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   Bipolaridad

Estandarización y discurso
  Por Álvaro Couso
   
 
“… ríos subterráneos de gramática interna o de palabras aglutinantes cohabitando en los campos magnéticos de una posibilidad pre lógica.” H. Olea

Un agente amo en la discursividad contemporánea lo compone sin lugar a duda el saber médico. Ha difundido su campo específico, ha salido del ámbito universitario- hospitalario y se ha instalado con diferentes grados de verosimilitud en los medios de comunicación. El discurso médico informa, previene, ofrece terapéuticas pero sobre todo es un objeto capaz de producir, además de salud, enormes beneficios económicos. Ese saber definido por la especificidad de la disciplina deviene significante popular en un decir sin interrogantes. Del mismo modo que la religión, o el desarrollo tecnológico en otro momento. El manejo de sus signos por fuera de cualquier duda razonable se instala y se reproduce en su certeza. Se vuelve comunicable en el peor de sus sentidos. Las patologías y aquellos que las padecen circulan en su calidad de objetos de un goce obsceno. La extensión no sólo afecta el discurso popular sino que podemos encontrarla incluso dentro del propio discurso de la ciencia. Buen ejemplo de ello es la psicologización de muchas dolencias de corte estrictamente somático. Dudamos de la unidad mente-cuerpo, del ser humano como totalidad, así como también ponemos en entredicho que todo pueda remitirse a una causa psíquica, a una posición subjetiva o que la razón última de cada padecimiento se encuentre en el ser del sujeto. La determinación absoluta es un fantasma obsesivo que tiene su corolario fundamentalmente en la culpa. Abocándonos estrictamente a aquello que debemos puntuar en este texto encontramos los efectos de una generalización que produce la unificación de los signos psiquiátricos reunidos en el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Diseases, DSM1. Esta estandarización, al contrario de lo que había acontecido con el clásico texto de psiquiatría órgano-dinámica2 que enmarcó los estudios a mediados del siglo pasado, no se detiene en la etiología de las enfermedades mentales sino que elabora un exhaustivo catálogo de signos que reúnen y diferencian conjuntos cada vez más específicos. El mayor invento freudiano, la neurosis obsesiva ha pasado a ser un Trastorno Obsesivo Compulsivo, la histeria ha dejado de calificarse como tal, lo mismo que la homosexualidad; para el caso es sugestivo el trabajo de S. Hergot,3 quien sigue paso a paso la transformación de la conceptualización de esta modalidad de la sexualidad, ubicando los puntos de inflexión en una relación estrecha con el discurso político. La referencia clínica se transforma y llega a suprimirse por la presión social. El descubrimiento freudiano del Edipo invertido, la identificación con el progenitor del sexo opuesto y la elección de objeto que recae sobre el mismo sexo deja de configurar el modelo de estructuración de la subjetividad. El discurso de la “ciencia”, su pureza y su especificidad exhiben una relación estrecha, una determinación que le era aparentemente ajena. Ya Foucault4 había vinculando la enfermedad mental y sus tratamientos al discurso político y al poder. Algo similar ha pasado con el Trastorno por Déficit de Atención cuya generalización ha marcado a los niños de esta generación, medicándolos con psicofármacos estimulantes, antidepresivos y con neurolépticos.

Desde los orígenes de la medicina Hipócrates sostuvo que la depresión era el efecto de la existencia de bilis negra en el cerebro, en el hipocondrio o también de humedad en el estómago, es decir: de factores que producía el cuerpo. La disposición somática no dejó nunca de acompañar la razón última de las patologías mentales5. Aunque como puede apreciarse hay algo en esa metáfora del inicio que no puede abandonar la hipótesis metafísica.

