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   Niños al diván!

El niño que quería ser Quijote frente a la discapacidad
  Por Esteban  Levin
   
 
El hidalgo fue un sueño de Cervantes y Don Quijote un sueño del hidalgo. El doble sueño los confunde y algo está pasando que pasó mucho antes.
J. L. Borges

Como sabemos, el desarrollo psicomotor de un niño se estructura jugando a partir de la demanda y el deseo del Otro, que a su vez juega con él. El niño encarna una posición que remite en sus padres a su propia condición de hijos y necesariamente a su infancia. Los niños (sin darse cuenta) otorgan a sus padres esa única posibilidad que es la de constituirse a través de un lazo de amor en padres. Para ello esos “grandes” tendrán que “renunciar” a su posición de hijos y desde ese nuevo lugar parental, el niño cumplirá su función de hijo amándolos. Los padres heredan de sus hijos esta posibilidad eminentemente simbólica. Nos encontramos así con dos herencias simbólicas, por un lado la herencia de los padres, que en su transmisión y función atraviesan y visten todo el desarrollo de su hijo y, por el otro lado, con la herencia (que podríamos denominar invertida o filiación inversa) de los hijos a los padres, dándoles en su funcionamiento escénico esta nueva posibilidad e investidura de transformarse en padres.

Esta compleja red de lazos implica necesariamente que el desarrollo psicomotor de un niño nunca es natural, ni armónico y mucho menos autónomo, ya que siempre se estructura en relación con estos primeros lazos primordiales que posibilitan la puesta en escena de su función de hijo. Cuando el niño comienza a colocarse en escena lo hace jugando, creando ficciones y artificios, estructurándose en ellos. Ese es el territorio donde se estructura su desarrollo en escena. En este espacio ficcional del jugar en la infancia, el niño siempre juega el deseo oculto de ser otro. Por eso se desdobla transformándose “de mentira” en un grande, en una mamá, en un papá, en una maestra, en un piloto de avión, en un superhéroe, en una princesa, en un personaje, o sea, juega a no ser él para ser otro. El acto de jugar en la infancia es un secreto espejo donde el niño quiere jugar a ser otro para ser él.
¿Qué pasa cuando un niño como Juan que tiene una discapacidad no puede jugar a ser otro? ¿Qué ocurre cuando la discapacidad (la herencia genética, la organicidad) se instala como imposibilidad de representación, de artificio y ficción? ¿Qué ocurre cuando un niño sólo es tratado desde sus aspectos deficitarios y no desde su subjetividad (como si esta división fuese posible)?
Juan era un niño de 10 años que presentaba una hemipa-resia espástica que le impedía caminar y desplazarse normalmente. Desde su nacimiento había sido sometido a numerosos estudios, exámenes clínicos, cirugías y extensos tratamientos rehabilitatorios, técnicos y conductuales.

A Juan me lo presentaron del siguiente modo: “Muerde, pellizca, golpea, se agrede, se automutila, por momentos es incontrolable, insulta, tira del pelo, es agresivo, destructor, habla en tercera persona, no llora, rompe y tira todo, no siente el dolor pero también es bueno, sensible y cariñoso.”
Juan tenía un lenguaje pobre y deshilvanado. Apenas pronunciaba unas palabras o frases recortadas. Por ejemplo, le gustaba mucho el ascensor y gritaba “ascensor, ascensor, arriba, arriba, abajo, abajo” Al gritar se colocaba las manos en la garganta para sentir mejor la vibración de su grito. El efecto de este grito remitía a lo real, pues no era una llamada y mucho menos una demanda.
Los primeros momentos del trabajo con Juan transcurrieron entre el ascensor y el consultorio. El ascensor se comenzaba a transformar en un personaje con el cual dialogábamos. La escena transcurría del siguiente modo: Juan gritaba “ascensor” y yo cambiaba la voz y como ascensor respondía: “Hola, Juan, Esteban, ¿cómo estan hoy?” o “Me llamaron para que baje.” Así entrábamos al ascensor y Juan gritaba poniéndose las manos en la garganta “arriba, arriba”, y el ascensor como personaje-títere (que figuradamente encarnaba yo) respondía “Juan, no grites así, ya te subo, esperá un poco.” Juan decía: ”Bueno, arriba”. Y yo (ahora como Esteban) le pedía al ascensor que por favor nos lleve al piso cinco. “Sí, ahora los llevo”, respondía el ascensor. Así subíamos, o el ascensor se detenía y volvíamos a hablar preguntándole algo, o subía un vecino con el cual dialogábamos. De hecho, el ascensor- personaje se fue convirtiendo paso a paso en nuestro amigo. A veces el ascensor cantaba y Juan acompañaba la melodía o cantaba alguna parte de la canción. En esos momentos estábamos construyendo una escena y Juan miraba, refrenaba su grito, se acrecentaba su lenguaje y se relacionaba conmigo en el escenario trans-ferencial que en el ascensor comenzaba a construirse.

