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El problema de la transmisión y los límites del lenguaje en la experiencia analítica
  Dos referencias lacanianas: Peirce y Wittgenstein (Sexta entrega)
   
  Por Oscar  Zelis  y Gabriel Pulice
   
 
Dejábamos planteada en la entrega pasada –a partir de la introducción del objeto a en la operatoria psicoanalítica– la necesidad de trabajar con una herramienta lógica que nos permitiera comceptualizar el salto de lo simbólico a lo real en juego de cada caso. Como señalábamos antes, las intervenciones más importantes del psicoanalista no pueden formalizarse lógicamente si tan sólo disponemos de las inferencias o razonamientos deductivos o inductivos; hará falta una tercera forma de argumento. En lo que sigue trataremos de demostrar que la clase de inferencia llamada por Peirce retroducción o abducción cumple con los requisitos para subsanar aquella necesidad. Pero no hacía falta esperar a Lacan para advertir esto. Freud mismo, y ya en sus primeros desarrollos, utiliza un modo de inferencia lógica que –aunque él no pudiera nominarla en forma específica por aquel entonces–, no quedan dudas que coincide con la abducción peirceana. Es lo que comprobamos, por ejemplo, en las “Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa”, donde describe el avance de sus investigaciones entrado el año 1896: “En cada caso, toda una suma de síntomas patológicos, hábitos y fobias sólo es explicable si uno se remonta a aquellas vivencias infantiles, y la ensambladura lógica de las exteriorizaciones neuróticas vuelve imposible desautorizar esos recuerdos que afloran desde el vivenciar infantil y se han conservado fielmente”. A continuación, entonces introduciremos algunas nociones básicas sobre la inferencia abductiva, de manera que, esperamos, nos permitirá luego entender más profunda y claramente el mecanismo de aquella ensambladura lógica descrita por Freud.

Introducción del concepto de abducción. Peirce plantea que hay tres clases generales –y solo tres– de modos inferenciales mediante los cuales puede desarrollarse una argumentación lógica. Estos son la deducción, la inducción, y un tercer tipo que –según señala– también se encuentra en Aristóteles, pero que fue olvidado por largo tiempo, llamado abducción. Partiendo de aquí, afirma que uno de los objetivos fundamentales de la lógica debería ser “extraer toda la posible y esperable «uberty»” -o valor de productividad- de los tres tipos canónicos de razonamiento ya nombrados. Sobre la abducción, hay que señalar que fue llamada también hipótesis, o retroducción en distintos momentos de la obra peirceana. Respecto de los tres tipos canónicos de razonamiento, conviene detallar sus diferencias:

La deducción. Según el Diccionario de Filosofía Abreviado de J. Ferrater Mora, «es un proceso discursivo descendente que pasa de lo general a lo particular». Señala Peirce que «depende de nuestra confianza en la habilidad para analizar el significado de los signos con los que, o por medio de los que, pensamos». Es el paso mediante el cual se llega a las consecuencias experimentales necesarias y probables de nuestra hipótesis.

La inducción. El diccionario la define como «ascender lógicamente el conocimiento de los fenómenos, hechos o cosas, a la ley o principio que virtualmente los contiene o que se efectúa en todos ellos uniformemente». En Peirce, es el nombre que él da a las pruebas experimentales de la hipótesis y «depende de nuestra confianza en que el curso de un tipo de experiencia no se modifique o cese sin alguna indicación previa al cese».

La abducción. El diccionario dice: «silogismo en que la premisa mayor es evidente y la menor menos evidente o solo probable». Peirce agrega que «depende de nuestra esperanza de adivinar, tarde o temprano, las condiciones bajo las cuales aparecerá un determinado tipo de fenómeno» y señalará que el lugar de la abducción en el método científico es preparatorio, ya que constituye el paso de adoptar una hipótesis o una proposición que conduzca a la predicción de los que, aparentemente, son hechos sorprendentes.
Para ilustrar estos tres tipos de razonamiento, Peirce utiliza el conocido ejemplo de la bolsa de porotos. Al desarrollo de cada uno de aquellos lo llama «argumento». A su vez, cada argumento está compuesto de tres proposiciones: caso, regla y resultado, en tres permutaciones que producen respectivamente las tres figuras que expone el ejemplo:

Deducción
Regla: todos los porotos de esta bolsa son blancos.
Caso: estos porotos son de esta bolsa.
Resultado: estos porotos son blancos.

Inducción
Caso: estos porotos son de esta bolsa.
Resultado: estos porotos son blancos.
Regla: todos los porotos de esta bolsa son blancos.

Abducción
Resultado: estos porotos son blancos.
Regla: todos los porotos de esta bolsa son blancos.
Caso: estos porotos son de esta bolsa.

Peirce sostiene que cuanto más nos alejamos de la certidumbre de la regla, aumentará en forma proporcional el valor de productividad de la abducción, acercándonos de este modo al sentido más básico de este concepto: «la abducción, a fin de cuentas, no es otra cosa que intentar adivinar». Pero claro, no de cualquier manera.
Profundizando en su concepción, llegará a la conclusión de que incluso en la percepción misma, debe mediar una abducción: «Al mirar por mi ventana esta hermosa mañana de primavera veo una azalea en plena floración…»
Sin embargo, no es eso lo que veo -dice Peirce-, lo que percibo es una imagen, que hago inteligible en parte por medio de una declaración, declaración que es abstracta, en tanto que lo que yo veo es concreto. Cada vez que se expresa en una frase lo que se ve, se realiza una abducción. Todo el tejido de nuestro conocimiento es un paño de puras hipótesis, convalidadas y refinadas por la inducción. No podría realizarse el menor avance en el conocimiento más allá de la fase de la mirada vacua, si no mediara una abducción a cada paso. Continuaremos por este sendero la próxima vez, ya que nos permite abordar la pregunta planteada en la entrega pasada acerca de cuál sería la operatoria que posibilite la conexión de lo simbólico con lo real.
 
 
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