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   La ciudad, Buenos Aires y el psicoanálisis

Misteriosa Buenos Aires
  Por Germán García
   
 
El libro de Mujica Lainez, de quien tomé este título, se refiere a un momento mítico –en el sentido de Sigmund Freud– donde no falta el canibalismo, ni las atrocidades de rigor que evocan el origen. Pero el misterio de Buenos Aires fue, para mí, un problema (creo que fue Chomsky quien dijo que los misterios se contemplan y los problemas se resuelven). La entrada en ese problema fue por una línea del Ferrocarril San Martín, en el primer año de la década del sesenta. Venía de Junín, al que también se puede acceder por la ruta siete, después de algo más de doscientos sesenta kilómetros.
Tenía dieciséis años y era poeta, había abandonado mis estudios de Dibujo Técnico (hubiese querido ser diseñador de máquinas y automóviles) y, de paso, a mi familia. Buenos Aires era Atenas, la cuidad del saber y de los grupos de vanguardia. Lo sabía por algunos de Junín que habían pasado por esta ciudad.

En poco tiempo construi la geografía de mi saber a partir del Instituto José Manuel Estrada donde descubrí la amistad y dos mentores excepcionales: Rodolfo Kusch (ahora rescatado como antecesor de los “estudios culturales”) y Abraham Haber, que ganó el premio de ensayo del diario La Nación con un libro sobre Jung llamado El símbolo vivo, publicado por la editorial Paidós.
Si las coordenadas del saber me llevaban por las librerías de la Avenida Corrientes, por innumerables barrios donde recitábamos poesía y bares donde nos entreverábamos con algunas mujeres; las coordenadas del trabajo hicieron el resto. Y como tenía la costumbre de mudarme cerca del trabajo que conseguía conocí las más variadas pensiones y hoteles, en la mitad de los cien barrios porteños.
Conocía el Buenos Aires de Marechal, el de Macedonio Fernández, el de Jorge Luis Borges. Tardé en descubrir el de Ezequiel Martínez Estrada, el más semejante al que estaba viviendo, en una parecida microscopía (la que orienta la soledad, el deseo de encontrar el amor, la ausencia de la familia).

Frecuentaba los bares cercanos a la Facultad, en la calle Viamonte. Iba a clases de lingüística, de literatura. Al poco tiempo conocía lo suficiente y, seis años después, publiqué Nanina (mi primera novela). Como fue prohibida por el gobierno de Onganía, conocí el Buenos Aires de los tribunales, pero no llegué a conocer la cárcel porque la falta de antecedentes permitía la prisión en suspenso (pocos años después la ciudad era una prisión en suspenso).
Cuando había resuelto mi problema con Buenos Aires, el país entero se convirtió en un problema. Me fui, para volver por segunda vez.
En el capítulo “Destellos argentinos” de mi libro Gombrowicz hablo de la invención de Buenos Aires por el tango. Carlos Gardel, después de una gira fallida por la milonga campera, encuentra el tango canción. Ahí se inventa al porteño (cuya imagen y voz ideal es el propio Gardel). Una ciudad compuesta por una diversidad cultural que deja sus huellas en el lunfardo (el libro de Maroi Teruggi sobre el tema lo muestra muy bien) se unifica en el imaginario del tango. Cada uno puede inventar un pasado y vivir del recuerdo, del eco del eco de una voz.
Carlos Gardel, tal vez con Caruso, es uno de los que logra triunfar en el circuito americano y el europeo a la vez. El genio del cantor se une al del empresario, muestra otra faceta de la que después será el ideal del porteño. Las letras de tango, por su parte, juntan viejas metáforas del modernismo para seducir la imaginación de unas mujeres que sueñan con la noche, con la fiesta, con las transfiguraciones del amor: el cazador se apropia de las costumbres de la presa, el porteño se hace sensiblero.

Pero la ciudad, en su cambiante arquitectura, se modifica cada vez que el mapa libidinal se desplaza: mudanzas y pasadizos. Refugios y zonas vedadas. Espacios de encuentro donde los bares, los teatros y algunas instituciones del saber forman una red.
Pero al fin de la ciudad se convirtió en algo insoportable, el ascenso a los extremos de la violencia, el terrorismo de Estado, la condena de la alegría, el murmullo atemorizado. Y hubo que abandonarla. El problema de Buenos Aires, resuelto una vez, volvía a ser un misterio que no quería contemplar.
No abundaré, en mi novela Parte de la fuga escribí la metáfora de esa primera conquista y pérdida de Buenos Aires.

