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   Lectura

Los pequeños oficios de la escritura del psicoanálisis
  Los tres pilares de la primera página (décimoquinta entrega)
   
  Por Jorge Baños Orellana
   
 

Hay una declaración, en la voluminosa y despareja obra escrita de Picasso, que es bien conocida por los analistas: “Yo no busco, encuentro”. Está sacada del primer párrafo de una nota que el pintor envió a la revista moscovita Ogoniok en 1926.1 Su popularidad entre nosotros se debe principalmente a la insistencia con que Lacan habría de citarla. Cabe suponer que la leyó tempranamente e incluso que la escuchó actualizada en conversaciones que mantuvo con Picasso (fue primero su médico de familia y, más tarde, analista de una de sus mujeres, Dora Maar). La nota de Ogoniok se ocupaba de la difusión del cubismo y expresaba malestar por las búsquedas de los estudiosos que lo investigaban –aquí no hay que perder de vista que, en francés del original, el verbo «buscar» [rechercher] incluye semánticamente el verbo «investigar» (un rechercheur es “un investigador”); Lacan sacará partido de ello al comienzo del Seminario 11–.2 La idea y el tono beligerante de 1926 se resumen y representan en el siguiente fragmento: “El matemático Pricet, que asistía a nuestras discusiones estéticas, tuvo la idea de crear una geometría para pintores. [...] Es elemental, incluso pueril; sin embargo, esto no impide a los imbéciles querer deducir inmediatamente leyes y reglas generales para venir a explicarme el arte de pintar. [...] No tenemos ninguna necesidad de atascarnos en la geometría científica y, sin embargo, algunos observadores voluntariosos no dejan de librarse, en este tema, a toda suerte de investigaciones teóricas. Peor para ellos. Así perecen los débiles...” Un poco más adelante, continúa: “Se hacen esfuerzos por explicar el cubismo por las matemáticas, por la geometría, por el psicoanálisis, etc. Todo eso no es más que literatura.”

Interpretándola literalmente, la fórmula “Yo no busco, encuentro” –o, si se prefiere, ‘Yo no investigo, descubro’– parece implicar, entonces, un oscurantismo inverso a cualquier teorización posible. Sin embargo, es más razonable tomarla a la manera que lo hizo Lacan en los años 60, vale decir, como un soplo de aire fresco que levanta por los aires la pesada obviedad de las pilas de artículos, monografías, tesinas y tesis salidas de la fábrica universitaria y de la escolástica psicoanalítica. Esta lectura tiene la ventaja de resultar facilitada por la primera y menos jactanciosa versión que, en 1923, Picasso había entregado a la revista The Arts: “Me resulta difícil entender la importancia que se le da a la palabra búsqueda... la cosa es encontrar.”.3 Es un reproche que merecen los que, uniformándose con los vestiditos decentes de la llamada metodología, se embarcan en fingidas investigaciones sin rumbo ni riesgo.

Ahora bien, si no hay algoritmo del descubrimiento, si no hay (al menos en arte y en psicoanálisis) método que lleve al encuentro asegurado, ¿acaso eso significa que todo está permitido? Anything goes!, cantaba Cole Porter en las postrimerías de la recesión mundial de 1929 y, cuarenta años después en medio de la última recesión del positivismo lógico, Paul Feyerabend colocaba esta canción del todo vale en el frontispicio de su Tratado contra el método. Pero ni él mismo lo creía al pie de la letra. Su recomendación no era pura negatividad; de serlo, conduciría a una mera parálisis: si no hay cierta creencia previa en qué ni en cómo buscar, tampoco hay nada que hacer. Picasso no dejó de advertir, al público de Ogoniok, el error de semejante impasse: “Nadie tendrá ganas de seguir a un hombre que mira adelante de sus pies esperando que la suerte deje caer en su camino una cartera...” Justamente por eso, porque no hay algoritmo del encuentro, los lectores están atentos a ver cómo se las arregló ese hombre que es el autor; les intriga saber cómo apostó, cuál pálpito escuchó. No conviene enervar su impaciencia, hay que mostrarles alguna credencial en la primera página. Como para cada grupo y momento hay ciertas formas de conjeturar más verosímiles que otras, se impone ser convincente y no perder el tacto. Picasso conocía el cálculo: “El arte es una mentira que nos permite aproximarnos a la verdad, al menos la verdad concebible. La pintura debe encontrar el medio de persuadir al público de que su mentira es la verdad.”

