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Acontecimientos argentinos:
  cuestiones para registrar.
   
  Por Sergio  Rodríguez
   
 

1) El peligro de la pérdida masiva de suposición de saber al poder central. Con De La Rua ocurrió por su obsesiva incapacidad y por su complicidad con corruptos de su propia corte y de la corte menemista. Puede presentarse también, cuando se hacen evidentes dimensiones de corrupción exasperantes. Duhalde, co-responsable del menemismo, demostrando habilidad y olfato político, captó dicha pérdida. Buscando resolverla promueve una concertación nacional impulsada también por la iglesia católica, una de las pocas instituciones que como tal no aparece sospechada de corrupción.

2) El carácter disgregador del neoliberalismo. Especialmente en su versión fundamentalista. Disgrega, debido a que promueve la tasa de mayor ganancia como bien supremo y motor para el desarrollo de las sociedades, y el Mercado (regido por las grandes corporaciones) como único escenario dictaminador y dominante. De este modo coloca al dinero como significante que inicia la cadena y la cierra. Produciendo como efecto de sentido paradojal, un puro sin sentido, incapaz de sostener un discurso, un lazo social. En consecuencia, de soportar un mínimo orden.

3) Las paradojas de la globalización vs. el desarrollo desigual. Transformar la globalización, un producto de la tecnología –informática, comunicaciones electrónicas, aéreas y marítimas– en ángel o demonio es, ante lo real de sus efectos, rendirse al maniqueísmo típico de lo imaginario sin hacer operar lo simbólico. Lo que evidencia la crisis argentina es que la globalización en dichos terrenos se topa con las diferencias de configuraciones económicas y sociales según el país o la región de que se trate. El Grupo de los 7 obtiene ventajas, mientras el resto del planeta incluido su ecosistema, pérdidas. La tendencia a establecer poderes supremos extranacionales de Justicia y Economía, a los que izquierdas y organismos de derechos humanos apoyaron miopemente con la ilusión de ver entre rejas a tipos como Pinochet y otros, son la formalización “legal” de la supremacía de las grandes corporaciones económicas, el estado norteamericano y sus socios, adversarios del G.7 y del resto de la Comunidad Económica Europea. Esto es grave. Mucho más en estos momentos en que El Gran Hermano Bush, después de aprovechar el atentado terrorista contra el World Trade Center para arrasar y apropiarse de la tierra afgana, va a por más en Palestina, Oriente medio, Venezuela, Colombia y el resto de América Latina.

4) La lógica que rige la intervención de las masas. Se vuelve a advertir que es la de sus intereses particulares y no la de un supuesto interés común. En consecuencia, confluencias y divergencias de sectores sociales diferentes dependen de que confluyan o no los intereses de cada uno. Eso es muy manifiesto en la distinta composición social y el comportamiento de los piqueteros y los “caceroleadores”. También en cómo arreciaron o se enardecieron, según los gobiernos repartieran alimentos y subsidios a desempleados o variaran las decisiones sobre la convertibilidad, el “corralito” o los créditos hipotecarios. En esto último se advirtió nuevamente el peso del goce de cada uno y su proyección imaginaria, cuando la inmensa mayoría de los que, presionados por su goce del crédito hipotecario, reclamaban “pesificar 1 a 1” por encima de los u$s 100.000, no advirtiendo o renegando los montos que estaban reclamando abrirles “el corralito” también a las mismas corporaciones que con su voracidad desmedida empujaron el país a la ruina. Aunque también parece ser cierto que si no hubiera habido dicha “pesificación”, una oleada de quiebras habría multiplicado la ya enorme desocupación.

5) La necesidad de la Cultura. Es sabido que grandes bancos iniciaron la corrida que desembocó en el “corralito”. Cuando se desataron los saqueos, no se vio invadir sólo algunos grandes supermercados sino también negocios de barrio, de los que “fiaban” a los vecinos. Como el del chino, cuyo rostro sollozando recorrió el mundo. O el del mueblero que, demudado porque había perdido todo, decía que entendía y estaba de acuerdo con quienes lo habían vaciado porque la situación ya no daba para más. Y que poco después cuando vio pasar un vehículo con varios de los objetos que le habían sustraído, pidió que se los devolvieran y quienes los llevaban no sólo accedieron, sino que lo ayudaron a reintegrarlos. Freud en su metapsicología dice que la represión es el mecanismo básico sobre el que está construida la teoría psicoanalítica. Algunos psicoanalistas importantes en su época como Wilhelm Reich, creyeron que la “liberación sexual” y social resolvería todo. Coincidían con los que, en el marxismo, suponíamos “evangélicamente” que las revoluciones iban a rescatar una supuesta bondad de base de los seres humanos y generar las condiciones necesarias para arribar a la “sociedad de productores libres”. Justamente lo visto en estos acontecimientos, es que cuando se suspenden las inhibiciones pulsionales, se desata un goce sin límites. Se trate de los banqueros que retiraron sus depósitos para enviarlos al exterior o de los que robaban por robar o por puro odio. Por supuesto nada de esto equivale a los que sólo buscaban comer. Pero incluso entre éstos, escuchamos declaraciones como las de una madre que contaba que dos de sus hijos fueron a parar al hospital por el atracón que habían dado, justificado en que hacía mucho que no probaban alimentos como leche, fiambres, etc. Una diputada del Polo Social fundamentando su voto en la Asamblea Legislativa que eligió Presidente a Duhalde, citó a Evita diciendo: “donde hay una necesidad, hay un derecho”. La historia del peronismo, incluida Evita, demostró fehacientemente lo insostenible de este dicho. La declaración antedicha de esa madre ratifica lo descubierto por el psicoanálisis: en el ser humano, que se distingue por hablar y por todas las consecuencias que ello trae, raramente se trata exclusivamente de necesidades. Lo cual torna necesario sostener la subsistencia de la Cultura y no caer en el automatismo de defender a alguien, sólo por considerarlo víctima o porque está necesitando. La complejidad del ser parlante exige la particularización de los análisis. La Cultura, indispensable para vivir en sociedad, no puede no generar malestar. En situaciones como la actual hay que re convenir acuerdos mínimos que permitan sostener la malla civilizadora.