Al poner en perspectiva el concepto de bipolaridad, se nos plantearan algunos puntos de vista equivalentes. La primigenia denominación maníaco-depresivo que sintetizara Krapelin en 1899, a partir de las psicosis periódicas, circulares, de doble forma, etc. con una larga deducción etiológica y que Freud considerara dentro de las “neurosis narcisistas”6 se transformarán para el DSM, en: “La característica esencial del trastorno bipolar I es un curso clínico caracterizado por uno o más episodios maníacos, o episodios mixtos. Es frecuente que los sujetos también hayan presentado uno o más episodios depresivos mayores…Un cambio en la polaridad se define como un curso clínico en el que un episodio depresivo mayor evoluciona hasta un episodio maníaco o un episodio mixto, o en el que un episodio maníaco o un episodio mixto evolucionan hasta un episodio depresivo mayor -estos- episodios no pueden explicarse… por la presencia de un trastorno esquizoafectivo y no están superpuestos a una esquizofrenia, un trastorno esquizofreniforme, un trastorno delirante o un trastorno psicótico no especificado”; quedando por fuera de la consideración general de locura o psicosis, más allá que puedan ser acompañados por “síntomas psicóticos”.

No se trata de una mera modificación nominal, conlleva una real transformación conceptual. Freud las había incluido dentro del conjunto de las neurosis narcisistas cuya conflictiva reside en un antagonismo entre el yo y el superyo, diferenciándolas de las neurosis donde la pugna es entre el ello y el yo y de las psicosis producto de la oposición entre el yo y el mundo exterior; Freud privilegia el punto de vista metapsicológico, considerando factores similares para las diferentes neurosis7 y tratando de determinar la psicogénesis. Si bien Lacan interrogaría a posteriori esta configuración, hay desde su discriminación inicial un intento de categorización con una hipótesis nodular que liga el proceso maníaco a una identificación masiva del yo al ideal, mientras la depresión por el contrario, es producto de una bipartición de ambas instancias.
“La locura es un fenómeno del pensamiento”.8

Dice Pedro: “¡Y sí, probé! El miércoles me tome un whisquicito y no paso nada” Pedro viene haciendo un nuevo intento de abandonar su adicción al alcohol, participa de A.A. desde hace dos meses. Tiempo de su abstinencia. En ésta, su segunda entrevista dice que tomó un vaso de whisky. Ingería un litro y medio diario. Cuando bebe se pone violento (tiene varias causas penales). Afirma, “Lo hice porque sí…” riendo. “No tenía ansiedad, ni necesidad, tenía ganas…” Muletilla discursiva que repetirá frecuentemente, dejando en claro que él no esta determinado por nada. Se presenta, provocador y con una risa que no remite a nada, descontextuada. Sin mediación relata: “Pasé temporadas en que no podía levantarme de la cama”. “El whisky me ayudaba”. Su discurso es desafiante y jactancioso. Parece decir: “yo puedo solo”. Incluso anuncia interrumpir su concurrencia a las reuniones de A.A., ya que no le son necesarias. Hay una insistencia del significante necesario, de su negación, desafectándolo de cualquier vínculo con el otro.

Pautamos la coincidencia que se produce entre el yo y el yo ideal, generándose una sensación de triunfo9 en donde el yo liberado de la represión, se permite el apetito desenfrenado de sus pasiones. Goza, dice la voz imperiosa del superyo, 10goza, “se vuelve ligero, pierde todo su lastre, y devienen locos, ya no pesan nada, pierden el cuerpo, la cabeza11.

Lacan piensa la manía como locura, así analiza las conductas (sic) de Hamlet12, del mismo modo que lo hiciera Freud13 cuando distinguía las psiconeurosis de las neurosis narcisistas. Vividas íntegramente en el plano de la creencia y el sentido. Locura que ubicada en la estructura misma de la dialéctica del ser no puede producir sino desconocimiento. Esta creencia de ser, teniendo la particularidad de no estar mediada por la presencia del Otro induce a la identificación ideal.
Lacan caracteriza la locura a partir de los conceptos con los que Hegel define el individualismo en la cultura moderna14. Deseo de goce inmediato, la intolerancia al orden instituido y la virtud contra el mundo. En una progresión que va superándose dialécticamente desde el “placer y la necesidad, −pasando por− del alma bella a la ley del corazón y del delirio de infatuación a la virtud enfrentando el curso del mundo”. La locura es la relación que se estructura entre la “personalidad” y sus ideales, por lo tanto consustancial al hombre. Proceso posible por la ausencia de alguna manifestación del Otro que introduzca, para el sujeto, el significante de la castración. Freud comprobaba que el retiro de las catexias de los objetos del mundo y el investimento del yo por la libido hacía que estos sujetos fueran inanalizables. Al no haber, entre el sujeto y el ideal ese pasaje por el Otro, hay un impedimento a la instalación de cualquier subrogante que en el tratamiento analítico posibilite la transferencia, no obstante...

