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   La ley y el psicoanálisis

Culpa, pena y asentimiento subjetivo en el sistema jurídico penal
  Por Marta Gerez Ambertín
   
 
Enmarcamiento y objetivos de la investigación. La investigación que dirijo –con un equipo integrado por Oscar Sarrulle (Juez Federal) y los psicoanalistas Elena Elmiger, Gabriela Abad, Alfredo Carol, Susana Medina y Susana Cerrizuela– es financiada por el Consejo de Investigaciones de la Universidad Nacional de Tucumán y por el CONICET.
La investigación, intersectando el discurso jurídico con el psicoanalítico, se propone dar respuestas, con las herramientas metodológicas de la semiosis social, el psicoanálisis y la teoría crítica del derecho penal, a las cuestiones referidas a la responsabilidad, la culpa y la penalización.

Dos hipótesis orientan la búsqueda y determinan la lógica del procedimiento:
La sanción penal es necesaria tanto porque así lo establece el sistema jurídico-penal, como por la estructura del sujeto, la cual es, también, resultado de la inscripción de la ley que preside el lazo social.
La culpa es un saber sobre la ley que permite al sujeto reconocer consciente e inconscientemente su relación con lo permitido y lo prohibido.

1.- El sujeto ante la ley: culpa e inconsciente. Planteadas las hipótesis sustantivas es preciso resaltar que la inscripción de la ley delimita el contorno de lo prohibido, hace posible la conformación de la sociedad y de la subjetividad. Permite el sostenimiento del lazo social y regula ese lazo, pero, como nada es gratuito, el don que otorga la ley deja como lastre –por su paradojal inconsistencia– una deuda y una tentación. Una deuda simbólica que es preciso pagar respetando la ley –de la cual el sujeto es responsable–, pero también una tentación a trasponer los límites de lo prohibido, es decir, culpa y goce.
El costo por condescender a la atracción por lo interdicto demarcado por la ley es el de una humanidad culpable, implicada en esa atracción siempre renovada por lo prohibido. Crímenes capitales, incesto y parricidio, y sus sucedáneos marcan un límite. Sin embargo, aunque esto pacifica a los humanos, no deja de provocarles la inquietante fascinación por abismarse más allá de ese límite.

El discurso jurídico no queda fuera de la pregunta por lo prohibido, precisamente, es la dogmática penal la que da cuenta de los actos sancionados con penas. La cuestión de la culpa y lo prohibido concentran la atención del discurso jurídico y psicoanalítico, pero es preciso que logren crear un espacio de operación conjunta.
La puesta en serie de dos categorías nos permite trabajar en dicho espacio, son las de culpa e inconsciente que, a su vez, han de confrontarse con la de sanción penal.

La culpa, entendida como la falta de la que el sujeto es de una u otra manera responsable, ubica al sujeto bajo la mirada y el juicio del Otro. La culpabilidad supone declararse: atestiguar una falta y recibir el juicio condenatorio o absolutorio del Otro. En suma, ubicarse en el lugar del acusado, del reo (reus), que llamativamente deriva de reor que es contar: “reo” es el que cuenta y da cuenta de su acto a través de la palabra y el que contabiliza sus faltas.
Pero es preciso delimitar más dicha categoría: La culpa es la marca de la ley que deja su rastro en el sujeto como falta por la tentación que la causa. El inconsciente, en tanto, revela la división del sujeto que se dirime permanentemente entre el deseo por lo prohibido y el acatamiento de la ley que excluye lo prohibido, deambula siempre por un juego de transacción interminable que se manifiesta tanto en la vida diurna como en los sueños, olvidos, descuidos, inhibiciones, síntomas, torpezas en el decir y el hacer; en suma, deslices entre los desfiladeros de lo prohibido y lo permitido. Quizás por esto Freud define al inconsciente como un sistema sometido a leyes.

El inconsciente revela esa dimensión legislada que acata la ley edípica –incesto y parricidio– al mismo tiempo que intenta ponerla en negativo para franquear su frontera. Allí, inconsciente y culpa se enlazan. Lacan puntualizará que el inconsciente no puede dejar de contar, cuenta las faltas (las culpas) y, en ese sentido, saca cuentas de lo que le debe al Otro, al mismo tiempo que semi-cuenta los secretos de sus deseos prohibidos.
El inconsciente “está estructurado como un lenguaje”, es decir, sometido –como todo lenguaje– a un sistema de leyes que regulan el acceso a lo prohibido y lo permitido. Inconsciente, ley y prohibición marchan mancomunados: la ley que inscribe lo prohibido funda la palabra, el deseo, el sujeto del inconsciente, el sujeto de la culpa y del goce.

