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   Ética y psicoanálisis

Por una ética del saber
  Cuando Edipo metió la pata.
   
  Por Enrique Loffreda
   
 
Caminaba arrogante por las calles de Tebas después de su memorable triunfo. No había resultado tan difícil como decían derrotar a
ese ridículo pajarraco con tetas, pues el acertijo no ofrecía dificultades para alguien con su capacidad. No sería el más fuerte y valiente de los guerreros, pero era sin duda el más inteligente y astuto. Precisamente esa astucia y esa inteligencia le habían permitido lograr su resonante victoria, gozar de los privilegios del trono y tomar posesión de aquella hermosa mujer. Lejos estaba el pobre Edipo de sospechar siquiera su aciago final. Resultaba difícil adivinar que en su propio nombre y en aquellas cuatro patas, dos patas y tres patas se escondía el presagio de su gran metida de pata.
Los dioses no perdonan la arrogancia de aquellos que infatuados de conocimientos desafían el misterio; respetarlo obliga a transitar por el arduo camino del saber, saber que se nutre de una ética que Edipo no sostuvo cuando con habilidad e inteligencia desafió las legendarias costumbres y el oculto poder de la Esfinge.

J. J. Goux, en su interesante estudio sobre Edipo1, nos habla de la trasgresión de éste al no acatar las condiciones que regían los ritos iniciáticos. No pidió la asistencia de los dioses ni venció con fuerza y coraje de acuerdo con la tradición; por el contrario, logró su triunfo ayudado sólo por sus conocimientos, fundando una desafiante y original manera de enfrentar el misterio. Las consecuencias de esta trasgresión serán tremendas.
La tragedia de Sófocles recrea el mito tradicional y trasmite con fuerza incomparable el doloroso desgarro del héroe trágico. Edipo Rey no comienza relatando la triste hazaña del protagonista en el cruce de caminos ni su triunfo sobre la Esfinge, sino precisamente cuando decide abandonar el confortable lugar apolíneo de la apariencia y emprender el duro camino del desocultamiento, sin atender a su siniestro presagio de catástrofe. Jugado en una decisión ética que como tal no está al servicio de la comodidad ni de la conveniencia personal, se enfrenta entonces con su hamartía (error trágico), sufre las consecuencias y asume su responsabilidad.
El optimismo racionalista sólo considera justa una sanción moral cuando la violación de una norma responde a la decisión consciente de un individuo en tanto se lo supone libre, autónomo y dueño de sus actos. Con este criterio resulta injusto sufrir un juicio adverso y pagar las consecuencias de un acto llevado a cabo de manera casual e involuntaria.

Atendiendo a esta posición moral resulta difícil comprender por qué el pobre Edipo debe sufrir un castigo por los azarosos avatares de su vida. Debemos considerar, en este sentido, la trascendencia que para la ética trágica tienen las consecuencias de los actos y la responsabilidad de quien los ejecuta, sin que las intenciones en juego sean relevantes. Estamos aquí frente a la diferencia crucial entre una ética del saber inconsciente en la que se asume una responsabilidad sin culpa y una moral del conocimiento en la que cuentan la inteligencia y los buenos propósitos.

Psicoanálisis sin tragedia o la tragedia del psicoanálisis

La palabra ciencia deriva del latín scientia que significa “conocimiento”, vinculada estrechamente con conscientia (“consciencia”). Esta vinculación se pone de manifiesto cuando decimos de manera indistinta que alguien perdió el conocimiento o perdió la consciencia. En el uso mismo de estas palabras se establece una fuerte relación entre el sujeto de la conciencia y su capacidad para conocer.
Por su parte “saber” se emplea muchas veces como sinónimo de “conocer”, aunque su origen y alcance son muy diferentes. Derivado del latín sapere que significa “tener sabor” “ser entendido”, alude claramente a una capacidad distinta al acopio de información, no relacionada necesariamente con la actividad consciente. En este sentido, Lacan marca una clara oposición2 colocando “al saber del lado de lo real”3 y ubicando al conocimiento como aquello que da cuenta de la realidad.

