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   La ciudad, Buenos Aires y el psicoanálisis

Ejercicio de orientación dialectal
  (para analistas de Buenos Aires)
   
  Por Raúl Yafar
   
 

Estamos acostumbrados a deambular por el discurso de Lacan y por el de sus lectores. Sus significantes nos son ya más que afines y su teoría, a veces de un altísimo grado de abstracción, se nos ha vuelto reconocible: en el mejor de los casos por “digerida” en los diversos efectos de lectura; en el peor de ellos, por haberse transformado en una cantinela archirrepetida, vaciada, inutilizable. En este punto, no obstante, quizás las cosas no podrían haber ocurrido de otra manera ante semejante construcción de pensamiento.

Sin embargo, me quiero referir a un aspecto mucho más localizado del problema de los significantes lacanianos, es decir, el que se refiere a la distancia cultural y lingüística entre el castellano y el francés y cómo esta distancia empuja hacia una perspectiva que, solazándose al profundizar el aprendizaje de los contenidos apasionantes de la teoría, se suele desencaminar fácilmente de la práctica del psicoanálisis. ¿Cuántas veces no sabemos ni de que hablamos cuando discutimos sobre la teoría de Lacan, aunque creemos que avanzamos, entusiasmados, comprendién­dola muy de a poco? Hay goce en la aplicación y extensión del saber, aunque éste no produzca ni remotamente efectos en el lugar de la verdad.
Por otro lado, no me voy a referir al idioma español, ni siquiera al castellano, sino al dialecto que emplea el, digamos, porteño más o menos contemporáneo. Esto con dos salvedades: de acuerdo a la clase social, a la inserción cultural o a la “calle” de cada uno se tratará de materia opinable y, en segundo lugar, es claro que mis reflexiones no serán del todo válidas para un lector rosarino o cordobés, que deberían hacer el mismo ejercicio en sus respectivas jergas cotidianas.
Es decir, quisiera pensar los modos de expresión de mi ciudad, Buenos Aires, en su singularidad, sin desaprovechar por ello la clínica renovadora de Lacan, “bajando” desde su teoría a la práctica por la que apuesto todos los días, pero intentando fundamentalmente no olvidar a quienes analizo y, por lo tanto, cómo esta manera de hablar los lleva a imaginar lo que sienten. Ubicándose, y obligándome a ubicarme a su vez, más allá de los conceptos en que nosotros, los analistas, nos confiamos –con los que nos identificamos y afirmamos– ante nuestros colegas de pensamiento.1 Porque creo que, a veces, los términos no sólo toman una distancia abstracta de la práctica por ser “rigurosamente” teóricos, sino porque no son los que trazan un surco –a medias verdadero– en lo real. Se han tornado sólo palabras sin fundamento.2

Para este ensayo tan acotado tomaré un fragmento de un Seminario de Lacan, el décimo, sobre “La angustia”. Fundamentalmente la clase uno, pero también algunas nociones de las clases siguientes con las que completa su propuesta: un cuadro innovador que enriquece la teoría psicoanalítica. Este contiene, a mi juicio, algunas cuestiones fallidas o forzadas –algunas de las cuales obviaré, otras intentaré reformular–, como si le faltase una segunda “horneada” que Lacan nunca decidió brindarle. Pero, más allá de ello, se descubre pletórico de contenidos insoslayables para su uso potente en la clínica.
En su traducción usual es el siguiente:


Este cuadro podría ser definido algo pretensiosamente como una “psicopatología” a mínima de la vida cotidiana “a lo lacaniano”, donde –a riesgo de caer en los toscos binarismos que tanto pululan– se privilegian las acciones del sujeto con respecto al goce de su fantasma y por ende, el aspecto objetal del mismo, por sobre la trama de las formaciones del inconciente y el consiguiente descifrado significante del deseo inconciente. Es decir, todos los items giran en torno al tema del actuar y de la angustia que siempre le subyace. Alguien podría objetarme el caso del síntoma, ubicado en el centro del diagrama, al que Lacan ya había conceptualizado muchas veces como “metáfora congelada”, pero le recordaría que unas clases más adelante éste será redefinido como un punto de goce inanalizable por fuera de la transferencia.
Digamos para empezar que si el sujeto llevase su deseo-al-acto, en su culminación este cuadro no existiría: el “punto cero del deseo” (que agregué arriba a la izquierda) nos enfrenta al momento de la inhibición como lanzamiento inicial hacia este espacio psicopatológico. Todo el cuadro, entonces, ocupa el lugar de un acto no realizado.3
Veamos, primero, algunos vectores posibles que nos revelen su hipotético dinamismo; algunos puntos incongruentes y algunas breves especificaciones, antes de pasar, en un segundo momento, a la consideración de los fenómenos clínicos, inéditos desde el punto de vista teórico, sobre los que propondremos tentativas de traducción que sugieran un sabor más “local”.

