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   Lectura

Los pequeños oficios de la escritura del psicoanálisis
  Los tres pilares de la primera página (última entrega)
   
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
Los dos perros del estilo
¿Qué analista no fue ganado, a cierta altura de su formación y aunque sea por lo que dura un suspiro, por la idea de leer a Freud cronológicamente? Me figuro que no debe haber ni uno de mi generación que haya pasado por alto las tres paginitas de “Carta sobre el bachillerato”, situadas en primer término en las Obras Completas traducidas por López-Ballesteros. Además de colmar las ilusiones estudiantiles de exhaustividad, el entrar por ese cuarto al gran edificio freudiano halagaba una lectura forzosamente retrospectiva. Las perplejidades que desvelaba y hacían mover pesadamente a Freud eran obstáculos ligeros para nosotros que conocíamos de memoria (habíamos memorizado para algún examen) la hoja de ruta completa. La teoría del trauma, la primera tópica, las teorías sexuales infantiles, el narcisismo, etc. no eran mojones de un camino que iba abriéndose, sino bolillas universitarias. En el simulacro de ir detrás de los pasos de Freud, la admiración se convertía de a ratos en impaciencia e incluso en complacencia. Una vez cruzado el portal hacia la “Carta sobre el bachillerato”, avanzábamos en puntas de pie para no sobresaltar al joven Sigismund que se divisaba bajo la lámpara de un modesto escritorio y, con la suficiencia de los que conocen lo que vendrá, lo espiábamos cargar la pluma y dirigirla a la página en blanco sin imaginarse que, en el automatismo escolar de ese movimiento, estaba inaugurando una extensa obra que trastocaría la subjetividad de Occidente.

El destinatario de la carta era Emil Fluss, amigo de la infancia residente en la ciudad de Friburgo; el tema, los exámenes finales de junio. Sigismund carga nuevamente la pluma y pasa al detalle: “La prueba de griego, para la que dieron un pasaje de 33 versos del Edipo rey, salió algo mejor: «bueno»; el único «bueno» que hubo.” ¡Ah, si supiera...!, decíamos para nuestros adentros, y la sonrisa paternal se nos estiraba más con la siguiente traza premonitoria: “Mi profesor me dijo, también –y es la primera persona que ha osado decirme tal cosa–, que yo tendría eso que Herder tan acertadamente ha llamado un estilo idiótico; es decir, un estilo que es al mismo tiempo correcto y característico. Quedé maravillado como corresponde por este hecho increíble, y me apresuro a difundir a los cuatro vientos un suceso tan feliz, el primero que me ocurre en su especie.” Lástima que el tierno espectáculo se malograba con un final de párrafo jactancioso. El muchachito de bigotes incipientes parecía saber más de la cuenta a propósito de su futuro: “Se lo comunico a usted que seguramente no sospechaba que ha estado carteándose con un estilista de la lengua alemana. Ahora, se lo aconsejo como amigo –no como parte interesada–: ¡consérvelas, átelas, guárdelas bien, que nunca se sabe!” ¿Quién se creía que era?, ¿cómo se atrevía a recomendar, aunque fuese en chiste, que guarden sus cartas como un tesoro? Quedábamos molestos, pero la nuestra era una sorpresa fingida. Como lectores emplazados un siglo más tarde, no nos correspondía el asombro, porque ya teníamos leída, en el Prólogo de la biografía de Freud debida a Ernest Jones, otra carta semejante escrita a los veintinueve años en la que, siendo todavía un don Nadie, se vanagloriaba del porvenir que lo aguardaba: “Acabo de realizar –le contaba a su prometida– algo que cierto grupo de personas aún no nacidas y ya condenadas a un destino aciago van a lamentar vivamente. Puesto que no puedes adivinar de quién se trata, te lo diré: me refiero a mis biógrafos. He destruido todos mis diarios de los últimos catorce años.”

