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   Lectura

Los pequeños oficios de la escritura del psicoanálisis
  Tres pilares de la primera página (décimosexta entrega)
   
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
Los dos niños del estilo
¿Qué es el estilo? La pregunta es tan inmensa que vale regionalizarla en otras menos pretenciosas; como la que se limita a responder de quién es el estilo. ¿Es del sujeto?, ¿es una marca que, a modo de codicilo, tatúa el yo escribiente sin que éste lo sepa? ¿O es del reflejo, de los reflejos epigonales con que el yo se hace al grupo? ¿O es de la subjetivación, entendida como magma de separación y alienación, confrontación y simpatía, constatación e invento? Acerca de estas tres declinaciones posibles sobre el dominio del estilo, Oscar Steimberg propone “un paradigma de definiciones narrativas de la condición estilística: en un caso el estilo es un destino, trágico y solitario; en otro, es una apuesta de juego compartible y con perspectivas de complementación armónica; en otro, un bien escaso, a robar y defender, de distanciada pero mortal adherencia a la condición del existir.”1 Las consideraciones que haré a continuación a propósito del estilo como recurso, como oficio de la primera página para erigir la autoridad (el valor fálico) del autor, solamente podrán tener algún valor en el marco de la tercera posibilidad enumerada, la del estilo como bien escaso.

Hecha esta necesaria advertencia teórica, permítaseme ahora situar por la vía más brusca, la de la anécdota, cómo es que la flor del estilo, ligada electivamente al ramillete de la belleza, entra en el jarrón de las cuestiones del poder y la autoridad del texto analítico. Mientras preparaba estas notas descubrí, en una vieja revista guardada en la biblioteca, el artículo de un colega que conozco desde hace poco y cuyo pensamiento aprendí a estimar, y me extrañó ver que las marcas de lectura no iban más allá del par de párrafos iniciales. En la época en que se publicó, yo esperaba con atención la aparición de los números de esa revista y el tema del artículo estaba entre los que acaparaban mi interés. Me propuse releerlo, intrigado por esa indiferencia y pronto entendí que el estilo tuvo que haber representado un obstáculo invencible. En esos tiempos no tenía idea de quién era el que firmaba y concluí precipitadamente que nadie interesante podía estar detrás de eso, que seguramente nada original podía venir de alguien que tuviese una relación tan incómoda o descuidada con el lenguaje. Comenzaba así:
“Un aspecto del Malestar en la Cultura se articula, a la presencia, la existencia, de las manifestaciones de la ciencia. Dicha presencia de la “ciencia objetivada”, de objetos forjados enteramente por la ciencia, se refiere a “esos trastitos, aparatitos”, que al decir de Lacan “ocupan el mismo lugar que nosotros”. Es justamente, respecto de este lugar, que se articula una pregunta. En el mundo ha ocurrido esta emergencia, ¿qué es lo que puede dar cuenta del alcance de la ciencia ...?”

Esa secuencia de rimas (tura-cula; sencia-tencia-ciencia-sencia-ciencia; usta-ugar-ula-unta-undo-ocurr; gencia-ance-ciencia) había desbaratado mi buena predisposición. Y se trataba de rimas deliberadas; por entonces era corriente denostar las ilusiones de transparencia del lenguaje exagerando su materialidad. Lacan era el gran ejemplo del saber decir algo de la teoría a través del estilo: con él, las formas sumaban una condición proposicional; pero la solución alcanzada en este caso en particular rebajaba esos hábitos del primer lacanismo a la insipidez. Hoy, después de leer el artículo completo, admito que vale la pena (¡precisamente por eso tiene sentido discutir la construcción de su primera página!); sin embargo, no dejo de pensar que abusa de la buena voluntad de los lectores y confieso que, de haber seguido sin conocer personalmente al autor, me hubiese empacado en el mismo lugar.

Dentro de todo, a la figuración de esta primera página la salva la referencia a Lacan; uno puede concederle –como acabo de hacerlo– la posibilidad de que las desgracias de su escritura sean un lapsus calculado. Si se inscribiera por fuera del lacanismo, únicamente podrían tomarse por crasa ignorancia, y su autoridad quedaría mucho más dañada. Por más que argumentemos que la sordera de un autor a la musicalidad de la lengua no tiene por qué estorbar su reflexión acerca de, por ejemplo, el malestar de la cultura, hay una fuerte tendencia a suponer que el que sabe algo, sabe expresarlo correctamente. Aunque detestemos el ideario neoclasicista, es difícil refutar por completo a Boileau cuando afirma que “Lo que se concibe bien, se enuncia claramente”. En la carta del 21 de septiembre de 1899, Freud le despacha a Fliess una gruesa galerada de La interpretación de los sueños con la siguiente advertencia: “Tengo en alguna parte metido algún sentimiento de la forma, una estimación por la belleza como una especie de perfección, y las frases retorcidas, ufanas en sus giros indirectos que miran de reojo al pensamiento, de mi escrito de los sueños ha afrentado gravemente a un ideal que vive en mí. Tampoco me falta razón si concibo este defecto de forma como un signo de un defectuoso dominio sobre el material.”2 Naturalmente, Freud se está refiriendo a la belleza del acierto, no a la del adorno ni a la de la sobriedad elegante. Al respecto, cuando en la entrevista de Televisión, Jacques-Alain Miller simula embestir a Lacan con ese Boileau (“Tirite, pues, ante la verdad que Boileau versifica como sigue: ‘Lo que se concibe bien, se enuncia claramente’”), Lacan comenzará precisando que “claramente quiere decir que anda”.3

