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   Ética y psicoanálisis

Estructura del deseo y pulsación del sujeto
  Una pregunta por la ética del psicoanálisis
   
  Por Norberto Rabinovich
   
 
El propósito de este trabajo es interrogar la posición de Lacan concerniente al alcance ético del psicoanálisis, posición que quedó plasmada en la pregunta ¿Has actuado en conformidad con tu deseo?
Esta formulación del problema funciona como una brújula en nuestra clínica. Pero ha dado lugar a diversas interpretaciones. Una de ellas, la más generalizada tal vez, entiende que la dimensión ética del psicoanálisis se apoya en el deseo, que la ética analítica es una ética del deseo.
¿Cómo conciliar esta interpretación si aceptamos algo que representó un avance esencial de la conceptualización lacaniana acerca del estatuto del deseo, que el deseo del sujeto es el deseo del Otro? En el ámbito de la estructura del deseo resulta imposible diferenciarlos.
El deseo se constituye en dependencia a la demanda del Otro y apunta a un objeto que es el objeto del deseo del Otro, objeto fálico, instrumento del deseo, pieza de empalme entre el sujeto y el Otro.

Sostener que la ética del psicoanálisis es la ética del deseo, ¿no estaría definiendo al análisis como una práctica moralizante? Actuar en conformidad con el deseo... del Otro es el fundamento mismo del orden moral y religioso: “Hágase tu voluntad”. Algo no funciona bien en este planteo de la cuestión.
Alguien podría objetar esta deducción lógica y alegar que el deseo al que se refiere la pregunta que estoy interrogando es lo que Freud reconoció como deseo inconciente, es decir un deseo que estaría reprimido precisamente porque no se ajusta al imperativo moral del sujeto. Acepto transitoriamente el argumento, pero... ¿cuándo nuestro deseo o el que creemos nuestro se articula con el deseo inconciente para que cobre un valor propio? El aforismo freudiano sostiene que en un análisis se trata de hacer consciente nuestro deseo inconciente y esta operación acarrea una cierta desconsistencia de los mandamientos superyoicos. Bien. Pero con todo esto no se resuelve el problema suscitado por Lacan al afirmar que el deseo es el deseo del Otro. Será preciso recurrir a una distinción terminológica y conceptual existente entre ambos autores para salir del atolladero.

En Lacan la expresión deseo inconciente solo figura en muy pocas oportunidades y casi exclusivamente en los primeros años de su seminario. Después erradicó totalmente esa categoría de su vocabulario conceptual.
En la topología del sujeto que construyó Lacan la estructura del deseo es algo diferente de la estructura del inconciente. Lo que pertenece al inconciente en tanto reprimido se manifiesta por medio de los fenómenos de repetición. La expresión “pulsación del sujeto” traduce la noción freudiana de “realización del deseo inconciente”. Lacan aclaró que si tiene algún sentido hablar de “deseo inconciente” es porque el eslabón que encadena el deseo del sujeto con el deseo del Otro permanece oculto. Oculto, ignorado, no reprimido.

Hay algo más que el sujeto ignora respecto de su deseo: la naturaleza última de lo deseado.
La esencia de la neurosis consiste en formular en términos de demanda lo que concierne al deseo. Por mucho que esa demanda pueda ser satisfecha siempre deja un resto, ignorado e inalcanzable en el terreno de la demanda. El deseo se eterniza deslizándose detrás de todas las satisfacciones de la demanda como deseo no realizado, como deseo indestructible. En ese resto reconocemos el estatuto del objeto a, una nada, un real como la causa ignorada del deseo. El sujeto desconoce la causa de su deseo en la medida en que éste se engancha con el objeto fálico, cuya función es la de aportar una representación simbólica e imaginaria de lo real irrepresentable. Si tuviéramos que definir con rigor la meta final del deseo diríamos, –como lo hizo Lacan antes de haber promovido la categoría de goce– que es deseo de nada, de nada representable. Pero si el sujeto avanza hacia la cosa ignorada que está detrás de la máscara del objeto fálico, arriesgaría perder el objeto de su deseo, y esto es causa de angustia. La clínica nos avisa que eso puede suceder.

En ciertos momentos del análisis podemos constatar que el analizante experimenta el temor de ver desaparecer su deseo o, más precisamente, perder el objeto fálico que lo sustenta. Un oscuro vértigo, un inefable temor se apodera del sujeto en circunstancias bien precisas: no cuando experimenta la presencia de su deseo sino cuando registra la posibilidad de pasar al acto de satisfacerlo. Como si esa satisfacción constituyera la amenaza de una pérdida esencial.
El deseo presenta, entonces, una estructura de doble cara: causado por la cosa de goce que falta... a) se dirige al objeto fálico que la representa y b) contiene su propio freno. El sujeto del deseo preserva su condición de deseante y retrocede ante la realizacion del goce. El deseo y el fantasma que le aporta consistencia, son defensas ante el goce.

