Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Entrevista

Germán García
  Un psicólogo no es un psicoanalista
   
  Por Germán García
   
 
¿Cómo fue el tránsito de la literatura al diván?
En realidad no fue de la literatura al diván. Empecé a analizarme a consecuencia de dos acontecimientos casi simultáneos: la muerte de mi padre y el nacimiento de mi primer hijo. Había publicado hacía poco tiempo mi primera novela, las coordenadas de mi vida estaban un poco cambiadas de lugar y me empecé a analizar, a partir de lo cual comencé a interesarme por el psicoanálisis, cursado por un interés en la crítica literaria.
En esa época escribí un prólogo, que publiqué con seudónimo, a un libro muy violento, El Fiord de Osvaldo Lamborghini. Allí hacía, sin haber leído a Lacan, algunas afirmaciones algo estrambóticas que eran un poco lacanianas y entonces Masotta me invitó a estudiar Lacan con él. Cuando en 1972 Masotta quiso armar su escuela, la gente que estaba con él, primero estuvo en contra pero yo, como era muy amante de las máquinas institucionales, lo apoyé muchísimo. En ese momento me dedicaba a la enseñanza; cuando él se fue, en el ’74, me dejó cuatrocientos alumnos, era una universidad privada.

Y después se tuvo que ir usted también.
Eso fue en el ’79. Ya en el ’76 había ido a Barcelona, Italia, París –fue allí donde tuve una entrevista con Lacan–, y precavidamente había dejado los hilos más o menos tendidos por si me tenía que ir. No era fácil para mí porque tenía dos hijos chicos y no tenía plata. Cuando en el ’79 murió Masotta, fui a Barcelona, donde ya me conocían. Me instalé ahí a dirigir lo que había dejado Masotta. Él tenía un circuito de enseñanza, y yo lo amplié por Madrid, Galicia, Granada, Córdoba, Valencia. Vivía viajando, allí me encontré con los franceses y me empecé a analizar con Eric Laurent y metí todo ese aparato bajo el paraguas del campo freudiano.

¿Hasta ese momento no se había dedicado a la clínica?
No, en España empecé a dedicarme, por pedido de los españoles. Allí no había prejuicios como aquí donde había una especie de separación entre los epistémicos o teóricos y los clínicos. Casualmente, los clínicos terminaban siendo siempre los médicos y los teóricos los psicólogos, filósofos. Observemos que casi todas las personas que enseñaron psicoanálisis en la Argentina, no vienen de la psicología ni de la medicina: Masotta, Sciarretta o el mismo León Ostrov que era filósofo, y así muchos más. Además, los psicólogos vivían todos aterrorizados por la ley del psicólogo, si se les suicidaba el paciente, por ejemplo. Entonces todos los psicólogos preferían tener un médico en casa. Todavía quedó la inercia de eso, en la Facultad de Psicología, uno encuentra que casi todos los tipos importantes son médicos. Si yo fuera psicólogo, los apretaría, diría: viejo, hagamos un cambio, ustedes enseñan acá, y nosotros enseñamos psicología médica en la Facultad de Medicina. Los psicólogos son así de esclavos. Heredan de las madres, psicólogas, el gusto por el médico, el guardapolvo, todas esas cosas. Y, digámoslo, un psicólogo no es un psicoanalista, pues un psicólogo en la Argentina tiene una confusión total en la cabeza. Un médico sabe que no sabe, entonces va y estudia, hace el didáctico. O no lo hace, depende de su responsabilidad personal. Un psicólogo tiene una confusión en la cabeza, porque cada materia en la Facultad es una cosa diferente, contradictoria con la anterior. No es ni psicoanálisis ni psicología. Si hubiera una carrera perfectamente organizada, las cosas estarían claras. Pero no, toda la carrera está como teñida de psicoanálisis. Le agregás a eso la minusvalía académica y te da esa dependencia de la que hablaba antes.

Bueno, pero además está toda la cuestión de la ley del psicólogo y la carrera hospitalaria...
Pero a un psicoanalista no le preocupa eso. Ahí está la confusión. Un psicoanalista, en términos freudianos o lacanianos, es un señor que tiene un consultorio. La ciudad lo conoce y lo consulta. No tiene nada que ver con el hospital ni con la salud pública ni con la sanidad.

¿Un psicoanalista no tiene nada que ver con los hospitales?
No.