Las palabras de Sartre eran y son la otra asociación ineludible. Aunque a los aprendices de psicoanálisis de los años setenta se nos aconsejó desatender los libros de Sartre que en la adolescencia habíamos admirado sin pudor, resultaba impracticable leer la “Carta sobre el bachillerato” ahuyentando completamente de la memoria las peripecias existenciales de Poulou con su ser-para-los-biógrafos. El niño Sartre, muy convencido de que se convertiría en alguien, había practicado la más descarada autopro-moción para luego desplomarse en un fatalismo mudo. Primero, con el objeto de educar a sus allegados como informantes locuaces de su futura biografía, creó escenas y afectó gestos estudiados que, a su entender, preanunciaban el signo de la grandeza: “Puse en ello un auténtico frenesí: elegí como porvenir un pasado de gran muerto y traté de vivir al revés. Entre los nueve y los diez años, me volví totalmente póstumo.” A los once, el plan se desbarata al cerrar L’Enfance des hommes illustres, un libro para niños acerca de la niñez de hombres notables que mostraba, a través de fábulas imaginarias, que los grandes destinos no vienen anunciados por avisos precoces; sino por borrosas miniaturas infantiles que recién se vuelven proféticas examinadas après-coup: “Esos niños vivían en el error; creían que actuaban y hablaban por azar cuando sus menores palabras tenían como auténtico fin anunciar su Destino. El autor y yo cambiábamos sonrisas enternecidas por encima de sus cabezas. Yo leía la vida de esos falsos mediocres como la había concebido Dios: empezando por el fin. Al principio estaba contentísimo: eran mis hermanos y su gloria sería la mía. Y después todo caía: me encontraba en el otro lado de la página, en el libro; (...) esta inquietud repentina, esta duda, este movimiento de los ojos y el cuello, ¿cómo lo interpretarían en 2013, cuando tuvieran las dos llaves que habían de abrirme: la obra y la muerte?”1

Desde luego, los fantasmas megalómanos de Poulou y Sigismund son de observación corriente; pertenecen al capítulo prospectivo de la novela familiar del neurótico. Cada vez que reaparecen, no nos electrifica la certeza de tener a un Freud o a un Sartre en ciernes echado en el diván. Hasta podría sospecharse que ni siquiera en Poulou y en Sigismund fueron algo más que improbables y vulgares ensueños de gloria de un francesito gurrumín y provinciano, y de un joven de familia de judía emigrante de la pobreza. Sin embargo, puede que no sea completamente inocuo el suponerse o no suponerse destinado a decir algo. La posibilidad de escribir con autoridad no surge, como querría la máxima de Boileau, automáticamente del nivel de formación alcanzado. El famoso caso del Hombre de los sesos frescos cuenta acerca de la imposibilidad de poner en circulación un texto que diga: “Aquí hablo yo”, por más que se cuente con sobrada educación y varios manuscritos guardados en los cajones. Apuesto a que “Los tres pilares de la primera página” no le hubiesen servido de gran ayuda a ese paciente de Ernst Kris (aunque quizás sí a Kris, para corroborar cómo ese sujeto horadaba los cimientos de su escritura). Lo admito sin afán de ventilar un autorreproche; nunca se prometió en este libro revisar el desprovisto estado actual de la teoría clínica de la sublimación y de las indentificaciones autorizantes. Que la primera página sea lo primero en el texto acabado, no implica que sea lo primero en la puesta en marcha de la escritura.

Retomemos, hecha la aclaración, el tema de cómo es que el estilo participa en la erección de la autoridad de la primera página. Según se vio en la entrega anterior, la autoridad de ciertos estilos es un efecto reconocible desde la temprana infancia, incluso sería previo al registro estético. Dejemos ahora este plano de la recepción del estilo del otro para pasar al de la producción del estilo propio. Lo que entonces se advierte es que esa instancia de la autoridad del estilo comienza a ejercerse deliberadamente a partir de la adolescencia, y no es raro que aparezca subordinando las exploraciones puramente estéticas. Es el caso de Freud. Al alcanzar la juventud, él había experimentado todas las dimensiones que enlazan el estilo al poder: la de la inclusión y la exclusividad, la de la rivalidad, la de la exclusión y la de la asociación.

