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   La vejez del analista

Envejeciendo
  Por Sergio  Rodríguez
   
 
“Todavía prefiero la existencia a la extinción. Quizá los dioses son bondadosos con nosotros —siguió diciendo el padre del psicoanálisis—, al hacernos la vida cada vez más desagradable a medida que envejecemos. Al final, la muerte parece menos intolerable que las múltiples cargas que arrastramos.
La vejez, con sus manifiestas incomodidades, nos llega a todos. Golpea a un hombre aquí y a otro allá. Sus golpes siempre se descargan en un lugar vital y la victoria final pertenece inevitablemente al Gusano Conquistador.
Es posible —replicó Freud— que la muerte misma pueda no ser una necesidad biológica. Quizá morimos porque queremos morir. Incluso del mismo modo que el odio y el amor por la misma persona habitan en nuestro interior al mismo tiempo, la vida combina, con el deseo de mantenerse, un ambivalente deseo de su propia aniquilación”.

[Citas del reportaje de George Sylvester Viereck a Sigmund Freud en sus 70 años. De, The Penguin Book of Interviews. An Anthology from 1859 to the present days, Londres, Ed. C. Silver, 1994. Publicado en Conjetural Traducido por Beatriz Castillo].

Planteado así el tema, convoca a generalizar. Lo generalizable, es que dicha vejez, no transcurre demasiado diferente a la de los demás mortales. Parecidas dolencias físicas, psíquicas, de relaciones sociales, sexuales y de pérdidas de gente querida. En esos ítems, tampoco dejan de presentarse las singularidades que se dan en cada uno de nosotros. Esto, válido para los humanos1 en general, también lo es para los psicoanalistas en particular. Las diferencias, van a plantearse, caso por caso, en como cada uno encara las dificultades que la vida le presenta durante el envejecimiento. En los analistas esto depende mucho de la suerte que hayan tenido sus análisis y cómo esa suerte les haya influido para instalarse en el a posteriori de sus vidas. Tal vez llame la atención que diga suerte. Creo que el azar interviene muchísimo. Depende por ejemplo, de cómo se hayan cruzado los vectores de la estructura del analista, del futuro analista, con los de éste en particular. Cómo se crucen, los imposibles de cada uno, sus inanalizables. Dependerá de lo que haya reelaborado el supuesto analista en su/s análisis, de cómo y hasta dónde se haya instalado en él, el deseo del analista. A lo que habrá que agregarle, estudios, investigaciones, repasos críticos y conjeturales sobre su práctica, a solas y en intercambio con otros oficiantes. La vejez de cada analista se parece y difiere de cada uno de los demás seres hablantes y de sus colegas, en cómo influencie en su oficio, en cómo funcione como psicoanalista para quienes lo consultan.

Mi homenaje a algunos de los que no llegaron a viejos y a otros, que ya partieron. Estuvieron también los que no llegaron. De ellos no podemos saber cómo hubiera sido su vejez. Los extraño, como extraño a viejos entrañables que hace poco se fueron. A ellos mi homenaje al momento de desgranar estas letras. Santiago Dubcovsky, ido cuando se había decidido y en parte puesto, a publicar en libros el análisis de su experiencia destacándose entre ellos: Psicoanálisis Real. Hombre bueno, analista inquieto y no dogmático. Prefería a la escuela norteamericana de psicoanálisis que era donde se había forjado, lo cual no le impidió incorporar algunos lacanianos a su equipo docente. Tuve la suerte de contarme entre ellos y de advertir que nos había incorporado para debatir, intercambiar, apasionadamente y sin concesiones. Ricardo Estacolchic Estacochico, amigo del alma. La “o” final que agregué a su apellido y la “l” que cayó, fueron por un lapsus kalami que dejo, pues trasmite su verdad. En cierto punto, estaba estaqueado a su niñez pobre y triste. Nos encontrábamos en bares. Siempre llevaba monedas en sus bolsillos. Cuando entraba algún chico de la calle a mendigar le daba, gesto que impresionó a Alex Droppelman un colega chileno que también lo quería mucho. En sus últimos años, uno de los libros que más lo había apasionado fue el relato de su análisis que hizo Theodor Reich. Se decidió a hacer la experiencia del pase en la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Y se siguió debatiendo hasta su final en la disyuntiva sobre si dicha propuesta de Lacan servía y hasta dónde. El último artículo que escribió, quedó sin título. Cuando Nancy Zulaika me lo hizo llegar, porque sabía de nuestra fuerte amistad, lo titulé2 pues él no había alcanzado a hacerlo. Sí escribió su único subtítulo, “Problemas de código”, que da la clave de todo el artículo. Algunas pequeñas citas. “En un libro publicado en 1987, Lacan y la formación de los analistas, M. Safouan escribe que a su juicio todos los análisis conducidos en el clima del lacanismo parisino se habían estrellado ‘contra la anticipación del final del análisis así como los de Freud se estrellaron contra la roca de la castración’. (El libro está escrito veinte años después de la “Proposición” lo que da a pensar que finalizaron una buena cantidad de análisis) ¡Es muy elocuente!