La castración ha sido rechazada, toda la realidad esta ofrecida al propio interés y puesta a su servicio. Los objetos amados, ahora ubicados en el yo ocupan el lugar del ideal. Ese yo ideal que ha tenido su origen en el narcisismo y que se perdió por la interdicción paterna, se identifica en estos casos con el sujeto mismo, produciendo lo que conocemos como delirios de grandeza.

En esa segunda entrevista, Pedro comenta que, enterado de innumerables infidelidades por parte de su mujer –hace ya años−, términó con su matrimonio, sin embargo aunque comienza a beber coincidentemente a la separación, nada vincula en su razonamiento, un hecho al otro. Tal vez reconoce, una “coincidencia”. Se deprime, abandona el trabajo, pierde toda relación con su familia. El mundo pierde toda significación, pasa días consumiendo desde la mañana a la noche, hasta desmayarse. Se “come-bebe” un departamento y un auto. Las ideas suicidas deambulan en el embotamiento del alcohol, con ese carácter necesario, automático, alienado que lo ponen en la opción de saltar por la ventana de su fantasma, amenazando la pulsión fundamental que lo retiene a la vida. Se vuelve nada, una ruina, a la que dirige una serie interminable de autorreproches. Se le imponen remordimientos por la perdida del objeto que ha desaparecido, por la destrucción del deseo en ese objeto.

En la “Sinopsis de las neurosis de transferencia” Freud explica el pasaje de un estado emocional a otro utilizando el mito del asesinato del padre primordial, tomando como paradigma las tradiciones religiosas, el hombre habría pasado del duelo-depresión a la manía por el efecto de su acto. Diferencia dos tiempos. El primero dado por el clan fraterno llevando a cabo el crimen, produciendo la depresión y el duelo, mientras el segundo lo configuran los sentimientos de euforia por el triunfo de la resurrección. La melancolía es, para Freud, el producto del duelo por la identificación con el padre primitivo. El mito viene acá a conceptuar, a ofertar los determinantes del pasaje de una escena a otra.

Poco sé de la historia de Pedro, no obstante podemos conjeturar que aquello que lo aqueja pasa fundamentalmente no por su alcoholismo, sino por la variación de sus estados emocionales. Por la causalidad significante que podremos leer, si fuera posible, en las formaciones de su inconsciente. Por los rasgos que lo marcan. Se tratará de concebir cómo se simbolizan estas emociones, pues con lo que nos encontramos es con sus desplazamientos y sus inhibiciones, expresiones que en el registro simbólico sin embargo ordenan la relación con lo real pulsional y lo imaginario de su cuerpo. Emociones que son restos significantes que siguen las huellas del deseo y que por su etimología se ligan al movimiento15, a esa exultante actitud, a la imparable y frenética actividad que Pedro desplegaba aún antes de convertirse en un adicto (transportista de larga distancia, pasaba días sin dormir). Lacan habla de elación al seguir las huellas de la escritura joyceana, es decir, la infatuación, la soberbia y la presunción. La manía, no teniendo el contrapeso del objeto deja al sujeto librado en la metonimía interminable de la cadena significante.

