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   La ley y el psicoanálisis

Cuerpo de ley (1)
  Por David kreszes
   
 
1. La ley y el bando. Los atentados del 11 de setiembre han hecho dramáticamente actual –no digo verdadero– el planteo de Agamben2 de considerar la lógica del campo de concentración como nómos de la modernidad, y la idea de que todos somos virtualmente homines sacri, hombres sacros, habitantes del universo concentracionario. Su hipótesis es lo suficientemente perturbadora para que merezca ser discutida, sobre todo cuando además afirma que el bando soberano es la raíz primera y la culminación de toda ley, es decir, que la verdadera estructura de la ley es la del bando.

Afirmaciones todas que lo llevan a proponer una acción política concreta –destinada a salir de las paradojas de la soberanía–, enmarcada en un más allá de la ley. La discusión de los planteos de Agamben nos debería acercar a la formulación de una política de la lengua que esté a la altura de las conclusiones a las que lleguemos.

Agamben propone considerar la leyenda “Ante la ley” de Kafka como una representación ejemplar de la estructura del bando soberano. Quiero proponer otro relato, el cual, a mi criterio, escenifica la estructura radicalmente heterogénea de la ley, y por lo tanto imposible de hacer coincidir con la del bando. La propuesta es que consideremos las distintas versiones que comenta Gershom Scholem acerca de la experiencia del pueblo de Israel en la recepción de los Diez Mandamientos, de la misma manera en que Freud toma en cuenta distintas versiones de un sueño: la disyunción “o bien... o bien” se tornará conjunción paradojal.

Hay una pregunta que Scholem3 intenta responder: ¿qué es lo que realmente el pueblo hebreo escuchó en el desierto? Recoge comentarios de distintos cabalistas. Según algunos, todos los mandamientos le fueron comunicados por el medio ininterrumpido de la voz divina. Otros cuentan que, en realidad, el pueblo solamente alcanzó a escuchar los dos primeros mandamientos, pero que a partir de allí, la fuerza tremenda de la voz portentosa de la divinidad fue tan insoportable que no pudo escuchar nada más. Ambas versiones ubican el lugar del bando soberano: un trauma inabordable, una voz ininterrumpida que imposibilita, que no hace lugar al sujeto, cuyo topos –el del sujeto– es justamente inters-ticial. Pero Scholem toma además otra versión que dice que todo lo que les fue revelado no fue sino el álef. La consonante álef sólo representa en hebreo el movimiento inicial de la laringe que precede a una vocal a principio de palabra. Escuchar el álef no significa propiamente nada; representa, para Scholem, la transición a cualquier lenguaje comprensible. Concluye Scholem: “Pero el elemento verdaderamente divino de esta revelación, aquella portentosa álef, no era suficiente en sí mismo para expresar el mensaje divino y no pudo como tal ser soportado por la comunidad. Sólo el profeta [Moisés] estaba llamado a explicar a la comunidad el significado de esa voz inarticulada”.4

Aquí introduce Scholem la necesidad de un mediador, de un intérprete, de un lector que, en respuesta al llamado, torsione el álef –ese álef sin sentido, esa vigencia sin significado– en los Diez mandamientos; alguien que haga pasar lo inarticulado de la voz al plano de la articulación significante. Lo que demuestra Scholem es que la enunciación de la ley supone la puesta en juego de una soberanía, que, en el mismo instante en que se despliega, se autoatraviesa. ¿Por qué? Porque es una soberanía que le da la palabra al sujeto. Ese álef, conjeturo, debe ser homologado a un tú debes interpelante implícito en la enunciación de la ley.

Entonces: la ley expone al sujeto al golpe –bando soberano–, objetaliza, pero, al mismo tiempo, performativamente, produce sujeto; porque “el tú” golpea pero llama, golpea pero invoca al sujeto, le dona la palabra. Tenemos aquí una suerte de declinación de la violencia, tanto en el sentido de lo que se despliega según variaciones, como de lo que decae. Hay en la enunciación de la ley una violencia que no le hace lugar al sujeto, que no lo toma en cuenta o en la cuenta; y una violencia condición, una violencia silenciosa, un álef inarticulado pero interpelante, una violencia que obliga al sujeto a comparecer... y a interpretar.

2. Ley y recorrido pulsional. Para Agamben, la aportación específica de la ley es un cuerpo biopolítico, el homo sacer. Desde el punto de vista que sostengo, la soberanía paradojal inherente a la enunciación de la ley produce un cuerpo pulsional, cuerpo de ley, voz y mirada intrincadas que interpelan al sujeto haciéndolo emerger.

Para Lacan, “las pulsiones son el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir”5. La ley se dice, y se dice habitualmente en imperativo, el modo activo del lenguaje por excelencia. Las prescripciones de la ley –tanto las positivas como las negativas (las prohibiciones)– se despliegan “imperati-vamente”.
En gramática el imperativo expresa exhortación, mandato o ruego dirigidos a otra persona, de la cual depende que la acción se realice o no. Resulta interesante que se incluya al imperativo en lo que se denomina la función apelativa del lenguaje, en tanto que, lo comentaremos enseguida, el imperativo puede perfectamente excluir el llamado que lo apelativo comporta.