Él no dice que “algunos análisis se estrellaron”. Dice “Todos ¡Todos! (...) “¿Cómo fue que tantos ‘ex analizantes’ pudieron acordar en la ‘conclusión’ con sus ‘ex analistas’?” La única respuesta que conozco es: ¡Por el Código!
Un final “anticipado” es, evidentemente aquel que confirma el sistema de contraseñas que el Código acarrea, está previsto, confirma el saber previo, no lo pone en cuestión.
Se puede conjeturar que las parejas mencionadas han confluido (explícitamente o no) en su aspiración a compartir el Código y a revalidarse mutuamente.
Este tipo de cosas no nos deberían interesar ya que creo que un poco más o un poco menos, todo análisis está sujeto a una “aspiración al Código”. En caso de que la mentada aspiración sea la reina del juego, la aventura analítica puede devenir en un chico que hace bien la tarea llevado por un maestro circunspecto y satisfecho del deber cumplido por haber preservado la torre o el edificio psicoanalítico. A esa altura llevaba algunos años formando parte de jurados de pase y de confirmación (Sigmund Freud de Rosario, Escuela Freudiana del Uruguay, EFBA). Su experiencia en ellos le trajo a recuerdo la afirmación de Safouan y lo llevó a advertir la función necesaria, a la vez que represiva de los códigos en su relación con la conducción y el transcurso de los análisis. Sólo agrego que el Código, también suele fundar los análisis de los analistas. Suele recurrirse inconscientemente a alguien a quien se le suponen síntomas y rasgos de carácter compartidos. Si el analista consultado, ha logrado transformarlos –en los análisis que haya cursado– en sublimaciones que siguen la dirección de sus deseos y en sínthomas eficazmente re-anudantes, el analizante tiene por ese lado, condiciones de posibilidad de llegar a finales adecuados a su castración o sea a la de su Otro. Si no, seguirá condenado a repetir su neurosis, tal vez menos salvajemente, más barnizada.

El principal dolor –duelo–, de la vejez. Lo encontré, sin proponérmelo. Es el de las “saudades”. Se extrañan los vínculos que nos marcaron fuertemente. Extraño la dureza amorosa de mi padre, la bonhomía y la pasión por el psicoanálisis de Dubcovsky, las conversaciones y los trabajos con Estacolchic, las observaciones agudas de Rodrigué, los bellos relatos de Ulloa en los cuales hacía hablar a su “Chirolita” don Pascual para apuntarnos sin que saliera de su yo, la interpretación que nos dejaba “curiosos por nuestro inconsciente”, una de sus frases preferidas.

Otros. El cuerpo presenta nuevos ruidos. Los médicos nos dicen cosas que no nos gustan, –hipertensión severa, mejor no operar sus rodillas…, las cataratas, hay que esperar más para operarlas; ese oído está perdido pero con buenos audífonos y haciendo de su consultorio un lugar protegido de ruidos externos podrá escuchar bien a sus pacientes–. “Sorpresas te da la vida, la vida te da sorpresas”3, la muerte del cuerpo empieza de a poco. Antes me la imaginaba en solo acto, nunca como un desarrollo. En la vejez se hace evidente el tránsito iniciado y que se recorrerá más lento o más despacio, según lo marque el destino. Cada uno, manejará estas novedades, según le salga. Los análisis transcurridos, propios y de sus pacientes, contribuirán a encararlas mejor o peor4. Tonalidades depresivas, reacciones hipomaníacas, o simplemente reacomodarse a la paradoja de que lo nuevo es lo viejo. A veces peor, a veces mejor. La lucidez de Emilio Rodrigué y de Fernando Ulloa, el alcoholismo de Pichon Rivière, el sucidio de Arminda Aberastury luego de recurrir a varios colegas que no se animaron a re-analizar a la Maestra. Marie Langer pidiéndole re análisis a Ulloa, su ex supervisado.