Algunos vectores:
En el avance hacia el acto del deseo, el sujeto debe atravesar sus inhibiciones, síntomas y angustia: el deseo-en-acto se ubicaría en un vector diagonal allende la angustia. Este vector podría, con justicia, ser llamado “freudiano”. Habiendo arribado a su culminación, por una torsión discernible topológico-temporalmente, apareceríamos en el punto cero del deseo nuevamente. El cuadro se autodisolvería.4
Si ubicamos el acto en la culminación de la susodicha diagonal, completando el esquema –no hay que olvidar que Lacan casi no hablará explícitamente del tema en este Seminario, aunque el término permanezca sugerido en un sinfín de lugares–, junto con al pasaje al acto y el acting-out se vertebra un trípode que rodea a la angustia. Este podría ser llamado “trípode del actuar”.

Impedimento-embarazo-pasaje al acto, por un lado; y emoción-turbación-acting out, por el otro, conforman dos tríadas vectorizables, que se abren desde la inhibición, rodeando al síntoma hasta llegar a un destino de angustia. ¿Qué trazado deberían tener estos vectores? ¿qué espacialidad y temporalidad? ¿habría alguna nominación posible para sus recorridos? ¿y si no fueran realmente tríadas, sino más bien movimientos uni-determinables?
Incongruencias y imprecisiones: existe una distinción bastante “forzada” entre inhibición e impedimento: todos los días estamos “impedidos” de hacer cosas, pero cuando consideramos lo que nos pasa o lo relatamos en análisis o lo exponemos en congresos científicos, según Lacan, estamos “inhibidos”. Es obvio que esta mera diferencia formal no justifica dos casilleros para una misma temática. Por otro lado, en términos generales, en este seminario las inhibiciones y los síntomas no están muy bien discernidos. La concepción metonímica usual del deseo es renombrada como deseo-inhibición o deseo-defensa –defensa del deseo-en-acto, más cercano a la angustia–, por lo tanto, las estrategias neuróticas del deseo –insatisfecho, imposible y prevenido– pasan a ser modos de la inhibición, aunque a veces son sugeridas como síntomas. La conversión no es trabajada, la insatisfacción es, precisamente, a veces avalada como formación transaccional; la duda obsesiva será el síntoma (defensivo) principal de esta neurosis; y los miedos o “pavores” ocuparán el lugar del síntoma en las fobias. Los síntomas, entonces, serían también defensas de la angustia. Por último, no queda muy claro qué otros modos de relación entre los casilleros podrían, además, colegirse: ¿del pasaje al acto y el acting-out se pasaría a la angustia o al revés? ¿no hay conexión directa entre inhibición y angustia, mediando siempre el síntoma? ¿cuáles son las relaciones entre esas pequeñas formas de angustia que son el embarazo y la turbación y la angustia propiamente dicha? ¿hay relaciones cruzadas entre casilleros lejanos, es decir, qué otros movimientos puede llegar a tener el cuadro? Muchos etcéteras.

Especificaciones: con respecto a las coordenadas vertical y horizontal que sí instituye el propio Lacan –bastante difíciles de comprender– creo que aportaría más claridad inteligir la de la dificultad como un “frenado” en el avance hacia el objeto exterior, es decir, lo opuesto a una facilidad en el tránsito del deseo; y la del movimiento –palabra que no es del mismo orden que la “dificultad” de la otra coordenada, ya que no menta algo negativo– como “agitación psico-física”, la más interior y obstaculizadora de las disponibilidades de la instancia del Yo. No excluiría, de todos modos, sobre este segundo punto el tema del factor alternativo de la parálisis motora como su contracara.
Vayamos a los cuatro nuevos –y novedosos– items que introduce Lacan, manteniéndo­se muy cercano a las etimologías del francés. Veremos cómo estos hallazgos, que lo “colman” de satisfacción –Lacan está exultante–, no son demasiado operativos para nosotros. Por otro lado y de todos modos, preservaremos en este intento el trío freudiano de “Inhibición, Síntoma y Angustia” y las dos formas clásicas del actuar, denominaciones todas ya consagradas por el uso que no vale la pena reformular –por lo menos en este contexto meramente propedéutico–.