Por eso, una de las cosas que arriman más a lo cómico a un texto analítico es la exhibición inmotivada de procedimientos literarios; lo que pudo ser inteligente, se queda en veleidoso. Igualmente vano es leer la bibliografía analítica esperando satisfacciones de otra estética; sin embargo, ¿no es de ese orden la posición del corrector e incluso la del supervisor de textos analíticos? “Me apena además —continuaba Freud en la misma carta— que deba arruinarme al más querido y mejor lector a causa de las pruebas de galera, porque ¿cómo se podría gustar de algo si se está obligado a leer como corrector? Pero desdichadamente no puedo prescindir de ti, del representante del “otro”... Sí, ciertamente no es el pedido de una lectura convencional; pero las correcciones y las supervisiones adecuadas no presentifican al “otro” de la escritura literaria (de ese error nacen los desopilantes resultados de algunos licenciados en Letras que, ignorantes del sociolecto de los analistas, corrigen nuestros papeles desde un castellano pretendidamente universal), tampoco al “otro” de ningún otro campo (comentamos el fracaso de Fliess, cuando recomendó para La interpretación de los sueños el “otro” de su otorrinolaringología fantástica).4 En cambio, los cimientos de la percepción y la evaluación de la autoridad que se desprende del estilo de un texto, propio o ajeno y de cualquier género o soporte, tienen un basamento común en la niñez. Lo primero que el niño reconoce en alguien que se pronuncia con estilo es la cuota de autoridad que lo inviste. El pequeño Poulou (Jean-Paul Sartre a los dos o tres años) y Georgie (Jorge Luis Borges a los siete u ocho) servirán de guías en la presentación de las dos formas más generales del encumbramiento del autor.

Corre el año 1908 o 1909, el padre de Poulou ha muerto y él, hijo único, irá a refugiarse con su madre, Anne-Marie, a la casa de Charles y Mamie Louise, los abuelos maternos. El lugar reservado para Anne-Marie es el de una hermana mayor poco avispada, hasta que algo repentinamente la agranda: “Ella levantó la vista de su labor: —¿Qué quieres que te lea, queridito? ¿‘Las hadas’?

Pregunté incrédulo: —¿Están ahí dentro, ‘Las hadas’?
Esta historia me resultaba familiar; mi madre me la había contado muchas veces con su voz turbada por la mansedumbre; me gustaban esas frases inconclusas, esas palabras siempre retrasadas, su brusca seguridad rápidamente deshecha. [...] Anne-Marie me hizo sentar frente a ella, en mi sillita, se inclinó, bajó los párpados. De esa cara de estatua salió una voz de yeso. Yo perdí la cabeza: ¿quién contaba, qué y a quién? Mi madre se había ido: ni una sonrisa, ni un signo de connivencia, yo estaba exiliado. Y además no reconocía el lenguaje. ¿De dónde sacaba esa autoridad? Al cabo de un instante había entendido: el que hablaba era el libro. Salían de él unas frases que me asustaban; eran verdaderos ciempiés, hormigueaban de sílabas y de letras, estiraban los diptongos, hacían vibrar a las consonantes dobles; cantarinas, nasales, cortadas por pausas y por suspiros, ricas de palabras desconocidas, se encontraban con ellas y con sus meandros sin preocuparse por mí. A veces desaparecían antes de que hubiera podido comprenderlas, otras había comprendido por adelantado y seguían rodando noblemente hacia su terminación sin hacerme la concesión de una coma. Seguramente ese discurso no me estaba destinado. En cuanto a la historia, se había endomingado: el leñador, su mujer y sus hijas, el hada, toda la gentecita, nuestros semejantes, habían adquirido majestad; se hablaba de sus harapos con magnificencia; las palabras se desteñían sobre las cosas, transformando las acciones en ritos y los acontecimientos en ceremonias.”5

