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   Memoria, historia, sentido

¿Hemos sido?
  Por Teodoro P. Lecman
   
 
Arthur Daane ya había pasado la librería hace algunos segundos, cuando se dio cuenta de que una palabra permanecía aferrada a sus pensamientos, Geschichte, historia, y que, mientras tanto, había traducido esa palabra a su lengua materna : geschiedenis, lo que le había dado un aura menos temible que el alemán. Se preguntó si era por causa de la última sílaba, nis, que significaba también «nido». Una curiosa palabrita, sin maldad ni agresividad como otros monosílabos, sino más bien tranquilizadora. Una palabra donde encontrar refugio, donde descubrir un objeto escondido. Inexistente en otras lenguas. Arthur Daane trató de desembarazarse de la palabra apurando el paso, pero era un esfuerzo inútil, sobre todo en aquella ciudad que estaba impregnada de ella. La palabra seguía agarrada. Las palabras le hacían eso los últimos tiempos, ése era el término exacto: se agarraban a él. Y se hacían oir. Aún cuando no las pronunciara en alta voz, las oía, a veces incluso le parecía que resonaban. Desde que se las desprendía del cordón de frases en el que habían tenido su lugar, adquirían, si uno era sensible a ello, un aura bastante terrible de extrañeza en la que era mejor no pensar demasiado, si no era el mundo entero el que tambaleaba.”

Hemos traducido todo un fragmento de una reciente novela1 por los inmejorables recursos de los que dispone un escritor para hacer presente una de las dimensiones de la memoria, la historia y el sentido, tal como se presentan a la subjetividad.
Ricoeur, a su vez, en su “La memoria, la historia, el olvido” parece introducir al olvido en esta tríada, sustituyendo al sentido. Es cierto, sin el olvido es imposible la memoria (por lo del block maravilloso) pero también porque el exceso de memoria, como en Funes el memorioso, puede enloquecer. En ese sentido, Ricoeur dice que prefirió no hacer una querella de la memoria del malestar (malestar del siglo XX) contra la historia. Nos enteramos aquí de que la historia puede perder o carecer de memoria. Memoria del malestar que dice es siempre individual.

¿Malestar el individuo, en la cultura? Ese malestar llega al diván y se pro-testa, se atestigua. ¿Pero quién levanta testimonio? ¿El analista, acaso? Hábiles lacanianos postmodernos, del linaje de los yernos, sentencian (como siempre lo hacen) que hay que pasar de la queja al síntoma. Sin embargo, ellos también protestan cuando los censuran (véanse las cartas de Miller)...
Se protesta también una firma, o un pagaré. Acá protestamos a Freud, y quizás lo olvidamos.
Porque ¿quién entiende eso del olvido de un olvido, o que se olvida lo que nunca se ha podido recordar? Absurdo en el que pongo mi firma. Signatura de Signorelli, pues, tras el flash repetido de su figura cubriendo el olvido del nombre, el señor la muerte destella en silencio. Olvido absoluto que nos hace hablativos, pero nos guarece en la letra (nido, nicho). Un poco más allá y yo no hubiera nacido (Lacan). Me praesente, estando yo presente, dice un ablativo absoluto latino. ¡En absoluto, m’ijo, contesta el Yo supremo, Superyó, con su braguero impresionante! Y nos encontramos allí tratando de cavar el mi-ser-rimo y absurdo sentido existencial con un poco de goce, robado como el pedigüeño del chiste freudiano del sistema del Otro, pasando el pescado antes que se pudra. ¿O ya podrido?

El viejo Freud nos decía, y lo recordábamos2 hace tiempo: el absurdo en el relato manifiesto del sueño es injuria, herida narcisista en el latente. Y lo abonaba con toda una serie de sueños de padre muerto (vom toten Vater), de totem quizás.
Totem y ta-te-ti, desde la sexualidad infantil, en una prodigiosa conjunción con el discurso de la historia que nos quita la memoria, el sentido nos desmaya, nos des-malla, hacia este presente sin fisuras, eterno, pero no como el instante kierkeegardiano, sino como la agonía del consumo, donde el analizante que golpea a nuestras puertas de analistas cree golpear ante las puertas de la Ley, para encontrarse con un guardián, tras el cual hay otro y otro, cada vez más enceguecedor. Hasta que somos olvido, y el resto de nuestro goce una estela en el mar. Pero hemos Sido, como llamaba su madre a Colette, Sidonie. Ya fuiste.

1. Noteboom, Cees, Le jour des morts, anticipo en http://www.liberation.com/livres/index.html
2. “Los sueños absurdos”, Actualidad Psicológica, Julio 1986.
 
 
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