Vayamos hacia la derecha. La palabra impedimento no se reduce a lo psicopatológico –un sinnúmero de cosas exteriores nos entorpecen todos los días en el camino hacia aquello que anhelamos–, por lo tanto, no nos aclarará en todos sus matices la definición que lo ubica como captura en una trampa narcisista. Este casillero es dificultoso por los variados matices que contiene. Apostrofaríamos fácilmente a aquél que se detiene ante la imagen de su Yo Ideal y no puede proseguir en su camino hacia su goce –puede tratarse de tomar la palabra ante terceros en una reunión, aproximarse a un objeto sexual codiciado hace largo tiempo, autorizarse en la interpre­tación, etc.–, ora que se “las cree”, ora “que arrugó”, con la consecuencia de un deslizamiento hacia una aflicción a la que se prende en tanto que pésimanente “copado”. Cuestiones a las que quedará “enganchado”; porque, al mismo tiempo, prosigue sintiéndose constantemente “apretado” por el deseo. Sin embargo, sea como sea, y más allá de las recriminaciones de estos epítetos usualmente moralizantes, siempre ha sucumbido a la frágil infatuación del Yo.5

Embarazo, como bien señala Lacan, en nuestro idioma está ligado a la preñez de la mujer, lo que imanta su uso, para nada usual en el sentido que éste quiere otorgarle. Por otro lado, se usa muchas veces directamente como sinónimo de turbación o de “pasar vergüenza”. Si se trata de que el que atraviesa la trampa de su narcisismo y avanza metiéndose en la densidad solemne de una escena de deseo, queda ofrecido a la eventualidad de que el significante lo barre cruelmente –efecto-S– yo diría que se arriesga al “bochorno”, al “papelón”, al “escrache”, a quedar “en bolas” –sin recursos ni parapetos– ante la mirada de los otros. Es, entonces, el ideal imaginario que lo detenía en el impedimento el que ahora, encarnándose más cerca del Superyó que del Ideal del Yo, divide al sujeto, que no tiene escapatoria en ninguna inocencia, “pescado” en su deseo, “embarrado” –y no de lodo– en su apetito de goce pulsional. No hay narcisismo que valga cuando se avanzó hasta la ley –aquí experimentada como insensata– de la barra que no perdona, cayendo sobre el supuesto in-dividuo.
Si el embarazo se torna insoportable, si el papelón fue colosal, se impone desaparecer de tan espesa escena: “¡trágame, tierra!” clamará en su pasaje al acto el damnificado, que no tiene porque ser suicida ni mucho menos, ya que bastará con la posibilidad de recomponer el imaginario desfalleciente con un momento de respiro que aleje de la insoportabilidad de la evaporación narcisista. Pero es claro que, a veces, el único respiro posible es la autoexclusión destructiva y el agotamiento agónico del ser en la muerte.

Se observa así en esta tríada de la “dificultad”, del frenado en el deseo, que éste es vencido y sobrepasado, anhelado aunque termine siendo hiriente. También que, si lo pensamos desde el matema del fantasma, la barra cae sobre el sujeto en el embarazo golpeando sobre el polo subjetivo, realizando vertiginosamente el rombo del fantasma. Tras lo cual, corriéndose hacia el otro polo, en una identificación al objeto, éste deshilvana en su salida el andamiaje de la escena.
Pero salgamos del “museo” de la inhibición hacia abajo. La emoción obviamente no nos dice nada aquí en Buenos Aires: es una palabra que se utiliza coloquial y constantemente en referencia a los estados de sentimiento cotidianos. Cualquiera puede estar emocionado por multitud de razones. No da cuenta, entonces, de lo que quiere decir Lacan. Se trata de un lapso de tiempo durante el cual se presenta una semi-fragmentación cuasi-catastrófica (Goldstein), un desmoronarse en una vibración que desalinea al sujeto de su compostura narcisista. El término de “estar sacado” se acerca bastante más a lo que interpreto en el pensamiento de Lacan.

Si la agitación psicofísica se acentúa, en el centro de una turbación seguramente hemos recibido una noticia perple-jizante, o quizás nuestra amada repite sorprendentemente el nombre de algún otro en el momento más vertiginoso del amor, o puede que hallamos comprendido que nuestro lugar en el mundo se ha desbaratado. Borrados de la escenografía del fantasma, como sujetos nos precipitamos en un desprendimiento involuntario del objeto –sea la copa que sosteníamos en las manos, sea la orina que chorrea en un momento de pavor, sea la caída de la erección o la eyaculación precipitada en las “peores” culminaciones del coito–, es decir, en la llamada cesión del objeto. El resquebraja-miento de la escena convoca el “síncope” del sujeto, su “desmayo” subjetivo, a veces con el matiz de quedar “tildados”, enmudecidos; otras con el puro acontecimiento del titubeo, de la “confusión” y/o del “desconcierto”. O, más descriptivamente, rodando al liso y llano “derrumbe” por desplome fálico. Siempre con el matiz cercano a la inminencia de la angustia ante la caída sorpresiva de la potencia significante puesta en juego.6