La propuesta freudiana de centrar el verdadero ser del sujeto en el saber inconsciente, relegando la dupla conocimiento-consciencia del optimismo racionalista, produce un vuelco en el concepto de sujeto, claramente desarrollado por Lacan y aceptado, solo aparentemente, tanto por sus seguidores como por psicoanalistas de las más diversas escuelas.
Sin embargo, en el actual desarrollo del psicoanálisis se produce un notable incremento del valor otorgado al conocimiento en detrimento del saber inconsciente. Esto se patentiza en la admiración que despiertan aquellos que despliegan su abrumadora cantidad de información y hablan de la clínica con la misma soberbia e inteligencia con que Edipo vapuleó a la Esfinge. La indudable eficacia de estos aportes para “entender” la patología, desvía el sentido de la clínica y la transforma en un complejo juego de conocimientos sin anclaje en el saber inconsciente. Quizá la prueba más contundente de esto que afirmo la tengamos en un curioso hecho: gran cantidad de psicoanalistas estudia incansablemente y amplía de ese modo sus conocimientos, mientras que pocos son los que retoman su análisis personal de manera periódica. Se acepta de manera casi universal que la adquisición de conocimientos debe ser continua y no tener restricciones y, al mismo tiempo, se plantea la limitación del saber inconsciente proponiendo un límite para la experiencia analítica del analista.

Es indudable que el estudio de los desarrollos llamados “teóricos” del psicoanálisis redunda en beneficio de la tarea, pero debemos señalar un peligro que se cierne sobre nuestra praxis y es el de suponer que la sola abundancia de información asegura una buena clínica.
La necesidad de otorgar al conocimiento un lugar de privilegio surge de la convicción, propia de la modernidad, de que resulta posible lograr un progreso constante e indefinido. El criterio evolutivo termina así contaminando un espacio que debiera mantenerse al margen de tal posición y amenaza con desvirtuar la original propuesta del psicoanálisis. ¡Tanto costó echar el optimismo racionalista por la puerta y se ha colado por la ventana! Si olvidamos que, tal como Sísifo, deberemos levantar la piedra tantas veces como se caiga (y que siempre se caerá), terminaremos por inscribir al psicoanálisis dentro del discurso universal de la ciencia.

Aquellos que aspiran a diplomarse de psicoanalistas o quienes esperan atravesar las puertas del paraíso logrando el “pase” (a mejor vida, corriendo el riesgo de estar muertos para el psicoanálisis), apuestan a un logro imposible. La obtención de títulos y honores en alguna de las numerosas instituciones psicoanalíticas existentes, pareciera que exime de la necesidad de retomar periódicamente el análisis personal o practicar la llamada supervisión de la tarea clínica. Se genera así un criterio no explícito pero bastante difundido de que se trata de actividades propias de la formación, de modo tal que una vez superadas las etapas del aprendizaje se podría prescindir de ellas. Sabemos que las “jerarquías” no vacunan contra el deseo inconsciente y que la excusa del autoanálisis tiene patas cortas. Pretender terminar con la necesidad del recurrente e indefinido análisis personal del analista no responde a la experiencia clínica ni a las enseñanzas de Freud.

El creador del psicoanálisis, en la madurez de su pensamiento, supo dar indicaciones precisas al respecto. En una de sus últimas obras, traducida en castellano como “Análisis terminable e interminable” (“Die endliche und die unendliche Analyse” de 1937) escribe: “Todo analista debería hacerse objeto de análisis periódicamente, quizá cada cinco años, sin avergonzarse por dar ese paso.”4
Resulta importante no sólo la propuesta de que todo analista retome reiteradamente su análisis, sino también la sospecha, bien fundada por cierto, de una resistencia señalada como la posibilidad de avergonzarse por esto.
Si nos sometemos a la omnipotencia del conocimiento creyendo en el falso poder que éste otorga, seguramente surgirá la “vergüenza” de no estar en condiciones de superar cualquier contingencia adversa en nuestra vida y nos colocaremos así en las antípodas de la experiencia trágica del análisis. De allí que resulte especialmente enriquecedora para nuestra tarea la profunda reflexión sobre la ética desarrollada por la tragedia griega, que nos habla de la imposibilidad de lograr soluciones últimas para los conflictos humanos y también nos advierte sobre el peligro de infatuación de los que, como Edipo en su optimismo juvenil, creen poder superar el misterio con mucha inteligencia, gran conocimiento y poco saber.

1. Goux, J. J.: Edipo Filósofo. Editorial Biblos. Buenos Aires, 1998.
2. Lacan, J.: “Subversión del sujeto”. En Escritos tomo 1. Siglo XXI Editores. México, 1978. Pág. 315.
3. Pérez Peña, E.: Lacan, el bárbaro, inédito.
4. Freud S.: “Análisis terminable e interminable” (1937). En Obras Completas. Amorrortu Editores. Buenos Aires, 1980, Vol. XXIII, pág. 251.
 
 
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