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Dos referencias lacanianas: Peirce y Wittgnstein
  Por Gabriel Pulice  y Oscar Zelis
   
 
I. El descubrimiento del inconsciente por parte de Freud inaugura una aventura de investigación clínica cuyo objeto, rápidamente, demuestra ser inasimilable a las categorías ontológicas hasta ese momento establecidas, y asimismo inabordable por la vía de los saberes y andamiajes técnicos de la tradición científica. Los diversos modelos por él utilizados en el afán de ilustrar sus desarrollos conceptuales —pero también de justificarlos y legitimarlos— son, por otra parte, un claro testimonio de las dificultades que se iban presentando en su camino para la transmisión de una experiencia cuya complejidad resultaba asimismo imposible ceñir por completo a los límites del lenguaje. Triple dificultad, habida cuenta de que es justamente el lenguaje la herramienta fundamental del psicoanalista; y son los fenómenos del lenguaje la vía crucial a partir de la cual concebir tanto la estructuración del sujeto humano, como la causación de las neurosis y demás enfermedades de la subjetividad.

El lugar del intérprete, en sintonía con ello, pronto resultó insuficiente para dar cuenta de las operaciones que era preciso instrumentar en el curso de un análisis, viéndose Freud llevado a señalar que las verdaderas dificultades con las que tropieza el analista en el devenir de la cura son aquellas que están referidas al manejo de la transferencia1. ¿En qué consiste tal manejo? Sin dudas, no se trata de manejar al paciente, algo que Freud advierte desde el inicio, cuando descarta las técnicas de sugestión y la hipnosis. La posición del analista, desde entonces, pasó a ser objeto de sucesivas reformulaciones a partir de la introducción de nuevas herramientas conceptuales tales como la resistencia al análisis, la compulsión de repetición, la pulsión de muerte, el carácter primario del masoquismo; seguidas luego —a partir de la enseñanza de Lacan— del Sujeto Supuesto al Saber, el objeto a, la formulación de los cuatro discursos, el Sinthome

Corría el año 1975 cuando, en una de sus conferencias dictadas en los Estados Unidos —ante un auditorio por cierto infrecuente para él—, Lacan desplegaba ciertos interrogantes que resultan muy apropiados para adentrarnos en el corazón mismo del tema que nos proponemos abordar en este Dossier: «…A menudo el analista cree que la piedra filosofal —si pudiera decirlo— de su oficio, consiste en callarse. Lo que yo digo sobre eso es bien conocido. Después de todo es un error, una desviación, el hecho que los analistas hablen poco. Ocurre que yo hago supervisiones. No sé por qué se ha llamado a eso supervisión. Eso es una súper audición2. Quiero decir que es muy sorprendente lo que les ha relatado un practicante —sorprendente que a través de eso que él les dice, se pueda tener una representación de aquel que está en análisis, que es analizante…»3. ¿Cómo transmite un analista a otro lo que acontece en un análisis? En esa misma conferencia, un poco más adelante, se pregunta por la diferenciación entre el decir y lo escrito, en su relación con la verdad: «Es sostenible decir que la verdad tiene una existencia de ficción. Esto es lo que normalmente se llama el mito —muchas verdades tienen una existencia mítica—, es precisamente en eso que no se la puede agotar, decirla toda. Es lo que yo he enunciado bajo esta fórmula: de la verdad no hay más que medio decir. A la verdad, se la dice como se puede, es decir, en parte; sólo ahí donde yace la dificultad es que es necesario hacer sentir a aquel que está en análisis que esta verdad no es toda, que no es verdadera para todo el mundo, que ella no es —esta es una vieja idea— que ella no es general, que ella no vale para todos…». Cuando el sujeto habla, dice la verdad, pero es una verdad que el sujeto desconoce. Lo verdadero, se distingue de lo real, pero esa distinción obliga a revisar la relación misma del lenguaje con el pensamiento y con las cosas del mundo. Lacan retoma aquí aquello que en su seminario de 1969/70 lo llevara a interesarse por Wittgenstein: ¿es posible concebir algún modo de transmisión liberada de los equívocos del significante? El problema del lenguaje lógicamente perfecto, es justamente una de las cuestiones que domina el Tractatus, una de las obras capitales de este autor junto con la póstuma publicación de sus Investigaciones filosóficas. De hecho, cierto grupo de filósofos conocidos como «El círculo de Viena» —con los que Wittgenstein mantuvo alguna interlocución, sin que fueran reconocidos por él como discípulos—, inspirados en una equívoca lectura del Tractatus, se propusieron crear un idioma, el Esperanto, destinado a ocupar ese lugar4. Sus posteriores investigaciones sobre el lenguaje alejan radicalmente a Wittgenstein de una concepción así, pero su espina ya había sido clavada. El tilde de «psicótico» con que casi se lo descalifica en el seminario 17 —no por parte de Lacan, sino de sus editores— no alcanza empero a ocultar su impronta, en la búsqueda lacaniana de algún modo de mostración de «…lo que no se puede decir…».