Entonces, llega el turno de reclamar mostrativamente por los derechos subjetivos, de volver a la escena reconstruyéndola desde y para nosotros mismos, de (re)clamar: “¡ay, me traga la tierra!”, exigiéndole al Otro nuestra inserción en su deseo –sea quien sea nuestro interlocutor, anónimo o familiar, siniestro o amado, singular o colectivo. Es el momento del llamado acting-out –no puede haber acting-in si el Otro es el nombre de la heteronomía de la ley.
Se observa en esta otra tríada, relativa a la agitación, al desborde en cuanto al deseo, entendido como lo que arriba a destiempo, que el movimiento se distorsiona, se fija mal, no escribe un posición ­simbólica. Se detecta, asimismo, una progresión complementaria de la anterior, pues volviendo a recurrir al matema del fantasma, el desasimiento cae opuestamente sobre el polo del objeto –“eso” éxtimo entorpece la entereza del Yo– y la realización fantasmal, tal vez aún más vertiginosa que en el vector antes analizado, obliga a la reinvindicación desesperada de un lugar de anidamiento subjetivo en el campo del Otro. Se trata de una fortificación de la escena del deseo que se muestra en debacle.
Estos distintos fenómenos tienen un valor muy diverso con respecto al análisis. Una variante del llamado embarazo será relacionada positivamente por Lacan con la entrada en el análisis en las clases siguientes,7 mientras que la llamada turbación no permite ningún trabajo posible: un sujeto desmayado, perplejo o tildado no se puede analizar. Pero, inversamente, dentro del mismo primer vector, en el pasaje al acto el sujeto descree del Otro, ya no tiene esperanzas ni quiere alojarse en él, lo que en el análisis muchas veces conduce a su interrupción. Por el contrario y por lo menos, en la finalización del otro vector, en el acting-out, aún se desea entrar en el campo del Otro: algún punto todavía “en él” merece la consideración del sujeto, como para que se le intente “mostrar” aquella causa que debiera desencadenar su deseo. Esta conducta, en análisis, implica la transferencia, aunque más no sea como aparición “salvaje” de la resistencia a ser domeñada.

Sólo un comentario final más tras este breve ejercicio introductorio que espero motive la discusión: tanto los términos propuestos por Lacan, como los de la traducción sobre la que nos apoyamos, y aún las alternativas aquí barajadas, sufren y sufrirán la interpelación continua de los empleos, confusos y singulares, a los que los/nos someten los analizantes en sus relatos, pues se trata del tejido móvil y fecundo de la materia con la que trabajamos, es decir, la de sus cambiantes asociaciones.


1. El ­que, de este modo, queda reducido a un guiño de reconocimiento, tantas veces llamado “parroquial”.
2. No quiero decir que deberíamos asentir ante las convicciones imaginarias o los efectos de signo de los analizantes en su discurso más manifiesto. Tan sólo que prefiero que la teoría dé cuenta de los efectos de sentido de la interpretación concerniendo al sujeto en su deseo y que, por lo tanto, localice lo que de real allí se trata, aunque esto me aleje del estudio etimológico erudito del provenzal antiguo. Lo que en Lacan puede ser rasgo de brillantez, en mí puede ser pura opacidad.
3 De hecho al final del seminario, Lacan tratará de mostrar cómo deambu-laría un obsesivo por los diferentes casilleros, apretado por el deseo, pero rehuyendo de la angustia. Lamentablemente no despliega su observación hacia el terreno correspondiente a la estructuración histérica. Queda para otra oportunidad que pensemos nosotros cómo podría completarse este punto.
4. Dejo para otra oportunidad la reflexión de si esta disolución (Untergang), como segunda “ocasión” del deseo, no es la maniobra misma que brinda eficacia a un análisis.
5. Esta claro que el impedimento no es un síntoma, pues en este último sí hay realización de deseos.
6. En realidad, la palabra turbación no es tan mala tampoco como traducción, recubre algunos de estos sentidos y a veces es utilizada.
7. Valdría recordar aquí las relaciones entre el humor y la posición del analista, pues sólo ésta puede, gracias a aquél, sostenerse ante los tormentos del pudor. Ver el Seminario 11.

 
 
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