El imperativo como tal no tiene sino dos formas, precisamente correspondientes a la segunda persona, una para el singular y otra para el plural. Sin embargo, los libros de gramática afirman que hay múltiples maneras en que se puede poner a jugar una enunciación imperativa sin que la segunda persona esté implicada. Mencionaré tres:

Función imperativa de los verboides (formas no verbales, carentes de flexión de número y persona): infinitivo (¡Comer!) y gerundio (¡Saliendo!). El participio (oído u oyente) casi no admite una función imperativa (Ej.: Maestro que dice a sus alumnos: ¡Callados!)
Función imperativa del infinitivo reflexivo impersonal en frases unimembres: ¡Levantarse!
Función imperativa de las frases unimembres: ¡Ni una palabra!

Concluimos entonces que naturalmente el imperativo no necesariamente comporta llamado. La articulación, el entretejido entre imperativo y llamado es lo que especifica en sentido fuerte el orden de la ley, siendo ésta una operación artificial –es decir, propia del campo del habla- que ponemos a la cuenta del nombre del padre, de la función paterna.
Introducidos estos comentarios con la ayuda de la gramática, abordaremos dicha operación artificial en el campo pulsional. Se dice que la letra con sangre entra. Diremos que la ley con voz entra; resuena aquí tanto lo ininterrumpido de la voz, encarnando el plano del bando soberano, como el apelativo vos que hace presente el llamado, la cita del sujeto –por lo menos en nuestra lengua.

En “Pulsiones y sus destinos”, Freud describe un recorrido para la pulsión sadomasoquista al que nombra como la vuelta contra sí mismo. Sólo la finalización de dicho recorrido, en clave de gramática pulsional, permitirá el surgimiento del sujeto como “punto final de la imputación legal” en términos kelsenianos. El sujeto devendrá entonces un destino pulsional.

Transpondremos el pegar, pegarse, ser pegado (hacerse pegar lacaniano) en términos de la pulsión invocante: oír, oírse, ser oído (hacerse oír).
I. Oír. Es el tiempo correspondiente al momento lógico del encuentro entre el lenguaje –en su función activa– y el viviente. Un viviente –sujeto mítico de la necesidad– recibe el golpe del significante. No hay sujeto que oiga, sólo se trata de la marca –todavía no marca borrada– que en el viviente inicia el recorrido pulsional. Recordemos aquí la posible función imperativa del infinitivo, en este caso del oír. ¿Qué es lo que este verboide prescribe, si no se trata aquí del sujeto?

II. Oírse. Emergencia del Es, del Ello freudiano. Es el tiempo autoerótico por excelencia, el de la erogeneización de la ley. Al no producirse en este tiempo la articulación entre Ello e Inconciente sólo podemos hablar de puro placer de órgano. Alberto Marchilli aclara pertinentemente: “...en este oírse, que tiene el se del impersonal, es el Ello el que silenciosamente se oye6. Lo imperativo de la ley goza; es la ley en tanto imperativo que se oye. Se trata del freudiano masoquismo erógeno, primario.
La “vuelta contra sí mismo”, el oír seguido del oírse, dice de un movimiento que anticipa, aunque no garantiza, una salida del goce mudo del ser: marca el camino de la prescripción del ser a la cita performativa del sujeto.

III. Hacerse oír. Se completa el recorrido pulsional. Es una vuelta en tour al punto de partida pero que implica el borramiento de la huella. La huella borrada que supone una pérdida de goce es el resultado de la torsión de la voz ininterrumpida que permite la extracción del significante inscribiendo la pérdida del objeto –la voz imperativa del padre– y haciendo lugar al sujeto como respuesta de lo real a la llamada interpelativa. La pulsión se vuelve psíquica produciéndose una recuperación del goce –imposible para el sujeto–de la voz del padre vía masoquismo moral. El tercer tiempo de la pulsión anuda imperativo y llamado, pone en juego un Tú debes... y un Tú eres.... El imperativo impersonal de los dos primeros tiempos se torsiona en mandato (como delegación), siendo la fantasía su interpretación renegatoria.

Entonces, si recordamos los planteos de Agamben discutidos al comienzo, de ninguna manera acordamos con un más allá de la ley como política, sino con una apuesta al imposible y paradojal entrelazamiento entre imperativo y llamado. Un nombre para esta apuesta tal vez pueda ser aquel que singulariza la convocatoria por la que estamos hoy reunidos: Deseo de Ley.

1. Extracto de la intervención del autor en el Primer Coloquio Internacional Deseo de Ley.
2. Agamben, G., Homo Sacer, El poder soberano y la nuda vida, Pre-textos, Valencia, 1998.
3. Scholem, G., La cábala y su simbolismo, Siglo XXI editores, Madrid, 1978.
4. Op. cit., p. 34.
5. Lacan, J., El Sinthome, inédito.
6. Marchilli, A., “El fantasma y lo invocante”, en Conjetural 9, Ediciones Sitio, Bs. As., 1985.
 
 
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