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   Clásicos del psicoanálisis

De la vida de las abejas y las termita*
  Observaciones psicoanalíticas
   
  Por L.R. Delves Broughton (Bida, Nigeria)
   
 
Maeternlinck bosqueja en sus escritos “La vida de las abejas” y “La vida de las termitas” un maravilloso cuadro de las comunidades de insectos, de su organización ofensiva y defensiva, de sus víctimas absolutamente sociales. También expresa explícitamente la hipótesis de que poseen algún tipo de lenguaje y se le plantea la pregunta: ¿cuál es el poder al que esta organización está sometida y cuál es el ideal, al que son entregadas la víctimas individuales? Maeterlinck no arriba a ninguna respuesta satisfactoria y concede que al suponer un “espíritu del panal” compuesto por las unidades de los individuos insectos, como las células de los cuerpos vivos, él solo se echa a cuestas una nueva denominación de una fuerza desconocida, que en diferentes ocasiones es supuesta como instinto, inteligencia o simplemente como casualidad. A mi entender, las teorías expuestas por Freud en su “Psicología de las masas” son apropiadas para proporcionar la respuesta al menos a una parte de estas confusas cuestiones. Freud muestra que los vínculos de la masa son libidinales, que los miembros se mantienen unidos gracias a identificaciones, primero gracias a identificaciones con el líder y, en segundo lugar, gracias a identificaciones recíprocas que tienen como base aquella primera identificación. El líder se encuentra en la situación de un hipnotizador, al que los demás le han entregado su “ideal del yo” y el conjunto recuerda la organización de un grupo de niños bajo un padre despótico.

Así, me parece que algo muy parecido a estas circunstancias se encuentra en la organización de las abejas y las termitas (lamentablemente no dispongo de conocimientos sobre las hormigas). La reina es una déspota que ha arrebatado para sí la función sexual de sus numerosísimas hijas (y en el caso de las termitas, con pocas excepciones, también la de sus hijos). A causa de su infertilidad impuesta, las obreras son obligadas a identificarse con la reina para procurarse de esta forma una satisfacción sexual directa; del mismo modo, deben necesariamente identificarse también entre sí, una con la otra. Pero incluso la satisfacción alcanzable por este camino es tan limitada, es un sustituto tan débil que se podría suponer –en caso de que se atribuya a aquéllas una economía espiritual parecida a la nuestra– que debe hacerse uso de una sublimación muy amplia como para disponer de la libido sobrante. Creo recordar que Freud ha determinado que la capacidad humana para la civilización está determinada por su capacidad para la neurosis; en otras palabras, el origen del arte, de la técnica, del cultivo, etc. debe ser buscado en la libido, que ha sido desviada de su objetivo originario y ha sido puesta en otro carril, inofensivo desde el punto de vista social. Esta afirmación ha sido confirmada por el estudio de los insectos que forman sociedades, en cuyas aglomeraciones, parecidas a las nuestras pero mucho más estrictas, hacen surgir una civilización en muchos aspectos parecida a la nuestra. Según mi opinión, aquí yace el secreto de la armonía y de la conducta racional de estos insectos, que Maeterlinck no estaba en condiciones de resolver. El panal es una unidad psíquica gracias a la identificación y el mismo proceso, a través del cual la identificación ha experimentado un refuerzo, ha descargado una cantidad de energía que en los animales comunes no se encuentra al servicio de la autoconservación.
Incluso si no partimos de la probabilidad de un origen libidinal de las fuerzas que crearon la civilización de las abejas y las termitas, los auténticos caminos recorridos por estas fuerzas nos harán intuir tal origen. El levantamiento de una residencia esférica, que de hecho es una extensión de la persona de la reina, tan inseparable de ella como ella de ésta, ¿qué podría ser sino la expresión práctica de una añoranza por el narcisismo y el estar al abrigo en el cuerpo materno, tan conocidos por nosotros gracias a los sueños? Nosotros podemos con razón considerar como origen del cultivo de plantas y del acogimiento deliberado de parásitos intestinales –dejando de lado su valor práctico– el deseo para siempre fracasado de producir y de llevar un retoño. El complicado aparato de las abejas para la confección de la cera, que no está presente en la reina, puede provenir de la pulsión de procreación. Por otra parte, es un hecho que la avaricia en el hombre, bajo todos sus aspectos, se encuentra en estrecha relación con el erotismo anal, el cual constituye, según su esencia, una regresión de la libido frustrada a una etapa más primitiva. Teniendo en cuenta la extrema limpieza de las abejas, las cuales prefieren morir de miles de problemas digestivos a ensuciar el panal cuando hay bajas temperaturas, podemos suponer en ellas una amplia regresión del tipo mencionado y encontrar así una explicación satisfactoria para su recolección de miel y quizás incluso para la exactitud matemática de sus celdas. Una regresión a la misma etapa, aunque sin las represiones que transforman, en el caso de la abeja, el amor a la suciedad en amor a la pureza, podría aclarar el placer que encuentran las termitas obreras en sus propios excrementos, los cuales también les sirven de alimento, debiéndose aclarar que la reina y la familia real tienen el privilegio de ser alimentados no directamente del ano sino de la boca de sus sirvientes.

El sadismo, el elemento de horror, inseparable del amor, no es otra cosa que instinto de muerte proyectado, al servicio de Eros, en el mundo exterior y, si no me equivoco, ha tenido especial participación en el desarrollo de termitas y abejas. Recuérdese con atención que las armas de ataque de las abejas no son otra cosa que la modificación de trompas uterinas atrofiadas, que su uso contra la reina está totalmente prohibido y que las abejas están dispuestas a usarlas contra cualquier intruso del mundo exterior –las reinas, como siempre, excluidas–, aunque esto implique su muerte. Si tomamos el caso de las termitas, veremos una profunda modificación: el desarrollo de una casta de guerreras, posibilitada por la capacidad de adecuación del cuerpo del insecto y quizás tambien por el ahorro de libido resultante de la falta de ojos y alas. Incluso las “termitas jeringa” (Spritzentermiten), que al menos son tan comunes como las termitas con mandíbulas hipertrofiadas, parecen mostrar aquí, a través de la constitución de un órgano de eyaculación que utilizan contra los enemigos, la verdadera naturaleza de la fuerza que han invocado en su ayuda. [cont. en Agenda 51.]

Traducción: Nicolás Gelormini
* "Vom Leben der Bienen und der Termiten. Psychoanalytische Bemer-kungen", aparecido en Imago Zeitschrift XIV, 1928.
 
 
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