Sin embargo, lo que irrumpía constantemente interrumpiendo toda escena posible eran sus pellizcos. Inesperadamente Juan pellizcaba y en ese pellizco (sin sentido), se quedaba agarrándome, arañándome con fuerza, con todas sus fuerzas sin soltarme. Al pedirle que me soltase Juan no aflojaba y su mano se transformaba en una garra-gozoza que me obligaba a sacarlo o a defenderme.
A veces, Juan anticipaba su propio pellizco y decía: “pellizca Rodríguez, pellizca Rodríguez” o “pellizco Esteban, pellizco Esteban”. Luego lanzaba su brazo-mano-garra para pellizcarme. Otras veces se mordía sus dedos con fuerza y después buscaba desesperadamente mis brazos, manos o piernas. Al hacerlo su mirada no miraba, parecía desbordada o realizaba alguna mueca o repetía “pellizco Rodríguez”, “pellizco Esteban”, “pellizca Rodríguez”. Al insistir con el “pellizca Rodríguez” le pregunto a sus padres quién es Rodríguez, ellos me responden que fue fue el primer neurólogo que tuvo. “Una vez le consultamos la ausencia de dolor de Juan y nos respondió que lo pellizcáramos, para que sintiera dolor. Después de un tiempo Juan empezó a decir ‘pellizco Rodríguez’ y a pellizcar...”

En una interconsulta con la escuela especial a la cual concurre Juan, registramos que todos los que estábamos reunidos teníamos marcados (en lo real) en los brazos, las manos, las piernas y el cuerpo los pellizcones que Juan nos había dejado. Todos teníamos en lo real del cuerpo las marcas de Juan... o de Rodríguez... o de esta historia traumática que enunciaba el sufrimiento de un niño.
Juan pellizca, allí se da a ver, en esa huella irrepresentable, en la repetición del goce, su angustia imposible; reproduciéndose así fijamente aquello que no ha podido simbolizarse y que irrumpe dramáticamente, pellizcando.
Frente al pellizco inaudito, que se ubica interrumpiendo cualquier escena y escenario, frente a ese dolor congelado sin respuesta, mudo y siniestro, en ese borde vertiginoso, obsceno, lleno de goce y malestar me pregunto: ¿Cómo generar otra escena frente al pellizcón, frente a esa historia sin historicidad? ¿Cómo limitar lo que inesperadamente irrumpe en la escena?
Frente a estos interrogantes que me aquejaban y no dejaban de cuestionarme y angustiarme, decidí procurar introducirme en esas manos para intentar generar en ellas otras marcas, dibujos, gestos que limitaran el pellizcar desde un escenario representacional y simbólico.

Una vez, que Juan intentaba pellizcarme, le tomé la mano como siempre y mirándolo le dije: “¡Qué lindas manos para hacer un dibujo! ¿Puedo dibujar?” Para mi sorpresa y asombro, Juan aflojó la tensión de la mano y se quedó mirándome.
En ese instante tomo un marcador y le pregunto: “¿Querés que te dibuje?” Él me mira y responde “nene”. Entonces le giro la mano que estaba total y “mágicamente” relajada y le dibujo un nene. A continuación Juan gira la mano y dice “mamá”. “Sí, te dibujo tu mamá”, respondo. Al trazar, al dibujar a su mamá, Juan está por primera vez distendido, mirándome y mirando el dibujo que lentamente se imprime en el dorso de su mano.
Estábamos ensimismados en la escena y el escenario donde las manos se habían comenzado a transformar en superficie de inscripción y, si se quiere, en ciertos gestos que se estructuraban como espejos representacionales. En la escena le ofrezco a Juan mi mano y le pregunto “¿Querés dibujarme un nene?” Juan me mira y dice “Juan”, allí le entrego la palma de mi mano y le ayudo a él a dibujarme un redondel, unos ojos, la boca, el cuerpo, las manos... (sin darme cuenta lo hago cantando entonando una melodía) y exclamo mirándolo: “¡Qué lindo, este nene Juan!”

