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De la obsesión al deseo
  de Hugo Dvoskin, Letra Viva editorial, 2001
   
  Por Eduardo Holzcan
   
 
El psicoanalista Hugo Dvoskin nos invita a transitar el camino que va de la obsesión al deseo. Para este recorrido nos advierte que se hacen necesarias ciertas postas que implican producir y revisar conceptos, sin excluir la referencia clínica. Camino, viaje, recorrido, tránsito son nombres posibles de un análisis. De Freud a Lacan, de la obsesión (del sujeto) al deseo (del analista).
Ya en la presentación nos habla de lo que implica la experiencia del sujeto dividido y del análisis en la existencia, de sus posibilidades e imposibilidades. De la imposibilidad de unificarlo o sustancializarlo a la posibilidad de hacerse escuchar y escuchar el deseo que lo habita y le resulta ajeno.

Este texto no sólo implica un modo de interrogación del sujeto sino los modos del mismo de afirmarse en la existencia. En su recorrido el autor aborda la cuestión del sujeto desde distintos lugares.
Acompañado por el espíritu freudiano, según él mismo lo manifiesta, decide abrir el juego con los sueños, como lugar privilegiado para situar el deseo. Aborda y desarrolla la pregunta de por qué Freud eligió los sueños y la llamó su vía regia o real; y de allí se dirige al corazón mismo de los analistas a los que les resulta traumático que los pacientes cuenten sueños y sus diferentes modos de respuesta (angustia, dudas, vacilaciones) ante la imposibilidad de interpretar.
Propone un contrapunto entre los analistas que actúan mucho y escuchan poco y los que sueñan que sus pacientes cuenten sueños. Una apuesta fuerte que. como se dijo anteriormente, reedita el espíritu freudiano.
El autor opone el sentido único a la interpretación, y nos advierte del riesgo de cristalizaciones, en donde el sujeto queda como pura respuesta ante una verdad develada por el saber del analista y la falta de pregunta, ya que esto podría conducir a posiciones indialectizables por parte del sujeto. Concluye que es en la pregunta por su deseo donde el sujeto encuentra que podría cargar con alguna deuda (en relación con la paternidad) que no es la deuda del Otro ni de los otros, y que esta deuda con la que carga tiene como destino la posibilidad de trasmitirla.

En el segundo capítulo, el autor aborda al sujeto y la metapsicología. En primera instancia, revisa los conceptos en relación con el desarrollo de la segunda tópica y la producción del “ello” como tercer inconsciente, o inconsciente estructural en función de una dificultad clínica: la detención de las asociaciones, o sea, el ello como nombre de la represión primaria en la segunda tópica, como fuerza que resiste a la asociación.
Asimismo pone a prueba el concepto de goce y lo diferencia en tanto concepto psicoanalítico de un concepto que califica conductas. Nuevamente aparece el intento de romper con la psicología y la psicopatología de los comportamientos que taponan la escucha: la “clínica de la mirada”, para reenviarnos al campo del discurso singular que propone la escucha psicoanalítica.
Aquí es donde comienza a establecer las coordenadas en relación con la obsesión y a situar la duda no en función de las elecciones de objeto sino respecto de su posición subjetiva, que lo mantiene a distancia del deseo. De este modo se encuentra con las certezas neuróticas que el análisis puede aportarle: la del sujeto dividido, la del inconsciente (también aportada por vía de los sueños), la certeza de lo imposible, de las paradojas, del equívoco, en tanto sujeto del lenguaje, y finalmente la certeza del deseo que lo habita.

El tercer capítulo trabaja en relación con los cuatro conceptos fundamentales: transferencia, repetición, inconsciente y pulsión, así como también en referencia al chiste. En ambos casos quedan articulados el sujeto y estos conceptos que darán cuenta de lo estrafalario del inconsciente, en oposición dialéctica a “lo honorable” del otro psicoanálisis, y sus respuestas racionales y adaptadas, de la oposición entre sugestión y psicoanálisis, o si se quiere, entre promesas de felicidad y la escucha de un texto del cual adviene alguna verdad del sujeto.
En este mismo capítulo, recorre el concepto de deseo del analista y lo entrama como ese lugar de la existencia en el que causado causa, bajo el modo de semblante.
Al final del capítulo, en el trabajo “La pulsión. Cruzamientos”, hace un original recorrido en relación con la pulsión de muerte, operando un corrimiento de la fascinación por la palabra “muerte”, en que quedó sometida en la tradición kleiniana. Se trata de situar la posición ética que supone el deseo del analista y el efecto sobre el sujeto por su entrada en el campo del lenguaje, donde se articulan vía lo simbólico, la muerte y el sujeto, aportando una estética de vida, y ubicando la angustia y la soledad frente a lo disruptivo de lo novedoso como metáfora de la pulsión de vida.

En el capítulo cuarto, se ocupa del sujeto y algunos nombres de su malestar en la cultura, donde trabaja, entre otras cuestiones, la discusión con Hegel en relación con el saber y dialectiza el malestar en la cultura con la desgracia de la conciencia, advirtiendo del peligro denunciado por Lacan de que el malestar pudiera ser pensado como suspensión de un saber, o sea del orden de lo resoluble o agotable. En el último capítulo, logra una lectura posible del texto “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo”, en un recorrido que va desde el título a los grafos, atravesando conceptos como fantasma, el significante de la falta del Otro, el objeto a, el falo, el goce, y el fin de análisis.
Con esto arriba a su conclusión final: “La única victoria posible con el inconsciente es darse por perdido. Es notoriamente paradojal... la división no será resuelta.”
El autor concluye el texto redoblando su apuesta, aún a sabiendas que la partida está perdida; apuesta fuerte y necesaria para el sujeto que decide abandonar el amparo del Otro para preguntarse si está a la altura de su deseo.
 
 
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