Por ahí, como primera etapa de formación, mucha gente hace la concurrencia en el hospital.
Allí está el mito, ¿qué tipo de teoría tiene uno si imagina que viendo muchas veces una cosa que no entiende, la va a entender? Si yo no sé nada de botánica y voy todas las mañanas a ver árboles al botánico, ¿qué va a pasar? El psicoanálisis no dice que hay un montón de personas hermosas que quieren saber la verdad, dice que hay un montón de neuróticos que reprimen las cosas. No veo por qué nosotros escaparíamos de eso mismo que decimos. No podemos pensar que la humanidad está compuesta por neuróticos, psicóticos, etc., y custodiada por nosotros que seríamos gente adulta y madura, que todo lo que hacemos tiene explicación racional. Que haya cientos de concurrentes en un hospital no tiene ninguna explicación racional, exceptuando la idea de que la gente hace laborterapia, van a verse con amigos para continuar bajo un aparato institucional. No franquear un umbral que los haga a ellos mayores de edad “kantianos”, gente que se maneja con su razón y no con hábitos sociales, etc. Un ejemplo, muchas veces he ido a dar clase a hospitales, nunca encontré un psiquiatra que me enseñara nada, más vale yo le voy a dar clase a él. No hay una psiquiatría en serio. No veo que los psicólogos que van a los hospitales a ver locos avancen algo sobre la demencia o sobre la locura. Cuando se quiere avanzar hay que tomar un libro por ejemplo sobre la epistemología psiquiátrica, entonces se aprende algo. Pero mirando locos no se estudia nada, de hecho, los psicólogos pasan años en hospital y no saben nada. ¿Por qué no son sabios, por qué no publican libros, por qué no hacen artículos, por qué no renuevan algo? Si una persona después de aludir a su práctica, lo que dice, ya lo leíste, ¿qué aprendió de su práctica?

¿Y esto para usted tiene que ver con el reconocimiento de alguien como analista?
Lacan decía que cada uno se autoriza a sí mismo... frente a algunos otros. Porque si no, es una locura, te parás frente al espejo y decís: “soy analista”. Es obvio que el hecho de ser analista se produce en relación con un conjunto, con un tipo de profesionales, con una historia. Hay gremio, hay grupo. Ahora bien, yo pertenezco a la Sociedad Argentina de Escritores, pero eso no garantiza que escriba bien, dice solamente que me reconozco en eso, que me gusta ser de la República de Cervantes, de Quevedo.

¿Cuál es su lectura de por qué Lacan no se fue, no renunció a la I.P.A. y prefirió la excomunión?
No creo que Lacan quisiera quedarse, usó de manera adecuada ese incidente. Como se dice en psicoanálisis, transformó una contingencia en algo necesario, útil. Una especie de judo.

Pero, ¿la expulsión de Lacan no tuvo que ver con el hecho de que él había empezado a trabajar con tiempo libre y esto no era aceptado por la IPA?
Sí, pero había muchas cosas que la IPA no aceptaba y aceptó. Quiero decir: me parece que Lacan siguió ese asunto porque quiso y porque en un momento se dio cuenta de que su mensaje iba a llegar más lejos fuera de la IPA que dentro de ella. De hecho, no se equivocó. Perdió un montón de viejos inútiles, que no servían para nada, y ganó una generación brillante, que tenía una formación en lógica, en matemática. Ganó por todos lados.

