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   ¿El inconsciente contra el cuerpo?

Recuerdos del olvido: el caso Alfredo
  Por Eduardo Schwert
   
 
—¡Alfredo, Alfredo! ¡Despierte hombre, que ya es la hora!
Mientras Alfredo se despabilaba en el diván, el analista, pensaba que sería inconcebible explicarles a sus colegas el esfuerzo que implicaba despertar a su paciente al término de la sesión. Pero vayamos por partes. Al levantarse el paciente, se acompañaron con una rara mirada. Un punto ciego que iba mas allá del ojo que los mostraba, llego a permitirle la articulación de algunas palabras al pobre Alfredo. “Me quedé dormido, doctor, pensando...”, dijo mientras se escuchaba el timbre. “Ya lo creo pero su sesión ya terminó”, el analista se dio cuenta que había sido muy duro. Alfredo, aceptando la situación, se dirigía cabizbajo hacia la puerta, cuando el analista le dijo: “No... dígame, ¿en qué se quedó pensando?” Alfredo se quedo un rato en silencio, “eeeeeeeh..., bueh, le digo: me quedé pensando en cuándo es el momento en que ellos empiezan a hacer de cuenta que ya no la ven...” “¿No ven a quién?”, preguntó el analista algo estupefacto. “A mi madre”, dijo Alfredo con vos trémula, y agrego con un sollozo, “ya pasaron muchos años doctor... tiene que sacarme esta alucinación de la cabeza... porque mi madre está muerta”. Se escuchó de nuevo el timbre de abajo, Alfredo percibió que el analista captando su congoja lo había dejado descargarse. Al momento de la despedida ocurrió algo extraño. El paciente le dijo: “Siempre me olvido de dejarle saludos para la señora”. “¿Cuál señora, Alfredo?”, preguntó el analista. “Ésa que siempre está ahí, sentada al lado de la ventana y que siempre me saluda al entrar y me despide al salir. Sabe, yo no le respondo porque no se bien quién es... ¿es su mamá?” El analista no contestó, giró sobre sí y miró hacia la ventana, un escalofrío recorrió su espalda, por fin sus ojos se acomodaron y pudo dejar de ver en esas bolsas y paquetes mal apilados la silueta de una señora que por esas extrañas casualidades se asemejaba a la silueta de su difunta madre. Volvieron a insistir con el timbre, entonces el analista recomponiéndose, le extendió la mano a Alfredo con un “vaya tranquilo que la próxima le cuento”.
Esa noche el analista tuvo un extraño sueño. En él se veía a Alfredo recostado en el diván pidiéndole que “le contara lo de esa señora que estaba en la sala de espera”. El paciente, mientras hablaba, masticaba una lengua sangrante. Cambiando y elevando su tono de voz, empezaba ya a increparlo, al punto de levantarse del diván transformado en un monstruo verde con ojos encarnados, que con la voz de su difunta madre decía: “¿No te das cuenta que me vio? Sabés lo que tenés que hacer. No te preocupes nene que mañana te llamo para que no dejes de ocuparte del caso.” Sudando y con un grito entre los labios, el analista se incorporo en su cama. Lo primero que interpretó fue esa lengua masticada, su inconsciente era tan claro como sus maestros: “El analista es amo de sus silencios pero esclavo de sus palabras”. El sabía que no tenía nada para contar. Sin embargo, algo lo inquietaba en lo profundo. ¿De dónde venía esa angustia que lo llevaba a hablar de más? A la mañana siguiente pensaba en eso justo antes de abrirle la puerta a Alfredo que llegaba a su siguiente sesión. Tras el saludo de rigor, el paciente se echó en el diván, para hablar no de sus alucinaciones sino de un extraño sueño que lo tuvo insomne toda la noche, en él, su madre le hacía una advertencia diciéndole: “Nene, cuidate de tu analista porque se está dando cuenta de que vos conocés su lado oscuro, ese que ni él mismo sospecha poseer”. El analista se estremeció y quedó sumido en el estupor al recordar su propia pesadilla y la advertencia de llamado de su difunta madre. De hecho, no había cesado de sonar el teléfono desde el inicio mismo de la sesión, y, al parecer, cosa rara en él, estaba dispuesto a atender cada llamado. Al quinto, Alfredo fue vencido por el sueño y, cuando el analista había colgado el auricular, ni siquiera llegó a escuchar las disculpas de rigor. Pero ello no impidió que continuara, en un estado semiconsciente, sus maquinaciones psicológicas. Por el contrario, mientras el analista, suponiendo a su paciente en un estado de franca resistencia, no se percataba de que en realidad dormía, Alfredo revivía su sueño premonitorio. Esa voz, una cuchilla, sangre y... ese llamado. Algo empezó a distraerlo de sus cavilaciones semiconscientes. Era el teléfono, un pensamiento lo asaltó y distinguió por el timbre de la campanilla que, una vez más, el teléfono de su analista estaba sonando. “Qué parecido al mío”, pensó cuando ya tenía el auricular en la mano. De nuevo, la voz de su madre advirtiéndole: “¡Despertate, despertate!” A la vez, en el fondo del sueño, seguía sonando otro teléfono; reconoció la voz de su analista y parte del diálogo: “Pero en este momento estoy atendiendo, mamá”; “mami, no me pidas eso”; “¿cómo que lo sabe?”; “¿cómo que te vio? No puede ser, mami.” En su sueño, Alfredo se asustó, su vida corría peligro. Se despertó incorporándose de un salto en el diván: se había quedado dormido. Giró la cabeza y vio, con alivio, que el analista también dormía en su sillón. El teléfono seguía sonando, Alfredo se levantó y se dirigió al escritorio para atender el llamado. “Hijito, ya te ocupaste del cretino, ¿no?”, dijo una voz de mujer a través del auricular. Alfredo creyó entender todo, le dijo que su hijo estaba tan muerto como ella, que no tenía sentido que siguiera molestándolo. Tras cortar salió a hurtadillas del consultorio para no despertar a ese desconocido, quizás él mismo en otros tiempos, que continuaba durmiendo placidamente en su sillón. Ya en la calle y en medio de un hermoso día, se sintió curado. Era otra persona, no tenía ni odio ni rencores. Por última vez se volvió para saludar a su difunta madre que, con beneplácito, agitaba su brazo desde la ventana de su ex analista.
 
 
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