inclusión / exclusividad ¿De quién es el estilo? Por una parte –y tanto más en aquellos estilos que distinguen a un autor del resto– es propiedad del que escribe. Baudelaire llegó a sostener que: “Toda floración es espontánea, individual. ¿Verdaderamente Signorelli generó a Miguel Ángel? ¿Acaso Perugino contenía a Rafael? El artista sólo depende de sí mismo. Sólo se garantiza a sí mismo [Il ne cautionne que lui-même]. Muere sin hijos.”2 En contraposición con los experimentos de Spallazani y Pasteur que mostraban que no hay generación espontánea en biología, Baudelaire afirmaba que no hay ascendencia ni descendencia en la vida de los estilos. Como se sabe, los estudios históricos y sociológicos hieren fieramente la pretensión de singularidad que Baudelaire, como último hijo del romanticismo, reclamaba para los artistas. Evidentemente, “La batalla de Cascina” (1504) de Miguel Ángel es otra cosa que “Los condenados” o “La resurrección de la carne”(1502) de Luca Signorelli, pero sus semejanzas son también innegables. Lo nuevo oscila entre el vacío de lo que no era y el pleno de la tradición simbólica vigente. Es precisamente un buen anudamiento de la inclusión con la exclusividad lo que el maestro de Sigismund encuentra cumplido en su alumno: un estilo que mantiene, a la vez, compostura a la regla y singularidad en el desvío (“es al mismo tiempo correcto y característico”). Este balance de la relación entre la convencionalidad de élite y el nombre propio será un bien que Freud nunca dejará de velar y medir.

rivalidad La autoridad de un estilo es inestable, siempre amenazada por la competencia de otras soluciones. “No son comparables entre sí, pero quieren destruirse recíprocamente”, dice de las poéticas el aforismo 47 de la Mínima moralia de Adorno. Una de las batallas de esta guerra interminable es la que se produjo en el sueño en que Freud agravia el estilo de un rival, desca-lificándolo con el neologismo norekdal: “Una vez que un colega me remitió un trabajo suyo en el que, a mi juicio, se concedía valor exagerado a un moderno descubrimiento fisiológico y, sobre todo, se trataba de él en términos harto ampulosos, soñé a la noche siguiente una frase que indudablemente se refería a dicho trabajo. Esta frase era: «Es éste un estilo verdaderamente norekdal». La solución de este producto verbal me resultó al principio difícil. No cabía duda de que se había formado en calidad de parodia de superlativos tales como «colosal» y «piramidal», pero no era fácil adivinar de dónde procedía. Por fin quedó dividido este monstruo verbal en los nombres Nora y Ekdal, que son los de dos personajes de dos conocidas obras de Ibsen. Poco tiempo antes había leído un artículo periodístico sobre Ibsen, original del mismo autor, cuya última obra criticaba en mi sueño.” Es un sueño de 1898, de cuando Freud era un cuarentón, ya se llamaba Sigmund y estaba concentrado en darle forma a la Interpretación de los sueños, evidentemente ni él ni su oponente son jovencitos; sin embargo, se trata de un juego que había practicado largamente en la adolescencia y sin necesidad de cerrar los ojos. Robert de Saint Jean, compañero de promoción de J. Lacan en el colegio Stanislas, retuvo una anécdota que muestra la dureza que, a esa edad, alcanzan las lides del estilo entre pares: “Lacan intimidaba hasta a sus maestros. Primero en todo. (...) Una sola vez se vio, en una disertación, superado por un rival al que declaró con desapego: «Claro, has ganado, ¡escribes como Madame Sévigné!»”3 En los manifiestos artísticos, en cambio, los dardos acostumbra apuntar al estilo de la generación anterior; Louis Aragon escribió en su Tratado del estilo: “Lo que es cierto de Mademoiselle Stein, no lo es menos en Monsieur Valéry [ambos ‘cretinizan’ las ciencias]. Me alegro mucho de esta combinación, en que la señora es un poco tonta y el tipo se pasa de listo.” y más adelante: “André Gide no es ni un pinche ni un payaso: es más bien un pajero. Además se cree Goethe. Es decir querría ser gracioso.”4 Uno de los modos más exquisitos de atacar la generación anterior es el de arremeter contra su propio parricidio; así, el joven Leibniz escribió la Disertación sobre el estilo filosófico de Nizolio haciendo suyo el grueso de las críticas que los modernos dirigían a los escolásticos, pero simultáneamente se distanciaba de los primeros acusándolos de practicar ensañamiento.5