Decíamos antes que Lacan introducía modificaciones a la concepción freudiana de la dialéctica maníaco-depresiva, se tratará, siguiendo sus pasos, de tomar en cuenta la relación del sujeto y su objeto en la composición fantasmática. Si Freud sostiene que el sujeto en el duelo rememora y repite por segunda vez la pérdida del objeto amado16, si bien se trata de un trabajo que intenta conservar vivo el vinculo, lo que realmente busca el sujeto, desde la conceptualización lacaniana, es restituir su relación con el objeto a, no obstante como el amor está narcisistamente determinado e idealmente constituido lo que se procurará, en el registro escópico del que está suspendido, no es el a sino su imagen especular i(a). Alrededor de los trazos que identifican al objeto de amor girará toda la función del duelo. La diferencia entre el a y el i(a) establece la distinción entre el duelo y la melancolía. Para esta estructura el objeto prevalece de una forma radical y la búsqueda del objeto disimulado por la i(a) narcisista le exige al melancólico atravesar su imagen en el intento de apropiarse del objeto a. Disparidad que establece la distinción fundamental, primordial entre el duelo con su relación entre a y i(a) y la melancolía con su correspondencia absoluta al a; no otra cosa quiere decir la expresión freudiana: la “sombra del objeto cayó sobre el yo” introyección imaginaria e identificación con el objeto amado y perdido, el melancólico sabe cual es el objeto que ha perdido, pero no lo que ha perdido con él, la búsqueda de un desenlace a esa pérdida del objeto a través de su imagen posee una particularidad, cualquier afección que ésta sufra, trae como consecuencia su propio derrumbe… La verdad del sin sentido de la vida se encarna como una forma singular de la castración, anudando su discurso al goce. Resumía T. S. Eliot “Y will show your fear in a hand full of dust
La clínica psicoanalítica implica, no olvidemos, reinterrogar lo que Freud y Lacan han dicho.

A Pedro volveré a verlo la semana entrante, si aún no ha prescindido del recurso de su análisis. Si se lo permite, si puede alojarse en este primer tramo, en este inicio, comenzará a desplegar y a elaborar el mito de su vida… Herederos del “no retroceder…”, a su desafío ofertamos el acto. 
___________________
1. A.P. A. DSM IV Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, Toray Masson, Barcelona, 2001.
2. H. Ey., P. Bernard-Ch., Brisset, Tratado de Psiquiatría, Toray Masson S.A. 1965, Barcelona.
3. S. Hergot, “Deslizamientos progresivos del DSM”, en Imago, núm. 18, Letra Viva, Buenos Aires, 2004.
4. M. Foucault, Historia de la locura en la época clásica, FCE, México,1976; El nacimiento de la clínica, una arqueología de la mirada médica, Siglo XXI, México, 1966.
5. N. A. Conti, Historia de la depresión La melancolía desde la antigüedad hasta el siglo XIX, Polemos, Buenos Aires, 2007.
6. S. Freud “Introducción al psicoanálisis” , en Obras Completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo II, p. 381.
7. “Neurosis y Psicosis”, ibídem, tomo III, p. 2746.
8. J. Lacan, “Acerca de la causalidad psíquica”, Homo Sapiens, Buenos Aires, 1978, p. 65..
9. S. Freud, “Psicología de las masas y análisis del yo”, ob. citl, tomo I, p. 1159.
10. J. Lacan, E·l seminario. Libro XX. Aún, Paidós, Barcelona, 1983, clase del 12 de diciembre de 1972.
11. J. Lacan, El seminario. Libro XXIV. La topología y el tiempo, inédito, clase del 7 de mayo de 1979.
12. J. Lacan, El seminario. Libro VI. El deseo y su interpretación, inédito, clase del 22 de abril de 1959.
13. S. Freud, “Neurosis y psicosis”, ob. cit., tomo III, p. 2743.
14. F. Hegel, Fenomenología del espíritu, FCE, México, 1985, p. 143.
15. J. Lacan, El seminario. LIbro X. La angustia, Paidós, Buenos Aires, 2006, clase del 26 de junio de 1963.
16. S. Freud, “Duelo y melancolía”, ob. cit., tomo I, p. 1075.
 
 
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