La experiencia de Poulou arroja nueva luz sobre el porqué me molesta el comienzo de ese artículo sobre el malestar de la cultura. No es por lo que enuncia sobre el particular, estoy bastante de acuerdo con lo que dicen esas líneas; el problema es que además quieran transmitirme algo del muro del lenguaje de una manera tan pueril. No se me antoja sentarme en la sillita que me acerca. Me niego tozudamente a ser ese otro que pide que sea. Porque, como bien se desprende de la fina queja de Freud, el "otro” del texto es doble. Por un lado, está este otro arisco al que el texto se dirige, sabiéndolo aún separado y queriéndolo doblegar. Es un otro ablativo que amenaza con rechazarr la invitación a la lectura, y cuyo fantasma se corporiza en la figura del corrector, que sólo lee el desacuerdo. Pero también hay un otro genitivo, es el "otro” soñado, que el texto se empeña en reclamar y construir; su fantasma está corporizado en el lector corriente bien predispuesto, dócil a aceptar sugerencias de dónde y cómo sentarse. Esos dos no coinciden. Cuando Freud empuja a Fliess a ocupar el lugar del ablativo, lo hace confiado de que el amigo le contará, a vuelta de correo, qué faltas descubrió desde ese mirador temible. Consigue así el simulacro de un otro ablativo semejante al papel que juega el sparring en el boxeo. El precio es que pierde a Fliess como lector genitivo; se priva de verlo sentado en el sillón para los invitados –no se puede ser sparring y alentar desde el ringside al mismo tiempo–. Como Poulou no tiene ninguna prisa por vaciar la intersubjetividad, él nos cuenta amablemente las delicias de la alienación del lector genitivo: “Alguien se puso a hacer preguntas: el editor, especializado en publicación de obras escolares, no perdía la ocasión de ejercitar la joven inteligencia de los lectores. Parecía que se interrogaba a un niño: ¿qué habría hecho yo en el lugar del leñador?, ¿cuál de los dos hermanos prefería?, ¿por qué? ¿Aprobaba el castigo de Babette? Pero ese niño no era yo del todo y me daba miedo contestar. Sin embargo, contesté, mi voz débil se perdió y sentí que me convertía en otro. También Anne-Marie era otra, con su aire de ciega extralúcida; me parecía que yo era el hijo de todas las madres y que ella era la madre de todos los hijos. Cuando acabó de leer, le quité rápidamente los libros y me los llevé debajo del brazo sin darle las gracias.

A la larga acabó por gustarme ese momento que me arrancaba de mí mismo. (...) Acabé por preferir los relatos prefabricados a los relatos improvisados; me volví sensible a la sucesión rigurosa de las palabras; volvía en todas las lecturas, siempre las mismas y con el mismo orden; yo las esperaba. En los cuentos de Anne-Marie, los personajes vivían a la buena de Dios como ella misma; ahora adquirieron destinos. Yo estaba en misa: asistía a la eterna vuelta de los nombres y de los acontecimientos. Entonces tuve celos de mi madre y resolví quitarle su papel.”5

No violentaremos mayormente las cronologías si conjeturamos que, en el mismísimo día en que Poulou escucho leer a Anne-Marie, Georgie protagonizaba la siguiente escena complementaria en el barrio de Palermo de la ciudad de Buenos Aires: “Mi memoria me devuelve a una tarde de hace setenta años, a la biblioteca de mi padre en Buenos Aires. (...) Lo estoy viendo ahora mismo y oigo su voz, que pronunciaba palabras que yo no entendía, pero que sentía. Esas palabras procedían de Keats, de su Oda al ruiseño. Yo creía saberlo todo sobre las palabras, sobre el lenguaje (cuando uno es niño, tiene la sensación de que sabe muchas cosas), pero aquellas palabras fueron para mí una especie de revelación. Evidentemente, no las entendía. ¿Cómo podía entender aquellos versos que consideraban a los pájaros –a los animales– como algo eterno, atemporal, porque vivían en el presente? Somos mortales porque vivimos en el pasado y en el futuro: porque recordamos un tiempo en el que no existíamos y prevemos un tiempo en el que estaremos muertos. Esos versos me llegaban gracias a su música. Yo había considerado el lenguaje como una manera de decir las cosas, de quejarse, o de decir que uno estaba alegre o triste. Pero cuando oí aquellos versos (y, en cierto sentido, llevo oyéndolos desde entonces) supe que el lenguaje también podía ser una música y una pasión. Y así me fue revelada la poesía. (...) Todos recordamos La roja insignia del valor, la historia de un hombre que no sabía si era un cobarde o un valiente. Entonces, llega el momento y averigua quién es. Cuando yo oí aquellos versos de Keats, inmediatamente me di cuenta de que aquello era una experiencia importante. Y no he dejado de darme cuenta desde entonces. Y quizás desde aquel momento (debo exagerar por el bien de la conferencia) me consideré un ‘literato’.”6