exclusión Pero más acá del empeño de restar autoridad a pares y antecesores, está la exclusión cierta y más severa que le toca al paria de la cultura. Si es arriesgado escribir con un estilo inoportuno en el campo de las rivalidades (el peligro de ser un kleiniano neobarroco o un lacaniano minimalista), tanto más perjudicial para la autoridad de la primera página es mostrar un dominio enclenque de la lengua universitaria. Al respecto, Sigismund, alumno del Gimnasio Real Superior de Leopoldstadt de Viena, sabía que Emil Fluss, oficial tintorero que había tenido que suspender su educación formal, no era rival para él. Esa disparidad lo entristecía y agrandaba: se convirtió en su maestro a distancia. Las frases de modestia de la “Carta sobre el bachillerato” (“es la primera persona que ha osado decirme”, “este hecho increíble”, “no como parte interesada”) eran simulación; desde hacía meses el futuro bachiller venía alardeando ante el tintorero a propósito de su pluma. En febrero le había escrito: “En su carta hay una frase tan modesta, tan sencilla e inofensiva que yo la considero, no obstante, como la más rica en contenido que usted jamás haya escrito: ‘El otro día fui al hielo, ella también’. ¿Es posible que un historiador se exprese con más objetividad? Sin embargo, ¡las muchas cosas que hay detrás de esto! Permítame describir el acontecimiento ...” A este comentario fraterno sigue una solución presuntuosa que transformaba esas ocho palabras de Emil en un párrafo de sesenta y dos. El 17 de marzo se despedía de esta forma: “Debo terminar mi carta (...) tengo que leer algunas cosas de los clásicos griegos y latinos, entre ellas el Edipo rey de Sófocles. Usted se pierde muchas cosas edificantes si no puede leer todo esto, aunque así se conserva aquella alegría que tanto me conforta en sus cartas.” Lo que no impidió que la siguiente carta abriera con una parodia del “estilo cortesano bizantino” para enterarlo de las condiciones meteorológicas de Viena y de que la gente educada se recrea con otras alegrías.

Pero a nuestro joven héroe no lo esperaban únicamente felicitaciones y nuevos éxitos. Como se recordará, la Psicopatología de la vida cotidiana cuenta acerca de un golpe que cobró su vanidad de estilista cuando quiso compartir la originalidad del estilo de otro: “Era tal libro, titulado Sobre el idioma, obra de un autor cuyo ingenioso y vivo estilo es muy de mi gusto y cuyas opiniones sobre psicología e historia de la civilización estimo altamente. Tengo la costumbre de prestar a mis amigos obras de este autor para su provecho intelectual, y en una ocasión me dijo uno de ellos al devolverme el libro prestado: ‘El estilo me recuerda mucho el de usted, y también la manera de pensar es la misma en ambos.’ (...) Influido por esta observación, escribí a dicho autor una carta en la que solicitaba entrar en relación más íntima con él; pero una fría contestación me hizo volver a mi puesto.” Lo mismo iba a sucederle a Poulou cuando escribió a Courteline. Se despidió firmando “su futuro amigo” y jamás obtuvo respuesta; “Eso no se le hace a un niño”, despotricaría el abuelo. Jacques-Alain Miller que, de creerle a Althusser, fue un joven muy susceptible de la posibilidad de ser plagiado,6 describió recientemente la dinámica usual de estos amores no correspondidos a la escritura ajena: “Hecho clínico probado: siempre es el plagiario quien odia al plagiado. Si plagia, en efecto, es porque el otro le sacó las palabras de la boca antes que pudiera pronunciarlas; el otro es el ladrón, el otro es el descarado que pretende ser el único –único en pensar lo que piensa, cuando somos al menos dos. ¿Lo dijo antes? ¿Qué tiene que ver el tiempo con la verdad (o con la belleza cuando se trata del arte)? El plagiado siempre tiene la culpa.”7