Siendo el deseo ante todo algo no efectuado, mal podríamos encontrar en él un apoyo seguro a la ética analítica. El nudo de toda cuestión ética se sitúa en la perspectiva del acto. El acento la pregunta por la ética analítica habré de transladarlo al registro del acto, interrogando la relación del acto con el deseo que le concierne.
Una formulación, también de Lacan, del mismo Seminario de la Ética, me resulta más ajustada que la de la pregunta presentada al inicio. Dice así: “¿Has actuado conforme al deseo que te habita?”. La prefiero porque elimina «tu deseo» y deja en suspenso si dicho deseo es de Uno o del Otro.
Entonces, lo que habitualmente denominamos «acceder al deseo» o «satisfacer el deseo» ¿implica la dimensión del goce? A su vez, dicha satisfacción ¿es lo que la teoría analítica traduce como “acto”?

El acto, en la perspectiva elaborada por Lacan, implica la repetición de lo real donde el sujeto alcanza la Befriedigung, es decir el goce. Pero no es el deseo el que se satisface, lo que se satisface ahí es el sujeto del inconciente. El deseo se detiene ante la barrera que lo separa del más allá. El atravesamiento de dicho límite es función de la pulsación del sujeto en algo denominado “repetición en acto de lo real”.
Ese es un punto clave. La pulsación del sujeto del inconciente no solamente no realiza el deseo sino que además acarrea el fracaso de su fin. ¿Cuál? Obtener lo que falta al Otro teniendo en el horizonte la ilusoria realización de la unidad.

Así como reconocemos los “actos logrados” del inconciente en fenómenos donde se produce algún traspié, una falla, una ruptura en el registro intencional del sujeto, del mismo modo toda realización del sujeto se inscribe como fracaso del imposible deseo de colmar el deseo del Otro. La reiteración del “fracaso” en el campo del Otro traduce lo que en el ámbito de la estructura denominamos repetición de la castración. En el Seminario del Fantasma, al abordar el estatuto de la Befriedigung, Lacan insistió sobre esta articulación crucial en los siguientes términos:
¿Por qué es tan fácil de olvidar? Es sobre lo que insistiré siempre, está ahí (en la Befriedigung) todo el resorte de lo satisfactorio, en lo que por otra parte se traduce subjetivamente por castración.”1 

La puesta en acto del deseo que habita al sujeto se inscribe en la dimensión trágica de la vida, “se ejerce –dijo Lacan en El Seminario. Libro 7. La ética del psicoanálisis– en el sentido del triunfo de la muerte”. Triunfo del ser-para-la-muerte no de la muerte del ser vivo.
El sujeto retrocede, y por buenas razones, ante la posibilidad de atravesar la frontera que lo separa del vacío central donde, en su topología del sujeto, Lacan designó el lugar del goce. Retrocede en su acto para permanecer en el Principo del Placer al servicio de los bienes y asegurándose de un deseo.
Quiero subrayar la paradoja que resulta afirmar que en el análisis se trata de salvar el estatuto del sujeto deseante, salvarlo del peligro de resultar aplastado por el goce.

¿Acaso no enseñó Lacan que el deseo se asegura y se refugia en el fantasma? Precisamente la función del fantasma es la de preservar el deseo,
como imposible en la neurosis obsesiva,
como insatisfecho en la histeria
y como precavido en la fobia.

El deseo y su correlato, el fantasma, –afirmó Lacan– constituyen ambos una defensa ante el goce. El analista no puede proponerse en relevo de esa función a menos que sostenga un gran malentendido.

A mi juicio, el error de la mencionada concepción teórica reside en identificar masivamente el registro del goce con las categorías de goce fálico y del goce del Otro. Siendo este último del orden imaginario y el primero un goce enmarcado dentro del Principio del Placer y abastecedor de las exigencias narcisistas, ambas categorías dejan afuera el estatuto del goce que especifica el campo de lo real y que responde a la ley de la Wiederholungszwang. Cuando Lacan definió la categoría de goce y cada vez que nombró el goce, a secas, en singular, sin ningún añadido, se refirió a lo real (objeto a) en tanto soporte último de los hechos de repetición. Es la categoría que más tardíamente empezó a denominar “plus de goce”.

¿Qué significa entonces que el analista desempeña la función de acotar el goce? Si significara que el analizante debe renunciar al goce maléfico, goce en exceso, a ese plus que siempre debe faltar, a ese goce reprimido que repite la letra inconciente, la función del analista se daría la mano con la ley del Principio del Placer. Pero si significara acotar el “goce fálico”, lo cual es más coherente con la ética analítica, habría que reconocer que dicho goce es lo que “se pierde”, por estructura, en la realización subjetiva del otro goce. De lo que se trata en un análisis, no es evitar, renunciar o acotar el goce –todo esto responde a una función defensiva– sino confrontar al sujeto con su goce para que no renuncie a su acto.

Freud confesó el límite del análisis en la existencia de una frontera que sus analizantes no podían atravesar: la roca viva de la castración. ¿Qué quiere decir esto? Que tanto el hombre como la mujer se detienen en un punto del recorrido porque más allá perderían el falo, al que hemos definido como el instrumento del deseo. En este sentido, la posición de Freud sostiene una ética que no alcanza su realización en el sujeto. En la salida del análisis, define a un sujeto en posición de no ceder su falo para evitar la castración. En cambio la fórmula lacaniana de la ética analítica“No ceder en el deseo” es finalmente una definición del acto como repetición de la castración.

* Versión resumida del trabajo presentado en la Reunión Lacanoamericana de Recife, año 2002
1. J. Lacan: El Seminario. Libro 14. El fantasma, inédito.
 
 
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