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   Saber de la historia

Freud, su público y un texto no incluido en las Obras Completas
  Acerca de su opinión sobre el divorcio (1950)
   
  Por Mauro  Vallejo
   
 
Hay algo paradójico en los itinerarios de Sigmund Freud. Y me refiero al sentido más lato de ese término. Amaba a la cuidad por la cual sentía tanto odio. Siempre presto a dejar atrás sus lindes para iniciar sus viajes anhelados, no quiso dejar Viena sino cuando era ya demasiado tarde, sino cuando condescendió a afrontar una demora que los discípulos y la propia Gestapo le señalaban con prolijidad. Sentía una pasión casi infantil por sus caminatas obsesivamente cronometradas. ¿Gusto por el espacio público, por la escena social? Todo lo contrario. No iba jamás al teatro, salvo para ver una y otra vez, hasta el hartazgo, su tragedia favorita. Odiaba el ambiente de cafés y operetas.
Más de una vez se ha señalado la estrategia retórica de sus textos, la brillantez con la que introducía en ellos a sus probables críticos y detractores. La escena de su escritura es el casting fantástico de sus enemigos. Desde temprano, empero, tomó la decisión de rehuir de los debates públicos. Se negaba a presentar sus teorías en los congresos organizados por los médicos a quienes denodadamente quería convencer. Que estos itinerarios develen algunos de los retazos de la relación sincopada y vacilante que Freud mantenía para con “lo público” concierne quizá a una biografía por escribir. Lo que interesa resaltar aquí son los réditos que la introducción de esa variable –ciertamente poco precisa– puede suponer para el trabajo del saber histórico.

La pregunta de inicio es muy simple: ¿por qué razón se consultó a Freud acerca de una posible reforma de las leyes matrimoniales austríacas en 1905? En efecto, nos referiremos a la respuesta que Freud escribió a un cuestionario que al respecto se le hiciera llegar1. En 1902 un grupo de intelectuales liberales había fundado la Kulturpolitische Gesellschaft, liderada por Robert Scheu, cuyo fin era propiciar investigaciones y proyectos de reforma política que tuviesen impacto público. Cuando en mayo de 1904 el Gobierno Imperial creó una comisión que evaluara una posible reforma del Código Civil, aquella sociedad decidió tomar la delantera y organizó una serie de conferencias que versaron acerca de uno de los puntos más polémicos: el derecho al divorcio. La ley por entonces vigente no reconocía aquel derecho; cuando una pareja casada se disolvía, el único recurso disponible era la obtención de una separación legal, que impedía obviamente la posibilidad de contraer un nuevo matrimonio.

Muchos de los comentadores y conferencistas que participaron de los debates auspiciados por la sociedad liberal eran abogados, periodistas y algunas representantes de movimientos feministas. Por el lado de la psicología, hicieron saber su parecer Freud y Wilhelm Stekel. John Boyer se ha encargado ya de comentar la respuesta del primero, subrayando el modo en que sus palabras reflejan el tipo de liberalismo desilusionado que él abrazó. A diferencia de los liberales de fines del siglo XIX, Freud descreía de la capacidad transformadora de la ley, pues le asignaba un papel de mera regulación de aquello que él consideraba como algo natural o inmodificable2. El mismo historiador ha sabido asimismo puntualizar que la intervención de Freud (leída el 8 de febrero de 1905 por Fred Fakler, pues el psicoanalista no quiso atender en persona a las reuniones) anticipa algunas de las hipótesis del escrito de 1908, “La moral sexual ‘cultural’ y la nerviosidad moderna”. De todas maneras, quisiéramos cerrar este escrito con ciertas conjeturas que echen luz sobre un punto que Boyer no considera: ¿por qué motivo se dirigieron a Freud?

Para responder a ello debemos tener presente el “público” que sus escritos supieron granjearse. Es obvio que los interesados en reformular las normas civiles no demandaron el punto de vista de un autor de un libro sobre los sueños, ni de un neurólogo cuyas contribuciones a las parálisis infantiles figuraban en los tratados más célebres de la especialidad. Por el contrario, se dirigieron a un controvertido e intrépido teorizador de la paz familiar (y de su reverso). De hecho, hay que recordar que para el mundo médico y profesional de 1905 Sigmund Freud continuaba siendo el colega que se había atrevido a imputar a los deslices hogareños la causa última y suficiente del sufrimiento neurótico. Había logrado ese efecto de dos modos. Primero, a través de la formulación de su teoría de la seducción en tres textos de 1896. Allí había dicho con la claridad necesaria: si hay neuróticos es porque nuestros hogares (con sus criadas lascivas, sus educadores procaces y sus rincones de sombra) constituyen el infierno de nuestros niños. Pues bien, para comprender la recepción más inmediata de la teoría de Freud, no hay que olvidar que recién en 1905-1906 (un poco tangencialmente en sus “Tres ensayos”, y con franca contundencia en “Mis tesis sobre el papel de la sexualidad en la etiología de las neurosis”) el analista de Dora confesará explícita y abiertamente la falsedad de su teoría traumática3. En segundo lugar, antes de que los “Tres ensayos” hubieran penetrado en la ciencia de su tiempo, antes de que los lectores hubieran podido conocer sus novedosas teorías etiológicas (plasmadas fundamentalmente en sus “grandes historiales”, publicados entre 1905 y 1910), el espectro psicopatológico que había recibido una mayor atención por parte de Freud era el de las neurosis actuales. Una vez más, su voz cernía un objeto claro de preocupación, su decir recortaba el cariz lancinante de los vericuetos de la domesticidad: habrá sufrimiento allí donde haya masturbación, fraudes amorosos, y sobre todo prácticas anticonceptivas4. Fue seguramente a ese autor, a ese pensador de lo familiar –y cabe agregar que el objeto “familia” era tanto más denotado por sus enunciados cuanto más carecía de un concepto a su respecto–, a quien los liberales solicitaron esas palabras, que nos han llegado gracias al trabajo de Boyer. 

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1. Véase Boyer, J. (1978) “Freud, Marriage, and Late Viennese Liberalism: A Commentary from 1905”. Journal of Modern History, 50, pp. 72-102. El texto de Boyer reproduce la respuesta escrita por Freud. Dado que al parecer no existe una versión castellana de esas páginas del creador del psicoanálisis, próximamente publicaremos aquí una traducción de las mismas.
2. El texto de William McGrath sigue siendo el mejor análisis del alejamiento de Freud de la política (cf. Freud’s Discovery of Psychoanalysis. The Politics of Hysteria. Ithaca and London: Cornell University Press, 1986).
3. En tal sentido, no sorprende que muchos médicos alemanes (Oppenheim, Kraepelin, Aschaffenburg, Bleuler) equipararan, con total justicia y al menos hasta 1906, el nombre de Freud con la tesis de la seducción (véase Decker, H. (1977) Freud in Germany. Revolution and reaction in science, 1893-1907. New York: International Universities Press, pp. 101, 102, 188, 315).
4. Angus McLaren, en un trabajo más que interesante, ha sugerido sopesar la forma en que el temprano discurso psicoanalítico venía a resolver las angustias y desvelos despertados por las prácticas anticonceptivas generadas por las políticas de fertilidad y regulación de lo familiar (cf. “Contraception and Its Discontents: Sigmund Freud and Birth Control”. Journal of Social History, 1979, 12, 4, 513-529).
 
 
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