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   Niños al diván!

Infancia, tecnología y metrópolis
  Por Jorge R Volnovich
   
 
En la Argentina, los únicos privilegiados son los niños
Juan Domingo Perón

Un niño de 10 años, diagnosticado como psicótico tanto
por la psiquiatría como por el psicoanálisis, realiza el siguiente dibujo durante su sesión analítica:

Este dibujo es el segundo de una serie. En los desplazamientos podemos ver el carácter del deseo. El primer dibujo situaba las islas de Inglaterra y de Irlanda en un tamaño enorme y central con varios ejércitos rodeándolas. En este segundo dibujo se conservan los contornos geográficos y el carácter de los ejércitos incluyendo los elementos numéricos, pero en forma excéntrica e introduciendo la espiral central. En los contornos de las islas del primer dibujo un cierto parecido con las Islas Malvinas
El niño comenta al finalizar el dibujo:
—Son varios ejércitos que atacan a este país, una isla, Inglaterra y una otra isla a su lado, Irlanda. Cada ejército sigue las órdenes de un dios. Atacan con misiles, ametralladoras y ballestas.
—Me llamaron la atención las ballestas —le dije.
—Es que son ballestas diferentes, de titanio, ese metal que usan para ir al espacio
—¿Pero son muchos dioses? —le pregunté al finalizar su relato.
—Ah, sí... ¡porque un solo dios ya no existe!

Analizar un sencillo material clínico de un niño e inferir del mismo la semilla de la producción de subjetividad moderna, implica incursionar en campos complejos, políticos, económicos, culturales y libidinales cuya inmanencia permiten que sean despejados desde lecturas que incluyan perspectivas socioanalíticas y hasta esquizoanalíticas. Esto significa que debemos transgredir los límites del propio psicoanálisis de niños y su lectura edípica de los síntomas del sujeto y del sujeto mismo. En efecto, lo inconsciente es un campo demasiado vasto, demasiado humano, como para reducirlo a un puñado de matemas.

No sorprende a los psicoanalistas, psicólogos o educadores que un niño psicótico transite los caminos menos vulgares y adaptativos de una sociedad. Tampoco es asombroso constatar cómo su producción gráfica, lúdica y lingüística resulta ser un paradigma de la sociedad que vivimos, en donde la infancia responde a otro tipo de construcción subjetiva y a otra figura de representación imaginaria.
“Un solo dios ya no existe”, sostiene este niño y en ese sentido funciona como portavoz de todos los niños. No se trata del “Dios ha muerto” nietzscheano, a pesar de que los niños definen mejor la inexistencia que la muerte misma. Pero si Dios no es lo inconsciente y sí una producción del inconsciente, como sostiene Jacques Lacan, podríamos decir con nuestro niño, que el inconsciente moderno ha producido millones de dioses. Los nombres de los dioses son heterogéneos: dinero, tecnología, Mc Donald y... también el padre en todas sus versiones. De esto podemos concluir que la relación de objeto, esencialmente al significante, ha pasado a ser una invasión de millones de objetos sobrantes y faltantes, significantes y a-significantes cuya única lógica es regida por el consumo. Éste es el motivo por el cual, Guattari define a la infancia del Capitalismo Mundial Integrado como consumidora y consumida en toda su dimensión política, económica y libidinal.

En esta guerra imaginaria que se produce en medio de la guerra declarada por los Estados Unidos al terrorismo, aparece la dimensión política de la producción del niño y para éste, el contexto hace al texto. En su juego el politeísmo ataca al monoteísmo, lo que nos hace pensar que, si la Guerra Santa aparenta ser la respuesta neoarcaica a la globalización y al imperio dominante, la globalización politeizante parece ser una representación todavía más arcaica que el monoteísmo. Así debe entenderse la elección de Inglaterra e Irlanda como países a ser atacados. Es precisamente Inglaterra con la cual ha estado en guerra la Argentina, y además, el niño tiene una mamá grande y una hermana menor a las que gustosamente invadiría y atacaría. Finalmente, la escritura y el dibujo definen la ausencia de dioses y la presencia de redes de grupos matemáticos y humanos, advirtiéndonos en la espiral central sobre la gran incógnita de la preadolescencia atravesada por la cuestión de género, ya que se trata de “hombres y caballeros”.

De esta forma, la articulación político-libidinal inmanente e inconsciente se encuentra representada en una guerra, “su guerra”, en el marco de una guerra global, su historia transgeneracional de carácter nacional, (cuando sucedió la Guerra de las Malvinas este niño aún no había nacido), así como su vertiente libidinal. Digamos entonces que su grafismo denuncia los agenciamientos de enunciación territoriales y desterritorializantes que hacen a su subjetividad.
“Las ballestas son de titanio”, nos comenta este niño psicótico, que ha resultado ser, hasta ahora, el más discriminado de los niños, junto con los minusválidos y los niños de/en la calle. En esta sociedad, el aspecto instrumental no es un dato menor. Los objetos no están allí apenas para ser fetiches de una falta. Sería una forma de desjerarquizar la tecnología en la producción de subjetividad moderna, pensando que la historia es siempre la misma pero con otro “traje”. Por el contrario, la tecnología cambia la historia, y es necesario conceptualizar sus alcances en la memoria y en el inconsciente de los seres humanos, en especial en los niños, sobre todo en lo referente a sus avances en los medios de comunicación. No es demasiado forzado imaginar que este niño sabe que la ballesta es un arma del medioevo y es en el sema “titanio” donde vuelca todo el sentido de la diferencia entre una guerra antigua y otra moderna, donde la tecnología es la gran vedette de la misma. Esto nos permite imaginar que no sólo las ballestas son de titanio, sino los propios niños, en la medida que dicha tecnología ha producido una integración absoluta, en el cuerpo, entre lo orgánico y lo inorgánico. En efecto, el cuerpo libidinal de un niño ya es un cuerpo androide, cuya imagen reproduce a los arquetipos de la infantoplastia dominante de los Power Rangers, de los Transformers, de Barbie o de Pokémon.