El pecado de Freud, según Lacan, fueron las histéricas. ¿Cuál fue, según Germán García, el pecado de Lacan?
El pecado de Lacan, según él mismo lo dice, podríamos pensarlo a partir de unas siglas que figuran al final de “La instancia de la letra”. No se sabía qué querían decir hasta que el traductor al español, Segovia, que era amigo de Lacan, le preguntó y resultaron ser las iniciales en francés de la frase “has empezado un poco tarde”. Esto sería una confesión por parte de Lacan de no haber cortado antes con ese grupo del cual hablamos. Pero también está el problema de la psiquiatría, Lacan defendió hasta el fin de su vida una tradición francesa de atención de enfermos en hospitales, pero no iba a analizar gente a hospitales ¡Ojo! Iba a aprender de la psicosis. Se podría decir: el psicótico es a Lacan lo que la histeria es a Freud. Freud aprende de la histeria, la transferencia, el amor de transferencia, el síntoma, etc. Y Lacan aprende de la psicosis la existencia de la voz áfona, una voz que no pasa sentido y aprende la cuestión de la pulsión escópica. Cualquiera que crea que el inconsciente y todo esto es un camelo, basta con que escuche al psicótico: después va a preguntar “¿y esta máquina de donde salió?” De esta manera, si “pecado” quiere decir el punto límite, uno podría decir que la psicosis lo era para Lacan. Por algo dijo en los Estados Unidos: “yo soy un psicótico”. Él veía al neurótico como una persona que se contradice a sí misma, mientras que el psicótico es aquel que hace un desarrollo hasta el límite más delirante. Por otro lado, si uno conoce un poco la tradición de la psiquiatría alemana y francesa sabe que eran muy cultos, sabían filosofía. Tenían una idea de que la psiquiatría era como una especie de antropología, por lo tanto sentían que tenían que comprender al conjunto de la humanidad, eso quedó claro en Jaspers. Mientras que los psicoanalistas, con los que se encuentra Lacan, no son psiquiatras, son médicos. Como después de la guerra el psicoanálisis era muy prestigioso, decidieron meterse en el psicoanálisis y hacer dinero con eso. Pensemos en la Segunda Guerra Mundial, la Shoá, el exterminio de los judíos en Alemania, veinte millones de muertos en la Unión Soviética, pensemos en todo eso y en los psicoanalistas diciendo que la vida es para llegar a ser maduro y genital. Un grado de debilidad mental. Entonces, Lacan les empezó a inyectar cosas a la altura de los tiempos: el Marqués de Sade, Kant. Pero ojo, el Kant que dice que si un tirano monstruoso persigue a tu amigo y te pregunta dónde está, vos le respondés. Porque el hecho de que él sea un tirano no quiere decir que uno sea un mentiroso. Esto es una lógica realmente sadiana. Lacan trata de inyectarle al psicoanálisis algo de la dimensión de lo que estaba ocurriendo y ése fue el triunfo de Lacan. El psicoanálisis era un discurso de una tontería absoluta frente al mundo de horror que se estaba viviendo.

Retomando el texto “Más allá del Principio del Placer”, Freud allí plantea que la meta de todo ser viviente es regresar a un estadio anterior, que no hay en el ser humano un instinto de perfeccionamiento. ¿Usted acuerda con esto?
Lo que Freud plantea es simplemente romper un mito platónico que dice que la belleza, la verdad y el bien van juntos. Negar la idea de progreso es una estafa, no se puede confundir el progreso técnico. Un televisor en color es más complejo que el primer televisor y el primer televisor es más complejo que la radio, pero no quiere decir que mi vecino sea más complejo que Sócrates, no quiere decir que haya nacido alguien que tenga una cabeza tan bien armada como la de Hegel. Lo que niega Freud es la confusión que había, hasta la primera Guerra Mundial, entre progreso técnico y progreso de la humanidad como tal.

Freud expresa en “El porvenir de la terapia analítica”: “Suponed que si hubiéramos logrado encerrar en unas cuantas formulas sintéticas las distintas formas de neurosis nuestro pronóstico adquiriría mucha mayor seguridad.” ¿Sigue teniendo vigencia esta formulación freudiana?
Desde Newton, el ideal de la ciencia es liberarse de la percepción. Cuando se habla de la formalización de un campo se dice que el campo deja de depender de la percepción y empieza a desarrollar su capacidad, digamos su potencia alterna de coherencia, de explicación. La matemática no depende de la percepción, la astronomía tampoco. Ese es el ideal de toda ciencia, por eso es que yo digo qué tipo de teoría implica que uno crea que viendo, percibiendo cosas va a descubrir algo.