asociación Afortunadamente, no todo es desautorización del rival, exclusión del paria y antropoplagia; también están el aliento y la supervisión de los mayores (los de Breuer y el maestro del Leopoldstadt para Freud, los del abuelo materno para Poulou, los de Pound para T. S. Eliot, los de Rosenblum para W. Allen, etc.) y la cooperación de los iguales. Con respecto a esto último, Freud no tuvo que esperar a Fliess, antes contó con Eduard Silberstein, uno de sus condiscípulos del Leopoldstadt. En la medida en que Silberstein no era el buen salvaje de Fluss sino un igual en las letras, en sus cartas quedaron completamente descartados el tono remilgado y los ejercicios de estilo para principiante. Quizás la carta del 13 de agosto del ’74 es la que mejor contrasta con las enviadas a Fluss por la misma fecha. Nada más lejano a un cursito de retórica por correspondencia; leemos una escritura experimental estructurada como un edificio “de tres pisos sin escaleras”, en alemán, castellano, inglés, francés, griego y latín, con comentarios acerca de Helmholtz, el Sartor Resartus de Thomas Carlyle y la Ética a Nicómaco, va dirigida a “Berganza” y lleva la firma de “Cipión” –nombres de pluma que habían tomado de los dos protagonistas de El coloquio de los perros de Cervantes–. Aunque vivían en la misma ciudad, mantuvieron abundante correspondencia porque no se trataba de salvar distancias gracias al correo, sino de tener un dispositivo para practicar musculación estilística ante el espejo que uno le ofrecía el otro. Como Berganza y Cipión, ellos no paran de asombrarse y felicitarse por el descubrimiento de que se les ha sido dado el don de la palabra. Ni del todo arte ni del todo ciencia, el psicoanálisis consiguió hacerse escuchar en gran parte del mundo y nunca sabremos cuánto le debe esa incidencia a la educación estilística y a las ideas de grandeza que colegios como el Leopold-stadt, el Stanislas y la École Normale Supérieure imprimen a sus alumnos estrella.

Un poco más arriba vimos que Miller parece reunir y a la vez separar verdad y belleza –“¿Que tiene que ver el tiempo con la verdad (o con la belleza cuando se trata del arte)?”–.
¿Cómo debería leerse esa «o» cuando lo que cuenta es pronunciar la verdad en un texto analítico? Sin duda como una «o» incluyente. De ahí mi insistencia de hablar si no de arte, al menos de oficios con respecto a la escritura analítica. Como esa matemática y ese arte bastardo que es la arquitectura, el psicoanálisis se ocupa de pero no se agota en el juego de los significantes, y tampoco pide trasmitirse en un estilo único –como el joven Leibniz lo quería para la filosofía–, sino en estilos que satisfagan las tres condiciones que Marco Vitruvio reclamaba a los edificios: firmitatis, utilitatis, venustatis (solidez, funcionalidad y deleite).

Llegamos a la última página de estas diecisiete entregas. Espero que, desde sus diversos ángulos y aplicaciones, se haya puesto en evidencia cierta preceptiva mínima que los textos que interesan del psicoanálisis parecen obedecer. Primero, que en la primera página se debe hacer algo más que carraspear para aclararse la voz, puesto que escribir no es hablar. Segundo, que su armado reclama intervenciones enunciativas que serían inútiles y hasta contraproducentes en una sesión, puesto que cuando un analista escribe no tiene en análisis a los lectores. Tercero, que nada es más fácil que desentenderse de estos cálculos, invocando algún espotaneismo liberador y, sin embargo, no es esa la dirección que toman los analistas que verdaderamente leemos. Y, por último, que toda primera página es una promesa, de manera que su valor está arrojado al futuro: ningún arte la salvará de malograrse si el texto que estrena no cumple después lo que ella ofrece. Salvo raras excepciones, el tema anunciado no debe abandonarse; el interés del lector debe mantenerse despierto, y la voz que abre debe mantenerse idéntica hasta el cierre. De allí que no hay que amar demasiado la primera página: cuando queda muy por encima de las que la siguen, lo que se ha escrito es una estafa.

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* banos@inea.com.ar
1. Sartre, Jean-Paul [1964], Las palabras, Losada, Bs. As., pp. 125-127.
2. Baudelaire, C., Curiosités ésthétiques, cit, en Ginzburg, Carlo [1998], Ojazos de madera: Nueve reflexiones sobre la distancia, Península, Barcelona, 2000, p. 166.
3. Cit. en Roudinesco, E., [1993], Lacan, F.C.E., Bs. As., 1994, p. 32.
4. Aragon, L., [1928], Tratado de estilo, Ardora, Madrid, 1994, p. 97 y p. 29.
5. Ver Cap. XXV: “La maledicencia ha de evitarse en los escritos filosóficos” de Leibniz, Gottfried W. [1670], Disertación sobre el estilo filosófico de Nizolio, Tecnos, Madrid, 1993.
6. Cf. Althusser, L., [1992], El porvenir es largo, Espasa Calpe-Destino, Bs. As., 1993, pp. 278-81.
7. Miller, Jacques-Alain, “Carta clara como el día por los veinte años de la muerte de Jacques Lacan”, EOL, Bs. As., 2001, p. 31.
 
 
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