En una sesión posterior, nuestro niño vuelve a su juego gráfico muy preocupado por ubicar los puertos en Inglaterra. Es entonces que me pregunta: “¿Dónde está Liverpool?” Luego de inducirlo para que me dijera dónde creía que se encontraba ese puerto, le pregunto sobre la importancia de Liverpool, a lo que me responde muy serio: “Allí nacieron los Beatles.”
Es en este momento que deseo recordarles que el niño tiene un poco más de diez años y que sólo conoce los Beatles por la moda revival. Se trata de la influencia de la metrópoli (puertos) y los medios de comunicación en la infancia (los Beatles) adolescentizando al niño en el universo de la cultura actual. Digamos que se trata, entonces, de un niño psicótico cuya producción podemos comprenderla como paradigmática de los procesos de subjetivización dominantes, y cuyo producto es el niño moderno en su sentido más universal.

La infancia es la política que la sostiene. Como institución corresponde al conjunto de lógicas y normas que nos permiten definir la representación imaginaria del niño tal como lo vemos hoy. Inteligente, sabio, ingenuo, perverso polimorfo, sexuado, creativo y repetitivo, traduciendo las frustraciones y esperanzas de la humanidad. Desde esta perspectiva, la sociedad capitalista ha definido claramente los límites entre el niño normal del anormal, entre el niño rico del niño pobre. Hoy, sin embargo, los límites territoriales que diferenciaban a los niños, sólo se sostienen en la contradicción entre los niños incluidos y los excluidos del consumo, aun cuando todos ellos son consumidos y descartados por el mismo. De alguna manera, existe hoy una paradoja. Nunca los niños gozaron de tanto reconocimiento a través de la Declaración de Derechos, pero al mismo tiempo, nunca los niños vieron tan amenazada su existencia al serles negada su posición de niños. En efecto, pudiendo tener todo, los niños no tienen nada.

Por eso, sigo insistiendo desde hace un tiempo que el fantasma temido del niño moderno es el niño autista, un cuerpo lleno sin órganos, autómata estereotipado y creativo de la nada. Verlo nos refleja y nuestro reflejo no les dice nada. En este verdadero doble espejo de la humanidad, la infancia transita los bordes de la imaginarización real. Cada vez es mas dificil para los niños saber cuándo la cosa es de mentirita y cuándo es de verdad. Los límites simbólicos generacionales y representacionales se han licuado en una sociedad de consumo que ha instituido la ruptura de las fronteras entre lo público y lo privado, entre lo real y el campo virtual, incluyendo una verdadera substancialización tecnológica de lo virtual.

Ray Bradbury, en Sala de juegos, un antiguo cuento de ciencia ficción, nos muestra algo de la tragedia moderna de este nuevo milenio. Se trata de dos hermanitos que disponen de una sala de juegos en donde la tecnología les permite representar, de verdad, sus juegos preferidos imaginados en una especie de realidad virtual. Por otro lado, los padres, especialmente el padre, deciden romper con el confort y les comunican a los niños que programan mudarse al campo o al bosque a una vida más natural y humana. Los niños, a su vez, les advierten a los padres que no lleven a cabo ese proyecto, pero nada disuade al padre y decide llevar adelante su propósito. Finalmente, la noche anterior a la mudanza, los padres escuchan ruidos en la sala de juegos y entran en la misma en una total oscuridad, preocupados por los niños. Es el momento en que las puertas de la sala se cierran detrás de ellos y se prenden las luces quedando representada “de verdad” una jungla, donde aparece un león que se los come. Del lado de afuera de la sala, los niños comentan algo así como: “¡Te avisamos, papá, que no queríamos ir!”
No resulta febril constatar hoy que la produción fantástica de Bradbury se ha transformado en una realidad donde el parricidio ya es un hecho consumado. En otras palabras, la tecnología y la vida metropolitana han permitido tal sustancialización de lo virtual que el niño ha pasado a ser temible en lo real.

La antigua separación entre los niños peligrosos (los pobres) a ser asistidos y los niños en peligro (los ricos) a ser protegidos, ha dejado paso a una infancia peligrosa en sí misma para los adultos... en especial, cuando no se respetan sus derechos. Este temor a los niños (que no es mas que la proyección del temor a lo pulsional y perverso polimorfo humano) por parte de la sociedad, siempre se ha mantenido como reprimido, como bien lo sostiene Françoise Dolto en su libro La causa de los niños. Sin embargo, actualmente es un temor que emerge como real, apoyado en la parafernalia con que la modernidad provee a nuestros pequeños androides. Hoy por hoy, lo imposible se ha tornado posible, el temor denuncia que los niños tienen un poder que no emana únicamente del narcisismo de los padres. Sería bueno empezar a reconocerlo. Podemos convenir que esto significa un momento de transición a una nueva representación imaginaria de la infancia, tal vez más creativa, y a otra política, donde la infancia no sea un privilegio sino un derecho.
Es también un buen momento para que los psicoanalistas de niños transiten su práctica analítica con niños y familias por otras variables, por lo menos, diferentes de aquellas a las que estamos acostumbrados. Eso sí, esperemos que este propósito no lleve a nadie, ni siquiera a mí mismo, a atender a los niños en una sala de juegos con tecnología de última generación.
 
 
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