Juan había modificado la gestualidad, la expresión de su rostro estaba distendida y se sostenían en nuestro lazo escénico, transferencial.
En ese instante escénico se crea un espacio de silencio, diría un silencio musical, pues remite a una melodía que invoca y elabora en ese acto mismo un decir, un diálogo discursivo entre Juan y yo.
En ese lazo sensible, escénico, libidinal comienza a producirse otra escena. Juan me extiende la palma de su mano donde está el dibujo del primer nene y la acerca a la palma de mi mano donde está dibujado él. Asombrado digo: “¡Uy qué bueno, se están saludando, se dan un beso!” Juan sonríe y acaricia mi mano y en ella los dos dibujos “hablan”, juegan. Se tocan en lo intocable del toque, verdadero diálogo tónico-libidinal que limita y se opone a lo real del pellizco-mano-goce.
En un momento, cambiando el tono de voz encarno el dibujo personaje de mi mano y como dibujo animado grito “¡ahora me escondo, buscame!” y escondo la mano en mi espalda y Juan la va a buscar y la vuelve a colocar frente a él para volver a acariciarla generándose otro diálogo donde la escena dejaba su placer inscripto como huella significante.

Este diálogo escénico transferencial se complejizaba vertiginosamente de sesión a sesión pintándonos las manos con distintos personajes. Juan nombraba y dibujaba así a sus hermanos, a sus padres, al “terrible Rodríguez”, a sus compañeros de escuela, etc. Juan se historizaba poniéndose en escena en otro espacio donde su pellizcón y sus manos se des-garraban, se alejaban del goce no real para metamorfosearse en trazos, en letras, en dibujos.
Estas creaciones y producciones ficcionales son leídas, jugadas, personificadas, e imaginadas en un espacio escénico transferencial donde Juan existe en esas huellas-trazos más allá de su discapacidad o su pellizco. En este acto de jugar, de ficcionalizar, de hablar, de cantar, de inscribir trazando, Juan se mira espejándose como otro que no es el discapa-citado, el loco, el agresivo, el terrible o el incontrolable. Como todos, paradójicamente, Juan puede ser él solamente cuando, en estas escenas puede jugar a ser otro apropiándose de su imagen, distanciándose en esos momentos de su destino neurológico discapacitante y de su mano-garra llena de sufrimiento.
Como afirmamos, el niño siempre juega el deseo oculto de ser otro. Juan comienza a jugar el suyo a través de las huellas, dibujos, personajes, que le posibilitan encontrarse desde el Otro reflejándose distinto. Del mismo modo, Don Alonso Quijano se transforma en otro, en Don Quijote de la Mancha, riéndose de la realidad al realizar sus apasionantes aventuras.
Don Quijote de la Mancha confunde deseo y realidad (a eso se debería su refrescante locura). Al mismo tiempo, el niño necesita crear la realidad de su deseo poniéndolo en escena para construir sus propias representaciones que culminarán irremediablemente representándolo.

Así como Don Quijote de la Mancha no sería él sin sus aventuras, sin estas transformaciones el hombre no sería hombre y el niño, en su funcionamiento de hijo, no sería niño.
Juan sólo puede ser Juan cuando el pellizco-goce-en-lo-real se metamorfosea en gesto, en dibujos, en trazos que lo unifican y diferencian. En estos espejos Juan se re-conoce como otro que no es puro pellizco, inagurándose un nuevo espacio virtual-ficcional. Juan se refleja en una imagen que no es él pero que le permite serlo. El espejo no es uno mismo sino el Otro. No tengo dudas de que en ese montaje escénico Juan es el otro de mi deseo y mi posición encarna para él el incipiente deseo de ser otro donde reflejarse.
Finalmente, los niños como el Quijote de la Mancha nos enseñan el valor del artificio y la ficción como modo de ir apropiándose del cuerpo, y de este modo, jugar el deseo oculto de ser otro.
Al decir de Arthur Rimbaud: “yo es otro” y podríamos agregar única posibilidad para ser uno y no quedar atrapado en el pellizco sin dolor del intento.

 
 
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