6) El goce de simplificar soluciones conduce a lo peor. Dichas simplificaciones ilusionan con ser rápidas y llevan a derechas e izquierdas a idealizar o denigrar actores sociales. Unos pueden idealizar a una clase obrera cada vez menos existente o a los marginales o marginados, sobre cuya inorganicidad disgregante ya advirtió Carlos Marx. Otros, al empresariado, por su disposición al riesgo y su espíritu emprendedor. Unos olvidan que el que se entrega a ser dirigido lo hace por el goce oral de sentirse con “el alimento asegurado”. Y los que buscan ser amos lo hacen sostenidos en la voracidad oral canibalística e identificados a la ilusión fálica de detentar poder.

7) La impotencia del discurso de la histeria. Demandas muy generales, horizontalismos y verticalismos en tensión en los ideales de organización, lo más ilusos suponen que puede haber una variante horizontal que suplante con un poder de democracia directa, al poder que tiene como eje al amo o los amos en sus diferentes variantes. Esta alternativa no es más que una “remake” del viejo, entrañable y sempiternamente fracasado anarquismo. Con sólo observar las dificultades que tenían para decidir iniciar una marcha hacia Plaza de Mayo las asambleas barriales, en tanto no había jefes que las organizaran, alcanza para imaginar lo que ocurriría si se constituyera un “poder” horizontal. En cambio es inteligente el planteo del Dr. Raúl Zaffaroni en un interesante artículo publicado en Clarín, de que resultaría más orgánico a la complejidad de la sociedad argentina un régimen parlamentario. La horizontalidad llevó a la predominancia del “no” como significante, concentrado en la consigna: “¡Qué se vayan todos!”. Es la impotencia histérica, pidiendo un país sin gobierno. Nada de esto ignora que, siguiendo la lógica de la histeria, son estas mismas masas que entronizaron a Menems y De La Ruas, las que haciendo contrapeso con su movimiento el los de los lobbys, precipitaron la impotencia y la crisis política neoliberal.

8) Sobre la evaluación de la presencia de masas en las calles. El peso numérico y de decisión de los movimientos sociales fue y es circunstancial. Varía según los estados de ánimo de la gente en relación con reivindicaciones que cruzan dos variables: causa de deseo y de goce en relación con las decisiones del poder político. Esto se nota en los flujos y reflujos, tanto en los movimientos de piqueteros como de “caceroleadores”, más allá del voluntarismo de quienes surgen como dirigentes o buscan serlo. Es otro indicador de la diferencia de posición entre quienes aspiran a tener poder y los que sólo buscan cobijarse en él.

9) Con respecto a límites y ficciones de la democracia directa, las asambleas barriales y su consecuencia, las ínter barriales los pusieron nuevamente de manifiesto. Tanto en el armado de las listas de oradores, como en la distribución del tiempo de alocución, como en la “avivada” de las sectas partidarias estirándolas para que finalmente sean pocos y militantes los que “lleguen” a la votación de mociones. Su representatividad fluctuó, no tanto por el número de presentes, sino por el grado en que se hacían cargo o no del espíritu campeante en las masas de sus barrios en cada momento. Con lo cual, más acá de las apariencias, terminaban siendo de democracia representativa y no directa.

10) Sobre que “gobernar es imposible” y necesario. Imposible por la complejidad de la política. Porque no hay bien supremo común y porque representar es imposible debido a la existencia del inconsciente que conlleva a que quede siempre un resto irrepresentado. Necesario, porque no dejan de escribirse modelos que intenten lograrlo. Los gobiernos resultan a veces “sinthôme”1  y muy frecuentemente, síntoma de cada sociedad.


1. Nudo que reanuda, estabilizando, si se presenta alguna falla en el anudamiento entre los tres registros –Real, Simbólico e Imaginario– El síntoma intenta fallidamente la misma función

 
 
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