Volvamos a la formación del analista. ¿Hay saberes imprescindibles?
Freud pensaba en la certeza del propio inconsciente adquirida a través del análisis personal, y en ciertos saberes que hacen falta, pero que quizás no alcancen porque pueden servir para tapar todo. El inconsciente es un agujero de los saberes constituidos. Puedo decir cualquier cosa o dar una conferencia sobre algo, acostarme a dormir y tener un sueño que me revela alguna cosa respecto de mis intenciones, que no tiene nada que ver con lo que creía que era lo que estaba haciendo. El control es un poco como mantener abierta esta diferencia entre lo que se sabe como saber constituido o “saber sabido”, dice Lacan, y ese elemento que hay que mantener de ignorancia, de espera que induce a la búsqueda, cierto grado de insatisfacción. De lo contrario, analizar a alguien sería insoportable. Por eso Lacan inventó una escuela donde hay un análisis, hay una manera de verificar esos análisis, que sería el famoso pase, donde se induce a la gente a que haga control de su práctica, seminarios, etc. Son los tres polos que hay para la formación de un analista. Se espera que el que va a ser analista primero sepa algo de la doctrina, se haya analizado y que cuando empiece a practicar haga algún control simplemente para no envanecerse. Hay un problema y es que hay que tener cuidado con la práctica, porque es una cosa que adormece. Adormece al analista por lo que Lacan llama sujeto supuesto saber. El silencio del analista para el otro es un saber, y la palabra, siempre alguna cosa de la que el analizando no está muy seguro. Esto es algo que tiene que ver con la estructura transferencial misma, no está seguro si es una tontería o es algo tan sabio que él no puede entender. Quiere decir que la responsabilidad no se puede compartir con el paciente. Uno no le puede decir: “¿le parece que vamos bien?” Estás solo ahí, sos responsable. Los analistas estamos obsesionados por el objeto, qué goce te atraviesa, pero ser analista es aprender a hablar la lengua del paciente, aprender a plantear los conflictos en los términos en que él se los plantea, no como uno se los plantearía. Y, por otro lado, que la gente aprenda a contar su historia en términos que no son los de su familia es un paso grande en la vida. Hay un problema que no tiene que ver con el saber, es el problema del juicio, lo que Kant llamaba el juicio, la razón pura (que sería la formalización, etc.) y la razón práctica (las acciones que realizamos). Hay que tener un juicio, hay que decidir, hay un acto. Es el caso del corte de sesión o de la interpretación. O cuando alguien llama y dice: “estoy angustiado” ¿Por qué decirle “venga para aquí” o “lo veo la semana que viene”? Son decisiones; a veces salen bien y a veces no. Hay alguien que tiene que aprender a decidir, tiene que tener esa sutileza. El secreto del pase es que si a un analista le dicen que no pasa y realmente funciona como un analista, no le va a importar. En cambio, si queda dolido, tendrá que seguir analizándose porque no es analista. Un analista no depende de la aceptación o rechazo del otro, como no depende de la aceptación o rechazo de un paciente.
Versión no revisada por el entrevistado.
Una versión completa de esta entrevista podrá encontrarse en www.elsigma.com.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



   Otros artículos de este autor
 
» Imago Agenda Nº 118 | abril 2008 | El pasado como renovación permanente 
» Imago Agenda Nº 110 | junio 2007 | El milagro del síntoma 
» Imago Agenda Nº 105 | noviembre 2006 | El análisis de cualquiera 
» Imago Agenda Nº 99 | mayo 2006 | Freud, el arte sano 
» Imago Agenda Nº 96 | diciembre 2005 | Versiones del poder 
» Imago Agenda Nº 89 | abril 2005 | Secretos guardados, secretos perdidos 
» Imago Agenda Nº 85 | noviembre 2004 | Las siluetas 
» Imago Agenda Nº 84 | octubre 2004 | Oscar Masotta, veinticinco años después 
» Imago Agenda Nº 80 | junio 2004 | ¿Existe un discurso capitalista?  Icertidumbre y responsabilidad
» Imago Agenda Nº 70 | junio 2003 | ¡Viva la democracia porque si no...! 
» Imago Agenda Nº 63 | septiembre 2002 | La estructura libidinal del dinero 
» Imago Agenda Nº 58 | abril 2002 | Telegrama urgente  ¿Una encrucijada para el psicoanálisis?
» Imago Agenda Nº 53 | septiembre 2001 | Misteriosa Buenos Aires 

 

 
» AEAPG
Agenda de Seminarios a Distancia 2019  Comienzan en Agosto
 
» Centro Dos
Conferencias de los martes  martes 20:30 - entrada libre y gratuita
 
» Fundación Tiempo
Posgrados en Psicoanálisis con práctica analítica  Inicios mensuales. Duración: 12 meses.
 
» La Tercera
Seminarios y actividades 2019  Sábados, 10:30 - 14:00 hs. salvo donde se indica
 
» AEAPG
Curso Superior en Psicoanálisis con Niños y Adolescentes  Inscripción 2019
 
» Centro Dos
Seminarios Clínicos  Segundo cuatrimestre
 
» Centro Dos
Talleres Clínicos  Segundo cuatrimestre
 
» Centro Dos
Seminario 8 de Jacques Lacan  Segundo cuatrimestre
 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com