Para evitar la parálisis ante el caballete, recomendaba ejercitar una libre disponibilidad, un estado de alerta desentendido de búsquedas pautadas: “Para mí un cuadro no es jamás un fin ni una culminación, sino más bien un feliz azar y una experiencia. [...] El autor, estupefacto, contempla los resultados inesperados que no había previsto en absoluto.” Como se recordará, las primeras páginas de Carlos Pérez alientan una heurística casi idéntica para los escritorios del psicoanálisis.4 Naturalmente, esta disposición abierta a lo inesperado no contraindica que uno procure arrimarse a circunstancias que supone o vienen resultando más favorables. El encuentro de la solución cubista hubiese sido inconcebible para Picasso de no haber él frecuentado sistemáticamente el Museo Etnológico del Trocadero, las muestras de arte primitivo ibérico del Louvre, los Salones de Otoño, las exposiciones de los Independientes, las muestras retrospectivas de Manet, Cézanne, Gauguin y Corot, o de no haber tenido trato con Matisse o la convivencia artística con Braque. A partir de las investigaciones que dieron lugar al Simposio Picasso-Braque de 1988 en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, hay más pruebas y detalles del asunto. Por ejemplo, criticando la exposición cubista de Picasso en la galería Notre-Dame-des-Champs, Léon Verth escribió para la revista La Phalange del 20 de junio de 1910 lo siguiente: “Estos cuadros no deben nada a la geometría, y si sus fuentes de inspiración son diversas, no se le puede reprochar a Picasso. Como todos los artistas en sus comienzos, a veces, al buscarse a sí mismo, él ha encontrado a otros.”5 Quizás el presumido “Yo no busco, encuentro” sea íntimamente una respuesta demorada y dolida a Verth.

Por motivos ya discutidos, C. Pérez se muestra reticente a anotar la importancia que tuvo la consulta bibliográfica para el éxito de sus hallazgos; hay otros analistas, en cambio, que hacen lo contrario, como se vio en la bibliofilia omnívora de Anita Izcovich –ella cita lo nuevo y lo conocido con igual solicitud que lo viejo y lo raro–. El caso de Jorge Belinsky es algo diferente. La verdad también transcurre mediada por los libros, pero a su emergencia la imagina esporádica en el tiempo y dispersa en el espacio. El índice onomástico de Bombones envenenados nos da una lección de humildad: con carácter de autor, no figura un sólo analista vivo; los únicos contemporáneos pertenecen a otras disciplinas; asimismo es revelador el chiste de que Dios figure en la lista. Bien escogidos, los dos únicos epígrafes del libro aclaran y redoblan la apuesta: “Uno elige la compañía de aquellos a los que uno mismo pertenecerá alguna vez: la de todos aquellos de tiempos pasados cuya obra aún hoy vive; aquellos que a uno le hablan, de los que uno se nutre. La gratitud que siento por ellos es gratitud por la vida misma. (Elías Canetti)” y “Digo, pues, que si hubiera una línea infinita, sería recta, sería triángulo, sería círculo y también esfera. (Nicolás de Cusa)”. Claro que esta imagen de la esfera vigoriza una idea igualmente presente en Izcovich, en Pérez y en todos aquellos que prefiguran la verdad como algo que está ahí de antemano, a la que uno eventualmente y difícilmente puede llegar a encontrar o a escribir, o aun incluirse spinocianamente en ella; pero nunca llegar a construir o crear. “El cubismo no es una semilla ni la germinación de un arte nuevo: representa una etapa del desarrollo de las formas pictóricas originales. (...) Estoy sorprendido de ver cuánto se usa y abusa de la palabra «evolución»”, sostenía el Picasso de Ogoniok. El también se colocaba en las antípodas del concepto de verdad del pragmatismo de William James, cuyo creacionismo resumo en la fórmula la insistencia precede la existencia y el deseo genera su propia verificación.6