La crítica española tradicional diría que Poulou es el niño del conceptismo y Georgie, el niño del culteranismo; pero tal como ocurrió en esa crítica, se levantarían muchas objeciones. Se sabe que Borges irá renegando de su gusto temprano por una literatura que se apropia de y se justifica en los bienes de la música. Por cierto, la frase más borgeana de esta cita no es de ninguna manera la del creyente melómano: "Y así me fue revelada la poesía”; sino la de la inteligencia escéptica escrita entre paréntesis: "(debo exagerar por el bien de la conferencia)”. Borges realizó un desplazamiento parecido al que haría la prosa del lacanismo en los últimos veinte años. Los dos otros del estilo no son inmóviles; cambian los anteojos ablativos y las ofertas genitivas.

Tampoco hay que olvidar que algunos niños no responden al ser puestos en la escena de Poulou, las moscas los distraen de la lectura, y que hay otros que se aburren hasta el desprecio puestos en la escena de Georgie. Frecuentemente son los mismos padres los que disuaden de entablar relaciones intensas con figuras exigidas de autoridad textual. Las mujeres de la casa intentaron sacar a Poulou de esa sumisión cambiándola por otra. “Anne-Marie contaba sus preocupaciones a Mamie. Mi abuela fue una aliada segura: ‘Charles no es razonable –decía–. Es él el que empuja al pequeño, lo he visto’. Las dos mujeres evocaron también el surmenage y la meningitis. En uno de nuestros paseos, Anne-Marie se detuvo como por casualidad delante del quiosco que está todavía en la esquina del bulevar Saint Michel y Soufflot; vi unas estampas maravillosas, me fascinaron sus colores chillones, las reclamé, las obtuve; ya estaba la broma hecha. (...) De uno a otro jueves, pensaba en el Aguila de los Andes, en Marcel Dunot, el boxeador de los puños de hierro, en Christian el aviador mucho más que en mis amigos Rebelais y Vigny.”7 No se les puede achacar malos resultados futuros; pero la cuestión es que el número de los niños conceptistas y culteranistas está largamente superado por el de los que dan la espalda a la autoridad del estilo. Es conocida la irritación que el culteranismo de Lacan sigue provocando (se decide que es gratuitamente hermético o con intención de engañar), y otro tanto con el conceptismo clínico de Melanie Klein (se decide que es demasiado complicada como para ser cierta); son reacciones de niños sin sentimiento por las formas, sin transferencia genitiva con los textos que despertaban a Poulou y Georgie. Para ellos también se escriben primeras páginas. Son de una autoridad de signos de connivencia y de un esquematismo que, puesto en términos de Guy Le Gaufey, “es demasiado didáctico para ser honesto de algún modo”.8 Sí, debo decirlo. Es el empalagamiento de esa melaza kitsch lo que le recrimino a la rima fácil del viejo artículo de mi colega. Ahora caigo en que no es autoridad lo que le falta a su primera página, sino que es de una autoridad en la que no confío.

Vuelvo, entonces, a mi preferencia por los dos niños del estilo. Poulou había quedado muy resuelto a quitarle el papel a su madre, y Georgie, intuyendo un porvenir de hombre de letras. Sabemos que ambos pasarán de la lectura a la escritura; pero para estudiar cómo se asume por primera vez el estilo como instancia de autoridad, prescindiremos de ellos, el próximo guía será Sigismund, el joven Sigmund Freud que a los diecinueve años lo sabía todo al respecto y tuvo que cambiar de nombre para decirlo.
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Última entrega: Imago Agenda n°56 (diciembre de 2001).
* * banos@inea.com.ar
1. Steimberg, O., “Genre et style dans quelques discussions à propos
de l’identite culturelle”, rev. Hermès, CNRS éditions, Paris, dec. 2000.
2. Freud, S., Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904), Amorrortu, Bs. As., 1994, p. 410.
3. Lacan, J., Psicoanálisis. Radiofonía & Televisión, Anagrama, Barcelona, 1977, p. 133.
4. Véase la “Novena entrega” de este anticipo en rev. Imago Agenda n°48, abril de 2001.
5. Sartre, J.-P. [1964], Las palabras, Losada, Bs. As., 12 ed., 1977, pp. 31-32.
6. Borges, J. L, [1967-68], Arte poética, Crítica, Barcelona, 2001.
7. Sartre, J.-P., op. cit., pp. 47-48.
8. Le Gaufey, G., Anatomía de la tercera persona, Edelp, Bs. As., 2001, p. 68.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



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