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   Colaboración

Otros cien años
  Por Silvia Fendrik
   
 
Al evocar los cien años del nacimiento de Freud en su escrito “Situación del psicoanálisis en 1956” Lacan afirma en un pasaje cuya –un tanto oscura– traducción al castellano es: “Supone de la obra una continuación del hombre que evoca la supervivencia. Justamente de esto denunciaremos las apariencias...” Lacan quiere revelar el carácter engañoso de esa celebración, los cien años del nacimiento, que hacen como si el hombre aún continuara viviendo, cuando él ha demostrado  precisamente lo contrario –el olvido sino de la letra de Freud, sin duda de su espíritu–. Y esto sin que aún hubieran transcurrido veinte años de su muerte. Lacan coincide con Borges, quien, en “Fechas”, dice así: “Noventa y nueve años olvidadizos y uno de liviana atención es lo que por centenario se entiende.”

“La situación del psicoanálisis en 1956 y la formación del analista” está dedicado, como puede leerse en su enigmático epígrafe, “para algunos... y a otros”. ¿Quiénes eran los “algunos” y quiénes los “otros”? Tal vez “algunos” fueran sus analizantes o ex analizantes, sus discípulos o ex discípulos, y “los otros” aquellos que ya lo habían marginado o estaban a punto de hacerlo. No olvidemos que este artículo fue escrito a mediados de la década en que se producen su renuncia a la SPP, la fundación de la SFP, el intento de retornar a la IPA y, pocos años después, la creación de la EFP. Siglas cuyas letras encierran memorias de luchas conceptuales pero también historias de rivalidades y traiciones, de reconciliaciones y olvidos.

El 2001 es el año de los cien que cumpliría Lacan si aún viviera. Su nombre y sus dichos y aforismos recorren hoy no sólo el fragmentado y siglado mundo del lacanismo, sino que están a menudo en boca o uso de los “otros”, psicoanalistas convocados por otras siglas, o gente de la cultura. Nadie puede decir que en el centenario de su nacimiento sea necesario un “retorno” a Lacan para rescatarlo del olvido.
Pero recordemos algo un poco olvidado, aunque se lo cite a menudo: Lacan comienza su enseñanza oral proponiendo interrogar y recuperar, detrás de los conceptos transformados en preceptos sin vida, los fundamentos del psicoanálisis en los primeros textos de Freud. Descubre y despliega  en sus seminarios el tesoro de los significantes que hicieron de Freud el creador del psicoanálisis. Inolvidables -¿inolvidables?- su análisis de Signorelli, de Dora y sus pases e impasses histéricos, de Juanito y su fobia, de Irma y su inyección. Al andar  también se encuentra con Dick y con la brutalidad de la interpretación kleiniana que, demuestra, hizo nacer el inconsciente en el uniforme e indiferenciado universo del niño autista. Interroga, admira, se sorprende, demuele, significa y resignifica, ama y odia, enseña, pero por sobre todo lee.
Y está también la carta robada, que propuso para encabezar sus Escritos, que ordenan su obra hasta el ’66. Seminario-escrito de valor premonitorio, dado que el texto de la carta poco importa, se trate de las lides del amor, del odio o del poder.

Nunca se sabrá, de la carta robada, el contenido textual, gracias al ingenio del genio de Poe recuperado por la interpretación de Marie Bonaparte y de Jacques Lacan, que coinciden en destacar su significación fálica. Para Lacan además importa demostrar la primacía del significante –no es el significado  de la carta lo que cuenta sino los efectos que produce a medida que se va desplazando–. Y también importa el destino o designio funesto del que la atesora o la mantiene en suspenso creyendo que ¡por fin! ha llegado el momento de abrirla.
Destino de burlador burlado en la contienda política, de comedor comido en la referencia mitológica, de Dasein invertido, objetalizado, en la fatuidad filosófica en la que los dioses oscuros del deseo opacan la claridad de las luces. Luces y oscuridades se alternan en cien años de psicoanálisis, contando desde el 1 en el que comenzó el siglo en el que Lacan nació. Ese más uno, que por obra del azar hace del redondo centenario una cifra impar y, por obra de su obra, de Lacan un uno inclasificable.

¿Cuál es la situación del psicoanálisis a cien años del nacimiento de Lacan y a veinte de su muerte? Bajo su nombre encontramos concepciones y lecturas  muy diferentes del inconsciente y de la técnica –la palabra ha resucitado aun cuando hoy ya nadie pretenda (ni algunos ni otros)reducirla a una serie de preceptos–.
Bajo su nombre se multiplican escuelas, sociedades, instituciones, agrupaciones, pequeños grupos, asociaciones, foros que sostienen diferentes criterios para la formación del analista (y por lo tanto distintas interpretaciones de la teoría y la clínica). Autores hasta hace poco tiempo despreciados o censurados pasaron a ser estudiados y debatidos, como Foucault y Derrida. Melanie Klein comienza a ser respetada y revisitada. El psicoanálisis ha multiplicado sus siglas, y en medio de sus amistosidades y animosidades, sigue dando pruebas de una gran vitalidad –y también de una gran diversidad– en su producción. El mapa de las jerarquías que Lacan trazó irónicamente en 1956 –suficiencias, beatitudes, etc.–, bajo el común denominador del silencio sobre las preguntas fundamentales,  ya no es el mismo, ni en la IPA ni fuera de ella.