¿Cómo se autorizan, cómo pretenden persuadirnos las primeras páginas de los analistas que escriben desde una erudición creacionista? La cuestión no es la de des-cubrir (en la palabra de los analizantes, en los murmullos de la calle, en los textos de los colegas y/o en las bibliotecas polvorientas) una verdad que espera; sino la de generar, la de erigir un efecto verdadero (que cobre existencia en los grupos de analistas, en la polis intelectual o incluso en las instancias de decisión), como lo logran los taste-makers. Los textos de Germán García, y de manera destacada los reunidos en su último libro, D’escolar,7 son ejemplares al respecto. Para aprender de sus primeras páginas, sigue valiendo la recomendación de no omitir los epígrafes; particularmente uno firmado por Feyerabend que acentúa la separación entre los agentes de la verdad develable y los agentes de lo verdaderamente eficaz: “Los observadores quieren saber qué pasa, los participantes qué hacer.”

La consustanciación creacionista de la verdad y la eficacia está mal catalogada por muchos analistas. No es para menos, los agitadores más extrovertidos del creacionismo son autores que comulgan con concepciones del sujeto y con propósitos de aplicación muy alejados a los del psicoanálisis, como es el caso de los teóricos del Management. En “El gerente autor práctico: conversaciones para la acción”, John Shotter alienta un “constructivismo” asentado en una distinción, entre observadores (o lectores) de la verdad y gestionadores (o autores) de lo que verdaderamente circula, muy coincidente con ese epígrafe de D’escolar: “En lugar de ver a los gerentes como si «hicieran ciencia» [según el modelo de las ciencias naturales], lo mejor es considerar que están realmente «haciendo historia». (...) Si «hacen historia» deben ser entonces algo más que meros «lectores» de situaciones, algo más que meros «reparadores». Tal vez un buen gerente también deba ser visto como algo parecido a un «autor». (...) La cuestión pertinente no es saber si es «verdadero» o «falso» el contenido de un problema, sino qué finalidad tienen (para el hablante y el oyente) los compromisos suscitados por los actos de habla que lo crearon, y cómo generan esos compromisos el espacio de acciones posibles.”8 Sin embargo, los textos creacionistas del psicoanálisis están en condiciones de convocar practicantes y precursores mucho más presentables. El mismo G. García se ocupa de retratar a un Lacan menos amigo de pronunciar verdades que de calcular las verdaderas consecuencias de sus actos de habla: “Como subraya Miller, los enunciados de Lacan nunca permiten olvidar su enunciación. Por eso, a diferencia de Freud, la audiencia no constituye una interlocución imparcial, sino que forma parte de la demostración que se le dirige.” (p. 277) La fidelidad de ese retrato se verifica dramáticamente en el desenlace de su único encuentro con el modelo: “Sabía por analistas franceses que algunos exiliados argentinos presionaban para que ellos se pronunciaran sobre la represión política. Pero no sabía que eso también incluía a Jacques Lacan. Un momento después lo supe: «Somos urgidos a pronunciarnos... ¿cuáles serán las consecuencias para la Escuela de ustedes?». Le dije que no podía responder, pero sabía que la única consecuencia que se podía esperar eran represalias. Hice un gesto de resignada perplejidad. Después de un silencio, su mirada estaba de nuevo allí. Concluyó la entrevista.” (p. 236) Al respecto, otro de los epígrafes de D’escolar, el debido a Marcel Proust, coloca felizmente el valor de decir lo apropiado por sobre el valor de decir la verdad, proyectando a la cima la creación ex nihilo: “Para una anfitriona, el arte de saber «reunir», de ser experta en «agrupar», «realzar», «eclipsarse», servir de «vínculo», no hace sino matizar lo inexistente, esculpir el vacío y, hablando con propiedad, es el Arte de la Nada.”