Viejos analistas en funciones. Para los más o menos enteros, la vida sigue. De los que yo sé, ninguno se bajó del consultorio, hasta que la muerte o el deterioro corporal ya no se los permitió. En su función cuentan con ventajas y perjuicios. Si no transcurrieron impunemente por la práctica, los análisis de sus resultados engrosarán su sala de herramientas psicoanalíticas. Estarán más duchos, más expertos, menos megalómanos. Si no, que algún dios proteja a sus pacientes pues como toda vejez, al igual que en las caricaturas acentúa los rasgos más tradicionales. Los trastornos corporales incluido el cerebro, según cómo y dónde se presenten limitando sus capacidades de acción. El deseo del analista, si la necedad no se ha subrayado con el paso del tiempo, cuenta con mejores condiciones de posibilidad para causar el accionar de los oficiantes.
El consultorio va cambiando su paisaje, la gente mayor tiende más fácilmente a suponerle saber a los psicoanalistas mayores. Alguna, prefiere a los más jóvenes para no encontrarse con su espejo. Algunas/os jóvenes con fuertes carencias parentales en su niñez, buscan su resolución, transfiriendo ilusiones, deseos insatisfechos y goces perjudiciales, al análisis con analistas más aproximados a las edades parentales o que desearían que estos, tuvieran psíquicamente. La mayoría busca generaciones cercanas que le generen la sensación de que “sabrán entender los problemas de su edad”. Los analistas más viejos suelen ser más buscados para supervisar, lo que el viejo sabrá transformar si no se mantiene demasiado tonto, en productivos análisis de las transferencias recíprocas entre el consultante y sus pacientes. A lo que agregará recomendaciones de lectura de tal o cual artículo, cuento, poesía, novela, de ir a ver x película, u obra de teatro. Claro que no serán trabas menores para el que busca supervisión los precios que los más viejos cobramos. Algunos las resuelven demandando vez por vez, otros armando grupos. Estos tienen el inconveniente de que se encuentran mayores límites para trabajar intimidades demasiado íntimas. La ventaja, en que amplían la perspectiva a través del análisis de la experiencia que van haciendo otros, y los intercambios que de ahí devienen.

El fin, es el fin. La vejez es la finalización de cada analista sobreviviente. Entristecida por pérdidas de compañeras y compañeros. Vuelvo a recordar a la entrañable Marie Langer. Las de familiares y amigos queridos. De su cuerpo y algunas memorias. La alegran las semillas sembradas, si tuvo la suerte de verlas germinar en nuevas juventudes, adulteces y vejeces. En parte, serán frutos de trasmisiones propias. Ahí sigue la vida y sus ciclos, haciendo radiantes a los jóvenes. Hijos, nietos, y colegas. Como decía e hizo Fernando Ulloa hasta su última pérdida de conocimiento: “lo mejor, es que la muerte, encuentre vivo al analista”.
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Más textos del autor en www.imagoagenda.com
1. No tengo prejuicios en usar la palabra humanos. La ironía de Lacan sobre la proveniencia etimológica de humus, pareciera haberle prohibido a algunos colegas usarla. Sin embargo, considero que la ironía subraya el valor de esta palabra, al recordarnos uno de sus orígenes en la palabra latina hûmus. A menos que se tenga una megalomanía fálica que haga suponer a quienes hacen tabú de dicha palabra, que somos otra cosa que objetos a, desechos y como tales no sólo desechables, sino también abonos para las generaciones subsiguientes.
2. Ver: www.psyche-navegante.com N° 35 Fines y Finales de Análisis.
3. Rubén Blades.
4. En este punto advierto, que estoy transcurriendo la edad de Freud, cuando Viereck le hizo el reportaje.
 
 
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