¿Es mucho pedir que estas diferencias, muchas de ellas bien fundadas y otras sólo brillantes espejismos intelectuales, lleguen a ser objeto de auténticos debates antes que armas de guerra, que necesitan, no de interlocutores ni opositores, sino, como las guerras religiosas o los fundamentalismos, vivir fabricando enemigos para sustentar su filoso(fo) poder? Como dice Robert Musil en El hombre sin atributos, deberíamos ser capaces de darnos cuenta en qué peligrosa situación se ha internado el hombre, desde que ya no busca su imagen en el espejo de los lagos, sino en los cortantes fragmentos de su inteligencia.
Los fundamentos del psicoanálisis siguen abriéndose paso con  esfuerzo; pero de eso se trata, en la época en que nos ha tocado vivir, como en los tiempos en que vivieron Freud y Lacan. Tal vez porque lo que el análisis descubre es que el deseo nunca está fundado en los elevados fines que proclama. La verdad está siempre lejos del ideal. Como dice Moustapha Safouan, en un libro lamentablemente poco o mal leído, Jacques Lacan y la formación del analista, puede ser ganar plata, ocupar un lugar prestigioso, combatir la angustia. Sin embargo, ninguna de estas causas o espejismos impide el ejercicio del análisis, aunque no sean públicamente admisibles. Sólo se trata de saber que existen y reconocerlas en lugar de transformarlas en consignas idealizantes.

Entre lo más bajo y lo más sublime sólo hay un paso, y los psicoanalistas al andar lo damos a menudo.
Si la formación del analista puede equipararse a una formación del inconsciente, es porque ambos se forman, toman forma en un análisis, en cuyo transcurso ambos, inconsciente y analista, se producen, se realizan en acto. Pero la transferencia de trabajo, tal como circula hoy en día, –y a pesar del esfuerzo de Lacan–, bajo la forma de amistosidades y animosidades, es por sobre todo, esa confusión de lenguas entre la persona y la obra, entre la simpatía y la amistad y la vanagloria, entre el odio o el rencor “personal” y la denostación hacia el producto. La formación del analista en sus diferentes vertientes institucionales debería establecer entre sus requisitos la capacidad de diferenciar entre los pocos o muchos yoes a los que odiar y/o amar, entre los amigos y/o enemigos dentro o fuera de cada capilla, y ese resto o producto que llamamos producción. Enseñar también, trasmitiendo y poniendo en acto algo que Freud y Lacan no cesaron ni cesarán de enseñarnos: que un paciente no es un libro sutil sino un sujeto hecho de múltiples máscaras y divisiones. En él no habla la teoría un dialecto que para ser comprendido debe ser traducido a un lenguaje universal, o a un discurso uniforme.

Tal vez uno de los principales problemas del psicoanálisis de hoy sea la pretensión globabelizadora de algunos de imponer una lengua única, que, impedida de eliminar la diversidad, pretende al menos legislar sobre ella. ¿La lengua única fue el espíritu con el que Freud fundó la Internacional, para proteger la letra de su obra? ¿O de lo que se trataba –y de lo que sigue tratándose– es de la unión de los analistas –pocos o muchos– para resguardar sus fundamentos? Cada vez es más difícil decidir cuáles son. Pero legislar sobre una lengua única es imposible, e intentarlo, muy peligroso.
Entre otras cosas porque un idioma puede ser imitado hasta en sus menores modismos, y sin embargo no decir nada nuevo, o simplemente no decir nada. El vacío dejado por la enunciación será el que aprovecha el poder para multiplicar masas de adeptos robotizados, fomentando la adoración por un lado y la exclusión por otro.
Algunos talmudistas reinterpretan a Babel, y también George Steiner, no como un castigo a la soberbia de querer alcanzar los cielos, sino como la oportunidad de extraerse del narcisismo de la lengua única para penetrar en la fructífera multiplicidad. Y como dice también Steiner en su texto “Babel fue la base de la creatividad”, algunos problemas son más grandes que nuestros cerebros. Ignorarlos, intentar simplificarlos, o reducirlos a esquematismos binarios, es el principio del exterminio.

Ilusiones idealizantes, consignas de exclusión, señuelos de pertenencia, son la prueba de que el psicoanálisis no puede escapar de la espiral a la que lo arroja su época, pero los psicoanalistas no están, como dice Lacan al final de “Función y campo de la palabra” para luchar contra la discordia de los lenguajes. Su responsabilidad consiste en preservar la dimensión del inconsciente y de la enunciación tanto en la clínica como en los múltiples dialectos en que el psicoanálisis, hoy, continúa hablando. 

 
 
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