Este apólogo de la anfitriona es el manifiesto de la poética de la posición enunciativa del libro. Es lo único que puede explicar que las primeras páginas de los artículos reunidos construyan la autoridad de maneras tan cambiantes. Su voz pasa de entonaciones roncas, fuertemente asertivas (como en “El malentendido de un siglo” o “Respuesta a Gustavo Bueno”), a otras más apagadas (“La ingenuidad de la perversión personal”, “Psicoanálisis y política”) e incluso a pronunciaciones enigmáticas sospechosamente elusivas (“Intrusión textual”, “Las resonancias en Freud, de nuestras preguntas”). No hay lugar para la sospecha de un error técnico: el autor viene de la literatura. Esos saltos de púa son la utilidad del saber realzarse o eclipsarse de una anfitriona ideal del banquete de los analistas. La audiencia no constituye, tampoco para G. García, una interlocución imparcial; la solución táctica de cada artículo se vuelve legible sólo luego de prestar atención a las indispensables noticias al pie de cada primera página en que se especifica el lugar y la circunstancia.

Para los fundamentalistas de la posición contraria, lo más condenable viene cuando ese eclipsarse llega a ensombrecer el sentido del enunciado con una presencia fulgurante de la enunciación. No aceptan que los recursos de la evitación y aún de la tergiversación puedan ser bienvenidos. Se resisten a que el miramiento de las condiciones efectivas de la recepción sume, a la palabra pública del psicoanálisis, una dimensión militante. Para G. García, en cambio, la dilación de una respuesta puede ser un acierto (“Tardé en responder –aunque se me ofreció entrar en el debate con Mario Bunge– porque no deseaba sumar mi voz al coro de quienes respondieron a su provocación.”, p. 219) y el semidecir, un requisito epistémico (“Cuando empezamos a buscar el tema de la política en Jacques Lacan –para no hablar de la política y el psicoanálisis en general– encontramos en cada página algo alusivo, sin que resulte fácil precisar una definición. Nos pareció descubrir que esa era la política de Jacques Lacan, en lo que hace a la política.”, p. 187).

Las primeras páginas de D’escolar no le escapan a su condición de estar escritas para la arena pública de los coliseos del psicoanálisis; aunque tampoco son temerarias, por eso protegen sus textos y a su autor con la coraza de la ironía. Un humor zumbón las sobrevuela, una elección paródica de los términos ocasiona un distanciamiento prudente entre el que escribe y lo escrito, entre lo supuestamente pensado y lo efectivamente dado a publicar. La burla se ensaña particularmente con la parada de la primera persona: el título del libro ya la toma a broma, igual que el dibujito infantil que lo refuerza; el sello, dirigido por el propio autor, se denomina “Anáfora” y la colección “Serie impar”, dos renuncias por las vías de la confesión y de la exageración a las ínfulas de originalidad; y preventivamente, a mitad del libro, la primera página de uno de los artículos lo machaca citando a Macedonio Fernández (“Las ideas que voy a exponer son absolutamente mías: nadie las encontró en otro autor antes que yo”, p. 163). Hasta las glorias de la traducción son rebajadas al carácter de reflejo epigonal (“Ornicar? es traducida al castellano y en ‘simultánea’ el collage de cada uno de nosotros sería traducido al francés.”, p. 246). La sonrisa de Germán García se proyecta en cada página. ¿Cuándo habla en serio? El lector se siente observado socarronamente por el autor. Ni siquiera el cuerpo acostumbradamente atildado de los analistas sirve de barrera (“Anoche hicimos una encuesta aquí sobre una pregunta que quedó abierta: ¿el psicoanálisis es una ciencia blanda a causa de las mujeres o de los varones que la componen?”, p. 70)

Pero a un texto no se le perdonan siempre sus pecados por más que los confiese con fruición. Recientemente, Hernán Scholten, un investigador de Historia de la Psicología, arremetió contra el “movimiento teleológico” inoculado por el creacionismo de las “..historias construidas por practicantes de la misma disciplina que historizan, lo que los lleva a elaborar relatos legitimantes ya sea de la disciplina o de la fracción que representan dentro de ella. Historias que se construyen a partir de una versión «presentista» de la historia, es decir, que intentan presentar una versión de los acontecimientos pasados a los que se juzga a partir de las circunstancias actuales, descuidando sus características propias, la lógica particular en que están insertos” Y no es para sorprenderse que haya tomando a nuestro autor como blanco principal: “Un ejemplo de ello, el más sagaz y elaborado, son los trabajos de Germán García –figura que ostenta un importante prestigio, y no sólo en el campo psicoanalítico, como ‘historiador oficial’ de Masotta– (...). El abordaje de los diversos documentos nos permite transitar caminos que llevan una dirección muy diferente”(9)