En función de esa ley, y las trazas en torno a los bordes de lo prohibido, circula tanto el sujeto como las instituciones y la sociedad toda. No sólo el inconsciente, sino también la culpa están estructurados como un lenguaje, esto es, instituidos y legislados. Inconsciente y culpa están íntimamente enlazados al discurso fundador de la ley, sin ésta carecen de consistencia en lo imaginario, de insistencia en lo simbólico y de existencia en lo real.
Al respecto, es preciso resaltar que Lacan debió renunciar al proyecto de ubicar al psicoanálisis como “ciencia conjetural” que planteaba al sujeto como enteramente calculable a partir de la teoría de los juegos. Y es que al abordar al evanescente sujeto del inconsciente como incalculable (pero sí legislado desde su peculiar lógica), se enfrentó con su inconmensurabilidad, ya que la división del sujeto y lo inautenticable del Otro revela que no es posible la integración del sujeto con la ciencia, a la vez que señala el camino de la investigación en psicoanálisis: ir en procura del sujeto de la enunciación, aquél mismo que ha sido forcluido por la ciencia.

2.- Subjetivación de la ley según el jurista y el psicoanalista. El procedimiento jurídico se propone objetivar todo acto prohibido para la ley positiva para dar cuenta de su antijuridicidad. Pero es notorio que no puede desdeñarse un desarrollo acerca de la causalidad que vincula al sujeto con las categorías lingüísticas del derecho; en suma, cómo se inscribe la letra de la legalidad en cada sujeto. Es ese el ámbito del encuentro posible entre psicoanálisis y derecho.
¿Cuál es el lugar que le cabe a la subjetividad en ese acto que el discurso jurídico se propone objetivar?

En nuestra época se multiplican los intentos por desalojar de las ciencias “¿humanas?” al sujeto. Extrañamente, y a más de cien años de La interpretación de los sueños ciertas “cientificidades” pugnan por hacer lugar sólo al individuo autómata, ése al que los “ingenieros del deseo” pretenden re-programar sin obstáculos. Nada se quiere saber o escuchar de la opacidad del sujeto del deseo y de la enunciación, de ese ser vacilante por la condición misma de habitar y ser habitado por el lenguaje. La exigencia es que sus actos sean transparentes, previsibles y obedientes. No importa que el precio que por ello se pague sea el pasaje al acto que implica la desubjetivización de un sujeto que se pretende, a ese costo, objetalizar.

Pero el crimen, que hace su travesía hacia dentro mismo del campo de lo prohibido, precisa un sistema simbólico-normativo que de cuenta de su realidad concreta desde el marco de la ley que funda y respalda toda sociedad, ley inscripta en las estructuras que se transmiten inconscientemente por el lenguaje.
Toda sociedad precisa contar con este dispositivo que delimita lo prohibido, ya que sin él se destruiría. Quienquiera que cometa un crimen no hace un simple acto individual, su acto sacude al lazo social en su totalidad.

Nuevamente aquí han de encontrarse el discurso psicoanalítico y el jurídico. Si bien el psicoanalista se preocupa por la subjetivación del crimen, no deja de interrogarse por la objetivación del crimen. Allí se encuentra con la preocupación del jurista quien atiende las formas legales que declaran la antijuridicidad de un acto, pero también considera importante atender a una semiosis de las formas culturales por las que se comunica a la subjetividad la cuestión de lo prohibido, y cómo esta puede dar cuenta de ello.
Juzgar a alguien como culpable no es sino dirigirle la semiosis del discurso de las formas –ligadas a las estructuras de la ley y a las fallas de la ley– gracias a la cual todo sujeto está aprehendido y castigado por adelantado. En ese sentido la culpabilidad subjetiva no es sino el resultado de la traza de la ley y el lenguaje que necesariamente se inscribe en todo sujeto. Esto no implica desconocer que la manera en que se juega esa inscripción en cada subjetividad tiene infinitas coartadas, y por eso es preciso saber escuchar. Así, el análisis del discurso del expediente judicial se hace “caso por caso”, y no puede reducirse a una generalidad salvo en lo que concierne al andamiaje administrativo.

El armazón estructural del principio de la ley simbólica –a pesar de su inconsistencia– gobierna a la vez lo institucional puramente social y lo institucional subjetivo. Acaso convenga resaltar lo de “institucional subjetivo”, porque el sujeto, como sujeto del inconsciente y sujeto del lenguaje, está amarrado a una legalidad.

Esto tiene vital incidencia en la cuestión de la culpabilidad donde se entrecruzan lo institucional social y lo institucional subjetivo, ya que la culpabilidad subjetiva es una respuesta al andamiaje de la ley que responde a la función del Nombre del Padre.

Visto así un homicidio, por ejemplo, debería ser abordado en tres dimensiones:
– el culpable, que desborda los límites de la ley que regula la lógica de lo prohibido.
– el criminal, que es juzgado y condenado por el derecho que así objetiviza el crimen.
– el asentimiento del responsable, esto es, el culpable y condenado puede subjetivizar su acto responsabilizándose por él.
Con lo cual es preciso que se constituyan tres tribunales, que en principio deberían actuar coordinadamente:
– el foro interno (del culpable). De él se ocuparía el psicoanalista.
– el foro externo implementado por el aparato judicial. De él se ocuparía el juez.
– el foro interno-externo: el responsable que subjetiviza el crimen y da respuestas a lo social. De él se ocuparían tanto el psicoanalista como el juez.
 
 
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