Respecto de Charles Sanders Peirce, es de la lectura de sus Collected Papers que Lacan extrae su definición del signo —«un signo representa algo para alguien»—, a partir de la cual desemboca en la formulación del significante como lo que representa a un sujeto para otro significante. El reconocimiento de la incidencia de Peirce en el pensamiento de Lacan —señalada por J. A. Miller en uno de los apéndices del recientemente publicado seminario 23—, viene a saldar una vieja deuda extensible a otros puntos de ese cruce, aún no del todo explicitados. Un primer ejemplo que podemos citar es el ya conocido cuadrángulo de Apuleyo, que trata de la clasificación de las proposiciones propuesta por Aristóteles, y que Peirce había reelaborado. En su seminario sobre la Identificación, Lacan toma esta última versión, sin revelar la fuente de donde proviene tal reformulación. Pero hay otras huellas más profundas —aunque no tan evidentes— que podemos rastrear, por ejemplo, en el ensayo de E. Roudinesco sobre la gestación y maduración de la teoría lacaniana, en donde no menciona a Peirce, pero sí el crucial encuentro de Lacan con quien le tendería el puente hacia la semiótica peirceana: «...Si la referencia a la problemática heiddegeriana del desvelamiento de la verdad y del “dejar actuar a la palabra” seguía siendo masiva en el Discurso de Roma, desapareció cuatro años más tarde en el momento en que Lacan pronunció en la Sorbona una conferencia titulada “La instancia de la letra en el inconsciente, o la razón desde Freud”, en la que asentaba una teoría del significante fundada ya no únicamente en una lectura de Saussure y de Lévi-Strauss, sino construida de manera lógica a partir de los trabajos de Roman Jakobson sobre la metáfora y la metonimia. En ese sistema, donde el inconsciente quedaba formalizado sobre el modelo de una estructura de lenguaje y donde se reivindicaba la entrada de Freud en el círculo de la ciencia, Lacan renunciaba a toda ontología...»5. En efecto, tal como testimonia Miller en ese mismo anexo del seminario 23, Lacan descubre a Peirce a través de Jakobson, en cuya obra la semilla peirceana hacía algún tiempo que había prendido; sólo que en «La instancia de la letra…», al introducir a Jakobson, parece no haber sido del todo claro por entonces para él hasta qué punto, en el trasfondo, comenzaba a bosquejarse tempranamente en su propio discurso la presencia de Peirce.

Se justifica entonces detener nuestra atención sobre los puntos más salientes de las formulaciones de Peirce y Wittgenstein, tal como nos proponemos hacer en las próximas entregas.


___________
1. Freud, S.; “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia” (1914).
2. Entre la audición —prevalentemente solidaria del registro simbólico— y la visión —que alude más bien al registro imaginario—, podemos incluso proponer otro término ciertamente más inespecífico pero quizás más adecuado a la peculiar naturaleza del objeto —o en otros términos, de su ontología: la captación.
3. Lacan, J.; Conferencia dictada en la Universidad de Columbia el 1° de diciembre de 1975.
4. A contramano de esa pretensión, desde mediados del siglo pasado —al finalizar la Segunda Guerra Mundial— pareciera imponerse como lengua universal el idioma inglés, caracterizado por la relativa simplicidad de su gramática, su vocabulario comparativamente limitado respecto de otros idiomas como por ejemplo el español, y la abundancia de metáforas bajo la forma de «frases verbales».
5. Roudinesco, E.; Lacan. Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento, Buenos Aires, Editorial Fondo de Cultura Económica, 1994.
 
 
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