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   La vejez del analista

La "vida inútil" del analista
  Por Sergio Zabalza
   
 
Es poco aconsejable darle algo bello a un octogenario. Hay demasiada tristeza mezclada con el goce”.
Sigmund Freud1

En su texto Tributo a Freud la escritora imaginista Hilda Doolitle brinda el testimonio de su análisis con Sigmund Freud y cita estas frases del “Profesor”: “Estuve pensando en lo que dijo, que no vale la pena amar a un anciano de setenta y siete años” […] En análisis, la persona está muerta luego que el análisis termina, tan muerta como su padre […] No importaría que yo tuviera setenta y siete o cuarenta y siete años.2
Intentaremos desarrollar el alcance de estas afirmaciones.
Cuarenta y siete años tenía la autora y también su amigo, el famoso escritor D. H. Lawrence, cuyo nombre constaba en la serie de sustituciones significantes que conformaban el hilván transferencial desde Freud hasta el padre de la paciente, fallecido tras conocer la muerte de su hijo en la Guerra del 14.

Padres y hermanos finados, un hijo muerto al nacer, una separación matrimonial, el propio Lawrence muerto también, la amenaza de los nazis, la proximidad de la guerra, el temor a estar sepultada viva…
Demasiada destrucción para entregar el corazón, pareciera transmitir el testimonio de este análisis transcurrido durante algunos meses de los años ‘33 y ‘34; si no fuera, claro está, por la intervención del “Profesor”, quien por privilegiar la realidad psíquica, en forma lisa y llana ha comunicado a su paciente que la habitual transferencia de la madre al padre no parece en su caso haber acontecido: “Dijo que suponía que mi padre había sido un hombre frío”.3
“Llamaban a mi padre el Profesor y a mi hermanastro el Joven Profesor”, cuenta H. D. Quizás por eso Freud parece no privarse de los beneficios de su viejo y sabio semblante. Le trae una manta gruesa para el diván, evita que “el tiempo del oso polar” le haga daño, la cita para marzo en vez del febrero invernal y, luego de alabar la delicadeza de su voz, remata: “después de todo, tengo setenta y siete años”.4
Ahora bien, que Freud admita –tal como lo hace en “Psicoterapia de la Histeria”5– que no puede trabajar sin “una simpatía personal hacia los enfermos”, no quiere decir que confunda la transferencia imaginaria con la simbólica.
El “Profesor” comprende que su paciente se resiste al análisis y por eso en forma reiterada la exhorta sin éxito a desistir de preparar las sesiones. Hasta que por fin la paciencia se acaba y sobreviene la sorprendente intervención: “Él golpeaba sobre mi almohada o sobre la cabecera del viejo diván sobre el que yo estaba extendida. Estaba enojado conmigo”6.

Agrega H. D.: “Conscientemente, no advertí haber dicho nada que pudiera explicar la explosión del Profesor. Incluso cuando me volví, de frente a él, mi mente estaba lo bastante alejada como para preguntarme si no había sido alguna idea de él para acelerar el contenido analítico o para dirigir el flujo de las ideas asociadas. El Profesor dijo: ‘El problema es –yo soy un hombre viejo– que usted no cree que valga la pena amarme`”.7
Precisamente, lejos de alguna positiva afirmación, lo que quizás motivó la reacción de Freud fue la detención de las asociaciones, signo inequívoco de que las resistencias habían tomado cuerpo en la persona del médico8. En efecto, Freud “sospecha cuál es el obstáculo: la identidad del amor y la muerte”9. Lo cierto es que después de este enojo Freud dejó de representar la finitud para jugar esta vez como el “partero del alma”10.
Porque ¿quién, después de leer algunos pocos párrafos de su testimonio, podría creer que esta mujer cercana a los cincuenta años no estuviera enamorada de aquel fascinante anciano? Sin embargo, lo que cuenta es que el amor narcisista propio de la transferencia imaginaria sólo propicia la repetición.

En efecto, si damos crédito a la cita que H. D. toma de Freud, a saber: “en el análisis la persona está muerta después de que el análisis termina, tan muerta como su padre”, quizás se entienda la resistencia de esta mujer al trabajo analítico. Porque la única persona que muere cuando termina el análisis es aquella a la que se anuda la neurosis de transferencia: el analista. En otros términos: “Usted no cree que valga la pena amarme” quiere decir: usted no se entrega al trabajo simbólico que descansa en el sujeto supuesto saber, el cual, bueno es aclararlo, no tiene edad.
Y aquí pasamos entonces al otro término de la frase que encabeza nuestro trabajo: “no importaría que yo tuviera cuarenta y siete o setenta y siete años”. Porque no sólo se trata de que Lawrence y H. D. compartieran la misma edad. Hay otra cuestión tanto más estructural.
En efecto, las palabras de Freud nos permiten cernir el nudo que soslayan eufemismos tales como “vida útil”, invariablemente citado cada vez que se tratan temas relacionados con la edad del agente, cualquiera sea la operación de la cual se trate. Porque, para decirlo todo: si el analista hace de semblante de objeto, lo que en realidad cuenta es su “vida inútil”, a saber: la neutralidad de sus opiniones, la posibilidad de quebrar los saberes coagulados por acumulación, la capacidad para escuchar la novedad de un caso, la apertura hacia lo propiamente contingente, en suma: ese “saber hacer” con el sin sentido que la singular economía de una práctica sin valor11 como el psicoanálisis tan bien resuelve en el humor al tiempo que se empantana en la belleza.
_______________
Más textos del autor en www.imagoagenda.com
1. Sigmund Freud, carta dirigida a H. D. y Perdita el 20 de diciembre de 1935. En H. D. Tributo a Freud, Argentina Shapire, 1979, página 246.
2. Op. Cit 191.
3. Op. Cit. 186
4. Op. Cit 169
5. Sigmund Freud, “Sobre la psicoterapia de la histeria”, en Obras Completas, tomo II, pág. 272.
6. Op. Cit. 167.
7. Op. Cit. 167
8. Sigmund Freud, “Sobre la dinámica de la transferencia” en Obras Completas, pág. 101: “Si algo del material del complejo (o sea, de su contenido) es apropiado para ser trasferido sobre la persona del médico, esta trasferencia se produce, da por resultado la ocurrencia inmediata y se anuncia mediante los indicios de una resistencia –por ejemplo mediante una detención de las ocurrencias–“.
9. Alberto Marchilli, “Una escritora del alma”, Revista Conjetural Nº 23, noviembre de 1991, pág. 103.
10. H. D. Op cit. Pág. 167.
11. Jacques Lacan, El Seminario: Libro 24, “Lo no sabido que sabe de la una equivocación se ampara en la morra”, clase del 19 de abril de 1977: “La primera cosa sería extinguir la noción de lo bello. Nosotros no tenemos nada bello que decir. Es de otra resonancia que se trata, a fundar sobre el chiste”.
 
 
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