Vaticinando ataques parecidos, D’escolar ha selecciona este fragmento como epígrafe del libro entero: “...no es nada halagüeño que a uno lo incluyan entre los escolásticos y talmudistas, quienes se solazan en el juego de su propia agudeza sin importarles cuán ajena a la realidad efectiva puede ser su tesis.” Es de Freud y está para responder anticipadamente a la peor de las suspicacias que despierta el creacionismo: el de que sus proposiciones no tengan ningún otro asidero que el de la propia conveniencia y lucimiento. ¿Puede ser que Scholten no reconozca otra cosa que fábulas legitimantes en Oscar Masotta y el psicoanálisis en castellano o en La entrada del psicoanálisis en la Argentina? ¿No nota allí, además, un esfuerzo de García de rastrear documentos, que es tanto o más exitoso que el de las cátedras y comisiones? Pero estas preguntas, como el epígrafe de Freud, son una defensa tímida, un intento de defender un texto creacionista por lo que no tiene de propio. Más acertado sería reflexionar acerca del hecho puntual de que el libro de Scholten acabó siendo publicado por la colección Anáfora... Pero como saludo al vigor de las primeras páginas creacionistas en general, reproduzco tres fragmentos que podrían usar como epígrafes. El primero es de Goethe: “Odio todo cuanto me instruye sin aumentar o fortalecer directamente mi actividad”. El segundo es una de las Consideraciones intempestivas de Nietzsche, la que toma justamente esta máxima de Goethe como punto de partida, me refiero a Sobre la utilidad y perjuicio de la historia para la vida: “Ciertamente necesitamos la historia, pero la necesitamos de una manera distinta de como la necesita el refinado ocioso que se pasea por el jardín del saber, aunque él mire con condescendencia nuestras groseras y torpes necesidades y miserias. Es decir, la necesitamos para la vida y la acción.” El último, derivado de lo anterior, es el examen de La genealogía de la moral a los límites de la historiografía científica: “Su pretensión más noble se reduce hoy a ser espejo: rechaza toda teleología; ya no quiere «demostrar» nada: desdeña el desempeñar el papel de juez, y tiene en ello su buen gusto, ni afirma ni niega, hace constar, «describe»... Todo esto es ascético en alto grado; pero a la vez es, en un grado más alto todavía, nihilista.”

Dejé para lo último los oficios de cómo sostener la erudición creacionista en la primera página, porque su autoridad es la más difícil de apuntalar desde un escrito; su promoción es principalmente oral. Resta considerar el único vector del tercer pilar de la primera página que concierne a cualquiera de las formas de autoridad: el del estilo.


Próxima entrega: Imago-Agenda n°55 (noviembre de 2001)
* banos@inea.com.ar
1. En Referencias en la obra de Lacan n°4 y 5, Fund. Campo Freudiano, Bs. As., 1992.
2. En la traducción se pierde de vista el juego: “...nunca me he considerado un investigador. Como dijo una vez Picasso, para gran escándalo de quienes lo rodeaban: no busco, encuentro.” (p. 15)
3. Cit. en Gelman, Juan, “Presentes”, en diario Página/12, Bs. As., 6 de sept. de 2001.
4. Véase la “Decimocuarta entrega” de este anticipo en rev. Imago Agenda n°53, agosto de 2001.
5. Verth, Léon [1910], “Le moi du peintre. Exposition Picasso”, cit. en Rubin, William [1989], Picasso y Bracque: la invención del cubismo, Polígrafa, Barcelona, 1991, p. 353.
6. Cf. Baños Orellana, Jorge, El escritorio de Lacan, Oficio analítico, Buenos Aires, 1999, pp. 176-200.
7. García, Germán, D’escolar, Atuel-Anáfora, Bs. As., 2000.
8. Shotter, John, Realidades conversacionales, Amorrortu, Bs. As., 2001, pp. 224-235.
9. Scholten, Hernán, Oscar Masotta y la fenomenología, Atuel-Anáfora, Bs. As., 2001, p. 17.

 
 
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