describiendo, es parte habitual de la realidad que conforman las relaciones humanas, que parecen deslizarse en un nivel dominado ampliamente por el inconsciente, por lo tanto desconocido para los actores que intervienen en el juego. En ese nivel de la realidad, se comunican Inconsciente con inconsciente existiendo un acuerdo tácito universal de negar que se esté jugando este juego. ¿En qué consiste el juego? Una competencia narcisista de todos contra todos, popularmente llamada lucha por el poder, por el territorio y por el status. El pacto, por ser tácito, es también Inconsciente. Pero es entonces un arma para moverle el piso a cualquiera con sólo denunciar todo esto. O sea, la denuncia rompe un pacto de caballeros. Y el psicoanálisis también. Pretende que el sujeto conozca su inconsciente. Que haga insight. Que asuma la responsabilidad de sus actos.
Realmente, ¿uno quiere conocerse? Andar por el mundo sabiendo que uno, en el fondo, es un ser perverso y despreciable y que todos lo son, mejor dicho, lo somos, no es fácil de tolerar. Y como hay un consenso que niega todo esto, con tal insight uno puede sentirse muy solo. En el inconsciente, en el mejor de los casos (porque si tenemos suficiente poder, es bien manifiesto) seguimos siendo toda la vida criaturas caprichosas, arrogantes, prepotentes, intolerantes a la frustración. Ese fondo está cubierto por una delgada capa de barniz social que permite, al introducir una imprescindible hipocresía, una convivencia mas o menos, cada vez menos que más, aceptable, por lo menos, para algunos.
Someterse a un análisis, donde otro tiene el derecho de denunciar el “derecho privilegiado al reconocimiento incondicional” que uno pretende que los otros le reconozcan, aunque sea sin saberlo, es una actitud audaz. Lo que coloca en el proceso terapéutico, en primer plano, a la función continente.
 
 
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