Cuando volvía, después de algunos años, no llegaba de Junín sino de Barcelona. No era un adolescente, sino un hombre de más de cuarenta años con dos hijos. Había publicado, enseñado y estudiado en otros lugares.
Durante años, con regularidad, había asistido a cursos sobre psicoanálisis en París. Buenos Aires no era la ciudad que me deslumbró en la adolescencia. Conocía las principales capitales occidentales y Buenos Aires, con su ausencia de urbanización y su caprichosa proliferación de cualquier cosa, con su mezcla de estilos y colores, con su manera de componer los espacios públicos, era lo más parecido a la discordancia de mi propia vida.
Al fin, no había diferencia entre la ciudad y mi propia alma. Del porteño quedaba una entonación de farsa, un libreto recitado por personas con una diversidad facial de carnaval.
Volví en 1984, estuve en un encuentro en el Teatro San Martín. Más de mil personas que el diario Clarín, generoso, tituló “más de mil analistas” (después de todo habían pagado la entrada).
En los bares vecinos, por la noche, encontraba franceses que conocía de la sala de espera de un analista de París, también argentinos con los que había compartido aventuras institucionales impulsadas por Oscar Masotta.
Buenos Aires, que durante mis años de Barcelona había vuelto a ser un misterio, tornaba a ser un problema diferente. Los franceses, invitados por los argentinos que trataban de aumentar el pauperizado “capital simbólico”, encontraron la discordia local. Los anfitriones habían estado en Caracas para la foto con Jacques Lacan (la mayoría nunca lo había visto), pero no querían saber nada con extender la ley de la hospitalidad hasta incluir algo más que eso. Una cosa es la foto, otra cosa la boutique de cada quien.

Un año después de esa farsa, en 1985, decidí que Buenos Aires era la ciudad que había elegido, que no era un arquitecto para molestarme tanto por su fealdad, que además por día inventar un circuito que fuera de mi gusto, un circuito que incluyera partes de Buenos Aires de París, de Barcelona, de Madrid. Y también ciudades del interior –como decimos–, además de una nueva microscopía.
Así lo hice. En la actualidad mi Buenos Aires incluye partes de Jujuy, de Salta, de Tucumán. Partes de San Juan, de Corrientes, de Bariloche, de Neuquen, Río Gallegos y varias ciudades de aquellas que se hicieron por decreto cuando se creó la línea de fortines de la provincia de Buenos Aires. Es una superficie que se deforma, según los días y los estados de ánimo que, como decía Amiel, son un paisaje. La topología de esta ciudad es mi vida. Y tiene sus redes invisibles que se tejen por voces telefónicas, voces que circulan en la red material de la información que Shannon supo descubrir.
Como a Martínez Estrada, me gusta circular por diferentes barrios y mediante la vista, el oído, el tacto, el olfato y gusto, transcribir los efectos, las configuraciones y las secretas correspondencias de la ciudad. El mal gusto de ciertas zonas aristocráticas, alguna mansión oculta en el cambalache de cualquier barrio, el hallazgo imprevisto en balcones de hierro forjado.

Sigmund Freud tuvo un trastorno de la memoria en la Acrópolis, Jacques Lacan logró una epifanía del inconsciente en Baltimore, yo encontré en Buenos Aires la diferencia absoluta. Ahora no queda nada de la identidad que me trajo la primera vez, tampoco nada de las divertidas identificaciones que ordenaron los amores de mi juventud.
Recuerdo, cada tanto, una noche de lluvia. La Plaza de Mayo vacía y en las paredes siluetas espectrales, con nombres y fechas. Estaba solo. Era en ese momento de la segunda vuelta, cuando el pasado ya era irreversible y el futuro habría de ser cualquier cosa. Estaba en Atenas cuando asesinaron la AMIA, lo leí en un diario francés sentado en un banco de piedra del Partenón. Ese banco ahora es parte de Buenos Aires, del paisaje de mi alma, del dolor y la vergüenza que linda con lo indecible, con ese ombligo del sueño que Sigmund Freud comparaba con el micelio de un hongo. Micelio es thelé, que en griego significa pezón (Jacques Lacan se va por las ramas cuando le responde a Marcel Ritter y habla de placenta). Cada uno debe inventar la ciudad que alimenta con su presencia y que lo alimenta con sus intrigas.
 
 
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