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Lo nuevo y lo siempre nuevo de la interpretación
  Por Jaime Epstein
   
 
La obra de Freud generó un nuevo tipo de lector, casi una nueva manera de leer. A este nuevo lector lo llamamos psicoanalista, y el nombre que lleva su peculiar y característica práctica de lectura es interpretación. Freud no inventa el concepto ni la noción de interpretación. Estos ya existían en la cultura y en las lenguas de Occidente desde Aristóteles. El concepto de interpretación aristotélico, funda para la tradición posterior de Occidente el cauce dentro del cual se moverán las distintas versiones acerca de lo que es interprertar. Freud no inaugura una vía exterior al logos aristotélico, y sin embargo su uso de la interpretación entraña, para el sujeto de su experiencia, el efecto de lo nuevo. Si existe algo nuevo desde el psicoanálisis en relación a la interpretación, no es la pretendida renovación de su concepto ni una supuesta nueva comprensión de la interpretación, sino el punto de vista desde donde Freud utiliza la vieja noción aristotélica. Y este punto de vista es interior al campo que inaugura. Al extender la promesa de sentido y la búsqueda de la verdad de las ciencias a ámbitos que éstas habían dejado curiosamente de lado, Freud se encuentra enteramente concernido en los objetos cuya práctica renueva y transita. Realiza al menos dos usos de la misma noción. Podemos hablar de una interpretación en sentido amplio y otra en sentido estricto. En sentido amplio, podemos decir que interpreta el fucionamiento del aparato psíquico a partir de las perturbacionas de la vida mental y del estudio de los mecanismos del sueño. También las llamadas “construcciones”, si bien las podemos concebir como una “maniobra”clínica, una “operación”en transferencia, un accionar en relación a la repetición y a ciertas formaciones psíquicas efecto de la insistencia pulsional, son de alguna manera también interpretaciones. Estas interpretaciones consistirían en la traducción del fragmento de sentido faltante en el relato de un paciente de lo que habría sido en su historia –generalmente de la infancia– un acontecimiento o una serie de ellos que será menester intuír, imaginar o bien fabricar en sintonía con la significación y el sentido de esa historia particular. Operaría como la traducción de un vacío de texto, o dicho de otro modo, como la inclusión de la pieza faltante en un rompecabezas. También se refiere a la posibilidad de suplir un texto por otro texto equivalente, que se ofrezca como la traducción inteligible del primero, que restablezca los nexos acordes a la ratio y al logos, que deje indicado su sentido dentro de “la concatenación de nuestros actos psíquicos”. Interpretar no sería otra cosa que hacer inteligible y apropiable por el paciente lo que antes no lo era. En este sentido, el psicoanálisis, al hacerse cargo de lo que la ciencia y la razón hasta entonces sólo habían podido rechazar o renegar, logró hacer “entrar a la razón en razones”, según la afortunada expresión de A. Wellmer.

La interpretación en sentido estricto, es decir, la intervención del analista en el curso de un análisis, está íntimamente ligada para Freud, con la interpretación de los sueños, que le sirve de modelo y como de método. No solamente va a afirmar la familiaridad de cuestiones que se abren en el estudio de las neurosis y de los sueños, sino que subordinará toda práctica de la interpretación onírica al contexto de un análisis. Es sobre el terreno de la transferencia en la que se encuentra eminentemente implicado que va a poder acceder al hecho según el cual “la trabazón recíproca de los pensamientos oníricos, la del sueño con la vida del soñante y toda la situación psíquica en que el sueño sobreviene, selecciona una sola entre las posibilidades dadas de interpretación, y deshecha a las otras por inaplicables”. Esto significa que al recibir en la transferencia las transposiciones de libido del paciente bajo los modos singulares de sus dichos y decires, hallará los indicios de la interpretación propicia para cada producto psíquico comprometido en el padecimiento sintomático.
Frente al sinsentido de los síntomas y al absurdo de los elementos manifiestos del sueño, la premisa freudiana se afirma en la medida en que se abra la dimensión de una interrogación que haga posible la interpretación.

Si bien esta interrogación ya es en cierta medida el inicio de la interpretación, sólo podemos hacernos inteligible lo que está en juego en aquélla eminente implicación de Freud en la transferencia –que es condición excluyente del análisis como tal– si admitimos que para que la interpretación tenga el carácter de lo nuevo, el analista mismo debe estar investido libidinalmente. Sólo así se comprende que su palabra adquiera el peso y el valor que tiene para el analizante.
Lo nuevo de la interpretación no es nunca un mero contenido semántico –que nunca se identifica a la dimensión del sentido– sino la restauración de una posibilidad a cuenta del sujeto, la reconciliación en un sentido que habilitaría al sujeto en la dimensión de su experiencia deseante. Dicho de otro modo, es nuevo para cada sujeto el efecto que una interpretación produce y es nuevo también el campo de recursos que le otorga. Esta novedad tiene el valor de una verdad en la medida que lo verdadero instala las condiciones de la acción y facilita la percepción de las vías plausibles para realizar en el polo motor, los deseos cuya tramitación liberó la interpretación.

El psicoanálisis consiste en el trabajo de la palabra en transferencia, orientado a hacer emerger el sentido de los síntomas que impedían el despliegue de las potencialidades poiéticas y eróticas del paciente. Para esto es necesario que ese sentido sea revelado y que esta revelación implique un cambio en la posición subjetiva del analizante.
Tanto la interpretación que Freud hace del funcionamiento psíquico y la que hace de la cultura, como la que enuncia en sus análisis, tienen en común la búsqueda de un sentido que emerja y esclarezca aquello de lo que en cada caso trata. Esto que parece una obviedad, es hoy más que nunca preciso decirlo.
El modo como la intervención psicoanalítica llamada interpretación opera en lo psíquico, no queda enteramente esclarecido con hablar de un corte. Se trataría más bien de restablecer un nexo que le da una nueva vía a la libido antes hipotecada por la neurosis.

Qué es entonces interpretar para Freud? Es la revelación de un sentido enunciable e inteligible enteramente, pero que tiene un destinatario singular a quien le conviene y le importa, y sólo en quien puede tener el efecto verdadero de una revelación. Pero es preciso aclarar que esta revelación no tiene nada de mística y es comprensible completamente porque los nexos que hacen posible su eficacia son, para Freud, enteramente racionales. Pero que sea enteramente inteligible y según el orden de razón del logos, no implica que la tarea sea sin resto. El resto hay que situarlo en el trabajo de la transferencia; dicho de otro modo, lo que se pierde, el gasto, está en la escena misma del análisis que hizo posible la emergencia de lo nuevo.
 
 
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